abril 03, 2013


Ética Electoral
(o "Basta de votar como imbéciles")

Veo con cierta tristeza al poder paseando entre las ruinas húmedas de una ciudad que ayer estaba, literalmente, bajo el agua.
Nadie se arriesga a mojarse los zapatitos de charol: esperaron que bajara el agua, que se secaran las calles, para ir a recorrer las zonas inundadas.
La culpa es de Macri, de Cristina, de Scioli, de la puta lluvia que se le ocurre, justamente, caer sobre la tierra. Nosotros, pobres víctimas.
¿Quién los votó? ¿Quién votó a Macri, a Cristina, a Scioli, a cada uno de esos cientos y miles de inmorales enriquecidos ilegítimamente?
Seguramente, se votan ellos mismos. Porque nosotros, pobres víctimas.
Ahora saldrán los mismos estúpidos de siempre preguntando a quién votaría, o que votan al menos malo, o que son todos iguales y que da lo mismo votar a uno o a otro. Y los que nos hemos tomado el triste laburo de recorrer la página de cada uno de los candidatos en cada elección, de vernos hasta el hartazgo cada discurso, de mirarles cada gesto esperando encontrar una señal que nos ayude un poco, nos damos la cabeza contra la pared pensando que todo es tan al pedo que ni vale la pena seguir creyendo ni en la propia madre.
Les preguntaría, a quienes votaron a estos, a cuántos candidatos más conocían. Cuánto se informaron, cuánto buscaron entre esas boletas desconocidas para ver si había alguien mejor.
No saben. Para ellos (para la gran mayoría) el mundo es Macri o Cristina. Scioli o Cristina. Son incapaces de levantarse del sillón, de sacar Los Simpson a ver si en algún canal de esos arriba del 17 o 18 aparece el tipo desconocido, el candidato de 100 gatos locos con alguna buena idea.
Se escudan, y a veces creo que es válido el argumento, en que no tiene fe. Que son todos la misma mierda. Que al menos votamos.
Más del 80% de la población (no solo en Argentina, sino en el mundo) carece de la capacidad (según la RAE "preparación, o medios para realizar un acto") para decidir con argumentos válidos, quién está mejor capacitado para gobernar, administrar, un estado.
Le dicen (y dicen que es lo menos malo) "democracia". Pero se pronuncia "populismo". Siempre absolutamente siempre, la democracia es populismo. Gana el que miente más y mejor a esa gran mayoría de des-capacitados políticos. Savater, en un sentido más amplio, les llamó "imbéciles", pero aquí todavía nos sirve esa definición:

"¿Sabes cuál es la única obligación que tenemos en esta vida? Pues no ser imbéciles. [...]La palabra «imbécil» viene del latín baculus que significa «bastón»: el imbécil es el que necesita bastón para caminar. Si el imbécil cojea no es de los pies, sino del ánimo: es su espíritu el debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo pegue unas volteretas de órdago. Hay imbéciles de varios modelos, a elegir: a) El que cree que no quiere nada, el que dice que todo le da igual, el que vive en un perpetuo bostezo o en siesta permanente, aunque tenga los ojos abiertos y no ronque. b) El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario de lo que se le presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo a la vez. c) El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres de sus vecinos o les lleva la contraria porque sí, todo lo que hace está dictado por la opinión mayoritaria de los que le rodean: es conformista sin reflexión o rebelde sin causa. d) El que sabe que quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por qué lo quiere pero lo quiere flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas, termina siempre haciendo lo que no quiere y dejando lo que quiere para mañana, a ver si entonces se encuentra más entonado. e) El que quiere con fuerza y ferocidad, en plan bárbaro, pero se ha engañado a sí mismo sobre lo que es la realidad, se despista enormemente y termina confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle polvo. Todos estos tipos de imbecilidad necesitan bastón, es decir, necesitan apoyarse en cosas de fuera, ajenas, que no tienen nada que ver con la libertad y la reflexión propias. [...] Los imbéciles suelen acabar bastante mal, [...]suelen fastidiarse a sí mismos y nunca logran vivir la buena vida esa que tanto nos apetece a ti y a mí. Y todavía siento más tener que informarte qué síntomas de imbecilidad solemos tener casi todos [...] Conclusión: ¡alerta!, ¡en guardia!, ¡la imbecilidad acecha y no perdona! "

(Extracto de: Fernando Savater, "Ética para Amador"; cap. "Aparece Pepito Grillo").