enero 29, 2013
Lógica amorosa
¿Cuántos cuerpos había tocado en los últimos años? ¿Cómo saberlo si casi todo el tiempo el alcohol formateaba su memoria y apenas si vivía de los destellos que le quedaban?
Desde que había escapado de algún lugar en su juventud, no había vuelto a mirarse al espejo con algo de solidaridad hacia si mismo. No recordaba el sabor el agua, de una comida prepara en casa. Estaba obsesionado con jugar, y perder. Enamoraba por deporte. Había desarrollado la increíble habilidad de hacer soñar a una mujer con dos tragos y media hora de chistes de esos que solo entienden algunas mujeres. Tenía todo un repertorio, una rutina. Y aún así tan pronto deshechaba sus conquistas que ni llegaban a aburrirlo.
Quizás por eso es que se sorprendió tanto cuando se escuchó decir ─tal vez fuera la única vez que de verdad lo sentía─ un "te amo".
Ella guardó silencio, luego comentó algo que creyó gracioso y la velada se convirtió en un camping un fin de semana lluvioso.
Él preguntó de más. Ella respondió de puro corazón que era.
─¡Claro que me amas cielo! Soy una apuesta sencilla, no hay mayores riesgos en amarme. Pero no esperes que también te ame así tan pronto. Amarte a ti es una apuesta mucho más alta.
enero 28, 2013
A veces es solo cuestión de salirse un poco de nuestra comodidad para pensar el problema desde un ángulo totalmente diferente.
Cuando muere un Bush queda un Bush hijo, y luego quedará un Bush hijo del hijo, y así siempre porque el padre y el hijo y el hijo del hijo son piezas reemplazables de una maquinaria que no los necesita para extenderse.
En nuestro mundo, en el sistema en que vivimos adormecidos, cada hombre es reemplazable, aún, sus propios líderes, esos que parecen importantes.
Pero cuando muere un Cacique, o un cantor indio, no queda nada y su cultura se van con ellos.
Y cada día que pasa, una cultura, una forma de vida entera, se pierde irremediablemente. Con cada último representante de tal o cual cultura originaria que muere, una parte de la vida humana se muere y se pierde para siempre. Sin que hagamos nada.
Cuando muere un Bush queda un Bush hijo, y luego quedará un Bush hijo del hijo, y así siempre porque el padre y el hijo y el hijo del hijo son piezas reemplazables de una maquinaria que no los necesita para extenderse.
En nuestro mundo, en el sistema en que vivimos adormecidos, cada hombre es reemplazable, aún, sus propios líderes, esos que parecen importantes.
Pero cuando muere un Cacique, o un cantor indio, no queda nada y su cultura se van con ellos.
Y cada día que pasa, una cultura, una forma de vida entera, se pierde irremediablemente. Con cada último representante de tal o cual cultura originaria que muere, una parte de la vida humana se muere y se pierde para siempre. Sin que hagamos nada.
enero 27, 2013
Soñé que se acababa el mundo y los hombres. Había muchos edificios blancos, mucho más altos que los que construye el hombre. Todos eran blancos, por dentro y por fuera.
En el apartamento que me encontraba parecía estar toda mi familia aunque solo pudiera percibir a algunos de ellos. No los veía, pero podía saber quién estaba conmigo y, por momentos y si era necesario, podía saber que alguien estaba en otra parte del edificio.
Por una ventana en la pared del frente del edificio ─la ventana cambiaría luego de pared de la misma forma que cambiaba el miembro de la familia que estaba allí conmigo en cada momento─ podía verse la noche. El cielo era azul pero no el cielo azul de la noche. Era una gran masa azul y transparente y obscura. Como una inmensa ola que en el océano, una noche cerrada, cayera sobre nosotros.
Sabíamos que era de noche y que esperábamos algo.
Recuerdo que sabía los cosas por medio de revelaciones como si alguien hablara dentro de mi cabeza anunciando lo que vendría.
Así fue como primero descubrimos que el fin del mundo había llegado. Luego, que Ellos ya estaban cerca. Y que Ellos eran lo que esperábamos.
De pronto la ventana estaba en una de las paredes laterales y por ella se veía, como una larga sucesión de ventanas, las ventanas de los demás edificios cercanos.
Las ventanas (todas menos la, o las, nuestra o nuestras) tenían una persiana de esas que llaman "americanas", de tabillas horizontales y aunque no era visible el interior del apartamento ni sabíamos nada de la gente que habría dentro podíamos ver, con claridad, el brillo rojo que emanaban Ellos.
Era un brillo intenso como el de la luz eléctrica en ciertos hospitales, pero no blanco, sino del color de sol, o del fuego, pero de un fuego eléctrico. No era un brillo inestable como el del fuego, más bien como de una estrella roja en el cielo, fijo y titilante.
Entonces supimos que Ellos habían llegado. Estaban ahí, tan cerca nuestro y, sin embargo, no sentíamos miedo. El brillo calmaba, anunciaba ─con la lógica de un sueño─ una presencia bienvenida.
Como ya dije, todo se entendía en forma de pequeñas revelaciones. Así supimos que Ellos recorrían cada apartamento, cada grupo de gente. Y pronto estuvieron en la ventana contigua a la nuestra. Y un instante después ─como suele pasar en los sueños, todo ocurría fuera del tiempo─ llegaron al nuestro.
Recuerdo que primero llamaron a los niños a una habitación que apareció de la nada en la esquina de la pared frente a nosotros. Ahora había una puerta negra donde al principio estaba la ventana.
Todos los colores allí eran diferentes: transparentes y opacos, como si fueran una luz sólida. Lo blanco era como una neblina muy clara y brillante pero material como una pared bien blanqueada y, lo negro, como una transparencia muy clara y negra al mismo tiempo.
Recuerdo que las mujeres tuvieron miedo de dejar ir a sus hijos. Pero fue solo el gesto del miedo lo que había. Todo ocurría con naturalidad y Ellos decidían, sin imponer, y todo ocurría con calma y nadie se resistía.
Los más pequeños cruzaron la puerta, que no fue cerrada por completo ─quizás Ellos así calmaban a las madres─ y un destello rojo se encendió y se apagó y los niños volvieron con nosotros, la habitación y la puerta negra ya no estaban.
Los chiquitos, ante la insistencia de sus madres, casi no respondían mas que con un estoy bien, o con un gesto de que les molestaban con tanta pregunta. Era como si volvieran de jugar con sus mejores amigos, y no había de qué preocuparse.
Entonces les preguntaron qué había pasado allí dentro y supimos que Ellos les habían dicho que siguieran siendo niños, que no crecieran, que no debían temer ni cambiar. Que no perdieran el camino de la niñez.
Entonces Ellos estaban en la habitación. Quienes estuvieran en otras habitaciones, o ventanas, seguramente habrán visto el resplandor rojo. Pero dentro de la habitación todo seguía siendo blanco y ellos no tenían forma física o visible.
La habitación se volvió borrosa, como ese efecto usado en la televisión para mostrar que hace calor: el aire ondulado y tembloroso. Pero no era solo el aire. La pared blanca frente a nosotros comenzó a seguir ese efecto y pronto notamos una frase que aparecía escrita en ella.
No estoy seguro de recordar las palabras exactas, pero la frase que allí escribieron decía:
"La Ciencia es un grupo social que no tiene creatividad".
No supimos qué significaba eso. Pero entendimos ─otra vez de la misma forma que entendíamos todo lo demás─ que de alguna forma el mensaje que dejaban a cada uno era, al mismo tiempo, para un hombre y para todos los hombres. La Ciencia era el hombre, el hombre que piensa, el hombre racional, el hombre que inventa formas de cambiar lo que está hecho y se le ha dado. El grupo social era la dominación, el hombre que divide a los hombres, y la dominación de unos hombres sobre otros. La creatividad era la capacidad de creer, de sentir, de vivir más allá de la realidad física que nos rodea.
El hombre ha inventado razonamientos para dominar al hombre, nos decían, y ha olvidado el arte, la fe, ha olvidado el espíritu. El hombre se ha excedido en su materialismo, ha olvidado vivir. Y por eso el hombre no es feliz.
Todo esto duró un breve tiempo, el de sus relámpagos de brillo rojo. Entonces la habitación dejó de moverse como aire caliente y Ellos se habían marchado. En la pared donde primero había estado la ventana por la que vimos la noche, luego la puerta por donde habían cruzado los niños y, por último, aquella frase escrita, ahora volvía a estar la ventana. Por ella vimos ─de nuevo el familiar a mi lado había cambiado─ que al pie de el edificio, muy abajo, pero aún así muy por encima de la ciudad de los hombres, que se veía como una maqueta, la ola de mar azul que había sido el cielo de la noche era ahora una ola de mar devorando el mundo de los humanos.
Había llegado el fin. Detrás de Ellos llegaba la gran ola azul y transparente que borraría a la civilización y al hombre.
Entonces tuvimos miedo. Entramos a un ascensor ─que aparecía con la lógica extraña de los sueños dentro de la misma habitación─ para salir de aquel edificio. Ahí supimos que parte de la familia ya había descendido antes y entendimos que quienes habían bajado antes ─y en todos los edificios se repetían estos eventos, de la misma forma─ habían entrado ellos mismo al agua que inundaba todo allá abajo.
Decidimos entonces subir para evitar ahogarnos como los demás. No sabíamos qué hacer. Y sentimos un movimiento suave del edificio quebrándose por su base. Pero no hubo miedo, todo sucedía con lentamente.
El edificio era, entendimos entonces, el Nuevo Arca con el que se salvaría a parte de la humanidad de este nuevo Diluvio.
Cuando sentimos que ya flotábamos sobre el mundo nos sentamos contra una pared. No había dolor ni miedo. Habíamos sido salvados.
enero 26, 2013
Cosquín: con las botas limpias de tierra.
Hace unos pocos días discutíamos por qué Cosquín era un constante repetir de la "fórmula Nocheros" y estuve prestando atención a algunas cosas que lamentablemente se han vuelto el pan nuestro de cada día en lo que debiera ser el mayor Festival de nuestra música.
Con el pretexto de "modernizar" el folclore ─ahora resulta que las manifestaciones verdaderamente artísticas y originarias de un pueblo pasan de moda─ han convertido el folclore en otra cosa. Dicen, y es fácil descubrir que mienten y por qué mienten ─money, money, money─ que el folclore se actualiza, se renueva, adquiere nuevas características que lo ponen al día con el gusto del público.
Lo cierto es que de moderno, el folclore argentino no tiene nada. Salvando a duras penas el último disco de Abel Pintos, "Revolución" (una revolución escasa pero, al menos, verdadera dentro de su insuficiencia) el resto pretende confundirnos para vendernos algo que de folclórico tiene tanto como Pappo o Valeria Linch. El folclore argentino es hoy, en el mejor de los casos, buen rock argentino; en el peor, música melódica. De folclore, nada. Anoche se presentó Jorge Rojas, uno de los preferidos por el público femenino. Lo acompañaron sus dos hermanos, "traídos directamente del Chaco-Salteño", región del país que poco falta para que deje de reconocer a quienes se autoproclaman sus hijos en nombre del mercado. Como otro que también salió de esa zona ─el Chaqueño Palavecino─ los Rojas parecen no haber conocido el folclore ni de cerca.
El esfuerzo, casi sobrenatural, que hacen estos falsos cantores para arruinar zambas y chacareras es prodigioso. El 10 o 20 por ciento de las cuerdas vocales de estos tres hermanos debe haber muerto anoche sobre el escenario Atahualpa Yupanqui ─¡ay de ellos si resucitara el Maestro!─ en un esfuerzo inentendible, inexplicable, injustificable, de alcanzar notas que son más propia del canto lírico o melódico que del folclore.
Convertir el folclore en otros géneros musicales diciendo que se lo está modernizando es, cuando menos, una equivocación.
Y es que modernizar al folclore no hace falta.
Una de las principales características de todo hecho folclórico ─característica que, a la vez, lo define─ es su carácter popular. Esto significa que el folclore pertenece al mismo grupo social que lo ha ido construyendo y que en el tiempo va modificándolo de forma natural. El folclore, para ser tal cosa, debe actualizarse solo. Sí, como el antivirus o el Windows de tu compu. Todo elemento folclórico se reinventa cada vez que se lo practica.
No hace falta comprarte una pedalera propia de Iron Maiden para tocar una baguala para modernizar el folclore. Bastará, si uno tiene cierta capacidad artística, con interpretar las obras de una manera no imitativa. No copiar es la regla número uno de cualquier hecho folclórico. Y no copiar es la forma de reinventar la música folclórica.
Interpretar cada obra como si fuera nueva y propia es lo que moderniza, actualiza, el folclore. Cuando un músico nacido y formado un siglo después de la composición de un tema lo interpreta con su propia voz, el folclore se está actualizando.
Esa es la verdadera modernización del folclore. No la que nos quieren vender. Usar guitarras eléctricas no moderniza el folclore, lo convierte en rock; cantarlo estirando la tesitura original de un tema hasta alturas inexistentes ─exponiendo al público, en la mayoría de los casos, a tener que visitar al otorrinolaringólogo dentro de las siguientes dos semanas─ no lo moderniza, lo convierte en música melódica.
El verdadero folclore responde a su propia tierra. Va mucho más allá de una simple repetición de patrones rítmicos. A la música escrita dentro de esos patrones se los denomina "aire de..." o "...canción". "Aire de zamba" o "Zamba canción" no son parte del folclore, sino de la música popular de autor y, en los mejores casos, académica.
En lo que va de Cosquín no hemos tenido el placer de escuchar música folclórica argentina ni por equivocación ─¡cometen tantos errores que bien podrían equivocarse una vez para bien!
Hoy terminan las noches de competencia. Para mañana quedan entregas de premios, menciones, repetición de los artistas que todavía no viven de la música y alguna otra cosa.
De cardón y algarrobo, del olor a guitarra de buena madera, de cantores auténticos...ni un poco. De la tierra, ni una partícula de polvo. Habrá que guardar el plumero unos años y dejar esas botas caras de cowboys que tanto les duele ensuciar y salir a empolvarnos con nuestra tierra otra vez. Si es que nos queda algo de memoria.
enero 24, 2013
El hombre está acostado. Desde su perspectiva, ve sus pies allá, al otro extremo de su cuerpo y se siente largo, siente la extensión de su cuerpo de manera sobrenatural. Entonces ella se recuesta a su lado, y los pies se tocan, las rodillas se tocan, y así, hasta tocarse las bocas. Y el hombre que se sentía sobrenaturalmente largo es, apenas, tan largo como la mujer que duerme a su lado.
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