junio 22, 2013

Lo más difícil de ser guitarra es tener que acostumbrarse una al maltrato. Cuando era árbol, los pájaros ─que tienen garras─ se posaban sobre mi sin siquiera dejarme una marca, ni rasguño. ¡Y el canto! El canto irrefutable de las aves.
En cambio ahora vivo expuesta a estos animales que rasguñan y lastiman aún no teniendo garras, que desafinan las notas y hasta se les hincha el pecho mientras lo hacen.
Extraño ser árbol. Ser guitarra no era como creía, todo abrazos, caricias, y cantos armoniosos que me mecieran. A veces, sin que pueda hacer algo por evitarlo, me convierten en un arma más que un instrumento.

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