Se despertó. La ansiedad era un millar de hormigas inquietas devorándole las tripas.
Miró el reloj para saber cuántas horas le quedaban con aquella mujer que le había dicho que tenían que hablar.
Extrañamente, él, que nunca había creído en artes adivinatorias y esas fantochadas, sabía muy bien lo que escucharía esa tarde, palabra por palabra.
Todo terminaría cuando escuchara ese nombre oculto que el había descubierto unos meses antes.
Luego vendría el crimen, la sangre, las investigaciones, la cárcel.
Luego, ahora la ansiedad y el odio afilaban el cuchillo.