septiembre 21, 2012


─No temas ─me dijo─ no vamos a dañarte; conocemos tu soledad y la comprendemos. También nosotros estamos solos. También conocemos el frío, la noche obscura, las horas de mirar el cielo sin tener en quien pensar.
A partir de esa noche, se quedaron; y luego vinieron más cada noche que también se sentían solos. Pronto las noches se encendían con la luz de esas ánimas en pena, ya no tan en pena ni tan solos. Y, la verdad, tampoco yo me sentía ya solo.

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