diciembre 09, 2011

Amor por la camiseta
(un cuento de fútbol)

Mi viejo murió joven, no tuvo tiempo de contagiarme, como cualquier otro padre, el amor por una camiseta de fútbol.
Como una forma de honrar su memoria todos en casa debíamos considerarnos hinchas de ese club.
El asunto es que por una especie de tradición o folclore (mi tío y mis primos eran de Boca) yo debía ser hincha de River. Sí, debía.
Otro dato, y para nada menor, es que todos los domingos papá me llevaba a la cancha. Acá, en mi pueblo. Obviamente, no a ver a River. Como todo futbolero del interior, mi padre tenía también sus colores a nivel local: la "bataraza" Jorge Newery, equipo que por aquellos años de mi infancia hacía historia en el fútbol tandilense.
Cuando a mis siete años me quedé sin la persona que más he amado en el mundo, un compañero de trabajo de mi viejo siguió llevándome cada domingo a ver a Newery. Pero de  River nadie más habló salvo para las gastadas de mi tío "bostero". Y River quedó ahí, como una forma de no traicionar a mi viejo ni decepcionar a mi familia.
Mi vida futbolística siguió durante la infancia un destino desde entonces bastante parecida al nomadismo.
Recuerdo haber seguido fielmente las campañas del Vélez de Bianchi, del Newell's campeón y de varios equipos que ofrecían un buen entretenimiento.
Durante años desconocí esa sensación de ver un partido de fútbol con los ojos llenos de un interés particular, de eso que llaman pasión, o amor por una camiseta. Todo partido era una forma de empezar de cero. A los cinco o diez minutos alguno de los equipos en cancha me gustaba más, me generaba cierta empatía, o algo motivaba mi entusiasmo y, por apenas poco más de una hora, yo era hincha de ese cuadro. Hasta que el árbitro pitara y todo terminara. Y de nuevo a empezar cada vez.
Esa fue mi iniciación futbolística, mis inocentes amores de noventa minutos, de tres meses, que pasaban como dulces recuerdos de adolescencia.
Ya un poco más grande llegaría el amor en serio en mi vida. Y fue gracias a la televisación hasta obsesiva de cualquier evento en el que rodara una pelota.
La aparición de varias señales deportivas en la televisión, de eternas 24 horas de fútbol en los televisores fue lo que me llevó un día a gritar un gol. Y fue, tristemente, contra el querido River de mi viejo.
La historia comienza en el hecho particular de que me gusta ver fútbol. No tanto por el juego, más porque significa, en momentos de aburrimiento, dos horas de tener algo para ver. Nunca me gustó hacer zapping ni ver películas por lo que el fútbol me deparaba dos horas de entretenimiento sencillo, sin grandes complicaciones y con final incierto.
Veía, preferentemente, fútbol de las categorías inferiores de Argentina. El fútbol europeo, aún hoy, me aburre y ni siquiera me parece fútbol.
Empezó entonces el desfile de equipos de todo el país, aunque la mayoría, el negocio de la televisión es, finalmente, ese, eran de Buenos Aires. Pero siempre se encontraba uno con algún partido o resumen de algunos torneos del interior.
Y había, entre tantos equipos, uno que tenía algo diferente. Un club chico, de allá por la cordillera, que a pesar de jugar en categorías poco valoradas y recientemente sobre valuadas por razones extra futbolísticas, intentaba jugar un fútbol bonito, entretenido. Además, tenía algo que brilla por su ausencia aún hoy en día: seriedad, ética, juego limpio. Un equipo que intentaba jugar al fútbol con elegancia, pero que además no tenía nada de esa asquerosa viveza criolla (porteña, debería decir) de hacer tiempo, esconder balones cuando iban ganando, o sacar ventajas extra deportivas.
Quiero aclarar una cosa: no buscaba los partidos, no conocía a los jugadores, ni me interesaba tampoco eso. Solo prendía el televisor y encontraba los partidos.
Así que al terminar el día siempre había algún partido para mirar. Y los veía, solo por pasar el rato.
Pero poco a poco descubrí que entre tantos amores de ocasión, había una amistad que dejaba algo más que dos horas de entretenimiento. Ese pequeño equipo que ya me gustaba desde el partido anterior, que no necesitaba de cinco o diez minutos para convencerme, que con solo ver que era uno de los que jugaba ya tenía mi simpatía y ese esfuerzo inútil que hace un espectador para que su equipo gane.
Me gustaba, desde no sabría cuándo. Y cada vez que lo encontraba lo veía, disfrutaba de esas dos horas compartiendo las ganas de ganar. Pero todavía no era amor.
El nombre del club (que conocí completo más tarde y que hoy significa un orgullo casi de baba al pronunciarlo) es Club Deportivo Godoy Cruz Antonio Tomba. El "Tomba", el equipo mendocino que ya no sorprende a nadie por alcanzar logros que hasta hace poco eran privilegio de los equipos "grandes".
Verlo en la cancha me gustaba, me llenaba de ansiedad. Saber que jugaría tal día a tal hora era suficiente para  organizar mis obligaciones de acuerdo a ese partido.
Sí, esperaba los partidos del Tomba con cosquilleo y todo. Yo, que solo veía fútbol cuando lo encontraba, había empezado a buscar encontrarme con esos colores.
Claro que por entonces no era fácil. La distancia (Godoy Cruz, la ciudad, está a 1600 km de donde vivo), el hecho de no jugar en primera división, ni ser de Buenos Aires, hacía difícil seguir las campañas como un hincha. Pero cada tanto la televisión nos regalaba esos noventa minutos juntos.
Durante un par de años aproveché cada oportunidad de ver al Tomba sin saber qué clase de sentimeinto era.
Fue en el 2006 cuando las consecuencias lógicas de estos encuentros fortuitos empezaron a precipitarse. En mayo de ese año el Bodeguero asciende a la primera división del fútbol argentino y la televisión comienza a transmitir todos los partidos del Tomba en vivo.
Ahora que estaba en primera y podía seguir la campaña, tenía que hacerlo. Debía hacerlo, pero en un sentido totalmente nuevo para mi, no como cuando debía ser hincha de River.
Los primeros seis meses el Tomba brillaba con su juego, entretenía, sorprendía a todos con su fútbol bonito, su buenas intenciones tan impecablemente llevadas a cabo en la cancha. Pero perdía y los puntos empezaban a faltar para mantener la categoría. Yo, que no era hincha del club, terminaba los partidos enojado con el fútbol, con la vida. Me indignaba, era injusto que un equipo chico y del interior con tan buenas intenciones y que jugara tan lindo, perdiera contra los equipos mezquinos que ni siquiera intentaban jugar a algo. Yo racionalizaba esa amargura, la justificaba diciéndome eso. Era solo una cuestión de justicia moral y deportiva.
Aclaro que para mi todo esto era nuevo. No conocía esa sensación de angustia ante un simple partido de fútbol. Es necesario que alguno pierda para que otro gane o todos serían empates y el juego perdería absolutamente todo. Pero ver perder al Tomba era angustiante, me llenaba de un odio totalmente desconocido e inexplicable para mi que no había sufrido nunca por una camiseta.
Para el hincha común de fútbol todo esto es puro palabrerío. Conocen desde la cuna el amor por la camiseta, el orgullo de ver jugar bien a un equipo, la alegría de un resultado positivo, la explosión en la garganta de un grito de gol. Pero para mi, eso era algo ajeno, de gente que no tenía nada en la vida y se desquitaba insultando a un árbitro, o gritándole a alguien solo por seguir a otro equipo.
Yo no sabía de nada de eso. No lo había sentido jamás. Uno era hincha porque debía serlo, porque su padre, o un tío o un abuelo, o quién fuera se lo había impuesto. Y eso anulaba cualquier acto pasional.
Fue a mediados del 2007, una tarde noche de lunes (lo recuerdo porque debía ir a cursar a la Escuela de Música) que por el campeonato local se enfrentaban, para mi desgracia, River y Godoy Cruz.
Falté a clases. La excusa era que jugaba River. Lo juro. En casa dije que no tenía ganas de ir, que me quedaba en casa, que aprovechaba que jugaba River para verlo. Y jugó el Millonario contra un equipito de Mendoza que venía sorprendiendo por el buen juego. Ahí, enfrente de la banda roja, la camiseta suplente en gris y azul del Club Deportivo Godoy Cruz Antonio Tomba.
Del partido no recuerdo practicamente nada. Me acuerdo que entró un pibe, un tal Enzo (que algunos años después jugaría la final del mundo contra el Barça de Messi), y que ese pibe, con ese nombre que tanto significaba en esa cancha, se hizo inmEnzo, como hubieran dicho ellos.
Terminaba el partido, 47 minutos del segundo tiempo, empataban sin goles. Alguien presiona en campo del local, los millonarios pierden la pelota y Enzo Perez la roba y corre hacia el área rival. Minuto 48 del segundo tiempo. Se me rompe la garganta en un grito desconocido, nuevo y maravilloso. Nicolás Olmedo aparece por la derecha y el pibe Enzo lo ve, lo habilita y el "cascarudo" le cruza la pelota al arquero de la banda roja. Un final de novela.
Fue el primer "te amo". Fue la destrucción de todas las imposiciones. Fue gritarle el gol en la cara al fantasma de mi viejo. Fue por fin liberarme y confesarle a esa esposa insípida que nunca me había movido un pelo, que otra me había hecho temblar la estantería, que ya no podía esconderme, que ya no era un juego, que ya no alcanzaban esos encuentros ocasionales. Que estaba enamorado de otra.
Si alguna vez he podido mirar un partido de fútbol sin sentimentalismos, fue antes de esa noche de ese miércoles.
Esa noche supe que ya no habría más amores de ocasión. Ya no habría pequeños romances de noventa minutos, de seis meses y. mucho menos, un matrimonio acordado desde antes que supiera patear una pelota.
Desde entonces el fútbol es, para mi, tener que explicar cómo me hice hincha de un equipo que juega a más de mil kilómetros de distancia. O ver a los que viven en Mendoza, y pueden ir a la cancha cada vez que el Tomba juega de local, como un bicho raro que salió de quién sabe dónde, pensando que ellos tienen todo tan cerca pero que yo me banqué la distancia. O enfrentar las acusaciones de los que me conocen de toda la vida diciendo "¿pero vos no eras de River? ¿Ahora te vendiste?". No, nunca amé esa esposa que me obligaron a mantener y cuidar. Me emociona más una pisada de Olmedo que cualquier de Francescolli. El sombrero de Villar en la sudamericana, de espaldas al arco y de taco, para dejar a Tito Ramirez mano a mano con el arquero rival lo tengo pegado en la frente, del lado de adentro, agarrado con chinches. Y ¡qué decir de ese verano que el Tomba salió campeón de una torneo de verano acá en mi ciudad, en mi Tandil!
Tener que dar explicaciones vale por todos esos momentos en que sentado frente al televisor me emociona un taco, una pisada, una pelota puesta al pie. Un equipo queriendo merecer la gloria. Y mereciéndola con creces.
Nadie podrá quitarme mi emoción al ver jugar al bodeguero. Ni la ansiedad de esperar que llegue el próximo partido, ni el orgullo de ser hincha de un club chico, que no tendrá la historia de los grandes. Pero te voy a decir algo: mientras los grandes hablan de historia, Godoy Cruz Antonio Tomba hace historia...
¿y yo?...yo escribo historias, como esta, mi historia con el Tomba, una historia de amor.