Pongo la pava en el fuego y Julio Sosa me pregunta "¿Quién fue el raro bicho que te ha dicho, che pebete, que pasó el tiempo del firulete?". Mi abuelo escuchaba a Julio y de él heredé algunos discos viejos con sus temas más clásicos.
Al atardecer él se metía en un pequeño taller que se había armado en el fondo de la casa y allí corríamos mi primo y yo a meter las narices ─cosa que mi abuelo odiaba pero a sus nietos nos lo permitía sin chistar─ y los tangos sonaban sin imaginarse que dos décadas después seguirían cantando en otro lugar, en otra casa, y en una computadora que esos años ni siquiera imaginaban.
Mi abuelo me dejó, entre otras cosas que no se tocan, la música: D'Arienzo, Julio Sosa... Cosas que eran partes de él y, cada vez que alguno de ellos canta, el familiar espectro se acerca, se queda sentado a mi lado escuchando y soñando, tal vez, con un mate que ya no puede sostener.
Así la familia continúa, así viven los que ya no tienen vida.
Entonces pienso en los nietos modernos. Los abuelos ya no escuchan radio, ni discos. Hoy los nietos llegan y en televisores a todo color y en HD un periodista que deshonra la profesión se pelea con una conductora de un metro noventa que la tiene más larga que él.
Dentro de dos o tres décadas los nietos modernos no tendrán de sus abuelos más que un montón de fotos digitales que tendrán la insolencia de ni siquiera ponerse amarillas. Cada generación va dejando menos: menos música, menos libros, menos todo. Nos estamos yendo irremediablemente, para siempre, y sin dejar un ventana mínima por la que asomarnos a compartir un mate y una canción con nuestros nietos.
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