septiembre 08, 2011

Escapaba porque correr es buen ejercicio. En sus huidas encontraba a muchos como él que estaban huyendo. Pero nunca los entendía. Él no podía entender eso de correr de un lugar a otro para cambiar algo. Los lugares son todos iguales, pensaba, uno no escapa de un cerro, de un río, de un bosque. Escapa de la gente que los habita. Pero él no entendía porque hay gente que quiera huir de otra gente. Él solo corría porque le gustaba moverse, cambiar de aires, de horizonte. Se iba para volver, se perdía para reencontrarse con su gente. Él no huía de nada ni de nadie. Solo se iba, de a ratos, a un mundo de poemas y tristezas infinitas. Allí, se decía, el horizonte es un hilo largo entre el cielo y el mar.
Luego, cuando volvía, el mundo era diferente, como si lo viera con un papel celofán violeta delante de sus ojos.
Lo acusaron de todo: egoísmo, egocéntrico, distraído, mal educado, irrespetuoso.
Nunca lo miraron. Si lo hubieran hecho, habrían visto un alma que no tenía hogar ni reposo.
Quizá alguien hubiera podido evitar que se escapara, un atardecer de lluvia, de la única vida que creyeron que tenía.
Sentir que no he perdido en el camino más que algunas cosas innecesarias. La incurable sinrazón sigue vigente. Entender que entender es solo ignorar las razones. No comprenderte para no sentir lástima de lo que has sido. Irremediablemente se abren caminos y uno llega a esa esquina en que debe dejar el pasado en el borde de una ventana. Y seguir caminando, mañana un beso nos dirá quién somos relamente. Y solo una certeza tengo, que ya no soy aquellos besos que no me diste.