Desde el 83 hasta hoy, la Argentina ha sido gobernada por nombres y apellidos más que por partidos. La hiper inflación fue de Alfonsín; la fiesta neo liberal fue de Menem; el que se fue en helicóptero fue De La Rúa; el que iba y venía con bolsos de guita fue Néstor; la dictadora y loca empastillada es Cristina.
Nunca hubo un gobiernos radical, peronistas, o socialistas o algo que se le parezca al trabajo de todo un grupo de funcionarios.
Por eso cuando debieron irse todos, se fue uno. Y todos se quedaron, con diferente bandera, diferentes principios, diferente ideología.
A fines de los '90 la fiesta divertía cada vez a menos gente y las denuncias de corrupción llovían mientras el "Carlo" jugaba al golf, paseaba en Ferrari o soñaba con llegar a la luna. Entonces el apellido de Carlos Saúl se convirtió en mufa y todos empezamos a tocarnos el testículo izquierdo cada vez que se lo nombraba. Más rápido que las naves que deliraba el Carlo se avivaron los menemistas de que la joda se terminaba pero que todo, en la patria de los caudillos, era culpa de Menem.
Duhalde, gobernador menemista, se lo sacudió de encima al innombrable y fundó el menemismo sin Menem. Y sobrevivió al gastado menemismo.
Pero el fundador de la traición al menemismo traía la mochila llena de coca y pronto los aspirantes al poder entendieron que Duhalde era una carga demasiado pesada. Y Néstor, más rápido que todos aquellos juntos, se lo sacudió de encima y se convirtió en el menemismo que se había sacado de encima a Menem para ser duhaldismo que se sacaba de encima a Duhalde.
El país siguió. Pasaron algunos años de gente diciendo que no había que volver a ser lo que habían sido casi todos.
También el miedo pasó. El miedo a que la gente volviera a tomar las calles se fue con un patético 30 y pico en una elección legislativa (para Néstor, que nunca había ganado una elección nacional, eso era el éxito).
Néstor ya no necesitó a Lavagna ni a los que habían recuperado el país y trajo del sur a sus antiguos compañeros de saquear y vaciar territorios enteros.
Corría el 2005 y ya aparecían causas por corrupción. Ya para el 2010 fue mejor morirse que explicar la fortuna. Sí, el pingüino ya pesaba demasiado y Cristina, que venía del menemismo sin Menem y el duhaldismo sin Duhalde, inventaba el Kirchnerismo sin Kirchner para demostrarnos lo bien y mucho que podrían aprender los peronistas si alguno alguna vez fuera a la escuela.
De todos modos, esto ya era el feudalismo. El tecito envenenado de un Papa es una broma infantil al lado de lo que son capaces de hacer estos tipos y tipas por quedarse diez años más en el gobierno.
Claro que tiene sus desventajas. Si el menemismo sobrevivió sin Menem y el Duhaldismo sobrevivió sin Duhalde y el Kirchnerismo sobrevivió sin Néstor entonces, ¿a quién tendrán que sacudirse los Cristinistas para sobrevivir?
Hubo algunos pioneros (Alberto Fernandez, Felipe Solá, De La Sota, y otros genios de la democracia) pero fue el que Massa voló, atravesó la estratosfera y volvió antes que la Señora se diera cuenta que el que a hierro mata a hierro muere.
Y un día de 2013, Massa, menemista que se sacudió a Menem, Duhaldista que se sacudió a Duhalde, Kirchnerista que se sacudió a Kirchner (tomo airey sigo) se convirtió en el Cristinismo que se sacudió a Cristina.