septiembre 18, 2012


Twitteratura I


Tanto le temía el niño a la soledad de su cuarto que, llorando, imploraba a los fantasmas que no lo dejaran solo.



La besaba con tanta pasión por el miedo a perderla, que ella cada día juraba que no volvería para mantenerlo asustado.


Un nervioso tartamudeo, un gesto incierto en la mejilla, la mirada fija en los labios. El preámbulo del beso.


Cierra el día en las ventanas, mata todas las luciérnagas, apaga todos los destellos. No dejes que siga viendo este cuarto sin ti.
Ven, apágame.










Tenía memoria de sus anteriores reencarnaciones. No una memoria fáctica, sino una memoria más como emocional. Sentía sombras en su alma, sombras de antiguos amores. Asi, cuando recorría, por ejemplo,  por primera vez las calles de la actual ciudad de Roma, viejas discusiones en un foro para él desconocido pero no extraño lo sacudían de nuevo como hacía más de dos mil años. Cuando conoció París volvío a escuchar el ruido de los motores que cruzaban el cielo dejando caer sus bombas. La noche que asistió a un teatro para disfrutar de un concierto dedicado a Mozart recordó los ojos de la condesa con quien asisitió al estreno de esa música, dos siglos antes. 
Con pasión estudiaba la historia y encaraba cualquier viaje con la sensación de estar de regreso. La música de otros siglos, los clásicos literarios, todo lo que la cultura humana guardó del tiempo eran para él viejos reencuentros con un ser extraño que habitaba en su intuición. 
Durante toda la vida se dedicó a escribir esas sombras, esas intuiciones, como si fueran ficciones. 


Una mañana encontró la fuente de la juventud. Ya frente a ella se quitó sus ropas y entró en ella y nadó en ella.
Cuando llegó la noche, era un espermatozoide nadando en el útero de una mujer.

I.
Plantó un árbol. Con él hizo el papel en el que escribió un libro. Con los versos enamoró a la mujer con la que tuvo un hijo. Era un hombre práctico.

II.
Tuvo un hijo y, desde entonces, ya no perdió el tiempo pensando en plantar un árbol ni escribir un libro. Era un hombre satisfecho.

III.
Escribió un libro con poemas a árboles que no había plantado jamás, y soñando con hijos que nunca tuvo. Era un poeta.


─¿Sabes, Manuel?─ me dijo un día Natalia ─no entiendo bien cuando me hablas: me confundís, me mareas con argumentos a los que no termino nunca de encontrarle sentido.
Elena sabía que algo de aquel reproche no era del todo cierto, que no siempre usaba mi antigua estrategia de enredarla con confusos sofismas sobre la vida y las relaciones. Pero, así como yo tenía mi estrategia en nuestras discusiones, ella tenía la propia: la generalización. 
Un detalle, un simple hecho, eran para Marina la totalidad de nuestra relación. Así es como una puteada un día delante del televisor transmitiendo un partido de fútbol me convertía automáticamente en "Pablo, el grosero";  una tarde que olvidé, de vuelta del trabajo, comprar algo que me había encargado por la mañana me convertía en "Luis, el egoista"; o aquella vez que había descubierto un mensaje de texto con un juego de palabras en doble sentido ─una inocente broma con alguna connotación sexual─ con una compañera de trabajo fue durante más de cuatro años su forma de terminar todas las discusiones que tuvimos: "Mejor cerrá la boca, Lucas, porque yo no me olvido lo de tu compañerita".
Eran las ─¿nuestras?─ reglas de juego: enredarnos, exagerar hasta la generalización más absurda. Tratar de sacar provecho de cada detalle que se pudiera para tener razón. Éramos,  Josefina y yo ─su "Diegui" en los reencuentros─ una pareja normal.