octubre 02, 2012


Yo creo en las mariposas como otros creen en ángeles o esas cosas. También que están especializadas según sus colores. Por ejemplo, las amarillas, que aparecen cuando alguien toca algún instrumento musical; las atigradas, que traen trabajo cuando alguien necesita dinero; o las blancas, que protegen a los enfermos.
Yo creo en las mariposas como otros creen en ángeles o cosas así. También creo en los animales totémicos, protectores. Y por eso hace algún tiempo traje a casa un gato que encontré abandonado. 
Creo que a pesar de nuestra indiferencia hay una gran variedad de animales ─seres─ velando por nosotros. Y también, desde que el gato está en casa y no deja de cazar las mariposas, que son muy celosos entre ellos.

Odiaba despertar cada mañana y ver ese tatuaje en su brazo. Despertar y verlo, antes que a cualquier otra cosa, la enfermaba, le revolvía el estómago. A veces, después de hacer el amor se quedaba mirándolo, con algo de ridícula sensación de victoria. 
Pero siempre que se dormía viendo ese tatuaje soñaba con esa otra mujer, con con su hombre haciéndole el amor a esa otra mujer mientras ella observaba todo desde uno de sus brazos. Entonces era esa otra la que se reía victoriosa de ella. Y así despertaba y ahí estaba ese fantasma en el brazo de su hombre.
-Si fue un error- se defendía él -ya está hecho, está ahí te guste o no, no se puede quitar con nada y tendrás que acostumbrarte. Es solo un tatuaje.
"Si fue un error" se repetía ella, con bronca. Para ella cada una de sus palabras parecía otra, opuesta, que le sonaban más a un "todavía la amo" que a otra cosa. Y tendría que acostumbrarse; pero le resultaba imposible. Sobre todo después del día que consiguió el dinero para la operación que borraría el tatuaje y él se negó diciendo que no estaban en condiciones de gastar semejante fortuna por algo así. 
Fue entonces cuando una mañana que él estaba fuera de casa, ella, con la vista perdida por la ventana que daba a la placita de enfrente, y haciendo sonar un mate como quien trata de sacar agua de las piedras tomó la decisión. Lo dejaría, a pesar del asco que le daba la idea de dejárselo a esa otra, pero encontraría la manera de no dejar que ella se quedara en esa cama con él.
Todo el lunes pasó como pasan los lunes. Ella no habló más que para susurrarle al gato un secreto que solo compartiría con él. A él ni lo saludó cuando llegó de la calle, pero aquello había dejado de ser extraño desde que la relación ya no funcionaba como al principio.
Por la noche se amaron como si nunca fueran a hacerlo otra vez. Y él se durmió. Mientras ella le acariciaba el brazo -el del tatuaje- con la mirada satisfecha, de vencedora que sabe que ganó.
Antes que amaneciera lo despertó el ruido de la puerta y la buscó, quiso hablarle pero una sensación desconocida se lo impidió. Apenas podía verse algo en la obscuridad que todavía luchaba por quedarse y él no podía encontrarla pero tampoco podía entender a esa sensación entre caliente y húmeda que lo rodeaba. Quiso incorporarse y descubrió que tenía la mitad del cuerpo dormida. 
Cuando sus ojos se acostumbraron a la obscuridad notó junto a la puerta por la que ella se había ido para siempre una pequeña sierra de cirujano que, ensangrentada, brillaba con la primera luz del día.