Las cosas que importan
En el primer banco de la capilla una señora bien vestida rezaba:
─¡Ay, Diosito! Quita de la mente de mi hija a ese muchacho pobre que la trae como el diablo de pecadora. Hazla entrar en razón, por favor, y que acepte al doctorcito nuevo, tan guapo y rico él y tan enamorado de ella.
Dos filas más atrás, un joven rezaba:
─Padre, ¡te lo ruego! ¡Dame un trabajo que me guste y con un buen sueldo que estoy cansado de esta pobreza! ¡Hay tantas cosas que me gustaría comprarme y no puedo!
Más atrás, del lado del confesionario, un hombre grueso y grasoso pero finamente vestido pedía:
─Dios, Dios, ¿tanto te cuesta hacer que mis negocios vayan mejor? ¿No puedes hacer menos vagos a esos negros? ¡Todo el tiempo andan pidiendo descansos que me hacen perder tanto dinero!
De pie y contra una pared, un muchacho pensaba:
─Padre, solo te pido que esta temporada seamos campeones. ¡Solo eso! ¡Todos los años te lo pido y nunca me escuchas!
Otro, cerca de éste, murmuraba:
─Padrecito, ¡haz que sus ojos negros se fijen en mi! ¡Es la mujer más hermosa de todas y no quiero una esposa fea!
Al final de los bancos, sobre la última fila, casi escondida, una mujer jóven toda vestida de negro y con la cara cubierta rezaba en voz baja:
─Tú que no evitaste que la muerte lastimara a mi niño, ten, por favor, algo de consideración con su pequeña almita.
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