Comedia de los tres amigos.
Compartían la mesa tres amigos. Llamaremos A al protagonista, B y C a sus dos amigos.
El tema de conversación era la novia de A.
Dijo B:
─Ella no me agrada. Carece de cualquier encanto físico y tiene menos de inteligencia que de esa cosa que llaman "personalidad". Marturbarse ha de ser más placentero que estar con ella.
Ciertamente, comentario tan ofensivo hirió el orgullo de A. Sin embargo, esperó la opinión de su otro amigo. Entonces dijo C en tono conciliatorio:
─Estoy seguro que ella tiene los encantos necesarios. También que cualquiera podría encontrar placeres que compartir con ella. Si no fuera la novia de mi amigo, bien podría pedirle que fuera la mía.
Luego de aquella noche, los tres amigos no vuelven a juntarse. Apenas a dos se reduce el grupo y nunca más A quiso estar cerca de C.
diciembre 24, 2011
Un buen perdedor
─No, boludo, ¿cómo le vas a decir eso?, ¿no ves que si se lo decís te va a tener atado como a un perro?...Haceme caso, callate que en unos meses vas a estar esperando que llegue el jueves para escaparte de tu casa...
Cuando el negro Brescia me dijo eso lo pensé de otra manera. Con Laura recién hacía unos pocos meses que nos habíamos casado y él llevaba ya más de diez años de matrimonio.
Pero la verdad es que me sentía mal por abandonarla así, todos los jueves, para reunirme con los muchachos. Mientras estábamos de novio era diferente. Casi nunca nos veíamos de noche porque ella prefería descansar bien cuando debía levantarse para ir al trabajo. Pero ahora, dejarla sola en casa para compartir un juego de cartas con los amigos me generaba una sensación de abandono, y la culpa me traía mal.
Al jueves siguiente nos tocaba en el departamento del flaco Lorenzini, un tipo descuidado que desde que la mujer lo había dejado andaba parando en hoteles de mala muerte. Conseguido un departamento, volvíamos a incorporarlo a los turnos.
Así que a los pocos días suspiraba resignado mientras golpeaba una puerta que esperaba no se abriera. Eran unos pocos departamentos en fila, de esos a los que les dicen PH, y a los que se entraba por un pasillo largo que iba desde la acera hasta el último departamento. De un lado, una alta medianera húmeda y despintada, del otro, la hilera de cuevas continuas que gente como el flaco Lorenzini llamaba "casa". Se adivinaba, a simple vista, la intención de haber sido construidos más para ser lugares de paso que un hogar.
Al loco Lorenzini no le importaba aquel detalle. "Para bañarme y dormir alcanza", dijo, "además que ves buenas mujeres todo el tiempo. En el del fondo viven tres pibas que se pagan la universidad laburando de putas. Y al de acá al lado lo comparten dos tipos bien, se ve que de mucha plata, que se turnan para traerse alguna amante. Seguro que hoy aparece alguno y nos divertimos un rato con los ruidos" terminó.
Para cerca de las nueve estábamos todos. El vino abierto desde hacía un rato, las cajas de las pizzas abiertas sobre la mesa y la charla fluida ayudaban un poco pero no dejaba de pensar en Laura, sola en la casa que compramos para estar juntos.
Cerca de las once la conversación había empezado a decaer pero la puerta del departamento contiguo reanimó la tertulia. Uno de los ricachones había llegado con la "cena de trabajo" de turno.
Aunque para nosotros solo fueran murmullos, ruidos ininteligibles, Lorenzini ya les conocía las voces.
─Este me cae simpático. Viene siempre con la misma mina. Un pobre boba a la que seguro le prometió divorciarse y todavía la tiene en veremos. No la vi nunca, pero parece una piba joven. A veces viene a la tarde o a la mañana, de noche nunca la había escuchado.
Para cuando terminamos de juntar la mesa y empezaron a circular las cartas ya los vecinos habían pasado a los hechos.
Cada vez hacen las paredes más delgadas y aquello comenzó a ponerme incómodo. A pesar que las voces llegaban mezcladas, confundidas y no se entendía palabra, era claro el placer de esa mujer que parecía estar haciéndolo en la propia habitación de Lorenzini.
─Che!...¿no me vas a decir que te ponen incómodo los vecinos? ─dijo Rodríguez,
el más viejo de nosotros, y enseguida supe que me hablaba a mí. ─¿Laurita no te hace todo ese show?
─Dejalo, viejo ─ interrumpió Brescia, y me miró con complicidad, como queriéndome hacer saber que tomaba en serio mis preocupaciones con Laura.
Entre risas y juegos la noche pasó como cualquier otra para los demás. Parecía que solo yo notaba aquellos ruidos o que solo a mi me parecían exagerados. Me molestaban, me herían el orgullo. Que a los otros hombres les pareciera algo tan normal aumentaba sin duda mi disgusto.
─Parece que la está matando, che...─bromeó Ibañez, un hombre aficionado a contar los detalles más escabrosos de sus relaciones, y los demás respondieron con risas y más bromas en el mismo estilo.
Las horas continuaron con incómoda monotonía, de ambos lados de la pared, entre bromas, comentarios soeces y los sonidos que llegaban del otro lado. Allí, el amor se sentía cada vez con más fuerza, como si en vez de cansarse, cada vez terminaran de hacerlo con más ganas de volver a empezar.
De a poco los dos ambiente se fueron fundiendo y cada vez eran más las pausas en el juego para comentar el "buen trabajo" que el hombre estaba haciendo del otro lado del muro. Pronto todo era un solo tema de conversación. Cuando Fernán ganó aquel vale cuatro con el ancho de espadas se burló de Pietra, que había confiado excesivamente en el de basto, con todo tipo de comparaciones entre el pobre derrotado y la feliz amante del vecino. Cada vez que alguien ganaba un envido, o una mano, coronaba la victoria con la gastada grosera, inevitablemente relacionada con lo que sucedía entre los amantes.
Cerca de las tres de la mañana todo se calmó y creímos que al fin habían cedido al sueño. Pero en seguida el silencio se rompió con un claro ruido de voces discutiendo.
─Pobre, piba ─dijo Lorenzini, con algo de verdadera lástima─ siempre terminan así. Discuten un rato y después el portazo.
─Todas son iguales ─sentenció Gabriel, el más joven, sobrino todavía adolescente de Brescia
Pero esta vez no hubo portazo. El hombre, que sin duda conocía los puntos débiles de la mujer, llevó la discusión de nuevo a la cama y otra vez comenzó aquel infierno de ruidos, pero esta vez peor, mayor, con toda la fuerza de una reconciliación.
Fue una noche larga. En ningún momento pude sacarme de la cabeza a Laura, allá sola en casa. Varias veces quise estar con ella, o ser nosotros dos los que estuviéramos del otro lado. Pero lo cierto es que con ella nunca había sido así.
Todo era perfecto con Laura, pero no así, y por más que me repitiera que todo aquello era exagerado, en el fondo sabía que aquella mujer no estaba fingiendo esos sonidos. Quise hablar con Laura, hablar sobre por qué no era sí entre nosotros, por qué no tenía esas ganas de mi. Una voz interior, parecida a la autocompasión, me respondió que ella no era así, que la mujer del otro lado no tenía otras armas para retener a ese hombre que no le pertenecía, que con Laura la relación era otra cosa, más verdadera y menos superficial que esos encuentros vacíos entre un hombre casado y su amante. Sentí lástima por esa desconocida que se dejaba usar y me sentí superior a ese hombre que solo jugaba con esa mujer.
A los amantes poco les importaba mi silenciosa y vana condena moral, y continuaron su ignorada indiferencia hasta tarde mientras mi incomodidad crecía a la par de sus placeres y llegaba a ser sufrimiento.
Cerca de las cuatro de la mañana inventé una cita por asuntos de trabajo a tempranas horas del viernes. Ante la resistencia que ofrecieron para dejarme ir con tan escaso argumento, debí reforzarlo con un malestar físico, un dolor de cabeza. Y con la esperanza de pronto estar en mi casa y con Laura, soporté estoicamente las menciones necesarias a mi poca resistencia al alcohol.
Finalmente pude levantarme y ponerme mi abrigo. Llegaría a casa mucho antes que los otros jueves. Le daría esa sorpresa a mi Laura, sola en casa, quizá todavía levantada como todos los jueves esperando que llegara su esposo. Me pregunté, ya casi sobre la puerta, si alguna vez estas reuniones no habrían sido para ella motivo de sospechas, de preguntarse si no serían una poco original fachada para encontrarme con otra mujer. Supe enseguida que no, que con Laura no teníamos ninguno de los dos motivos para sospechar del otro. Puse la mano en el picaporte y abrí la puerta al mismo tiempo que se oían las voces de una despedida en el departamento vecino. Me resultó incómodo, pero excitante al mismo tiempo, pensar que tendría la oportunidad de ver el rostro y el cuerpo de aquella desconocida que, no podía negarlo, me había mantenido alborotado cierto morbo durante varias horas.
Salí apurado por irme pero me tomé el tiempo de mirar hacia la puerta vecina. Allí una mujer se despedía de un hombre que no alcanzaba a verse. Entonces ella se volvió hacia la calle y pude ver su rostro. Se detuvo frente a mi.
Creo que susurré, como un niño que es descubierto en alguna falta, un "hola".
─¿Vas para casa? ─ recuerdo que pregunté.
─Si ─me respondió Laura. ─¿Vamos?
No sabría decir si respondí o solo pensé en un "si" mientras me prometía no volver a dejarla sola nunca más. Ella me tomó del brazo y empezamos a caminar.
De alguna forma llegamos a casa y nos acostamos a dormir.
─No, boludo, ¿cómo le vas a decir eso?, ¿no ves que si se lo decís te va a tener atado como a un perro?...Haceme caso, callate que en unos meses vas a estar esperando que llegue el jueves para escaparte de tu casa...
Cuando el negro Brescia me dijo eso lo pensé de otra manera. Con Laura recién hacía unos pocos meses que nos habíamos casado y él llevaba ya más de diez años de matrimonio.
Pero la verdad es que me sentía mal por abandonarla así, todos los jueves, para reunirme con los muchachos. Mientras estábamos de novio era diferente. Casi nunca nos veíamos de noche porque ella prefería descansar bien cuando debía levantarse para ir al trabajo. Pero ahora, dejarla sola en casa para compartir un juego de cartas con los amigos me generaba una sensación de abandono, y la culpa me traía mal.
Al jueves siguiente nos tocaba en el departamento del flaco Lorenzini, un tipo descuidado que desde que la mujer lo había dejado andaba parando en hoteles de mala muerte. Conseguido un departamento, volvíamos a incorporarlo a los turnos.
Así que a los pocos días suspiraba resignado mientras golpeaba una puerta que esperaba no se abriera. Eran unos pocos departamentos en fila, de esos a los que les dicen PH, y a los que se entraba por un pasillo largo que iba desde la acera hasta el último departamento. De un lado, una alta medianera húmeda y despintada, del otro, la hilera de cuevas continuas que gente como el flaco Lorenzini llamaba "casa". Se adivinaba, a simple vista, la intención de haber sido construidos más para ser lugares de paso que un hogar.
Al loco Lorenzini no le importaba aquel detalle. "Para bañarme y dormir alcanza", dijo, "además que ves buenas mujeres todo el tiempo. En el del fondo viven tres pibas que se pagan la universidad laburando de putas. Y al de acá al lado lo comparten dos tipos bien, se ve que de mucha plata, que se turnan para traerse alguna amante. Seguro que hoy aparece alguno y nos divertimos un rato con los ruidos" terminó.
Para cerca de las nueve estábamos todos. El vino abierto desde hacía un rato, las cajas de las pizzas abiertas sobre la mesa y la charla fluida ayudaban un poco pero no dejaba de pensar en Laura, sola en la casa que compramos para estar juntos.
Cerca de las once la conversación había empezado a decaer pero la puerta del departamento contiguo reanimó la tertulia. Uno de los ricachones había llegado con la "cena de trabajo" de turno.
Aunque para nosotros solo fueran murmullos, ruidos ininteligibles, Lorenzini ya les conocía las voces.
─Este me cae simpático. Viene siempre con la misma mina. Un pobre boba a la que seguro le prometió divorciarse y todavía la tiene en veremos. No la vi nunca, pero parece una piba joven. A veces viene a la tarde o a la mañana, de noche nunca la había escuchado.
Para cuando terminamos de juntar la mesa y empezaron a circular las cartas ya los vecinos habían pasado a los hechos.
Cada vez hacen las paredes más delgadas y aquello comenzó a ponerme incómodo. A pesar que las voces llegaban mezcladas, confundidas y no se entendía palabra, era claro el placer de esa mujer que parecía estar haciéndolo en la propia habitación de Lorenzini.
─Che!...¿no me vas a decir que te ponen incómodo los vecinos? ─dijo Rodríguez,
el más viejo de nosotros, y enseguida supe que me hablaba a mí. ─¿Laurita no te hace todo ese show?
─Dejalo, viejo ─ interrumpió Brescia, y me miró con complicidad, como queriéndome hacer saber que tomaba en serio mis preocupaciones con Laura.
Entre risas y juegos la noche pasó como cualquier otra para los demás. Parecía que solo yo notaba aquellos ruidos o que solo a mi me parecían exagerados. Me molestaban, me herían el orgullo. Que a los otros hombres les pareciera algo tan normal aumentaba sin duda mi disgusto.
─Parece que la está matando, che...─bromeó Ibañez, un hombre aficionado a contar los detalles más escabrosos de sus relaciones, y los demás respondieron con risas y más bromas en el mismo estilo.
Las horas continuaron con incómoda monotonía, de ambos lados de la pared, entre bromas, comentarios soeces y los sonidos que llegaban del otro lado. Allí, el amor se sentía cada vez con más fuerza, como si en vez de cansarse, cada vez terminaran de hacerlo con más ganas de volver a empezar.
De a poco los dos ambiente se fueron fundiendo y cada vez eran más las pausas en el juego para comentar el "buen trabajo" que el hombre estaba haciendo del otro lado del muro. Pronto todo era un solo tema de conversación. Cuando Fernán ganó aquel vale cuatro con el ancho de espadas se burló de Pietra, que había confiado excesivamente en el de basto, con todo tipo de comparaciones entre el pobre derrotado y la feliz amante del vecino. Cada vez que alguien ganaba un envido, o una mano, coronaba la victoria con la gastada grosera, inevitablemente relacionada con lo que sucedía entre los amantes.
Cerca de las tres de la mañana todo se calmó y creímos que al fin habían cedido al sueño. Pero en seguida el silencio se rompió con un claro ruido de voces discutiendo.
─Pobre, piba ─dijo Lorenzini, con algo de verdadera lástima─ siempre terminan así. Discuten un rato y después el portazo.
─Todas son iguales ─sentenció Gabriel, el más joven, sobrino todavía adolescente de Brescia
Pero esta vez no hubo portazo. El hombre, que sin duda conocía los puntos débiles de la mujer, llevó la discusión de nuevo a la cama y otra vez comenzó aquel infierno de ruidos, pero esta vez peor, mayor, con toda la fuerza de una reconciliación.
Fue una noche larga. En ningún momento pude sacarme de la cabeza a Laura, allá sola en casa. Varias veces quise estar con ella, o ser nosotros dos los que estuviéramos del otro lado. Pero lo cierto es que con ella nunca había sido así.
Todo era perfecto con Laura, pero no así, y por más que me repitiera que todo aquello era exagerado, en el fondo sabía que aquella mujer no estaba fingiendo esos sonidos. Quise hablar con Laura, hablar sobre por qué no era sí entre nosotros, por qué no tenía esas ganas de mi. Una voz interior, parecida a la autocompasión, me respondió que ella no era así, que la mujer del otro lado no tenía otras armas para retener a ese hombre que no le pertenecía, que con Laura la relación era otra cosa, más verdadera y menos superficial que esos encuentros vacíos entre un hombre casado y su amante. Sentí lástima por esa desconocida que se dejaba usar y me sentí superior a ese hombre que solo jugaba con esa mujer.
A los amantes poco les importaba mi silenciosa y vana condena moral, y continuaron su ignorada indiferencia hasta tarde mientras mi incomodidad crecía a la par de sus placeres y llegaba a ser sufrimiento.
Cerca de las cuatro de la mañana inventé una cita por asuntos de trabajo a tempranas horas del viernes. Ante la resistencia que ofrecieron para dejarme ir con tan escaso argumento, debí reforzarlo con un malestar físico, un dolor de cabeza. Y con la esperanza de pronto estar en mi casa y con Laura, soporté estoicamente las menciones necesarias a mi poca resistencia al alcohol.
Finalmente pude levantarme y ponerme mi abrigo. Llegaría a casa mucho antes que los otros jueves. Le daría esa sorpresa a mi Laura, sola en casa, quizá todavía levantada como todos los jueves esperando que llegara su esposo. Me pregunté, ya casi sobre la puerta, si alguna vez estas reuniones no habrían sido para ella motivo de sospechas, de preguntarse si no serían una poco original fachada para encontrarme con otra mujer. Supe enseguida que no, que con Laura no teníamos ninguno de los dos motivos para sospechar del otro. Puse la mano en el picaporte y abrí la puerta al mismo tiempo que se oían las voces de una despedida en el departamento vecino. Me resultó incómodo, pero excitante al mismo tiempo, pensar que tendría la oportunidad de ver el rostro y el cuerpo de aquella desconocida que, no podía negarlo, me había mantenido alborotado cierto morbo durante varias horas.
Salí apurado por irme pero me tomé el tiempo de mirar hacia la puerta vecina. Allí una mujer se despedía de un hombre que no alcanzaba a verse. Entonces ella se volvió hacia la calle y pude ver su rostro. Se detuvo frente a mi.
Creo que susurré, como un niño que es descubierto en alguna falta, un "hola".
─¿Vas para casa? ─ recuerdo que pregunté.
─Si ─me respondió Laura. ─¿Vamos?
No sabría decir si respondí o solo pensé en un "si" mientras me prometía no volver a dejarla sola nunca más. Ella me tomó del brazo y empezamos a caminar.
De alguna forma llegamos a casa y nos acostamos a dormir.
(borrador de la versión incluída en el Nº1 de la revista "Alarma Literaria")
diciembre 23, 2011
Hay días que no tengo más remedio que hacerlo de esta manera. Si aceptaran venir de otra forma no sería necesario, pero no siempre quieren. Entonces, es necesario tenderles una trampa. Tentarlas, y esperar que se acerquen.
Hoy, por ejemplo. Varios días sin ellas. Y uno tiene sus necesidades.
Entonces me levanto temprano y abro todas las ventanas. Pongo la pava en el fuego, caliento el agua, preparo el mate. Busco los versos de Machado en la voz de Serrat y los suelto por toda la casa. Hay canciones a las que ninguna mujer se resiste ─y ellas también son mujeres.
Entonces me siento a esperar. Siempre funciona. Más temprano que tarde alguna de ellas se descuida y se mete por una ventana. Entonces hago como si no la notara. Pronto está husmeando por toda la casa como si yo no existiera.
Sospecho que son cruza de ave y de adolescente ─ya dije que son mujer. Vuelan despreocupadas, enamoran sin el menor esfuerzo, y ¡son tan fáciles de engañar!
Algo de lástima también me provoca. Ni sospecha que ha caído en mi trampa. Pero ahí está y no puedo dejar que escape. No hasta tener de ella lo que necesito.
Entonces la capturo. La encierro en un verso, no necesito más que uno solo. Y luego la suelto, que baile desnuda por toda la casa, mi pobre Musa violada.
Y ella se queda, sigue su baile, desnuda, alegre ─dije ya que tienen algo de inocente adolescente.
Y yo me quedo con mi verso inspirado. Empieza el arduo trabajo de convertirlo en algo, de darle una forma elegante, delicada.
A veces solo logro estas miniaturas. Pero ellas no se quejan nunca y hasta he pensado que son ellas quienes me tienden la trampa. De todas formas, a veces no queda más remedio que proceder de este modo y tomar de ellas, por la fuerza, lo que uno necesita.
Debo aclarar que ninguna Musa resultó herida durante la redacción de este cuento. Tal vez un poco enamorada, pero es ese un dulce dolor que se pasa con el tiempo. Sobre todo a ellas.
Hoy, por ejemplo. Varios días sin ellas. Y uno tiene sus necesidades.
Entonces me levanto temprano y abro todas las ventanas. Pongo la pava en el fuego, caliento el agua, preparo el mate. Busco los versos de Machado en la voz de Serrat y los suelto por toda la casa. Hay canciones a las que ninguna mujer se resiste ─y ellas también son mujeres.
Entonces me siento a esperar. Siempre funciona. Más temprano que tarde alguna de ellas se descuida y se mete por una ventana. Entonces hago como si no la notara. Pronto está husmeando por toda la casa como si yo no existiera.
Sospecho que son cruza de ave y de adolescente ─ya dije que son mujer. Vuelan despreocupadas, enamoran sin el menor esfuerzo, y ¡son tan fáciles de engañar!
Algo de lástima también me provoca. Ni sospecha que ha caído en mi trampa. Pero ahí está y no puedo dejar que escape. No hasta tener de ella lo que necesito.
Entonces la capturo. La encierro en un verso, no necesito más que uno solo. Y luego la suelto, que baile desnuda por toda la casa, mi pobre Musa violada.
Y ella se queda, sigue su baile, desnuda, alegre ─dije ya que tienen algo de inocente adolescente.
Y yo me quedo con mi verso inspirado. Empieza el arduo trabajo de convertirlo en algo, de darle una forma elegante, delicada.
A veces solo logro estas miniaturas. Pero ellas no se quejan nunca y hasta he pensado que son ellas quienes me tienden la trampa. De todas formas, a veces no queda más remedio que proceder de este modo y tomar de ellas, por la fuerza, lo que uno necesita.
Debo aclarar que ninguna Musa resultó herida durante la redacción de este cuento. Tal vez un poco enamorada, pero es ese un dulce dolor que se pasa con el tiempo. Sobre todo a ellas.
diciembre 20, 2011
El hombre encendió la alta lámpara de pie junto al rincón de la habitación. Se acomodó delante de ella, de espaldas a la luz. Descorchó la botella de vino tinto y comenzó a verterla en el suelo justo unos pocos pasos delante de él.
Cuando había terminado la botella ensayó un leve movimiento con el brazo. No hubo respuesta. Tampoco cuando levantó un poco la pierna. Ni cuando se movió un paso a la derecha.
No había duda: el vino había embriagado a su sombra hasta el desmayo.
Libre al fin tomó su abrigo, bajó hasta la conserjería y devolvió la llave de la habitación de aquel lejano hotel. Y no volvió nunca más por aquellos lugares.
Cuando había terminado la botella ensayó un leve movimiento con el brazo. No hubo respuesta. Tampoco cuando levantó un poco la pierna. Ni cuando se movió un paso a la derecha.
No había duda: el vino había embriagado a su sombra hasta el desmayo.
Libre al fin tomó su abrigo, bajó hasta la conserjería y devolvió la llave de la habitación de aquel lejano hotel. Y no volvió nunca más por aquellos lugares.
diciembre 19, 2011
Los hipocondríacos no deberían guardar el teléfono celular en el bolsillo superior de la camisa. Mucho menos en modo vibrador.
Así fue que el Ingeniero Salsburzi murió una mañana.
En invierno había adquirido la costumbre de guardar el celular en el bolsillo interior del saco, pero cuando llegó el verano el pequeño teléfono de última generación pasó al bolsillo de la camisa junto a su corazón.
La mañana del 16 de enero, el Ingeniero volvía al trabajo luego de unas relajadas vacaciones. Conducía hacia la oficina cuando un cosquilleo en el pecho, debajo de la tetilla izquierda, lo asustó de tal manera que, creyendo estar al borde de un infarto, perdió el control del auto y se estrelló de frente contra un palo de la empresa telefónica.
El impacto le quebró el cuello. Murió en el acto.
En el bolsillo de la camisa quedó, vibrando, silencioso, un teléfono celular que nadie atendería.
Así fue que el Ingeniero Salsburzi murió una mañana.
En invierno había adquirido la costumbre de guardar el celular en el bolsillo interior del saco, pero cuando llegó el verano el pequeño teléfono de última generación pasó al bolsillo de la camisa junto a su corazón.
La mañana del 16 de enero, el Ingeniero volvía al trabajo luego de unas relajadas vacaciones. Conducía hacia la oficina cuando un cosquilleo en el pecho, debajo de la tetilla izquierda, lo asustó de tal manera que, creyendo estar al borde de un infarto, perdió el control del auto y se estrelló de frente contra un palo de la empresa telefónica.
El impacto le quebró el cuello. Murió en el acto.
En el bolsillo de la camisa quedó, vibrando, silencioso, un teléfono celular que nadie atendería.
diciembre 17, 2011
Borges se encontró una vez con él mismo varios años mayor. Por simple deducción sabemos que años después un hecho similar, pero inverso, ocurrió en su vida. Pero, ¿fue realmente una fantasía?
Luego de horas sentado frente a la pantalla de mi computadora, corrigiendo un cuento, decidí asomarme unos minutos al sol de la tarde. Con medio cuerpo fuera de la ventana fumaba tranquilo un cigarrillo cuando ocurrió que me vi pasar por la calle.
Con un jean gastado, una camisa suelta y zapatos náuticos, como es mi costumbre, venía caminando yo mismo dentro de veinte o veinticinco años. Se me nota saludable, tristemente calvo (lo que significa que nunca concretaré el proyectado implante capilar) y lentes diferentes a los que llevo puestos hoy pero con algo más de estilo. Por lo demás, me veía bien, con cierto aire a escritor viviendo tranquilo de su profesión que me dio algunas esperanzas.
No sé si venía a hablar conmigo y se arrepintió o si solo pasaba. Su aspecto era más bien el de alguien paseando por los viejos lugares donde habitó, algo que me gusta hacer a veces. Estuvo a punto de saludarme pero no lo hice, como si quisiera evitar un gesto que lo delatara.
Así pasé por mi ventana hace un instante. Feliz, relajado. Al llegar a la esquina dobló hacia la casa en la que vivía un amigo de la infancia y entonces ya no lo vi más.
Fue grato verme, pero ahora sé que tendré que esperar veinte años para saber por qué pasé de largo sin siquiera saludarme.
Luego de horas sentado frente a la pantalla de mi computadora, corrigiendo un cuento, decidí asomarme unos minutos al sol de la tarde. Con medio cuerpo fuera de la ventana fumaba tranquilo un cigarrillo cuando ocurrió que me vi pasar por la calle.
Con un jean gastado, una camisa suelta y zapatos náuticos, como es mi costumbre, venía caminando yo mismo dentro de veinte o veinticinco años. Se me nota saludable, tristemente calvo (lo que significa que nunca concretaré el proyectado implante capilar) y lentes diferentes a los que llevo puestos hoy pero con algo más de estilo. Por lo demás, me veía bien, con cierto aire a escritor viviendo tranquilo de su profesión que me dio algunas esperanzas.
No sé si venía a hablar conmigo y se arrepintió o si solo pasaba. Su aspecto era más bien el de alguien paseando por los viejos lugares donde habitó, algo que me gusta hacer a veces. Estuvo a punto de saludarme pero no lo hice, como si quisiera evitar un gesto que lo delatara.
Así pasé por mi ventana hace un instante. Feliz, relajado. Al llegar a la esquina dobló hacia la casa en la que vivía un amigo de la infancia y entonces ya no lo vi más.
Fue grato verme, pero ahora sé que tendré que esperar veinte años para saber por qué pasé de largo sin siquiera saludarme.
diciembre 16, 2011
Sin el valor para tomar una resolución definitiva decidió echar a suerte su propia suerte: todas las noches, antes de irse a dormir, tiraba una moneda al aire: si resultaba "cara" se acostaría, dormiría y al día siguiente iría a trabajar; si salía "seca" se suicidaría.
Repitió este ritual cada noche y sin hacer nunca trampa hasta que, de un infarto a los 65 años, murió sintiéndose un hombre sin suerte.
Repitió este ritual cada noche y sin hacer nunca trampa hasta que, de un infarto a los 65 años, murió sintiéndose un hombre sin suerte.
diciembre 15, 2011
Se sentó a esperar. Y un día llegó la muerte a buscarlo. Quiso quedarse argumentando que todavía no había vivido, que hacía años que esperaba sin ningún resultado, que morir de esa manera era injusto. Finalmente entendió, tarde, que lo único que llega solo en esta vida es la muerte.
diciembre 09, 2011
Amor por la camiseta
(un cuento de fútbol)
Mi viejo murió joven, no tuvo tiempo de contagiarme, como cualquier otro padre, el amor por una camiseta de fútbol.
Como una forma de honrar su memoria todos en casa debíamos considerarnos hinchas de ese club.
El asunto es que por una especie de tradición o folclore (mi tío y mis primos eran de Boca) yo debía ser hincha de River. Sí, debía.
Otro dato, y para nada menor, es que todos los domingos papá me llevaba a la cancha. Acá, en mi pueblo. Obviamente, no a ver a River. Como todo futbolero del interior, mi padre tenía también sus colores a nivel local: la "bataraza" Jorge Newery, equipo que por aquellos años de mi infancia hacía historia en el fútbol tandilense.
Cuando a mis siete años me quedé sin la persona que más he amado en el mundo, un compañero de trabajo de mi viejo siguió llevándome cada domingo a ver a Newery. Pero de River nadie más habló salvo para las gastadas de mi tío "bostero". Y River quedó ahí, como una forma de no traicionar a mi viejo ni decepcionar a mi familia.
Mi vida futbolística siguió durante la infancia un destino desde entonces bastante parecida al nomadismo.
Recuerdo haber seguido fielmente las campañas del Vélez de Bianchi, del Newell's campeón y de varios equipos que ofrecían un buen entretenimiento.
Durante años desconocí esa sensación de ver un partido de fútbol con los ojos llenos de un interés particular, de eso que llaman pasión, o amor por una camiseta. Todo partido era una forma de empezar de cero. A los cinco o diez minutos alguno de los equipos en cancha me gustaba más, me generaba cierta empatía, o algo motivaba mi entusiasmo y, por apenas poco más de una hora, yo era hincha de ese cuadro. Hasta que el árbitro pitara y todo terminara. Y de nuevo a empezar cada vez.
Esa fue mi iniciación futbolística, mis inocentes amores de noventa minutos, de tres meses, que pasaban como dulces recuerdos de adolescencia.
Ya un poco más grande llegaría el amor en serio en mi vida. Y fue gracias a la televisación hasta obsesiva de cualquier evento en el que rodara una pelota.
La aparición de varias señales deportivas en la televisión, de eternas 24 horas de fútbol en los televisores fue lo que me llevó un día a gritar un gol. Y fue, tristemente, contra el querido River de mi viejo.
La historia comienza en el hecho particular de que me gusta ver fútbol. No tanto por el juego, más porque significa, en momentos de aburrimiento, dos horas de tener algo para ver. Nunca me gustó hacer zapping ni ver películas por lo que el fútbol me deparaba dos horas de entretenimiento sencillo, sin grandes complicaciones y con final incierto.
Veía, preferentemente, fútbol de las categorías inferiores de Argentina. El fútbol europeo, aún hoy, me aburre y ni siquiera me parece fútbol.
Empezó entonces el desfile de equipos de todo el país, aunque la mayoría, el negocio de la televisión es, finalmente, ese, eran de Buenos Aires. Pero siempre se encontraba uno con algún partido o resumen de algunos torneos del interior.
Y había, entre tantos equipos, uno que tenía algo diferente. Un club chico, de allá por la cordillera, que a pesar de jugar en categorías poco valoradas y recientemente sobre valuadas por razones extra futbolísticas, intentaba jugar un fútbol bonito, entretenido. Además, tenía algo que brilla por su ausencia aún hoy en día: seriedad, ética, juego limpio. Un equipo que intentaba jugar al fútbol con elegancia, pero que además no tenía nada de esa asquerosa viveza criolla (porteña, debería decir) de hacer tiempo, esconder balones cuando iban ganando, o sacar ventajas extra deportivas.
Quiero aclarar una cosa: no buscaba los partidos, no conocía a los jugadores, ni me interesaba tampoco eso. Solo prendía el televisor y encontraba los partidos.
Así que al terminar el día siempre había algún partido para mirar. Y los veía, solo por pasar el rato.
Pero poco a poco descubrí que entre tantos amores de ocasión, había una amistad que dejaba algo más que dos horas de entretenimiento. Ese pequeño equipo que ya me gustaba desde el partido anterior, que no necesitaba de cinco o diez minutos para convencerme, que con solo ver que era uno de los que jugaba ya tenía mi simpatía y ese esfuerzo inútil que hace un espectador para que su equipo gane.
Me gustaba, desde no sabría cuándo. Y cada vez que lo encontraba lo veía, disfrutaba de esas dos horas compartiendo las ganas de ganar. Pero todavía no era amor.
El nombre del club (que conocí completo más tarde y que hoy significa un orgullo casi de baba al pronunciarlo) es Club Deportivo Godoy Cruz Antonio Tomba. El "Tomba", el equipo mendocino que ya no sorprende a nadie por alcanzar logros que hasta hace poco eran privilegio de los equipos "grandes".
Verlo en la cancha me gustaba, me llenaba de ansiedad. Saber que jugaría tal día a tal hora era suficiente para organizar mis obligaciones de acuerdo a ese partido.
Sí, esperaba los partidos del Tomba con cosquilleo y todo. Yo, que solo veía fútbol cuando lo encontraba, había empezado a buscar encontrarme con esos colores.
Claro que por entonces no era fácil. La distancia (Godoy Cruz, la ciudad, está a 1600 km de donde vivo), el hecho de no jugar en primera división, ni ser de Buenos Aires, hacía difícil seguir las campañas como un hincha. Pero cada tanto la televisión nos regalaba esos noventa minutos juntos.
Durante un par de años aproveché cada oportunidad de ver al Tomba sin saber qué clase de sentimeinto era.
Fue en el 2006 cuando las consecuencias lógicas de estos encuentros fortuitos empezaron a precipitarse. En mayo de ese año el Bodeguero asciende a la primera división del fútbol argentino y la televisión comienza a transmitir todos los partidos del Tomba en vivo.
Ahora que estaba en primera y podía seguir la campaña, tenía que hacerlo. Debía hacerlo, pero en un sentido totalmente nuevo para mi, no como cuando debía ser hincha de River.
Los primeros seis meses el Tomba brillaba con su juego, entretenía, sorprendía a todos con su fútbol bonito, su buenas intenciones tan impecablemente llevadas a cabo en la cancha. Pero perdía y los puntos empezaban a faltar para mantener la categoría. Yo, que no era hincha del club, terminaba los partidos enojado con el fútbol, con la vida. Me indignaba, era injusto que un equipo chico y del interior con tan buenas intenciones y que jugara tan lindo, perdiera contra los equipos mezquinos que ni siquiera intentaban jugar a algo. Yo racionalizaba esa amargura, la justificaba diciéndome eso. Era solo una cuestión de justicia moral y deportiva.
Aclaro que para mi todo esto era nuevo. No conocía esa sensación de angustia ante un simple partido de fútbol. Es necesario que alguno pierda para que otro gane o todos serían empates y el juego perdería absolutamente todo. Pero ver perder al Tomba era angustiante, me llenaba de un odio totalmente desconocido e inexplicable para mi que no había sufrido nunca por una camiseta.
Para el hincha común de fútbol todo esto es puro palabrerío. Conocen desde la cuna el amor por la camiseta, el orgullo de ver jugar bien a un equipo, la alegría de un resultado positivo, la explosión en la garganta de un grito de gol. Pero para mi, eso era algo ajeno, de gente que no tenía nada en la vida y se desquitaba insultando a un árbitro, o gritándole a alguien solo por seguir a otro equipo.
Yo no sabía de nada de eso. No lo había sentido jamás. Uno era hincha porque debía serlo, porque su padre, o un tío o un abuelo, o quién fuera se lo había impuesto. Y eso anulaba cualquier acto pasional.
Fue a mediados del 2007, una tarde noche de lunes (lo recuerdo porque debía ir a cursar a la Escuela de Música) que por el campeonato local se enfrentaban, para mi desgracia, River y Godoy Cruz.
Falté a clases. La excusa era que jugaba River. Lo juro. En casa dije que no tenía ganas de ir, que me quedaba en casa, que aprovechaba que jugaba River para verlo. Y jugó el Millonario contra un equipito de Mendoza que venía sorprendiendo por el buen juego. Ahí, enfrente de la banda roja, la camiseta suplente en gris y azul del Club Deportivo Godoy Cruz Antonio Tomba.
Del partido no recuerdo practicamente nada. Me acuerdo que entró un pibe, un tal Enzo (que algunos años después jugaría la final del mundo contra el Barça de Messi), y que ese pibe, con ese nombre que tanto significaba en esa cancha, se hizo inmEnzo, como hubieran dicho ellos.
Terminaba el partido, 47 minutos del segundo tiempo, empataban sin goles. Alguien presiona en campo del local, los millonarios pierden la pelota y Enzo Perez la roba y corre hacia el área rival. Minuto 48 del segundo tiempo. Se me rompe la garganta en un grito desconocido, nuevo y maravilloso. Nicolás Olmedo aparece por la derecha y el pibe Enzo lo ve, lo habilita y el "cascarudo" le cruza la pelota al arquero de la banda roja. Un final de novela.
Fue el primer "te amo". Fue la destrucción de todas las imposiciones. Fue gritarle el gol en la cara al fantasma de mi viejo. Fue por fin liberarme y confesarle a esa esposa insípida que nunca me había movido un pelo, que otra me había hecho temblar la estantería, que ya no podía esconderme, que ya no era un juego, que ya no alcanzaban esos encuentros ocasionales. Que estaba enamorado de otra.
Si alguna vez he podido mirar un partido de fútbol sin sentimentalismos, fue antes de esa noche de ese miércoles.
Esa noche supe que ya no habría más amores de ocasión. Ya no habría pequeños romances de noventa minutos, de seis meses y. mucho menos, un matrimonio acordado desde antes que supiera patear una pelota.
Desde entonces el fútbol es, para mi, tener que explicar cómo me hice hincha de un equipo que juega a más de mil kilómetros de distancia. O ver a los que viven en Mendoza, y pueden ir a la cancha cada vez que el Tomba juega de local, como un bicho raro que salió de quién sabe dónde, pensando que ellos tienen todo tan cerca pero que yo me banqué la distancia. O enfrentar las acusaciones de los que me conocen de toda la vida diciendo "¿pero vos no eras de River? ¿Ahora te vendiste?". No, nunca amé esa esposa que me obligaron a mantener y cuidar. Me emociona más una pisada de Olmedo que cualquier de Francescolli. El sombrero de Villar en la sudamericana, de espaldas al arco y de taco, para dejar a Tito Ramirez mano a mano con el arquero rival lo tengo pegado en la frente, del lado de adentro, agarrado con chinches. Y ¡qué decir de ese verano que el Tomba salió campeón de una torneo de verano acá en mi ciudad, en mi Tandil!
Tener que dar explicaciones vale por todos esos momentos en que sentado frente al televisor me emociona un taco, una pisada, una pelota puesta al pie. Un equipo queriendo merecer la gloria. Y mereciéndola con creces.
Nadie podrá quitarme mi emoción al ver jugar al bodeguero. Ni la ansiedad de esperar que llegue el próximo partido, ni el orgullo de ser hincha de un club chico, que no tendrá la historia de los grandes. Pero te voy a decir algo: mientras los grandes hablan de historia, Godoy Cruz Antonio Tomba hace historia...
¿y yo?...yo escribo historias, como esta, mi historia con el Tomba, una historia de amor.
(un cuento de fútbol)
Mi viejo murió joven, no tuvo tiempo de contagiarme, como cualquier otro padre, el amor por una camiseta de fútbol.
Como una forma de honrar su memoria todos en casa debíamos considerarnos hinchas de ese club.
El asunto es que por una especie de tradición o folclore (mi tío y mis primos eran de Boca) yo debía ser hincha de River. Sí, debía.
Otro dato, y para nada menor, es que todos los domingos papá me llevaba a la cancha. Acá, en mi pueblo. Obviamente, no a ver a River. Como todo futbolero del interior, mi padre tenía también sus colores a nivel local: la "bataraza" Jorge Newery, equipo que por aquellos años de mi infancia hacía historia en el fútbol tandilense.
Cuando a mis siete años me quedé sin la persona que más he amado en el mundo, un compañero de trabajo de mi viejo siguió llevándome cada domingo a ver a Newery. Pero de River nadie más habló salvo para las gastadas de mi tío "bostero". Y River quedó ahí, como una forma de no traicionar a mi viejo ni decepcionar a mi familia.
Mi vida futbolística siguió durante la infancia un destino desde entonces bastante parecida al nomadismo.
Recuerdo haber seguido fielmente las campañas del Vélez de Bianchi, del Newell's campeón y de varios equipos que ofrecían un buen entretenimiento.
Durante años desconocí esa sensación de ver un partido de fútbol con los ojos llenos de un interés particular, de eso que llaman pasión, o amor por una camiseta. Todo partido era una forma de empezar de cero. A los cinco o diez minutos alguno de los equipos en cancha me gustaba más, me generaba cierta empatía, o algo motivaba mi entusiasmo y, por apenas poco más de una hora, yo era hincha de ese cuadro. Hasta que el árbitro pitara y todo terminara. Y de nuevo a empezar cada vez.
Esa fue mi iniciación futbolística, mis inocentes amores de noventa minutos, de tres meses, que pasaban como dulces recuerdos de adolescencia.
Ya un poco más grande llegaría el amor en serio en mi vida. Y fue gracias a la televisación hasta obsesiva de cualquier evento en el que rodara una pelota.
La aparición de varias señales deportivas en la televisión, de eternas 24 horas de fútbol en los televisores fue lo que me llevó un día a gritar un gol. Y fue, tristemente, contra el querido River de mi viejo.
La historia comienza en el hecho particular de que me gusta ver fútbol. No tanto por el juego, más porque significa, en momentos de aburrimiento, dos horas de tener algo para ver. Nunca me gustó hacer zapping ni ver películas por lo que el fútbol me deparaba dos horas de entretenimiento sencillo, sin grandes complicaciones y con final incierto.
Veía, preferentemente, fútbol de las categorías inferiores de Argentina. El fútbol europeo, aún hoy, me aburre y ni siquiera me parece fútbol.
Empezó entonces el desfile de equipos de todo el país, aunque la mayoría, el negocio de la televisión es, finalmente, ese, eran de Buenos Aires. Pero siempre se encontraba uno con algún partido o resumen de algunos torneos del interior.
Y había, entre tantos equipos, uno que tenía algo diferente. Un club chico, de allá por la cordillera, que a pesar de jugar en categorías poco valoradas y recientemente sobre valuadas por razones extra futbolísticas, intentaba jugar un fútbol bonito, entretenido. Además, tenía algo que brilla por su ausencia aún hoy en día: seriedad, ética, juego limpio. Un equipo que intentaba jugar al fútbol con elegancia, pero que además no tenía nada de esa asquerosa viveza criolla (porteña, debería decir) de hacer tiempo, esconder balones cuando iban ganando, o sacar ventajas extra deportivas.
Quiero aclarar una cosa: no buscaba los partidos, no conocía a los jugadores, ni me interesaba tampoco eso. Solo prendía el televisor y encontraba los partidos.
Así que al terminar el día siempre había algún partido para mirar. Y los veía, solo por pasar el rato.
Pero poco a poco descubrí que entre tantos amores de ocasión, había una amistad que dejaba algo más que dos horas de entretenimiento. Ese pequeño equipo que ya me gustaba desde el partido anterior, que no necesitaba de cinco o diez minutos para convencerme, que con solo ver que era uno de los que jugaba ya tenía mi simpatía y ese esfuerzo inútil que hace un espectador para que su equipo gane.
Me gustaba, desde no sabría cuándo. Y cada vez que lo encontraba lo veía, disfrutaba de esas dos horas compartiendo las ganas de ganar. Pero todavía no era amor.
El nombre del club (que conocí completo más tarde y que hoy significa un orgullo casi de baba al pronunciarlo) es Club Deportivo Godoy Cruz Antonio Tomba. El "Tomba", el equipo mendocino que ya no sorprende a nadie por alcanzar logros que hasta hace poco eran privilegio de los equipos "grandes".
Verlo en la cancha me gustaba, me llenaba de ansiedad. Saber que jugaría tal día a tal hora era suficiente para organizar mis obligaciones de acuerdo a ese partido.
Sí, esperaba los partidos del Tomba con cosquilleo y todo. Yo, que solo veía fútbol cuando lo encontraba, había empezado a buscar encontrarme con esos colores.
Claro que por entonces no era fácil. La distancia (Godoy Cruz, la ciudad, está a 1600 km de donde vivo), el hecho de no jugar en primera división, ni ser de Buenos Aires, hacía difícil seguir las campañas como un hincha. Pero cada tanto la televisión nos regalaba esos noventa minutos juntos.
Durante un par de años aproveché cada oportunidad de ver al Tomba sin saber qué clase de sentimeinto era.
Fue en el 2006 cuando las consecuencias lógicas de estos encuentros fortuitos empezaron a precipitarse. En mayo de ese año el Bodeguero asciende a la primera división del fútbol argentino y la televisión comienza a transmitir todos los partidos del Tomba en vivo.
Ahora que estaba en primera y podía seguir la campaña, tenía que hacerlo. Debía hacerlo, pero en un sentido totalmente nuevo para mi, no como cuando debía ser hincha de River.
Los primeros seis meses el Tomba brillaba con su juego, entretenía, sorprendía a todos con su fútbol bonito, su buenas intenciones tan impecablemente llevadas a cabo en la cancha. Pero perdía y los puntos empezaban a faltar para mantener la categoría. Yo, que no era hincha del club, terminaba los partidos enojado con el fútbol, con la vida. Me indignaba, era injusto que un equipo chico y del interior con tan buenas intenciones y que jugara tan lindo, perdiera contra los equipos mezquinos que ni siquiera intentaban jugar a algo. Yo racionalizaba esa amargura, la justificaba diciéndome eso. Era solo una cuestión de justicia moral y deportiva.
Aclaro que para mi todo esto era nuevo. No conocía esa sensación de angustia ante un simple partido de fútbol. Es necesario que alguno pierda para que otro gane o todos serían empates y el juego perdería absolutamente todo. Pero ver perder al Tomba era angustiante, me llenaba de un odio totalmente desconocido e inexplicable para mi que no había sufrido nunca por una camiseta.
Para el hincha común de fútbol todo esto es puro palabrerío. Conocen desde la cuna el amor por la camiseta, el orgullo de ver jugar bien a un equipo, la alegría de un resultado positivo, la explosión en la garganta de un grito de gol. Pero para mi, eso era algo ajeno, de gente que no tenía nada en la vida y se desquitaba insultando a un árbitro, o gritándole a alguien solo por seguir a otro equipo.
Yo no sabía de nada de eso. No lo había sentido jamás. Uno era hincha porque debía serlo, porque su padre, o un tío o un abuelo, o quién fuera se lo había impuesto. Y eso anulaba cualquier acto pasional.
Fue a mediados del 2007, una tarde noche de lunes (lo recuerdo porque debía ir a cursar a la Escuela de Música) que por el campeonato local se enfrentaban, para mi desgracia, River y Godoy Cruz.
Falté a clases. La excusa era que jugaba River. Lo juro. En casa dije que no tenía ganas de ir, que me quedaba en casa, que aprovechaba que jugaba River para verlo. Y jugó el Millonario contra un equipito de Mendoza que venía sorprendiendo por el buen juego. Ahí, enfrente de la banda roja, la camiseta suplente en gris y azul del Club Deportivo Godoy Cruz Antonio Tomba.
Del partido no recuerdo practicamente nada. Me acuerdo que entró un pibe, un tal Enzo (que algunos años después jugaría la final del mundo contra el Barça de Messi), y que ese pibe, con ese nombre que tanto significaba en esa cancha, se hizo inmEnzo, como hubieran dicho ellos.
Terminaba el partido, 47 minutos del segundo tiempo, empataban sin goles. Alguien presiona en campo del local, los millonarios pierden la pelota y Enzo Perez la roba y corre hacia el área rival. Minuto 48 del segundo tiempo. Se me rompe la garganta en un grito desconocido, nuevo y maravilloso. Nicolás Olmedo aparece por la derecha y el pibe Enzo lo ve, lo habilita y el "cascarudo" le cruza la pelota al arquero de la banda roja. Un final de novela.
Fue el primer "te amo". Fue la destrucción de todas las imposiciones. Fue gritarle el gol en la cara al fantasma de mi viejo. Fue por fin liberarme y confesarle a esa esposa insípida que nunca me había movido un pelo, que otra me había hecho temblar la estantería, que ya no podía esconderme, que ya no era un juego, que ya no alcanzaban esos encuentros ocasionales. Que estaba enamorado de otra.
Si alguna vez he podido mirar un partido de fútbol sin sentimentalismos, fue antes de esa noche de ese miércoles.
Esa noche supe que ya no habría más amores de ocasión. Ya no habría pequeños romances de noventa minutos, de seis meses y. mucho menos, un matrimonio acordado desde antes que supiera patear una pelota.
Desde entonces el fútbol es, para mi, tener que explicar cómo me hice hincha de un equipo que juega a más de mil kilómetros de distancia. O ver a los que viven en Mendoza, y pueden ir a la cancha cada vez que el Tomba juega de local, como un bicho raro que salió de quién sabe dónde, pensando que ellos tienen todo tan cerca pero que yo me banqué la distancia. O enfrentar las acusaciones de los que me conocen de toda la vida diciendo "¿pero vos no eras de River? ¿Ahora te vendiste?". No, nunca amé esa esposa que me obligaron a mantener y cuidar. Me emociona más una pisada de Olmedo que cualquier de Francescolli. El sombrero de Villar en la sudamericana, de espaldas al arco y de taco, para dejar a Tito Ramirez mano a mano con el arquero rival lo tengo pegado en la frente, del lado de adentro, agarrado con chinches. Y ¡qué decir de ese verano que el Tomba salió campeón de una torneo de verano acá en mi ciudad, en mi Tandil!
Tener que dar explicaciones vale por todos esos momentos en que sentado frente al televisor me emociona un taco, una pisada, una pelota puesta al pie. Un equipo queriendo merecer la gloria. Y mereciéndola con creces.
Nadie podrá quitarme mi emoción al ver jugar al bodeguero. Ni la ansiedad de esperar que llegue el próximo partido, ni el orgullo de ser hincha de un club chico, que no tendrá la historia de los grandes. Pero te voy a decir algo: mientras los grandes hablan de historia, Godoy Cruz Antonio Tomba hace historia...
¿y yo?...yo escribo historias, como esta, mi historia con el Tomba, una historia de amor.
diciembre 08, 2011
Versión infantil:
Cuando el hilo se soltó de su mano el niño comenzó a llorar desconsoladamente. No sabía en su inocencia que el mundo es redondo, que el viento llevaría a su globo a dar toda la vuelta y que volvería un día repleto de grandes historias que contarle.
Versión adulta:
Cuando el hilo se soltó de su mano el niño comenzó a llorar desconsoladamente. No sabía en su inocencia que el mundo es redondo, que el viento llevaría a su globo a dar toda la vuelta y que volvería un día a sus manos.
Y cuando finalmente volvió modificado por sus experiencias, el niño, tal vez cansado de llorarlo, no lo reconoció.
Cuando el hilo se soltó de su mano el niño comenzó a llorar desconsoladamente. No sabía en su inocencia que el mundo es redondo, que el viento llevaría a su globo a dar toda la vuelta y que volvería un día repleto de grandes historias que contarle.
Versión adulta:
Cuando el hilo se soltó de su mano el niño comenzó a llorar desconsoladamente. No sabía en su inocencia que el mundo es redondo, que el viento llevaría a su globo a dar toda la vuelta y que volvería un día a sus manos.
Y cuando finalmente volvió modificado por sus experiencias, el niño, tal vez cansado de llorarlo, no lo reconoció.
Primero me quitaste tus labios. Luego tus manos. Un día ya no te traían más tus pies. Ayer me pediste que te olvidara. Si tu plan era privarme de ti de a poco, que me fuera acostumbrando a no tenerte, tengo que decirte que has fallado. Cuando cierro los ojos sigues aquí.
diciembre 06, 2011
diciembre 04, 2011
diciembre 02, 2011
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