junio 22, 2013

Estábamos todos ahí esperando, como niños en vísperas de Nochebuena, desde hacía demasiado tiempo.
Lo habían prometido, profetizado. Incluso algunos lo habían anunciado desde hace mucho, muchísimo tiempo.
El fin del mundo casi se consumaba sobre nuestras cabezas. Un morboso orgullo nos recorría: nuestra generación, entre miles y miles, sería privilegiado testigo de tan fundamental evento.
La curiosidad se resolvía en calma. Nuestra única duda era por entonces cuándo terminaría todo aquello. Pero la ansiedad había dado paso a una vana sensación de paz: no era un fin violento como muchas veces habíamos temido sino algo lento, aunque no agónico.
Cierto que cuando se cumplieron diez años del comienzo de aquel diluvio alguna desesperación se sintió. Todavía podíamos sobrevivir en los lugares más altos de la tierra ─jamás la humanidad había sido consciente de todo el espacio inhabitado que el mundo escondía sobre sus cordilleras. 
Algunos ya se comenzaban a impacientar, a desear que de una buena vez el agua terminara con todo. Otros, enamorados de los números y las matemáticas, presentaban cálculos precisos de cuánto más tardaría en llegar el fin del fin del mundo. No falta mucho, decían, ya no puede tardar mucho más en consumarse la irreversible muerte.
Fue entonces que una noche como cualquier otra nos despertó un silencio olvidado. Un silencio como hacía años no se escuchaba. Y en algunos volvió el miedo ancestral a un cataclismo violento y final. El agua solo había sido el comienzo y ahora la tierra se agitaría hasta quitarse a la última pulga humana de encima. 
Renació el miedo que habíamos olvidado. Permanecimos encerrados y esperamos. Y esperamos.
Pero nada ocurrió. Un día, simplemente, había parado de llover.

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