Cuento fantástico en cuatro palabras
─Anoche murió otra vez.
septiembre 25, 2015
septiembre 02, 2015
Nunca ocurre
Cierto día, un sujeto entró con prisa, visiblemente asustado, a la comisaria.
Un oficial se acercó a ayudarlo y el hombre explicó:
─He venido lo más rápido posible porque mi único vecino ha salido de su casa dejando una ventana abierta por la pueden verse muchos de sus objetos valiosos. Creo que es preciso que pongan un vigilante a cuidar su casa hasta que mi vecino regrese. Con tanta inseguridad en que vivimos yo podría aprovechar su descuido para robarle sus cosas.
Cierto día, un sujeto entró con prisa, visiblemente asustado, a la comisaria.
Un oficial se acercó a ayudarlo y el hombre explicó:
─He venido lo más rápido posible porque mi único vecino ha salido de su casa dejando una ventana abierta por la pueden verse muchos de sus objetos valiosos. Creo que es preciso que pongan un vigilante a cuidar su casa hasta que mi vecino regrese. Con tanta inseguridad en que vivimos yo podría aprovechar su descuido para robarle sus cosas.
La hipocresía encuentra rápido su excusa
Ocurrió en cierta ocasión, que cuando volvía a su casa del trabajo, un hombre notó en el suelo algo que parecía un billete de cien pesos. El hombre se agachó como si fuera a recogerlo y, viéndolo de más cerca, se dijo:
─Ciertamente mis ojos no me engañaron: alguien ha perdido un billete de cien pesos cuando pasó por aquí. Seguramente quien lo perdió pronto descubrirá su pérdida y comenzará a desandar el camino buscando dónde pudo haberlo perdido. Así que mejor lo dejo ahí mismo. ¡Levantarlo o moverlo de algún modo que le impida encontrarlo sería lo mismo que robarle!─ pensó horrizado. ─¿O acaso podría justificar por mi desconocimiento de esa persona o por su desconocimiento hacia mí el hacerle algún tipo de daño? ¿Acaso entrar a robarle en su propia casa cuidando que nadie me vea no sería igualmente un crímen?
Ocurrió en cierta ocasión, que cuando volvía a su casa del trabajo, un hombre notó en el suelo algo que parecía un billete de cien pesos. El hombre se agachó como si fuera a recogerlo y, viéndolo de más cerca, se dijo:
─Ciertamente mis ojos no me engañaron: alguien ha perdido un billete de cien pesos cuando pasó por aquí. Seguramente quien lo perdió pronto descubrirá su pérdida y comenzará a desandar el camino buscando dónde pudo haberlo perdido. Así que mejor lo dejo ahí mismo. ¡Levantarlo o moverlo de algún modo que le impida encontrarlo sería lo mismo que robarle!─ pensó horrizado. ─¿O acaso podría justificar por mi desconocimiento de esa persona o por su desconocimiento hacia mí el hacerle algún tipo de daño? ¿Acaso entrar a robarle en su propia casa cuidando que nadie me vea no sería igualmente un crímen?
junio 27, 2015
La peste blanca
En los barcos, dicen, vino el virus ese. Lo traían, como tantas otras pestes, los blancos. Por razones políticas o económicas ─que en los lugares donde Dios no mira lo suficiente suelen ser la misma cosa─ nadie atendió estas cuestiones. No hubo políticas de salubridad contra esta enfermedad de los blancos que terminó matando indios y negros tanto o más que cualquier otra enfermedad que hayan traído.
Incluso hoy son pocos los que se preguntan cómo es que en América y en África, tierras de indios y negros, se haya podido expandir tan facilmente esta enfermedad que es el racismo.
En los barcos, dicen, vino el virus ese. Lo traían, como tantas otras pestes, los blancos. Por razones políticas o económicas ─que en los lugares donde Dios no mira lo suficiente suelen ser la misma cosa─ nadie atendió estas cuestiones. No hubo políticas de salubridad contra esta enfermedad de los blancos que terminó matando indios y negros tanto o más que cualquier otra enfermedad que hayan traído.
Incluso hoy son pocos los que se preguntan cómo es que en América y en África, tierras de indios y negros, se haya podido expandir tan facilmente esta enfermedad que es el racismo.
abril 13, 2015
Galeano murió a mediados de los ochenta
Cortázar lo descubrió a fines de los sesenta. No sé si lo buscaba. Creo que no, que la terrible faena de componer Rayuela lo "secó". La cosa es que el buen Julio no escribió una página genial después de los últimos años de esa década.
Galeano cuenta, en una carta a un editor amigo allá por el '86, que había descubierto una nueva forma de escribir: textos cortos, de no más de una carilla, que apuntaran directo al corazón de la gente.
Eran los ochenta, mediados de los ochenta y con un contrato lujurioso en el cajón del escritorio y su cómoda casita en la playa de Barcelona ya tenía terminados dos de los tres tomos de "Memorias del fuego."
Galeano aprendió que la gente no compra literatura. Entonces dejó de hacerla. Se escondió en textos cortos, no aptos para diabéticos, en historias imperdonables sobre una medalla con forma de estrella encontrada en el suelo el día que nació Maradona, o la historia de un pobre bicho recuperado de la calle por una viejita que no tenía ni para comer ella pero repartía su pobreza entre los dos.
Galeano se suicidó a mediados de los ochenta. Porque no murió de muerte natural (como el buen Julio que ya había dado demasiado) ni fue asesinado por sus herederos (que un buen escritor no debe tenerlos jamás): Galeano decidió dejar de escribir para dedicarse solamente a vender.
Es mentira que haya muerto hoy. Murió hace treinta años cuando asumió su papel de empleado de las editoriales multinacionales más perversas que podría haber denunciado el Galeano vivo de los setenta.
El autor de las Venas y otras genialidades como Patas arriba o Días y noches de amor y de guerra confesaba sentirse culpable por haber sobrevivido a la violencia de los militares mientras tantos compañeros quedaron en el camino. Pero nunca demostró culpa por la indecencia de suicidarse ahogado en la guita que los conquistadores le ofrecieron.
Escribió, tambien por aquellos años, que la censura no había desaparecido: solo había mutado. ¿No es censura, preguntaba, que la gente no acceda a los libros aunque se permita que estos se editen?¿No es censura también que la gente no pueda comprar los libros que ahora sí podían editarse?
Sí, Eduardo, es censura. Y los libros de Galeano son los más caros en promedio por página escrita. Aunque la mayoría de sus páginas sean solo dibujitos.
Galeano murió a mediados de los ochenta. Su cadáver, su exquisito cadáver bañado en el oro robado a los pobres de Latinoamérica para los que decía escribir, murió hoy.
Cortázar lo descubrió a fines de los sesenta. No sé si lo buscaba. Creo que no, que la terrible faena de componer Rayuela lo "secó". La cosa es que el buen Julio no escribió una página genial después de los últimos años de esa década.
Galeano cuenta, en una carta a un editor amigo allá por el '86, que había descubierto una nueva forma de escribir: textos cortos, de no más de una carilla, que apuntaran directo al corazón de la gente.
Eran los ochenta, mediados de los ochenta y con un contrato lujurioso en el cajón del escritorio y su cómoda casita en la playa de Barcelona ya tenía terminados dos de los tres tomos de "Memorias del fuego."
Galeano aprendió que la gente no compra literatura. Entonces dejó de hacerla. Se escondió en textos cortos, no aptos para diabéticos, en historias imperdonables sobre una medalla con forma de estrella encontrada en el suelo el día que nació Maradona, o la historia de un pobre bicho recuperado de la calle por una viejita que no tenía ni para comer ella pero repartía su pobreza entre los dos.
Galeano se suicidó a mediados de los ochenta. Porque no murió de muerte natural (como el buen Julio que ya había dado demasiado) ni fue asesinado por sus herederos (que un buen escritor no debe tenerlos jamás): Galeano decidió dejar de escribir para dedicarse solamente a vender.
Es mentira que haya muerto hoy. Murió hace treinta años cuando asumió su papel de empleado de las editoriales multinacionales más perversas que podría haber denunciado el Galeano vivo de los setenta.
El autor de las Venas y otras genialidades como Patas arriba o Días y noches de amor y de guerra confesaba sentirse culpable por haber sobrevivido a la violencia de los militares mientras tantos compañeros quedaron en el camino. Pero nunca demostró culpa por la indecencia de suicidarse ahogado en la guita que los conquistadores le ofrecieron.
Escribió, tambien por aquellos años, que la censura no había desaparecido: solo había mutado. ¿No es censura, preguntaba, que la gente no acceda a los libros aunque se permita que estos se editen?¿No es censura también que la gente no pueda comprar los libros que ahora sí podían editarse?
Sí, Eduardo, es censura. Y los libros de Galeano son los más caros en promedio por página escrita. Aunque la mayoría de sus páginas sean solo dibujitos.
Galeano murió a mediados de los ochenta. Su cadáver, su exquisito cadáver bañado en el oro robado a los pobres de Latinoamérica para los que decía escribir, murió hoy.
abril 01, 2015
Al tercer día, Dios resucitó a su hijo. A su propio hijo. No al hijo del comerciante, ni al hijo del pescador, ni al padre de la prostituta o ni al niño que se murió a los siete años cuando se le murió su padre. No. Dios resucitó a su propio hijo. Porque ¿para qué otra cosa querría alguien ser Dios?
marzo 21, 2015
marzo 20, 2015
La profesión más antigua del mundo
En las tablillas sumerias de hace más de 5000 años se cuenta que el Dios Ea (también llamado Enki) creó a los primeros "adanes": una pareja de seres creados a partir de la manipulación genética, cruzando a los monos que habitaban la tierra con genes de los mismos dioses.
Como hizo esto sin la aprobación de los demás dioses, estaba seguro de que al presentarlos ante el Gran Consejo serían condenados a muerte y Él mismo sería castigado.
Entonces decidió que era necesario enseñar a estos adanes algún talento con que asombrar al Dios Supremo Amun y al resto de los dioses.
Para esto, Enki enseñó a la primer pareja de humanos la poesía.
Cuando estos fueron presentados ante el gran Consejo los dioses verdaderamente se asombraron al ver que esos "monos mejorados" por Enki eran capaces de recitar poemas con tanta belleza.
El Supremo Amun sentenció que cualquier ser que fuera capaz de aprender la poesía tenía que, necesariamente, tener un alma.
Fue así como en las escrituras más antiguas del mundo se rebela el secreto: el primer oficio que aprendieron los hombres fue la poesía. Y por ella no solo salvaron sus vidas sino que demostraron la nobleza de sus almas y fueron amados por sus Dioses.
En las tablillas sumerias de hace más de 5000 años se cuenta que el Dios Ea (también llamado Enki) creó a los primeros "adanes": una pareja de seres creados a partir de la manipulación genética, cruzando a los monos que habitaban la tierra con genes de los mismos dioses.
Como hizo esto sin la aprobación de los demás dioses, estaba seguro de que al presentarlos ante el Gran Consejo serían condenados a muerte y Él mismo sería castigado.
Entonces decidió que era necesario enseñar a estos adanes algún talento con que asombrar al Dios Supremo Amun y al resto de los dioses.
Para esto, Enki enseñó a la primer pareja de humanos la poesía.
Cuando estos fueron presentados ante el gran Consejo los dioses verdaderamente se asombraron al ver que esos "monos mejorados" por Enki eran capaces de recitar poemas con tanta belleza.
El Supremo Amun sentenció que cualquier ser que fuera capaz de aprender la poesía tenía que, necesariamente, tener un alma.
Fue así como en las escrituras más antiguas del mundo se rebela el secreto: el primer oficio que aprendieron los hombres fue la poesía. Y por ella no solo salvaron sus vidas sino que demostraron la nobleza de sus almas y fueron amados por sus Dioses.
marzo 17, 2015
Encuentro con Dios
Si me encontrara un día al mismísimo Dios le preguntaria cuáles son las cosas que más ama en el mundo.
Entonces se las quitaría todas, una por una y las destruiría irremediablemente, para siempre.
Después me sentaria a verlo llorar al Gran Idiota.
Y me reiría, mucho, muchísimo, de su eterno dolor.
Si me encontrara un día al mismísimo Dios le preguntaria cuáles son las cosas que más ama en el mundo.
Entonces se las quitaría todas, una por una y las destruiría irremediablemente, para siempre.
Después me sentaria a verlo llorar al Gran Idiota.
Y me reiría, mucho, muchísimo, de su eterno dolor.
Vladimir entendía las cosas como mejor podía
Vladimir entendía las cosas como mejor podía. Era pobre. No tenía escuela ni sabía leer. Tenía un pedacito de tierra que le dieron cuando la reforma agraria. Y un hijo de seis años llamado Iván.
Cuando el cura apareció ya pasado el mediodía Vladimir le prohibió dar los oficios y además, si quería quedarse, tenía que sacarse la sotana.
─Hacen falta manos, padrecito, si quiere ayudar se queda, pero como hombre, no como cura.
El cura intentó una defensa pero Vladimir ya tenía la escopeta apuntándole.
─Su Dios se llevó uno de los mios, padrecito, ya quisiera llevarme yo uno de los suyos.
El Cura, sin la sotana, ayudó a cargar el ataúd.
Al amanecer Vladimir había picado la tierra con la punta de la pala y hasta el mediodía había estado cavando.
─Le hiciste bonita la tumba─ dijo la esposa en torno al agujero en la tierra.
─Al menos eso pude darle─ respondió Vladimir, que tampoco entendía cómo podía cavarse una tumba con tanto amor.
Él fue el primero en echar tierra sobre el ataúd de su hijo Iván.
Vladimir entendía las cosas como mejor podía. Era pobre. No tenía escuela ni sabía leer. Tenía un pedacito de tierra que le dieron cuando la reforma agraria. Y un hijo de seis años llamado Iván.
Cuando el cura apareció ya pasado el mediodía Vladimir le prohibió dar los oficios y además, si quería quedarse, tenía que sacarse la sotana.
─Hacen falta manos, padrecito, si quiere ayudar se queda, pero como hombre, no como cura.
El cura intentó una defensa pero Vladimir ya tenía la escopeta apuntándole.
─Su Dios se llevó uno de los mios, padrecito, ya quisiera llevarme yo uno de los suyos.
El Cura, sin la sotana, ayudó a cargar el ataúd.
Al amanecer Vladimir había picado la tierra con la punta de la pala y hasta el mediodía había estado cavando.
─Le hiciste bonita la tumba─ dijo la esposa en torno al agujero en la tierra.
─Al menos eso pude darle─ respondió Vladimir, que tampoco entendía cómo podía cavarse una tumba con tanto amor.
Él fue el primero en echar tierra sobre el ataúd de su hijo Iván.
marzo 16, 2015
Parábola del albañil o El sentido de la vida
(Cuento al estilo ruso)
En una aldea vivía un albañil ya entrado en años. Una tarde, el hombre tomó a su único nieto y lo llevó a dar un paseo por las calles del pueblo.
Caminaron durante un rato hasta que el anciano se detuvo frente a una casa. Por la ventana se percibía el fuego de la hoguera y la familia estaba sentada en paz junto a la chimenea.
─Esa casa─ dijo el anciano al pequeño ─la construí yo mismo con mis propias manos.
Entonces avanzaron hasta la siguiente casa. De ella salía un niño desabrigado y su madre corriendo tras él con un grueso abrigo.
─Esta casa también la construí yo mismo con mis propias manos─ dijo el anciano.
Siguieron caminando un rato largo y en cada casa el abuelo se detenía y repetía a su nieto:
-Esa casa la construí yo mismo con mis propias manos.
Después se sentaron a descansar en la fuente de la plaza, con todas las casas del pueblo a la vista.
─¿Qué piensas de lo que has visto, Lionka?
─Que todas las casas las construiste tú, abuelo.
─¿Y qué piensas de eso?
─Que has construido todas las casas de la aldea pero no una para ti.
─La casa en la que vivimos yo la hice también.
─Pero se la has regalado a tu hijo, mi padre, y vives con nosotros cuando pudiste haber construido una para ti solo.
El abuelo sonrió.
─¿Qué has visto en esas casas, Lionka querido?
─Niños jugando, gente cenando en familia.
El abuelo sonrió satisfecho.
-Toda mi vida ha sido construir casas. Primero una y luego otra y al terminar me marchaba a comenzar otra, y otra y otra. Pero las casas, Lionka, las casas son nada. Solo piedra, paja, maderos y de esto puedo explicarte muchas cosas. Pero todas esas cosas no te dejarían ver lo importante: si todas estas casas que he construido estuvieran vacías mi vida habría sido inútil. Solo cuando alguien las habita, las casas se vuelven "algo". ¿Entiendes ahora, mi Lionka? Un hombre puede trabajar toda su vida, pero si las casas que construye no son habitadas, entonces no habrá hecho nunca nada que pueda guardar. El trabajo de un hombre es real cuando otros pueden habitarlo.
El niño volvió a mirar las casas y ahora ya no eran casas, la piedra y el vidrio y la madera no podían retener ahora a sus asombrados ojos ante la vida que llenaba esos hogares.
-Ese, Lionka, es el sentido de la vida.
(Cuento al estilo ruso)
En una aldea vivía un albañil ya entrado en años. Una tarde, el hombre tomó a su único nieto y lo llevó a dar un paseo por las calles del pueblo.
Caminaron durante un rato hasta que el anciano se detuvo frente a una casa. Por la ventana se percibía el fuego de la hoguera y la familia estaba sentada en paz junto a la chimenea.
─Esa casa─ dijo el anciano al pequeño ─la construí yo mismo con mis propias manos.
Entonces avanzaron hasta la siguiente casa. De ella salía un niño desabrigado y su madre corriendo tras él con un grueso abrigo.
─Esta casa también la construí yo mismo con mis propias manos─ dijo el anciano.
Siguieron caminando un rato largo y en cada casa el abuelo se detenía y repetía a su nieto:
-Esa casa la construí yo mismo con mis propias manos.
Después se sentaron a descansar en la fuente de la plaza, con todas las casas del pueblo a la vista.
─¿Qué piensas de lo que has visto, Lionka?
─Que todas las casas las construiste tú, abuelo.
─¿Y qué piensas de eso?
─Que has construido todas las casas de la aldea pero no una para ti.
─La casa en la que vivimos yo la hice también.
─Pero se la has regalado a tu hijo, mi padre, y vives con nosotros cuando pudiste haber construido una para ti solo.
El abuelo sonrió.
─¿Qué has visto en esas casas, Lionka querido?
─Niños jugando, gente cenando en familia.
El abuelo sonrió satisfecho.
-Toda mi vida ha sido construir casas. Primero una y luego otra y al terminar me marchaba a comenzar otra, y otra y otra. Pero las casas, Lionka, las casas son nada. Solo piedra, paja, maderos y de esto puedo explicarte muchas cosas. Pero todas esas cosas no te dejarían ver lo importante: si todas estas casas que he construido estuvieran vacías mi vida habría sido inútil. Solo cuando alguien las habita, las casas se vuelven "algo". ¿Entiendes ahora, mi Lionka? Un hombre puede trabajar toda su vida, pero si las casas que construye no son habitadas, entonces no habrá hecho nunca nada que pueda guardar. El trabajo de un hombre es real cuando otros pueden habitarlo.
El niño volvió a mirar las casas y ahora ya no eran casas, la piedra y el vidrio y la madera no podían retener ahora a sus asombrados ojos ante la vida que llenaba esos hogares.
-Ese, Lionka, es el sentido de la vida.
Las cosas que importan
En el primer banco de la capilla una señora bien vestida rezaba:
─¡Ay, Diosito! Quita de la mente de mi hija a ese muchacho pobre que la trae como el diablo de pecadora. Hazla entrar en razón, por favor, y que acepte al doctorcito nuevo, tan guapo y rico él y tan enamorado de ella.
Dos filas más atrás, un joven rezaba:
─Padre, ¡te lo ruego! ¡Dame un trabajo que me guste y con un buen sueldo que estoy cansado de esta pobreza! ¡Hay tantas cosas que me gustaría comprarme y no puedo!
Más atrás, del lado del confesionario, un hombre grueso y grasoso pero finamente vestido pedía:
─Dios, Dios, ¿tanto te cuesta hacer que mis negocios vayan mejor? ¿No puedes hacer menos vagos a esos negros? ¡Todo el tiempo andan pidiendo descansos que me hacen perder tanto dinero!
De pie y contra una pared, un muchacho pensaba:
─Padre, solo te pido que esta temporada seamos campeones. ¡Solo eso! ¡Todos los años te lo pido y nunca me escuchas!
Otro, cerca de éste, murmuraba:
─Padrecito, ¡haz que sus ojos negros se fijen en mi! ¡Es la mujer más hermosa de todas y no quiero una esposa fea!
Al final de los bancos, sobre la última fila, casi escondida, una mujer jóven toda vestida de negro y con la cara cubierta rezaba en voz baja:
─Tú que no evitaste que la muerte lastimara a mi niño, ten, por favor, algo de consideración con su pequeña almita.
En el primer banco de la capilla una señora bien vestida rezaba:
─¡Ay, Diosito! Quita de la mente de mi hija a ese muchacho pobre que la trae como el diablo de pecadora. Hazla entrar en razón, por favor, y que acepte al doctorcito nuevo, tan guapo y rico él y tan enamorado de ella.
Dos filas más atrás, un joven rezaba:
─Padre, ¡te lo ruego! ¡Dame un trabajo que me guste y con un buen sueldo que estoy cansado de esta pobreza! ¡Hay tantas cosas que me gustaría comprarme y no puedo!
Más atrás, del lado del confesionario, un hombre grueso y grasoso pero finamente vestido pedía:
─Dios, Dios, ¿tanto te cuesta hacer que mis negocios vayan mejor? ¿No puedes hacer menos vagos a esos negros? ¡Todo el tiempo andan pidiendo descansos que me hacen perder tanto dinero!
De pie y contra una pared, un muchacho pensaba:
─Padre, solo te pido que esta temporada seamos campeones. ¡Solo eso! ¡Todos los años te lo pido y nunca me escuchas!
Otro, cerca de éste, murmuraba:
─Padrecito, ¡haz que sus ojos negros se fijen en mi! ¡Es la mujer más hermosa de todas y no quiero una esposa fea!
Al final de los bancos, sobre la última fila, casi escondida, una mujer jóven toda vestida de negro y con la cara cubierta rezaba en voz baja:
─Tú que no evitaste que la muerte lastimara a mi niño, ten, por favor, algo de consideración con su pequeña almita.
febrero 26, 2015
La izquierda es uno de los pensamientos más hermosos y humanos que la civilización ha sido capaz de crear. El núcleo del pensamiento de izquierda es cristianismo en su forma más pura y humana. Y el cristianismo es, en su mensaje puro y quitando sus consecuencias ideológicas o institucionales, el mayor logro de los humanos como civilización.
El núcleo de ambos pensamientos es correcto. No pueden discutirse.
Y, ene ste sentido, la izquierda es lo mejor del cristianismo: el humanismo amoroso sin las instituciones asesinas ni la fe que ciega y prohibe pensar. En teoría.
En la práctica, es en la periferia de estas filosofías donde hemos fabricado los abismos en los que ellas mismas caen. Porque tanto una como otro han recorrido el camino suicida del pensamiento occidental.
El sistema está íntegramente apoyado sobre los pilares de la corrupción y la decadencia: Grecia y Roma.
Nos han dicho que Sócrates, Platón y Aristóteles representan la Edad de Oro de los griegos. Es mentira.
El verdadero oro de los griegos está en las vetas del pensamiento presocrático: el pensamiento puro, en movimiento que no nunca fue un pensamiento "oficial".
Sócrates (real o no, no importa, su contenido puede considerarse real en sí mismo), que nace del pensamiento puro de sus predecesores, muere al chocar contra el iceberg del pensamiento como institución. La filosofía socrática se convierte en ideología. Ya no es el pensamiento de un hombre, es la filosofía encontrando sus propios bordes.
No se puede ir más allá de donde se ha llegado. Sócrates no tiene dudas, sino certezas y es, en ese cúmulo inservible de certezas, donde su pensamiento muere y es convertido en el pensamiento "oficial" de Grecia.
La filosofía socrática, sucesora de un pensamiento libre y en constante evolución encuentra su estanque donde morir lenta y silenciosamente: Platón.
Platón es la escuela donde la filosofía se enseña ya acabada. El pensamiento se fabrica según rigurosos planos de los que nadie puede salirse. Ya no hay pensamiento en un sentido real sino ficticio. La filosofía está hecha y ya no hay lugar para artesanos que hagan sus propias ideas fuera de la Gran Máquina que es el sistema.
Platón es la muerte de la filosofía. Sócrates, su maestro, encuentra al final de su vida una duda. Entonces su discípulo, ciegamente leal, le prepara y sirve un delicioso cóctel de cicuta para salvarlo de esa otra muerte que es, para todo ser humano, salirse de los bordes de la ideología dominante.
Platón asesina al pensador para salvar la idea. Esta contradicción es lo que llamamos ideología.
No hay nada de gloriosa en esta época del pensamiento griego, salvo para aquellos que miran, no por ellos mismos, sino por los ojos que la Gran Máquina les dió.
Lo que era pensamiento es ideología: un paquete preciosamente decorado de ideas listas para ser aplicadas, funcionen o no, a partir de la convicción ciega y la negación de todo aquello que no encaje.
La filosofía socrática, en los ladridos de su pequeño y bien adiestrado cachorro llamado Platón, ha parido la muerte: el pensamiento ha parido a la ideología, es decir, el no-pensamiento.
El problema, o peligro, principal de la ideología es que no tiene en sí misma ninguna utilidad. No sirve, podemos decirlo, para nada. Al igual que con la armas, la ideología no sirve como objeto en sí mismo. Una pistola puede ser un juguete o una espada u otra arma medieval pueden ser un objeto decorativo. Pero también pueden usarse para matar. No es en el objeto en sí donde está su esencia sino en su uso potencial.
En este sentido, la ideología dispara cuando es la base para las instituciones.
Entonces llega Aristóteles. Es decir, el colmo del no-pensamiento: el autor de los preceptos y las normas. Aristóteles nos dice cómo, cuándo y por qué. Desde la poética, simple entretenimiento, hasta la ética o la política, el pensamiento aristotélico es un llamado al cumplimiento ciego de un pensamiento que no piensa: solo obedece.
Aristóteles será la invención de la Gran Máquina. Pero más tarde.
Porque no es en el falso "oro" de los griegos que fundamos el mundo, sino en la decadencia de quienes se apropiaron de ellos.
Para los romanos el pensamiento es completamente inútil. Roma es la Máquina, y los engranajes no piensan. La filosofía, el pensamiento libre, fue un útil entretenimiento entre los ociosos griegos pero Roma tiene demasiado que hacer como para sentarse a meditar sobre la esencia del hombre o el origen del universo. Todo eso, que otros ya han pensado, puede aprenderse íntegramente de Aristóteles, el último gran griego que viene a salvar a los romanos de ese aburrimiento innecesario de tener que pensar el universo por uno mismo.
La ideología, el no-pensamiento, se convierte en la Ley.
De las ideas a la ideología y de la ideología a las instituciones.
El Cristianismo, que surge dentro y en contra de Roma representa la idea, el pensamiento, la vuelta al pensamiento dentro de una institución basada en ideologías que no debían revisarse. El Cristianismo revisa y es, en su origen, nuestro mayor logro como especie: amor y humanismo puro.
Pero no es casualidad que el cristianismo haya nacido tan cercano a los griegos y haya sido, en sus principios, tan amigo de ellos. Muere siguiendo el camino del pensamiento griego.
Surge como ideas que revisan y discuten lo establecido para convertirse luego en la ideología domintante (siglo IV) y más tarde en la Gran Máquina que oprimirá y envenenará al pensamiento.
Otra vez es el mismo camino: de las ideas a la ideología, de la ideología a las instituciones.
Ahí está el gusano que pudre la manzana. Ahí se acaba la belleza. Los héroes se convierten en estatuas, las ideas en manuales, los sabios en maestros de escuelas y las necesidades en negocios.
El Cristianismo se convirtió en la Nueva Roma. Y dentro del veintre de esta nueva loba surgen las nuevas ideas que la destruyen: las ideas reformistas que la nobleza alemana transforma en la ideología que enfrenta al poderoso Vaticano y de la que luego nacen las instituciones anglosajonas; el pensamiento (casi) libre de Descartes se convierte con los siglos en la ideología que hará temblar las bases de la monarquía francesa y más tarde en las instituciones que coronarían al nuevo Emperador; la idea de libertad económica de los mercaderes judíos que se convierte en la ideología liberal y en las instituciones del capitalismo.
Incluso fuera de la Europa dominante ocurre este camino suicida del pensamiento: las ideas de libertad que Rusia aprende de Pushkin se convierten en la ideología de Turgueniev y sus camaradas y termina destruyéndose en las instituciones del no-pensmaiento de la revolución de 1917.
El siglo XX nos ha dado sobradas muestras de cómo la izquierda se siente fatalmente atraída por el suidicio, por la autodestrucción. De las ideas libres que penetraban profundamente el no-pensamiento occidental y cristiano que agonizaba en sus propios muertos se construyeron ideologías, cajitas de ideas muertas que debían repetir los manuales que sus propios socráticos habían redactado.
El mensaje humano de la justicia social y la igualdad entre los hombres se convirtió en la ideología marxista, repleta de manuales y libros de preceptos. La izquierda, que ya había encontrado a sus Sócrates y Platones, encontró en Marx a su Aristóteles. Con un poco de paradójica violencia (partieron de un mensaje de justicia y paz social) la izquierda encontró también su Edad Media en Rusia, en China y en Cuba, por nombrar solo sus casos más emblemáticos.
De las ideas de justicia de Tosltoi a la violencia en las ideologías de Gorki y Turgueniev y las Instituciones represivas Stalinistas; de Sierra Maestra y el sueño de una Cuba sin esclavos a los prisioneros políticos del régimen castrista.
Latinoamérica vive hoy sus propias contradicciones, sus propios suicidios. Venezuela, Argentina y Ecuador se debaten entre la libertad como discurso y la represión a sus grupos más minoritarios y molestos, entre la pobreza y unos pocos multimillonarios que solo cambian de apellido. Se habla de libertad, de cultura, de los pobres y de los derechos humanos, pero el discurso solo es vuelve real si es funcional a los intereses oficiales. Solo se cambia una oligarquía por otra, una gran Máquina por otra. O, en los peores casos, solo es un discurso y, por debajo, siguen mandando los que pueden comprarse sus esclavos. No ha habido, en toda Latinoamérica, un cambio real y significativo que quiebre, realmente, las viejas estructuras del mercado y la explotación. No han tocado a ni uno solo de los viejos amos y en algunos casos hasta los han protegido silenciosamente. Aún Bolivia, nuestro caso más aplaudido, también ha dado muestras de sus propias contradicciones.
El recorrido que las ideas de la izquierda ha seguido es bastante inspirador para quien busque contradicciones. La izquierda ha probado de todo. La revolución armada primero (Rusia, y China por los años treinta), la revuelta social y proletaria (Polonia y Checoslovaquia por los años cincuenta), la "intelectualización" (la filosofía crítica y el existencialismo y toda la literatura de los sesenta y setenta) y finalmente, la democratización (comunistas que van a las urnas como cualquier hijo de vecino).
Está claro que, en todos los casos, la muerte llega cuando se han reemplazado las ideas por la imágen de quien las pensó colgando en la oficina de un dictador.
El pensamiento, como forma liberadora, ha muerto siempre al principio del camino. Se trata de pensar libremente hasta encontrar unas cuantas ideas que sea útiles y entonces agruparlas y convertirlas en una ideología acabada y perfecta, lista para ser llevada o consumir en el lugar. La izquierda es, pracaticamente, el delivery de ideas rápidas. A eso se han reducido ellos mismos. No pida nada bien hecho. Ahí tiene usted unas cuantas ideas listas para salir a gritar que es comunista, o socialista o lo que guste. Y, por favor, no moleste más.
La izquierda, que fue en su origen nuestra hermosa forma de resucitar un mensaje amoroso y brutalmente destruído por quienes lo sostuvieron en un comienzo, no ha vuelto a tener una idea en siglos. No ha vuelto a pensar.
Pocos hombres fueron capaces de recuperar el pensamiento libre y no acabado de la ideología. Hombres que han tenido ideas frescas, valientes, verdaderamente eficacez como soluciones.
Todos, o la gran mayoría, han sido perseguidos por las mismas instituciones que la izquierda ha creado. Porque la izquierda se destruye a sí misma como toda ideología: no permite que dentro de ella crezcan ideas que no estén en el manual. La izquierda no ha logrado resolver el problema de ser una ideología.
Si buscara, alguna vez, ser ideas, no ideología, deajría por fin de morir al pie de los edificios que no son más que un símbolo y un recuerdo de lo que nunca debieron ser.
El núcleo de ambos pensamientos es correcto. No pueden discutirse.
Y, ene ste sentido, la izquierda es lo mejor del cristianismo: el humanismo amoroso sin las instituciones asesinas ni la fe que ciega y prohibe pensar. En teoría.
En la práctica, es en la periferia de estas filosofías donde hemos fabricado los abismos en los que ellas mismas caen. Porque tanto una como otro han recorrido el camino suicida del pensamiento occidental.
El sistema está íntegramente apoyado sobre los pilares de la corrupción y la decadencia: Grecia y Roma.
Nos han dicho que Sócrates, Platón y Aristóteles representan la Edad de Oro de los griegos. Es mentira.
El verdadero oro de los griegos está en las vetas del pensamiento presocrático: el pensamiento puro, en movimiento que no nunca fue un pensamiento "oficial".
Sócrates (real o no, no importa, su contenido puede considerarse real en sí mismo), que nace del pensamiento puro de sus predecesores, muere al chocar contra el iceberg del pensamiento como institución. La filosofía socrática se convierte en ideología. Ya no es el pensamiento de un hombre, es la filosofía encontrando sus propios bordes.
No se puede ir más allá de donde se ha llegado. Sócrates no tiene dudas, sino certezas y es, en ese cúmulo inservible de certezas, donde su pensamiento muere y es convertido en el pensamiento "oficial" de Grecia.
La filosofía socrática, sucesora de un pensamiento libre y en constante evolución encuentra su estanque donde morir lenta y silenciosamente: Platón.
Platón es la escuela donde la filosofía se enseña ya acabada. El pensamiento se fabrica según rigurosos planos de los que nadie puede salirse. Ya no hay pensamiento en un sentido real sino ficticio. La filosofía está hecha y ya no hay lugar para artesanos que hagan sus propias ideas fuera de la Gran Máquina que es el sistema.
Platón es la muerte de la filosofía. Sócrates, su maestro, encuentra al final de su vida una duda. Entonces su discípulo, ciegamente leal, le prepara y sirve un delicioso cóctel de cicuta para salvarlo de esa otra muerte que es, para todo ser humano, salirse de los bordes de la ideología dominante.
Platón asesina al pensador para salvar la idea. Esta contradicción es lo que llamamos ideología.
No hay nada de gloriosa en esta época del pensamiento griego, salvo para aquellos que miran, no por ellos mismos, sino por los ojos que la Gran Máquina les dió.
Lo que era pensamiento es ideología: un paquete preciosamente decorado de ideas listas para ser aplicadas, funcionen o no, a partir de la convicción ciega y la negación de todo aquello que no encaje.
La filosofía socrática, en los ladridos de su pequeño y bien adiestrado cachorro llamado Platón, ha parido la muerte: el pensamiento ha parido a la ideología, es decir, el no-pensamiento.
El problema, o peligro, principal de la ideología es que no tiene en sí misma ninguna utilidad. No sirve, podemos decirlo, para nada. Al igual que con la armas, la ideología no sirve como objeto en sí mismo. Una pistola puede ser un juguete o una espada u otra arma medieval pueden ser un objeto decorativo. Pero también pueden usarse para matar. No es en el objeto en sí donde está su esencia sino en su uso potencial.
En este sentido, la ideología dispara cuando es la base para las instituciones.
Entonces llega Aristóteles. Es decir, el colmo del no-pensamiento: el autor de los preceptos y las normas. Aristóteles nos dice cómo, cuándo y por qué. Desde la poética, simple entretenimiento, hasta la ética o la política, el pensamiento aristotélico es un llamado al cumplimiento ciego de un pensamiento que no piensa: solo obedece.
Aristóteles será la invención de la Gran Máquina. Pero más tarde.
Porque no es en el falso "oro" de los griegos que fundamos el mundo, sino en la decadencia de quienes se apropiaron de ellos.
Para los romanos el pensamiento es completamente inútil. Roma es la Máquina, y los engranajes no piensan. La filosofía, el pensamiento libre, fue un útil entretenimiento entre los ociosos griegos pero Roma tiene demasiado que hacer como para sentarse a meditar sobre la esencia del hombre o el origen del universo. Todo eso, que otros ya han pensado, puede aprenderse íntegramente de Aristóteles, el último gran griego que viene a salvar a los romanos de ese aburrimiento innecesario de tener que pensar el universo por uno mismo.
La ideología, el no-pensamiento, se convierte en la Ley.
De las ideas a la ideología y de la ideología a las instituciones.
El Cristianismo, que surge dentro y en contra de Roma representa la idea, el pensamiento, la vuelta al pensamiento dentro de una institución basada en ideologías que no debían revisarse. El Cristianismo revisa y es, en su origen, nuestro mayor logro como especie: amor y humanismo puro.
Pero no es casualidad que el cristianismo haya nacido tan cercano a los griegos y haya sido, en sus principios, tan amigo de ellos. Muere siguiendo el camino del pensamiento griego.
Surge como ideas que revisan y discuten lo establecido para convertirse luego en la ideología domintante (siglo IV) y más tarde en la Gran Máquina que oprimirá y envenenará al pensamiento.
Otra vez es el mismo camino: de las ideas a la ideología, de la ideología a las instituciones.
Ahí está el gusano que pudre la manzana. Ahí se acaba la belleza. Los héroes se convierten en estatuas, las ideas en manuales, los sabios en maestros de escuelas y las necesidades en negocios.
El Cristianismo se convirtió en la Nueva Roma. Y dentro del veintre de esta nueva loba surgen las nuevas ideas que la destruyen: las ideas reformistas que la nobleza alemana transforma en la ideología que enfrenta al poderoso Vaticano y de la que luego nacen las instituciones anglosajonas; el pensamiento (casi) libre de Descartes se convierte con los siglos en la ideología que hará temblar las bases de la monarquía francesa y más tarde en las instituciones que coronarían al nuevo Emperador; la idea de libertad económica de los mercaderes judíos que se convierte en la ideología liberal y en las instituciones del capitalismo.
Incluso fuera de la Europa dominante ocurre este camino suicida del pensamiento: las ideas de libertad que Rusia aprende de Pushkin se convierten en la ideología de Turgueniev y sus camaradas y termina destruyéndose en las instituciones del no-pensmaiento de la revolución de 1917.
El siglo XX nos ha dado sobradas muestras de cómo la izquierda se siente fatalmente atraída por el suidicio, por la autodestrucción. De las ideas libres que penetraban profundamente el no-pensamiento occidental y cristiano que agonizaba en sus propios muertos se construyeron ideologías, cajitas de ideas muertas que debían repetir los manuales que sus propios socráticos habían redactado.
El mensaje humano de la justicia social y la igualdad entre los hombres se convirtió en la ideología marxista, repleta de manuales y libros de preceptos. La izquierda, que ya había encontrado a sus Sócrates y Platones, encontró en Marx a su Aristóteles. Con un poco de paradójica violencia (partieron de un mensaje de justicia y paz social) la izquierda encontró también su Edad Media en Rusia, en China y en Cuba, por nombrar solo sus casos más emblemáticos.
De las ideas de justicia de Tosltoi a la violencia en las ideologías de Gorki y Turgueniev y las Instituciones represivas Stalinistas; de Sierra Maestra y el sueño de una Cuba sin esclavos a los prisioneros políticos del régimen castrista.
Latinoamérica vive hoy sus propias contradicciones, sus propios suicidios. Venezuela, Argentina y Ecuador se debaten entre la libertad como discurso y la represión a sus grupos más minoritarios y molestos, entre la pobreza y unos pocos multimillonarios que solo cambian de apellido. Se habla de libertad, de cultura, de los pobres y de los derechos humanos, pero el discurso solo es vuelve real si es funcional a los intereses oficiales. Solo se cambia una oligarquía por otra, una gran Máquina por otra. O, en los peores casos, solo es un discurso y, por debajo, siguen mandando los que pueden comprarse sus esclavos. No ha habido, en toda Latinoamérica, un cambio real y significativo que quiebre, realmente, las viejas estructuras del mercado y la explotación. No han tocado a ni uno solo de los viejos amos y en algunos casos hasta los han protegido silenciosamente. Aún Bolivia, nuestro caso más aplaudido, también ha dado muestras de sus propias contradicciones.
El recorrido que las ideas de la izquierda ha seguido es bastante inspirador para quien busque contradicciones. La izquierda ha probado de todo. La revolución armada primero (Rusia, y China por los años treinta), la revuelta social y proletaria (Polonia y Checoslovaquia por los años cincuenta), la "intelectualización" (la filosofía crítica y el existencialismo y toda la literatura de los sesenta y setenta) y finalmente, la democratización (comunistas que van a las urnas como cualquier hijo de vecino).
Está claro que, en todos los casos, la muerte llega cuando se han reemplazado las ideas por la imágen de quien las pensó colgando en la oficina de un dictador.
El pensamiento, como forma liberadora, ha muerto siempre al principio del camino. Se trata de pensar libremente hasta encontrar unas cuantas ideas que sea útiles y entonces agruparlas y convertirlas en una ideología acabada y perfecta, lista para ser llevada o consumir en el lugar. La izquierda es, pracaticamente, el delivery de ideas rápidas. A eso se han reducido ellos mismos. No pida nada bien hecho. Ahí tiene usted unas cuantas ideas listas para salir a gritar que es comunista, o socialista o lo que guste. Y, por favor, no moleste más.
La izquierda, que fue en su origen nuestra hermosa forma de resucitar un mensaje amoroso y brutalmente destruído por quienes lo sostuvieron en un comienzo, no ha vuelto a tener una idea en siglos. No ha vuelto a pensar.
Pocos hombres fueron capaces de recuperar el pensamiento libre y no acabado de la ideología. Hombres que han tenido ideas frescas, valientes, verdaderamente eficacez como soluciones.
Todos, o la gran mayoría, han sido perseguidos por las mismas instituciones que la izquierda ha creado. Porque la izquierda se destruye a sí misma como toda ideología: no permite que dentro de ella crezcan ideas que no estén en el manual. La izquierda no ha logrado resolver el problema de ser una ideología.
Si buscara, alguna vez, ser ideas, no ideología, deajría por fin de morir al pie de los edificios que no son más que un símbolo y un recuerdo de lo que nunca debieron ser.
febrero 18, 2015
De las extrañas plantas que crecen en la Isla de Tsent
Dos meses estuvimos al cuidado de los nobles Señores de la Isla de Tsent desde que fuimos rescatados del naufragio. Tantos cuidados nos prodigaron en ese tiempo que poco y nada habíamos salido del palacio de Lent hasta que fuimos trasladados a nuestra choza en la isla.
Habíamos conseguido el permiso para permanecer allí por lo que los habitantes construyeron para nosotros una vivienda al estilo del lugar, espaciosa y no menos cómoda que el palacio.
Durante el día estuvimos ocupados en distintos quehaceres. Uno de mis compañeros, un hombre diestro en el trabajo con la madera, había terminado un arco y terminaba de afilar unas pocas flechas con el fin de cazar algún animal para la cena.
Una intervención favorable de los dioses nos evitó un fin trágico. Mientras afilaba la última flecha el Príncipe apareció sin que lo estuviéramos esperando.
Al ver el arma, inmediatamente nos advirtió que la Ley castigaba con la muerte a quien matara un animal.
Fue evidente nuestra sorpresa. Todos esos banquetes con carnes de todo tipo servidos incluso en mesas de hueso o de marfil que era el material con el que estaban hechos la mayoría de los muebles debían provenir de un pueblo diestro en la caza sin duda. Evidentemente nuestra contradicción era entendible y el Príncipe, que era un hombre tranquilo y sabio, comprendió y nos invitó a dar un paseo por el monte cercano.
Fue así como supimos de las extrañas plantas de carne de la Isla de Tsent.
De manera silvestre crecen, en toda la Isla y sin importar la calidad del suelo o el clima, unas plantas cuyos cuerpo no son de madera sino como de hueso.
Un tronco surge primero como una astilla y luego crece hacia arriba y de él se desprenden hacia los lados huesos más finos como ramas, en la forma de una cornamenta.
De cada rama crecen unos filamentos delgados como tendones o músculos y de ellos se sostienen tejidos que son igual a la carne de los animales.
Cuatro veces al año, es decir, una vez por cada estación, se cosechan estas carnes que se cortan de la planta como una fruta madura. Por esta razón las plantas crecen sin necesidad de ser taladas y vimos en el monte algunas de hasta tres veces la altura del palacio. El tronco o hueso principal de estos árboles era blanco como el marfil y gruesos como el tronco de un árbol realmente viejo.
Por lo que vimos solamente en el monte junto a nuestra choza supimos que crecen como maleza por todos lados y sin necesidad de cuidado alguno.
Durante el recorrido nos encontramos con un pequeño grupo de cazadores, que así les llaman en la isla de Tsent a los recolectores de carne. Ellos, verdaderos expertos en estas plantas, pudieron entonces explicarnos mucho más.
Supimos así que los campesinos habían logrado, por medio de injertos hechos con diferentes carnes de animales muertos, lograr una gran variedad de estas plantas de carne. Nos enseñaron árboles de cuyas blancas y gruesas ramas crecían trozos de carne grandes como una res entera. Plantas más pequeñas con ramas más delgadas, altas como un caballo, con trozos de carne más pequeños. Otras, como un perro de altas, con las ramas delgadas como cartílagos y de ellas colgando carnes como la de las aves. Finalmente nos enseñaron unas que, dijeron, habían sido las más difíciles de conseguir: una variedad de plantas de carne que crecen bajo el agua o en zonas pantanosas, como las plantas de arroz, con ramas delgadas como espinas y que dan carne como la de los pescados.
Todos estos prodigios se nos mostraron esa noche.
Sin embargo, el mayor de todos se nos presentó al día siguiente cuando el Príncipe nos permitió ingresar a lo que llaman en la isla la Huerta de los médicos. Allí, los injertos no se hacían con carnes sino con órganos que obtenían de cadáveres frescos.
Eran estas, también, de varios tamaños. Los árboles eran en verdad muy similares a los que ya habíamos visto, solo que en estos crecen, entre los enormes pedazos de carne, unas flores como huevos pero del doble del tamaño de un huevo normal y recubiertas por una piel como de terciopelo rosa. Al llegar la primavera y estar maduras estas flores, se abren dejando ver dentro de ellas órganos humanos como frutas listas para ser arrancadas.
Durante siglos habían trabajado para lograr este prodigio.
Vimos después otras plantas más pequeñas que no daban carne, solamente estas flores dentro de las cuales se forman los órganos más pequeños.
Todos los órganos que un ser humano pudiera precisar habían logrado hacer crecer de estas plantas.
Dos años permanecimos en la Isla de Tsent pero veinte en nuestra patria sin que pudiéramos explicar ni explicarnos cómo pudo haber sido así. Tantos prodigios vimos en esa bendita isla que nada podía, de todas maneras, sorprendernos demasiado.
Supe, hace poco, que uno de mis compañeros trajo consigo un pequeño brote de estas plantas y que, durante algunos años, la planta había crecido, menos en tamaño que en la isla, pero dando la carne suficiente para una familia. No supo explicar por qué aquí no se expandió como maleza y finalmente murió, dejando una osamenta de perro muerto en la tierra y ni un brote.
Otro compañero, decidido a encontrar la Isla de Tsent nuevamente, nunca regresó del mar.
Habíamos conseguido el permiso para permanecer allí por lo que los habitantes construyeron para nosotros una vivienda al estilo del lugar, espaciosa y no menos cómoda que el palacio.
Durante el día estuvimos ocupados en distintos quehaceres. Uno de mis compañeros, un hombre diestro en el trabajo con la madera, había terminado un arco y terminaba de afilar unas pocas flechas con el fin de cazar algún animal para la cena.
Una intervención favorable de los dioses nos evitó un fin trágico. Mientras afilaba la última flecha el Príncipe apareció sin que lo estuviéramos esperando.
Al ver el arma, inmediatamente nos advirtió que la Ley castigaba con la muerte a quien matara un animal.
Fue evidente nuestra sorpresa. Todos esos banquetes con carnes de todo tipo servidos incluso en mesas de hueso o de marfil que era el material con el que estaban hechos la mayoría de los muebles debían provenir de un pueblo diestro en la caza sin duda. Evidentemente nuestra contradicción era entendible y el Príncipe, que era un hombre tranquilo y sabio, comprendió y nos invitó a dar un paseo por el monte cercano.
Fue así como supimos de las extrañas plantas de carne de la Isla de Tsent.
De manera silvestre crecen, en toda la Isla y sin importar la calidad del suelo o el clima, unas plantas cuyos cuerpo no son de madera sino como de hueso.
Un tronco surge primero como una astilla y luego crece hacia arriba y de él se desprenden hacia los lados huesos más finos como ramas, en la forma de una cornamenta.
De cada rama crecen unos filamentos delgados como tendones o músculos y de ellos se sostienen tejidos que son igual a la carne de los animales.
Cuatro veces al año, es decir, una vez por cada estación, se cosechan estas carnes que se cortan de la planta como una fruta madura. Por esta razón las plantas crecen sin necesidad de ser taladas y vimos en el monte algunas de hasta tres veces la altura del palacio. El tronco o hueso principal de estos árboles era blanco como el marfil y gruesos como el tronco de un árbol realmente viejo.
Por lo que vimos solamente en el monte junto a nuestra choza supimos que crecen como maleza por todos lados y sin necesidad de cuidado alguno.
Durante el recorrido nos encontramos con un pequeño grupo de cazadores, que así les llaman en la isla de Tsent a los recolectores de carne. Ellos, verdaderos expertos en estas plantas, pudieron entonces explicarnos mucho más.
Supimos así que los campesinos habían logrado, por medio de injertos hechos con diferentes carnes de animales muertos, lograr una gran variedad de estas plantas de carne. Nos enseñaron árboles de cuyas blancas y gruesas ramas crecían trozos de carne grandes como una res entera. Plantas más pequeñas con ramas más delgadas, altas como un caballo, con trozos de carne más pequeños. Otras, como un perro de altas, con las ramas delgadas como cartílagos y de ellas colgando carnes como la de las aves. Finalmente nos enseñaron unas que, dijeron, habían sido las más difíciles de conseguir: una variedad de plantas de carne que crecen bajo el agua o en zonas pantanosas, como las plantas de arroz, con ramas delgadas como espinas y que dan carne como la de los pescados.
Todos estos prodigios se nos mostraron esa noche.
Sin embargo, el mayor de todos se nos presentó al día siguiente cuando el Príncipe nos permitió ingresar a lo que llaman en la isla la Huerta de los médicos. Allí, los injertos no se hacían con carnes sino con órganos que obtenían de cadáveres frescos.
Eran estas, también, de varios tamaños. Los árboles eran en verdad muy similares a los que ya habíamos visto, solo que en estos crecen, entre los enormes pedazos de carne, unas flores como huevos pero del doble del tamaño de un huevo normal y recubiertas por una piel como de terciopelo rosa. Al llegar la primavera y estar maduras estas flores, se abren dejando ver dentro de ellas órganos humanos como frutas listas para ser arrancadas.
Durante siglos habían trabajado para lograr este prodigio.
Vimos después otras plantas más pequeñas que no daban carne, solamente estas flores dentro de las cuales se forman los órganos más pequeños.
Todos los órganos que un ser humano pudiera precisar habían logrado hacer crecer de estas plantas.
Dos años permanecimos en la Isla de Tsent pero veinte en nuestra patria sin que pudiéramos explicar ni explicarnos cómo pudo haber sido así. Tantos prodigios vimos en esa bendita isla que nada podía, de todas maneras, sorprendernos demasiado.
Supe, hace poco, que uno de mis compañeros trajo consigo un pequeño brote de estas plantas y que, durante algunos años, la planta había crecido, menos en tamaño que en la isla, pero dando la carne suficiente para una familia. No supo explicar por qué aquí no se expandió como maleza y finalmente murió, dejando una osamenta de perro muerto en la tierra y ni un brote.
Otro compañero, decidido a encontrar la Isla de Tsent nuevamente, nunca regresó del mar.
Todo ser humano es una representación simbólica de sí mismo. No una representación propia sino una representación que el gran Otro (Dios, el destino, el universo, la moral o cualquier juego de reglas y apariencias que uno siga) tiene de nosotros.
Nuestra realidad es virtual en cuanto a que respondemos por un Otro. Nuestros deseos y sueños son los deseos y sueños que ese "yo" simbólico que el Otro ha creado tiene. De esto provienen todas nuestras angustias existenciales e insatisfacciones.
¿Quién soy? ¿Qué deseo? ¿Qué sueño? Las respuestas nos son dadas por ese Gran Otro, ese marco de reglas implícitas y explícitas que juegan se contradicen y luchan por mantener ciertas apariencias esenciales a la vida en sociedad.
Ahí está nuestro problema.
Y en la forma de resolverlo del filósofo encontramos una lectura nueva, original y en verdad reveladora.
Dice Zizek: el Judaísmo es la tensión. El Dios Judío es un ser insondable y así son también sus designios. No podemos entender qué es lo que Él quiere de nosotros peor estamos obligados a cumplir con ellos.
El Dios de Abraham, de Moisés, de Isaac todo el tiempo está poniendo a prueba a sus hijos sin dar ninguna explicación. Por algo será que Dios quiere esto o aquello. No está en nosotros adivinarlo.
Ahora bien. Sigue Zizek: el cristianismo resuelve esta tensión por medio del amor: Dios nos ama. Dios es amor.
Pero aquí llegamos a la gran revelación. Zizek nos propone otra lectura de los Evangelios.
Jesús dice: "Yo soy la espada, no la paz. El que no odie a su padre y a su madre no puede seguirme."
¿Cómo el gran héroe de la religión del amor nos dice esto? ¿Qué nos dice este Cristo?
Dios exige la rebelión contra el Gran Otro. Solo la verdad y el amor "nos hará libre". Y Cristo (Dios) es la verdad y el amor.
Leamos esto de otra forma: la verdad y el amor son Dios.
¿Tiene sentido todo esto?
Está claro lo paradójico de esto. Dios nos exige que matemos a Dios. Dios nos ordena que no obedezcamos a Dios.
Es imposible que podamos obedecer y dejar de obedecer en un mismo acto.
Entonces el Cristo-Dios (esto es fundamental: debemos sostener ciegamente que Cristo y Dios son una misma persona o ser) nos da la respuesta justo al final.
Jesús muere para redimirnos. ¿De qué? ¿De quién? No de nosotros ya que eso sería imposible. ¿De nuestros pecados? ¿Acaso no fue ese mismo Dios el que dijo que todo se perdona y que su nueva ley, la del amor es superior a las tablas de Moisés? ¿De qué nos está salvando el Cristo que muere en la cruz? De Dios. Nos está salvando de Dios.
Rebelarse contra las jerarquías (padre y madre) es obligatorio. Y Dios descansa en la cima de todas las jerarquías. Dios se ha abandonado a sí mismo (Cristo lo dice en la cruz y Cristo y Dios son la misma entidad). Dios se auto inmola en nombre de nuestra libertad.
Otra vez: Dios es la verdad y la verdad nos hará libre. Simplificado: Dios nos hará libres.
¿Incluso de Él mismo? Sí. Dios es amor. Siempre se ha dicho que tanto nos amó Dios que sacrificó a su propio hijo por nosotros. Pero ¿ese hijo no era en realidad Él mismo?
Dios es amor. El nuevo sentido de la vida, ese que los judíos no podían resolver más que con la tensión de nunca saber qué espera Dios de nosotros, el cristianismo lo resuelve a través del amor. Dios nos ama. Y nos ama tanto que ha decidido inmolarse para librarnos, incluso, de Él mismo.
Dios nos ha librado de todas las cadenas, incluso de la mayor de todas: ese gran Otro que nos reemplaza por un "yo" virtual y simplificado, de sueños y deseos que no lo satisfacen porque no son los sueños y deseos del "yo" real que uno es.
Concluye Zizek: el cristianismo es la forma más pura del ateísmo. No hay mayor ateo que el cristiano. todos los que han proclamado en ateísmo solo han logrado reemplazarlo por un Gran Otro diferente y, claramente, no mucho mejor.
No hay forma de llegar a un ateísmo real si no es pasando primero por el cristianismo concluye el filósofo.
Hasta acá con Zizek. Ahora sigo yo.
Sigamos con esta nueva lectura de los Evangelios. Cada frase es nueva y encaja perfectamente en estos razonamientos.
"¡Dios ha muerto!" dicen ahora los Evangelios. La Biblia y Nietzsche quedaron juntas en nuestra biblioteca casera. Superemos la escandalosa sorpresa y sigamos.
Nietzsche también nos dijo que Dios ha muerto. Y este nuevo hombre, libre de Dios, tiene ahora sobre sus espaldas la responsabilidad de cada acto, de cada sueño, de cada deseo.
¿Es, el "superhombre" del alemán, un hombre libre? ¿Verdaderamente libre? No. Nietzsche no libra al hombre de una ética superior sino que reemplaza a una con otra.
¿No representa acaso el Zarathustra una nueva entidad superior al hombre? ¿No es este libro una especie de nueva Biblia? ¿No es el deber del hombre matar a Dios para perseguir una nueva entidad suprema que es este superhombre?
Dios no ha muerto en Nietzsche, Dios ha muerto en la Biblia y el filósofo alemán nunca lo vio.
Nieszche nos libra de un Dios. Mientras que la Biblia nos libra de todas las formas de Dios y nos hace realmente libres.
Dios ha matado a Nietzsche.
Sabemos, sin embargo, lo paradójico que resultó todo esto. Las instituciones que surgieron del Cristianismo resultaron un Gran Otro terrible y peor aún que cualquier otro. Pero no hay que olvidar que estas instituciones no son el resultado de una doctrina sino de la perversidad que los hombres traen consigo.
Dios no es los hombres que dicen representarlo. Todo hombre (volvemos a Zizek) tiene una carga importante de perversidad y obscenidad. Y todo sistema creado por los hombres tendrán lo suyo, como es lógico.
Aún así, la doctrina está ahí. La enseñanza suprema del cristianismo está ahí, delante de todos nosotros: asumir el suicidio de Dios como un acto de amor supremo. Y, en consecuencia, ser dejar de preguntarle a ese gran Otro "¿Quién soy?" y buscar las respuestas en el "yo" real que cada uno es.
Soñar y desear lo que realmente soñamos y deseamos nosotros mismos y no lo que nos dicen que debemos desear o soñar. Eso, sea lo que sea eso, debe ser la libertad.
Nuestra realidad es virtual en cuanto a que respondemos por un Otro. Nuestros deseos y sueños son los deseos y sueños que ese "yo" simbólico que el Otro ha creado tiene. De esto provienen todas nuestras angustias existenciales e insatisfacciones.
¿Quién soy? ¿Qué deseo? ¿Qué sueño? Las respuestas nos son dadas por ese Gran Otro, ese marco de reglas implícitas y explícitas que juegan se contradicen y luchan por mantener ciertas apariencias esenciales a la vida en sociedad.
Ahí está nuestro problema.
Y en la forma de resolverlo del filósofo encontramos una lectura nueva, original y en verdad reveladora.
Dice Zizek: el Judaísmo es la tensión. El Dios Judío es un ser insondable y así son también sus designios. No podemos entender qué es lo que Él quiere de nosotros peor estamos obligados a cumplir con ellos.
El Dios de Abraham, de Moisés, de Isaac todo el tiempo está poniendo a prueba a sus hijos sin dar ninguna explicación. Por algo será que Dios quiere esto o aquello. No está en nosotros adivinarlo.
Ahora bien. Sigue Zizek: el cristianismo resuelve esta tensión por medio del amor: Dios nos ama. Dios es amor.
Pero aquí llegamos a la gran revelación. Zizek nos propone otra lectura de los Evangelios.
Jesús dice: "Yo soy la espada, no la paz. El que no odie a su padre y a su madre no puede seguirme."
¿Cómo el gran héroe de la religión del amor nos dice esto? ¿Qué nos dice este Cristo?
Dios exige la rebelión contra el Gran Otro. Solo la verdad y el amor "nos hará libre". Y Cristo (Dios) es la verdad y el amor.
Leamos esto de otra forma: la verdad y el amor son Dios.
¿Tiene sentido todo esto?
Está claro lo paradójico de esto. Dios nos exige que matemos a Dios. Dios nos ordena que no obedezcamos a Dios.
Es imposible que podamos obedecer y dejar de obedecer en un mismo acto.
Entonces el Cristo-Dios (esto es fundamental: debemos sostener ciegamente que Cristo y Dios son una misma persona o ser) nos da la respuesta justo al final.
Jesús muere para redimirnos. ¿De qué? ¿De quién? No de nosotros ya que eso sería imposible. ¿De nuestros pecados? ¿Acaso no fue ese mismo Dios el que dijo que todo se perdona y que su nueva ley, la del amor es superior a las tablas de Moisés? ¿De qué nos está salvando el Cristo que muere en la cruz? De Dios. Nos está salvando de Dios.
Rebelarse contra las jerarquías (padre y madre) es obligatorio. Y Dios descansa en la cima de todas las jerarquías. Dios se ha abandonado a sí mismo (Cristo lo dice en la cruz y Cristo y Dios son la misma entidad). Dios se auto inmola en nombre de nuestra libertad.
Otra vez: Dios es la verdad y la verdad nos hará libre. Simplificado: Dios nos hará libres.
¿Incluso de Él mismo? Sí. Dios es amor. Siempre se ha dicho que tanto nos amó Dios que sacrificó a su propio hijo por nosotros. Pero ¿ese hijo no era en realidad Él mismo?
Dios es amor. El nuevo sentido de la vida, ese que los judíos no podían resolver más que con la tensión de nunca saber qué espera Dios de nosotros, el cristianismo lo resuelve a través del amor. Dios nos ama. Y nos ama tanto que ha decidido inmolarse para librarnos, incluso, de Él mismo.
Dios nos ha librado de todas las cadenas, incluso de la mayor de todas: ese gran Otro que nos reemplaza por un "yo" virtual y simplificado, de sueños y deseos que no lo satisfacen porque no son los sueños y deseos del "yo" real que uno es.
Concluye Zizek: el cristianismo es la forma más pura del ateísmo. No hay mayor ateo que el cristiano. todos los que han proclamado en ateísmo solo han logrado reemplazarlo por un Gran Otro diferente y, claramente, no mucho mejor.
No hay forma de llegar a un ateísmo real si no es pasando primero por el cristianismo concluye el filósofo.
Hasta acá con Zizek. Ahora sigo yo.
Sigamos con esta nueva lectura de los Evangelios. Cada frase es nueva y encaja perfectamente en estos razonamientos.
"¡Dios ha muerto!" dicen ahora los Evangelios. La Biblia y Nietzsche quedaron juntas en nuestra biblioteca casera. Superemos la escandalosa sorpresa y sigamos.
Nietzsche también nos dijo que Dios ha muerto. Y este nuevo hombre, libre de Dios, tiene ahora sobre sus espaldas la responsabilidad de cada acto, de cada sueño, de cada deseo.
¿Es, el "superhombre" del alemán, un hombre libre? ¿Verdaderamente libre? No. Nietzsche no libra al hombre de una ética superior sino que reemplaza a una con otra.
¿No representa acaso el Zarathustra una nueva entidad superior al hombre? ¿No es este libro una especie de nueva Biblia? ¿No es el deber del hombre matar a Dios para perseguir una nueva entidad suprema que es este superhombre?
Dios no ha muerto en Nietzsche, Dios ha muerto en la Biblia y el filósofo alemán nunca lo vio.
Nieszche nos libra de un Dios. Mientras que la Biblia nos libra de todas las formas de Dios y nos hace realmente libres.
Dios ha matado a Nietzsche.
Sabemos, sin embargo, lo paradójico que resultó todo esto. Las instituciones que surgieron del Cristianismo resultaron un Gran Otro terrible y peor aún que cualquier otro. Pero no hay que olvidar que estas instituciones no son el resultado de una doctrina sino de la perversidad que los hombres traen consigo.
Dios no es los hombres que dicen representarlo. Todo hombre (volvemos a Zizek) tiene una carga importante de perversidad y obscenidad. Y todo sistema creado por los hombres tendrán lo suyo, como es lógico.
Aún así, la doctrina está ahí. La enseñanza suprema del cristianismo está ahí, delante de todos nosotros: asumir el suicidio de Dios como un acto de amor supremo. Y, en consecuencia, ser dejar de preguntarle a ese gran Otro "¿Quién soy?" y buscar las respuestas en el "yo" real que cada uno es.
Soñar y desear lo que realmente soñamos y deseamos nosotros mismos y no lo que nos dicen que debemos desear o soñar. Eso, sea lo que sea eso, debe ser la libertad.
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