Dos meses estuvimos al cuidado de los nobles Señores de la Isla de Tsent desde que fuimos rescatados del naufragio. Tantos cuidados nos prodigaron en ese tiempo que poco y nada habíamos salido del palacio de Lent hasta que fuimos trasladados a nuestra choza en la isla.
Habíamos conseguido el permiso para permanecer allí por lo que los habitantes construyeron para nosotros una vivienda al estilo del lugar, espaciosa y no menos cómoda que el palacio.
Durante el día estuvimos ocupados en distintos quehaceres. Uno de mis compañeros, un hombre diestro en el trabajo con la madera, había terminado un arco y terminaba de afilar unas pocas flechas con el fin de cazar algún animal para la cena.
Una intervención favorable de los dioses nos evitó un fin trágico. Mientras afilaba la última flecha el Príncipe apareció sin que lo estuviéramos esperando.
Al ver el arma, inmediatamente nos advirtió que la Ley castigaba con la muerte a quien matara un animal.
Fue evidente nuestra sorpresa. Todos esos banquetes con carnes de todo tipo servidos incluso en mesas de hueso o de marfil que era el material con el que estaban hechos la mayoría de los muebles debían provenir de un pueblo diestro en la caza sin duda. Evidentemente nuestra contradicción era entendible y el Príncipe, que era un hombre tranquilo y sabio, comprendió y nos invitó a dar un paseo por el monte cercano.
Fue así como supimos de las extrañas plantas de carne de la Isla de Tsent.
De manera silvestre crecen, en toda la Isla y sin importar la calidad del suelo o el clima, unas plantas cuyos cuerpo no son de madera sino como de hueso.
Un tronco surge primero como una astilla y luego crece hacia arriba y de él se desprenden hacia los lados huesos más finos como ramas, en la forma de una cornamenta.
De cada rama crecen unos filamentos delgados como tendones o músculos y de ellos se sostienen tejidos que son igual a la carne de los animales.
Cuatro veces al año, es decir, una vez por cada estación, se cosechan estas carnes que se cortan de la planta como una fruta madura. Por esta razón las plantas crecen sin necesidad de ser taladas y vimos en el monte algunas de hasta tres veces la altura del palacio. El tronco o hueso principal de estos árboles era blanco como el marfil y gruesos como el tronco de un árbol realmente viejo.
Por lo que vimos solamente en el monte junto a nuestra choza supimos que crecen como maleza por todos lados y sin necesidad de cuidado alguno.
Durante el recorrido nos encontramos con un pequeño grupo de cazadores, que así les llaman en la isla de Tsent a los recolectores de carne. Ellos, verdaderos expertos en estas plantas, pudieron entonces explicarnos mucho más.
Supimos así que los campesinos habían logrado, por medio de injertos hechos con diferentes carnes de animales muertos, lograr una gran variedad de estas plantas de carne. Nos enseñaron árboles de cuyas blancas y gruesas ramas crecían trozos de carne grandes como una res entera. Plantas más pequeñas con ramas más delgadas, altas como un caballo, con trozos de carne más pequeños. Otras, como un perro de altas, con las ramas delgadas como cartílagos y de ellas colgando carnes como la de las aves. Finalmente nos enseñaron unas que, dijeron, habían sido las más difíciles de conseguir: una variedad de plantas de carne que crecen bajo el agua o en zonas pantanosas, como las plantas de arroz, con ramas delgadas como espinas y que dan carne como la de los pescados.
Todos estos prodigios se nos mostraron esa noche.
Sin embargo, el mayor de todos se nos presentó al día siguiente cuando el Príncipe nos permitió ingresar a lo que llaman en la isla la Huerta de los médicos. Allí, los injertos no se hacían con carnes sino con órganos que obtenían de cadáveres frescos.
Eran estas, también, de varios tamaños. Los árboles eran en verdad muy similares a los que ya habíamos visto, solo que en estos crecen, entre los enormes pedazos de carne, unas flores como huevos pero del doble del tamaño de un huevo normal y recubiertas por una piel como de terciopelo rosa. Al llegar la primavera y estar maduras estas flores, se abren dejando ver dentro de ellas órganos humanos como frutas listas para ser arrancadas.
Durante siglos habían trabajado para lograr este prodigio.
Vimos después otras plantas más pequeñas que no daban carne, solamente estas flores dentro de las cuales se forman los órganos más pequeños.
Todos los órganos que un ser humano pudiera precisar habían logrado hacer crecer de estas plantas.
Dos años permanecimos en la Isla de Tsent pero veinte en nuestra patria sin que pudiéramos explicar ni explicarnos cómo pudo haber sido así. Tantos prodigios vimos en esa bendita isla que nada podía, de todas maneras, sorprendernos demasiado.
Supe, hace poco, que uno de mis compañeros trajo consigo un pequeño brote de estas plantas y que, durante algunos años, la planta había crecido, menos en tamaño que en la isla, pero dando la carne suficiente para una familia. No supo explicar por qué aquí no se expandió como maleza y finalmente murió, dejando una osamenta de perro muerto en la tierra y ni un brote.
Otro compañero, decidido a encontrar la Isla de Tsent nuevamente, nunca regresó del mar.
febrero 18, 2015
Todo ser humano es una representación simbólica de sí mismo. No una representación propia sino una representación que el gran Otro (Dios, el destino, el universo, la moral o cualquier juego de reglas y apariencias que uno siga) tiene de nosotros.
Nuestra realidad es virtual en cuanto a que respondemos por un Otro. Nuestros deseos y sueños son los deseos y sueños que ese "yo" simbólico que el Otro ha creado tiene. De esto provienen todas nuestras angustias existenciales e insatisfacciones.
¿Quién soy? ¿Qué deseo? ¿Qué sueño? Las respuestas nos son dadas por ese Gran Otro, ese marco de reglas implícitas y explícitas que juegan se contradicen y luchan por mantener ciertas apariencias esenciales a la vida en sociedad.
Ahí está nuestro problema.
Y en la forma de resolverlo del filósofo encontramos una lectura nueva, original y en verdad reveladora.
Dice Zizek: el Judaísmo es la tensión. El Dios Judío es un ser insondable y así son también sus designios. No podemos entender qué es lo que Él quiere de nosotros peor estamos obligados a cumplir con ellos.
El Dios de Abraham, de Moisés, de Isaac todo el tiempo está poniendo a prueba a sus hijos sin dar ninguna explicación. Por algo será que Dios quiere esto o aquello. No está en nosotros adivinarlo.
Ahora bien. Sigue Zizek: el cristianismo resuelve esta tensión por medio del amor: Dios nos ama. Dios es amor.
Pero aquí llegamos a la gran revelación. Zizek nos propone otra lectura de los Evangelios.
Jesús dice: "Yo soy la espada, no la paz. El que no odie a su padre y a su madre no puede seguirme."
¿Cómo el gran héroe de la religión del amor nos dice esto? ¿Qué nos dice este Cristo?
Dios exige la rebelión contra el Gran Otro. Solo la verdad y el amor "nos hará libre". Y Cristo (Dios) es la verdad y el amor.
Leamos esto de otra forma: la verdad y el amor son Dios.
¿Tiene sentido todo esto?
Está claro lo paradójico de esto. Dios nos exige que matemos a Dios. Dios nos ordena que no obedezcamos a Dios.
Es imposible que podamos obedecer y dejar de obedecer en un mismo acto.
Entonces el Cristo-Dios (esto es fundamental: debemos sostener ciegamente que Cristo y Dios son una misma persona o ser) nos da la respuesta justo al final.
Jesús muere para redimirnos. ¿De qué? ¿De quién? No de nosotros ya que eso sería imposible. ¿De nuestros pecados? ¿Acaso no fue ese mismo Dios el que dijo que todo se perdona y que su nueva ley, la del amor es superior a las tablas de Moisés? ¿De qué nos está salvando el Cristo que muere en la cruz? De Dios. Nos está salvando de Dios.
Rebelarse contra las jerarquías (padre y madre) es obligatorio. Y Dios descansa en la cima de todas las jerarquías. Dios se ha abandonado a sí mismo (Cristo lo dice en la cruz y Cristo y Dios son la misma entidad). Dios se auto inmola en nombre de nuestra libertad.
Otra vez: Dios es la verdad y la verdad nos hará libre. Simplificado: Dios nos hará libres.
¿Incluso de Él mismo? Sí. Dios es amor. Siempre se ha dicho que tanto nos amó Dios que sacrificó a su propio hijo por nosotros. Pero ¿ese hijo no era en realidad Él mismo?
Dios es amor. El nuevo sentido de la vida, ese que los judíos no podían resolver más que con la tensión de nunca saber qué espera Dios de nosotros, el cristianismo lo resuelve a través del amor. Dios nos ama. Y nos ama tanto que ha decidido inmolarse para librarnos, incluso, de Él mismo.
Dios nos ha librado de todas las cadenas, incluso de la mayor de todas: ese gran Otro que nos reemplaza por un "yo" virtual y simplificado, de sueños y deseos que no lo satisfacen porque no son los sueños y deseos del "yo" real que uno es.
Concluye Zizek: el cristianismo es la forma más pura del ateísmo. No hay mayor ateo que el cristiano. todos los que han proclamado en ateísmo solo han logrado reemplazarlo por un Gran Otro diferente y, claramente, no mucho mejor.
No hay forma de llegar a un ateísmo real si no es pasando primero por el cristianismo concluye el filósofo.
Hasta acá con Zizek. Ahora sigo yo.
Sigamos con esta nueva lectura de los Evangelios. Cada frase es nueva y encaja perfectamente en estos razonamientos.
"¡Dios ha muerto!" dicen ahora los Evangelios. La Biblia y Nietzsche quedaron juntas en nuestra biblioteca casera. Superemos la escandalosa sorpresa y sigamos.
Nietzsche también nos dijo que Dios ha muerto. Y este nuevo hombre, libre de Dios, tiene ahora sobre sus espaldas la responsabilidad de cada acto, de cada sueño, de cada deseo.
¿Es, el "superhombre" del alemán, un hombre libre? ¿Verdaderamente libre? No. Nietzsche no libra al hombre de una ética superior sino que reemplaza a una con otra.
¿No representa acaso el Zarathustra una nueva entidad superior al hombre? ¿No es este libro una especie de nueva Biblia? ¿No es el deber del hombre matar a Dios para perseguir una nueva entidad suprema que es este superhombre?
Dios no ha muerto en Nietzsche, Dios ha muerto en la Biblia y el filósofo alemán nunca lo vio.
Nieszche nos libra de un Dios. Mientras que la Biblia nos libra de todas las formas de Dios y nos hace realmente libres.
Dios ha matado a Nietzsche.
Sabemos, sin embargo, lo paradójico que resultó todo esto. Las instituciones que surgieron del Cristianismo resultaron un Gran Otro terrible y peor aún que cualquier otro. Pero no hay que olvidar que estas instituciones no son el resultado de una doctrina sino de la perversidad que los hombres traen consigo.
Dios no es los hombres que dicen representarlo. Todo hombre (volvemos a Zizek) tiene una carga importante de perversidad y obscenidad. Y todo sistema creado por los hombres tendrán lo suyo, como es lógico.
Aún así, la doctrina está ahí. La enseñanza suprema del cristianismo está ahí, delante de todos nosotros: asumir el suicidio de Dios como un acto de amor supremo. Y, en consecuencia, ser dejar de preguntarle a ese gran Otro "¿Quién soy?" y buscar las respuestas en el "yo" real que cada uno es.
Soñar y desear lo que realmente soñamos y deseamos nosotros mismos y no lo que nos dicen que debemos desear o soñar. Eso, sea lo que sea eso, debe ser la libertad.
Nuestra realidad es virtual en cuanto a que respondemos por un Otro. Nuestros deseos y sueños son los deseos y sueños que ese "yo" simbólico que el Otro ha creado tiene. De esto provienen todas nuestras angustias existenciales e insatisfacciones.
¿Quién soy? ¿Qué deseo? ¿Qué sueño? Las respuestas nos son dadas por ese Gran Otro, ese marco de reglas implícitas y explícitas que juegan se contradicen y luchan por mantener ciertas apariencias esenciales a la vida en sociedad.
Ahí está nuestro problema.
Y en la forma de resolverlo del filósofo encontramos una lectura nueva, original y en verdad reveladora.
Dice Zizek: el Judaísmo es la tensión. El Dios Judío es un ser insondable y así son también sus designios. No podemos entender qué es lo que Él quiere de nosotros peor estamos obligados a cumplir con ellos.
El Dios de Abraham, de Moisés, de Isaac todo el tiempo está poniendo a prueba a sus hijos sin dar ninguna explicación. Por algo será que Dios quiere esto o aquello. No está en nosotros adivinarlo.
Ahora bien. Sigue Zizek: el cristianismo resuelve esta tensión por medio del amor: Dios nos ama. Dios es amor.
Pero aquí llegamos a la gran revelación. Zizek nos propone otra lectura de los Evangelios.
Jesús dice: "Yo soy la espada, no la paz. El que no odie a su padre y a su madre no puede seguirme."
¿Cómo el gran héroe de la religión del amor nos dice esto? ¿Qué nos dice este Cristo?
Dios exige la rebelión contra el Gran Otro. Solo la verdad y el amor "nos hará libre". Y Cristo (Dios) es la verdad y el amor.
Leamos esto de otra forma: la verdad y el amor son Dios.
¿Tiene sentido todo esto?
Está claro lo paradójico de esto. Dios nos exige que matemos a Dios. Dios nos ordena que no obedezcamos a Dios.
Es imposible que podamos obedecer y dejar de obedecer en un mismo acto.
Entonces el Cristo-Dios (esto es fundamental: debemos sostener ciegamente que Cristo y Dios son una misma persona o ser) nos da la respuesta justo al final.
Jesús muere para redimirnos. ¿De qué? ¿De quién? No de nosotros ya que eso sería imposible. ¿De nuestros pecados? ¿Acaso no fue ese mismo Dios el que dijo que todo se perdona y que su nueva ley, la del amor es superior a las tablas de Moisés? ¿De qué nos está salvando el Cristo que muere en la cruz? De Dios. Nos está salvando de Dios.
Rebelarse contra las jerarquías (padre y madre) es obligatorio. Y Dios descansa en la cima de todas las jerarquías. Dios se ha abandonado a sí mismo (Cristo lo dice en la cruz y Cristo y Dios son la misma entidad). Dios se auto inmola en nombre de nuestra libertad.
Otra vez: Dios es la verdad y la verdad nos hará libre. Simplificado: Dios nos hará libres.
¿Incluso de Él mismo? Sí. Dios es amor. Siempre se ha dicho que tanto nos amó Dios que sacrificó a su propio hijo por nosotros. Pero ¿ese hijo no era en realidad Él mismo?
Dios es amor. El nuevo sentido de la vida, ese que los judíos no podían resolver más que con la tensión de nunca saber qué espera Dios de nosotros, el cristianismo lo resuelve a través del amor. Dios nos ama. Y nos ama tanto que ha decidido inmolarse para librarnos, incluso, de Él mismo.
Dios nos ha librado de todas las cadenas, incluso de la mayor de todas: ese gran Otro que nos reemplaza por un "yo" virtual y simplificado, de sueños y deseos que no lo satisfacen porque no son los sueños y deseos del "yo" real que uno es.
Concluye Zizek: el cristianismo es la forma más pura del ateísmo. No hay mayor ateo que el cristiano. todos los que han proclamado en ateísmo solo han logrado reemplazarlo por un Gran Otro diferente y, claramente, no mucho mejor.
No hay forma de llegar a un ateísmo real si no es pasando primero por el cristianismo concluye el filósofo.
Hasta acá con Zizek. Ahora sigo yo.
Sigamos con esta nueva lectura de los Evangelios. Cada frase es nueva y encaja perfectamente en estos razonamientos.
"¡Dios ha muerto!" dicen ahora los Evangelios. La Biblia y Nietzsche quedaron juntas en nuestra biblioteca casera. Superemos la escandalosa sorpresa y sigamos.
Nietzsche también nos dijo que Dios ha muerto. Y este nuevo hombre, libre de Dios, tiene ahora sobre sus espaldas la responsabilidad de cada acto, de cada sueño, de cada deseo.
¿Es, el "superhombre" del alemán, un hombre libre? ¿Verdaderamente libre? No. Nietzsche no libra al hombre de una ética superior sino que reemplaza a una con otra.
¿No representa acaso el Zarathustra una nueva entidad superior al hombre? ¿No es este libro una especie de nueva Biblia? ¿No es el deber del hombre matar a Dios para perseguir una nueva entidad suprema que es este superhombre?
Dios no ha muerto en Nietzsche, Dios ha muerto en la Biblia y el filósofo alemán nunca lo vio.
Nieszche nos libra de un Dios. Mientras que la Biblia nos libra de todas las formas de Dios y nos hace realmente libres.
Dios ha matado a Nietzsche.
Sabemos, sin embargo, lo paradójico que resultó todo esto. Las instituciones que surgieron del Cristianismo resultaron un Gran Otro terrible y peor aún que cualquier otro. Pero no hay que olvidar que estas instituciones no son el resultado de una doctrina sino de la perversidad que los hombres traen consigo.
Dios no es los hombres que dicen representarlo. Todo hombre (volvemos a Zizek) tiene una carga importante de perversidad y obscenidad. Y todo sistema creado por los hombres tendrán lo suyo, como es lógico.
Aún así, la doctrina está ahí. La enseñanza suprema del cristianismo está ahí, delante de todos nosotros: asumir el suicidio de Dios como un acto de amor supremo. Y, en consecuencia, ser dejar de preguntarle a ese gran Otro "¿Quién soy?" y buscar las respuestas en el "yo" real que cada uno es.
Soñar y desear lo que realmente soñamos y deseamos nosotros mismos y no lo que nos dicen que debemos desear o soñar. Eso, sea lo que sea eso, debe ser la libertad.
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