abril 20, 2013


La poetisa centroamericana María Cristina Porras contaba entre sus recursos literarios con la costumbre de intercalar palabras que no pertenecían al léxico de ninguna lengua conocida, es decir, que ella misma inventaba.
En agosto de 1967, la Real Academia le sugirió, para mejorar la llegada de sus poemas al público en general, re-editarlos anexando al final del volumen un pequeño glosario de aquellas palabras que ella inventaba con el significado que ella misma les daba.
─Al principio─ explicó luego la poetisa─ tomé la sugerencia como algo gracioso y hasta de una tierna ingenuidad casi infantil. Iba a aceptar la propuesta pero, cuando lo pensé por segunda vez, descubrí la malvada intención detrás de aquel asunto. Buscaban no una mayor comprensión, solo temían las consecuencias de aquellos actos de libertad extrema  para un pueblo como el latinoamericano. Solo pretendían racionalizar al extremo el uso del lenguaje para evitar cualquier brote poético o revolucionario (si no es que son la misma cosa) en su uso. Por supuesto que me negué. Aquel que no puede comprender un poema, aún cuando desconoce el significado particular de cada una de sus palabras, está muerto. La poesía habla, solo hay que escucharla, dejarse llevar por el ritmo...¿o acaso quienes aman al mar le preguntan el por qué de sus olas, de su espuma, o de sus mareas? ¿O acaso alguien le pide explicaciones a su amada sobre el color de su pelo, su tono de voz, o su forma de besar?

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