abril 26, 2012


Y una noche, recostados los dos después del sexo, ella comenzó a fumar sus brazos, disfrutando cada pitada, subiendo, corriendo segura tras esa línea roja que va trepando los cigarrillos. Subió hasta el hombro, siguió hasta el pecho, y cuando llegó al corazón, mordió con fuerza, y la marca perfecta de su dentadura de muñeca mentolada quedó como un tatuaje en el corazón de su hombre.


Lo admiraba. Admiraba esa forma que él tenía de mirarla a través de los ladrillos, de las estructuras sólidas de esa realidad que no requiere argumentos para ser real. Ella lo observaba desde abajo, hacia una altura que le inventaba con sus ojos de muñeca inocente, virginal. Suspiraba al verlo sabiendo que jamás podría volver a vivir sin esa forma infantil de amarlo, sin sentir en su hombre ese amor indiferente pero sincero del hombre maduro que ama de la misma forma en que recuerda al perrito que se murió en la infancia.


I
El hombre pronunció el conjuro. Una extraña espesura invadió el aire y de la nada, de la espesa nada, ella apareció, perfecta, y ya amada desde antes de ser.


II
Deberías verla, tan hermosa, siempre tan radiante y alegre; una espesura de luces en un cuarto oscuro. Nunca creí que un día llegaría a besarla y sin embargo...ya ves, los milagros suceden.


III
En la penumbra del cuarto, el hombre bailaba y contaba "undostres...undostres" mientras giraba abrazando el aire entre las cuatro paredes acolchadas.


Allí, tendido en la arcillosa tierra desde hacía un par de días, el hombre se aliviaba la soledad con su nueva mascota, y le conversaba. Después de algún tiempo (horas, días, no podía estar seguro) el hombre le había puesto un nombre y el animal, parecía, respondía a veces a él. Así pasaron algún tiempo más; el hombre ya sintiendo la rigidez de la quietud conversando con el desinteresado animal mientras el obscuro pájaro continuaba picoteando la carne seca de quien ahora lo llamaba por un nombre.