agosto 31, 2011

Vengo descalzo, con la humedad de la tierra enfriándome las plantas de los pies y el rocío del césped trepándose a mis tobillos. Traigo un presente, una ofrenda, para dejar en tu puerta. Una vez allí, con mis pies desnudos, pisaré fuertemente sobre la tierra hasta dejar sus marcas bajo el umbral. Porque lo que traigo para ti son mis huellas, el recuerdo de mis pasos. Aquí, te ofrendo mi historia. Porque he vivido para que mis pies vagabundos me trajeran a vos. Mi vida, que pareció siempre no tener rumbo, ha sido un incesante avanzar hacia tu puerta, un acercamiento a ti. Hoy, aquí, descalzo, y sin memoria, he nacido, desnudo, como nacen todos los hombres.
Le tememos a la muerte porque tenemos conciencia de su fatalidad. Y en nuestra supersticiosa lucha colgamos en la pared un reloj y un crucifijo. Pronto estaremos usando ajo para protegernos de los vampiros. O no, tal vez nos dejemos atrapar para que nos hagan inmortales. Y permanecer, en el infierno, si es necesario. Porque también el infierno es garantía de inmortalidad. ¿Acaso no se nos prometió arder allí por toda la eternidad? No importa el precio, queremos salvarnos. De la muerte, de la extinción, del olvido. Ser y seguir siendo, nunca dejar de ser. ¡Pobres chiquilines fingiendo ser adultos!...Un día vendrá la muerte y nos llevará, a todos. Y todos moriremos con un nombre en la boca: ese nombre que pudo habernos hecho inmortales.