febrero 18, 2015

De las extrañas plantas que crecen en la Isla de Tsent

Dos meses estuvimos al cuidado de los nobles Señores de la Isla de Tsent desde que fuimos rescatados del naufragio. Tantos cuidados nos prodigaron en ese tiempo que poco y nada habíamos salido del palacio de Lent hasta que fuimos trasladados a nuestra choza en la isla.
Habíamos conseguido el permiso para permanecer allí por lo que los habitantes construyeron para nosotros una vivienda al estilo del lugar, espaciosa y no menos cómoda que el palacio.
Durante el día estuvimos ocupados en distintos quehaceres. Uno de mis compañeros, un hombre diestro en el trabajo con la madera, había terminado un arco y terminaba de afilar unas pocas flechas con el fin de cazar algún animal para la cena.
Una intervención favorable de los dioses nos evitó un fin trágico. Mientras afilaba la última flecha el Príncipe apareció sin que lo estuviéramos esperando.
Al ver el arma, inmediatamente nos advirtió que la Ley castigaba con la muerte a quien matara un animal.
Fue evidente nuestra sorpresa. Todos esos banquetes con carnes de todo tipo servidos incluso en mesas de hueso o de marfil que era el material con el que estaban hechos la mayoría de los muebles debían provenir de un pueblo diestro en la caza sin duda. Evidentemente nuestra contradicción era entendible y el Príncipe, que era un hombre tranquilo y sabio, comprendió y nos invitó a dar un paseo por el monte cercano.
Fue así como supimos de las extrañas plantas de carne de la Isla de Tsent.
De manera silvestre crecen, en toda la Isla y sin importar la calidad del suelo o el clima, unas plantas cuyos cuerpo no son de madera sino como de hueso.
Un tronco surge primero como una astilla y luego crece hacia arriba y de él se desprenden hacia los lados huesos más finos como ramas, en la forma de una cornamenta.
De cada rama crecen unos filamentos delgados como tendones o músculos y de ellos se sostienen tejidos que son igual a la carne de los animales.
Cuatro veces al año, es decir, una vez por cada estación, se cosechan estas carnes que se cortan de la planta como una fruta madura. Por esta razón las plantas crecen sin necesidad de ser taladas y vimos en el monte algunas de hasta tres veces la altura del palacio. El tronco o hueso principal de estos árboles era blanco como el marfil y gruesos como el tronco de un árbol realmente viejo.
Por lo que vimos solamente en el monte junto a nuestra choza supimos que crecen como maleza por todos lados y sin necesidad de cuidado alguno.
Durante el recorrido nos encontramos con un pequeño grupo de cazadores, que así les llaman en la isla de Tsent a los recolectores de carne. Ellos, verdaderos expertos en estas plantas, pudieron entonces explicarnos mucho más.
Supimos así que los campesinos habían logrado, por medio de injertos hechos con diferentes carnes de animales muertos, lograr una gran variedad de estas plantas de carne. Nos enseñaron árboles de cuyas blancas y gruesas ramas crecían trozos de carne grandes como una res entera. Plantas más pequeñas con ramas más delgadas, altas como un caballo, con trozos de carne más pequeños. Otras, como un perro de altas, con las ramas delgadas como cartílagos y de ellas colgando carnes como la de las aves. Finalmente nos enseñaron unas que, dijeron, habían sido las más difíciles de conseguir: una variedad de plantas de carne que crecen bajo el agua o en zonas pantanosas, como las plantas de arroz, con ramas delgadas como espinas y que dan carne como la de los pescados.
Todos estos prodigios se nos mostraron esa noche.
Sin embargo, el mayor de todos se nos presentó al día siguiente cuando el Príncipe nos permitió ingresar a lo que llaman en la isla la Huerta de los médicos. Allí, los injertos no se hacían con carnes sino con órganos que obtenían de cadáveres frescos.
Eran estas, también, de varios tamaños.  Los árboles eran en verdad muy similares a los que ya habíamos visto, solo que en estos crecen, entre los enormes pedazos de carne, unas flores como huevos pero del doble del tamaño de un huevo normal y recubiertas por una piel como de terciopelo rosa. Al llegar la primavera y estar maduras estas flores, se abren dejando ver dentro de ellas órganos humanos como frutas listas para ser arrancadas.
Durante siglos habían trabajado para lograr este prodigio.
Vimos después otras plantas más pequeñas que no daban carne, solamente estas flores dentro de las cuales se forman los órganos más pequeños.
Todos los órganos que un ser humano pudiera precisar habían logrado hacer crecer de estas plantas.

Dos años permanecimos en la Isla de Tsent pero veinte en nuestra patria sin que pudiéramos explicar ni explicarnos cómo pudo haber sido así. Tantos prodigios vimos en esa bendita isla que nada podía, de todas maneras, sorprendernos demasiado.
Supe, hace poco, que uno de mis compañeros trajo consigo un pequeño brote de estas plantas y que, durante algunos años, la planta había crecido, menos en tamaño que en la isla, pero dando la carne suficiente para una familia. No supo explicar por qué aquí no se expandió como maleza y finalmente murió, dejando una osamenta de perro muerto en la tierra y ni un brote.
Otro compañero, decidido a encontrar la Isla de Tsent nuevamente, nunca regresó del mar.

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