Soñé que se acababa el mundo y los hombres. Había muchos edificios blancos, mucho más altos que los que construye el hombre. Todos eran blancos, por dentro y por fuera.
En el apartamento que me encontraba parecía estar toda mi familia aunque solo pudiera percibir a algunos de ellos. No los veía, pero podía saber quién estaba conmigo y, por momentos y si era necesario, podía saber que alguien estaba en otra parte del edificio.
Por una ventana en la pared del frente del edificio ─la ventana cambiaría luego de pared de la misma forma que cambiaba el miembro de la familia que estaba allí conmigo en cada momento─ podía verse la noche. El cielo era azul pero no el cielo azul de la noche. Era una gran masa azul y transparente y obscura. Como una inmensa ola que en el océano, una noche cerrada, cayera sobre nosotros.
Sabíamos que era de noche y que esperábamos algo.
Recuerdo que sabía los cosas por medio de revelaciones como si alguien hablara dentro de mi cabeza anunciando lo que vendría.
Así fue como primero descubrimos que el fin del mundo había llegado. Luego, que Ellos ya estaban cerca. Y que Ellos eran lo que esperábamos.
De pronto la ventana estaba en una de las paredes laterales y por ella se veía, como una larga sucesión de ventanas, las ventanas de los demás edificios cercanos.
Las ventanas (todas menos la, o las, nuestra o nuestras) tenían una persiana de esas que llaman "americanas", de tabillas horizontales y aunque no era visible el interior del apartamento ni sabíamos nada de la gente que habría dentro podíamos ver, con claridad, el brillo rojo que emanaban Ellos.
Era un brillo intenso como el de la luz eléctrica en ciertos hospitales, pero no blanco, sino del color de sol, o del fuego, pero de un fuego eléctrico. No era un brillo inestable como el del fuego, más bien como de una estrella roja en el cielo, fijo y titilante.
Entonces supimos que Ellos habían llegado. Estaban ahí, tan cerca nuestro y, sin embargo, no sentíamos miedo. El brillo calmaba, anunciaba ─con la lógica de un sueño─ una presencia bienvenida.
Como ya dije, todo se entendía en forma de pequeñas revelaciones. Así supimos que Ellos recorrían cada apartamento, cada grupo de gente. Y pronto estuvieron en la ventana contigua a la nuestra. Y un instante después ─como suele pasar en los sueños, todo ocurría fuera del tiempo─ llegaron al nuestro.
Recuerdo que primero llamaron a los niños a una habitación que apareció de la nada en la esquina de la pared frente a nosotros. Ahora había una puerta negra donde al principio estaba la ventana.
Todos los colores allí eran diferentes: transparentes y opacos, como si fueran una luz sólida. Lo blanco era como una neblina muy clara y brillante pero material como una pared bien blanqueada y, lo negro, como una transparencia muy clara y negra al mismo tiempo.
Recuerdo que las mujeres tuvieron miedo de dejar ir a sus hijos. Pero fue solo el gesto del miedo lo que había. Todo ocurría con naturalidad y Ellos decidían, sin imponer, y todo ocurría con calma y nadie se resistía.
Los más pequeños cruzaron la puerta, que no fue cerrada por completo ─quizás Ellos así calmaban a las madres─ y un destello rojo se encendió y se apagó y los niños volvieron con nosotros, la habitación y la puerta negra ya no estaban.
Los chiquitos, ante la insistencia de sus madres, casi no respondían mas que con un estoy bien, o con un gesto de que les molestaban con tanta pregunta. Era como si volvieran de jugar con sus mejores amigos, y no había de qué preocuparse.
Entonces les preguntaron qué había pasado allí dentro y supimos que Ellos les habían dicho que siguieran siendo niños, que no crecieran, que no debían temer ni cambiar. Que no perdieran el camino de la niñez.
Entonces Ellos estaban en la habitación. Quienes estuvieran en otras habitaciones, o ventanas, seguramente habrán visto el resplandor rojo. Pero dentro de la habitación todo seguía siendo blanco y ellos no tenían forma física o visible.
La habitación se volvió borrosa, como ese efecto usado en la televisión para mostrar que hace calor: el aire ondulado y tembloroso. Pero no era solo el aire. La pared blanca frente a nosotros comenzó a seguir ese efecto y pronto notamos una frase que aparecía escrita en ella.
No estoy seguro de recordar las palabras exactas, pero la frase que allí escribieron decía:
"La Ciencia es un grupo social que no tiene creatividad".
No supimos qué significaba eso. Pero entendimos ─otra vez de la misma forma que entendíamos todo lo demás─ que de alguna forma el mensaje que dejaban a cada uno era, al mismo tiempo, para un hombre y para todos los hombres. La Ciencia era el hombre, el hombre que piensa, el hombre racional, el hombre que inventa formas de cambiar lo que está hecho y se le ha dado. El grupo social era la dominación, el hombre que divide a los hombres, y la dominación de unos hombres sobre otros. La creatividad era la capacidad de creer, de sentir, de vivir más allá de la realidad física que nos rodea.
El hombre ha inventado razonamientos para dominar al hombre, nos decían, y ha olvidado el arte, la fe, ha olvidado el espíritu. El hombre se ha excedido en su materialismo, ha olvidado vivir. Y por eso el hombre no es feliz.
Todo esto duró un breve tiempo, el de sus relámpagos de brillo rojo. Entonces la habitación dejó de moverse como aire caliente y Ellos se habían marchado. En la pared donde primero había estado la ventana por la que vimos la noche, luego la puerta por donde habían cruzado los niños y, por último, aquella frase escrita, ahora volvía a estar la ventana. Por ella vimos ─de nuevo el familiar a mi lado había cambiado─ que al pie de el edificio, muy abajo, pero aún así muy por encima de la ciudad de los hombres, que se veía como una maqueta, la ola de mar azul que había sido el cielo de la noche era ahora una ola de mar devorando el mundo de los humanos.
Había llegado el fin. Detrás de Ellos llegaba la gran ola azul y transparente que borraría a la civilización y al hombre.
Entonces tuvimos miedo. Entramos a un ascensor ─que aparecía con la lógica extraña de los sueños dentro de la misma habitación─ para salir de aquel edificio. Ahí supimos que parte de la familia ya había descendido antes y entendimos que quienes habían bajado antes ─y en todos los edificios se repetían estos eventos, de la misma forma─ habían entrado ellos mismo al agua que inundaba todo allá abajo.
Decidimos entonces subir para evitar ahogarnos como los demás. No sabíamos qué hacer. Y sentimos un movimiento suave del edificio quebrándose por su base. Pero no hubo miedo, todo sucedía con lentamente.
El edificio era, entendimos entonces, el Nuevo Arca con el que se salvaría a parte de la humanidad de este nuevo Diluvio.
Cuando sentimos que ya flotábamos sobre el mundo nos sentamos contra una pared. No había dolor ni miedo. Habíamos sido salvados.
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