agosto 06, 2013

Todo en ese lugar parecía sacado de alguna película de magos, todos en ese pueblo parecían druidas sobrevivientes de épocas olvidadas. Esto nos resultaba de lo más inspirador para nosotros, los desconocidos autores de horóscopos y necrológicas en el diario de nuestra ciudad.
Por la mañana habíamos encontrado en un oscuro almacén un libro delicadamente encuadernado, de aspecto antiguo, con varias leyendas lugareñas sobre almas en pena, seres fantásticos y muertos que regresaban del más allá.
Por la tarde, después del almuerzo, nos sentamos a leer las historias.
Terminada la cena, nos permitimos extender la sobremesa en el balcón de la cabaña que alquilábamos fumando nuestras pipas bajo las estrellas. Algo nos había fascinado verdaderamente de esas historias porque no podíamos dejar de discutirlas.
Tarde decidimos seguir la charla en nuestra habitación. Con las luces ya apagadas, las dos voces iban y venían de una cama a otra. Luego de una hora, mi amigo se había dormido.
Intenté una broma
─¿Estás muerto?
Una voz, que ya no era la de mi amigo, ni la de ningún ser humano, respondió que sí.

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