Excusa
Uno aprende un día que es posible sentir algo así como desprecio por todas las cosas que lo rodean, simplemente, porque no te conocen.
Las ventanas, los muebles, las esquinas del barrio, nunca te han visto y no sabe de vos ni te piensan.
La única solución es invitarte, un día, una tarde, a que te conozcan. A que pases por la calle, quizás hasta invitarte a que entres, que adquieras la bella costumbre de rodearte por todas esas cosas y te conozcan.
Sé que suena bobo, a una excusa tonta para decirte que vengas a verme, pero es la única forma que tengo de poder sobrevivir a la rutina sin que me consuma el odio de sentir tu ausencia en todas las cosas.
enero 20, 2012
¿Vamos a cambiar el mundo de una vez? A empezar a cambiarlo, quiero decir. La verdad es que estoy un poco cansado de cada dos meses estar quejándome otra vez de algún capricho de los que tienen el poder. Estoy cansado de hablar y hablar de lo mal que está todo. Tengo ganas de hacer algo, pero soy uno solo, un individuo más entre los miles de millones que se quejan en todo el mundo. Igual que vos. Pero hay una solución y, si sigues leyendo, verás que no estoy mintiendo.
Cuando protestamos contra la Ley SOPA empezamos todos a pensar lo mismo: ¿Hasta cuándo tendremos que soportar a estos tipos? ¿Hasta cuándo tendremos que seguir soportando estos abusos? Hay una respuesta muy simple: hasta que todos digamos basta.
Hasta ahora, toda lucha contra esta decisión totalmente antidemocrática y contraria al sentir de casi todos los ciudadanos se ha reducido a unos cuantos sitios de Internet apagados durante algunas horas. Los demás, nosotros, solo nos quejamos de palabra, sin hacer nada para que esto cambie.
Estas Leyes no son un invento de una mente maquiavélica y caprichosa que se despertó con ganas de fastidiarnos un poco. Son el resultado de la presión que las empresas ejercen sobre los gobiernos.
Todos sabemos que el gobierno de los Estados Unidos responde no a los ciudadanos que los votan sino a las empresas que los mantienen. Tampoco es sorpresa que ellos, los que tienen la obligación de velar por el derecho a la Educación y la Cultura de quienes los eligieron, aprueben leyes que atenten contra este derecho constitucional en pos de los dividendos de esas empresas.
Lo cierto es que ya nadie nos representa. TODOS los gobiernos responden a los intereses privados de unos pocos.
A pedido de Universal Music Group, el FBI comenzó la cacería de brujas. Y no esperen algo nuevo: la Inquisición ha vuelto, esta vez, con Mulder y Scully repartiéndose el papel de Torquemada.
Pero el problema es mucho más grave. En las acusaciones formales entran también sitios de otros países. ¿Serán nuestros gobiernos capaces de frenar esta violación a nuestros derechos constitucionales y capaces de garantizarnos nuestra libertad y nuestra soberanía? No, claro que no, nuestros gobiernos responden también al tirano del norte. Lo que ellos digan, será Ley, no solo dentro del territorio norteamericano.
Tu capricho, Tío Sam, es Ley. Y esta Ley es una violación a la soberanía de cada nación del mundo. Una Ley proclamada en los Estados Unidos de Norteamérica regirá la suerte cultural de TODOS los países del mundo.
¿Querés saber cómo se termina con esta situación de una vez por todas? Fácil, muy fácil. Atacando el problema desde sus mismas raíces.
El poder, aquel que alguna vez provenía de Dios para depositarse en los reyes, hoy proviene del dinero y decide el destino de nuestros gobiernos. La verdadera soberanía de cada pueblo (si es que aún quedan naciones libres) proviene, únicamente, del dinero. Quien tiene el dinero, tiene el poder. Esto significa que solo quien tenga el dinero podrá tomar las decisiones.
Ahora bien, ¿quién es el que tiene el dinero? ¿Quién es el "soberano"? NOSOTROS.
Estas grandes empresas alimentan al poder y le imponen el juego que más les conviene. Pero, ¿quién alimenta a estas grandes empresas? De nuevo, NOSOTROS. El poder de la soberanía, ahora proveniente del dinero, sigue estando en el pueblo, en los individuos.
Hemos sido siempre nosotros, cada uno de nosotros, quien ha estado alimentando a estos monstruos de la cultura durante décadas. No existe un solo sello discográfico, ni una editorial, ni una productora de cine que viva de sus propios empleados comprando sus propios productos. Somos nosotros quienes les damos el dinero.
Aseguré antes tener la solución a estos abusos. La solución es que seamos nosotros quienes empecemos desde hoy mismo a imponer nuestras condiciones. Una revolución, pacífica pero eficaz que se alimente de nuestra propia indignación.
Solo hay que preguntarse ¿por qué empresas de la talla de Universal Music Group necesita esta Ley? Porque tienen miedo, porque saben que dependen de nosotros, de cada uno de nosotros. Si dejamos de comprar sus productos estas empresas desaparecen.
¿Qué pasaría si TODOS decidimos no volver a darles nuestro dinero a ellos? No habría más leyes SOPA nunca más.
Antes que dejes de leer desilucionado ante una solución tan obvia quiero destacar algo: ellos cuentan con que no podemos ponernos de acuerdo, o que si lo hacemos, esto duraría unos cuantos días y luego todo al olvido. La verdad es que si nos ponemos de acuerdo, de verdad, con la firme decisión de cumplir este pacto, podemos exigir la anulación de la Ley.
Podemos imponer nuestras condiciones: no volver a comprarles, a darles nuestro dinero hasta que no exigan la anulación definitiva de la Ley SOPA.
Universal sangró solamente con las descargas de Megaupload...¿cuánto daño podría causarle un acuerdo en todo el mundo de NO comprar más sus productos? Sin duda que mucho.
Tenemos arte por doquier. La red está plagada de escritores que vale la pena leer. Que cada uno busque hasta encontrar alguno que le guste y, en vez de pagar un libro que siga alimentando a estas bestias, manden un cheque al autor de ese blog. Hay millones.
Hay millones de grupos musicales y cantantes difundiendo su obra en bares y canales de YouTube. En vez de pagar un CD o un DVD, manden un cheque a esos músicos. Asistan a los conciertos y compren los CDs que ellos mismos, y con mucho esfuerzo, han editado.
Hay miles de productoras de cine independiente, editoriales pequeñas que buscan promover nuevos autores sin imponer condiciones, pequeños estudios capaces de editar CDs de música ansiosos de vender copias de grupos desconocidos. Paguemos arte. Demos nuestro dinero a los artistas que se editan y se venden en bares, por la web, por su propio esfuerzo. No engordemos más al monstruo hasta que acepte nuestras condiciones.
Los autores no busquemos intermediarios. Trabajemos con ganas y de a poco, juntando moneda por moneda hasta poder pagar una edición propia y venderla. Con humildad, y con la tranquilidad de saber que estamos haciendo nuestro trabajo sin que nadie nos robe, y que estamos sembrando un futuro que hoy parece utópico. Hoy no es necesario un intermediario para vender un libro o un CD a mil o diez mil kilómetros de donde vivimos. Tenemos la red, no los necesitamos.
Los consumidores, no compremos más algo que tenga el sello de estos grandes monstruos. Si dejamos de comprar, dejan de vender. Así de simple.
Yo soy nadie. Un don nadie, como suele decirse. Igual que vos y que cada persona que anda caminando por la calle indignada con los incesantes abusos de un poder cada vez más corrupto y criminal. Hasta hace poco, todo el mundo se llenó de indignados en las calles y no cambió nada. Porque seguimos creyendo que con tuitear un "NO a la Ley SOPA" vamos a lograr algo. Porque seguimos esperando que nos escuchen esos mismos que convirtieron a la democracia en un instrumento para dominarnos.
No quieren escucharnos. No necesitan escucharnos porque siguen diciendo, y nosotros creyendo, que el poder es de ellos y de unos pocos que toman las decisiones. El poder es del que tiene el dinero. Y el dinero lo tenemos nosotros. Lo tuvimos siempre nosotros, pero se lo dimos a empresas que lo querían para imponernos leyes antidemocráticas.
SOMOS LOS SOBERANOS Y TENEMOS EL DEBER DE EJERCER NUESTRA SOBERANÍA.
Exigimos:
1- la anulación de ésta y todas las leyes que violen nuestro derecho a la cultura;
2- la penalización y condena legal a las empresas que practican la usura y el robo quedándose con lo que pertence a los artistas;
3- la anulación de las leyes de derechos de autor vigentes que son, en realidad, leyes de derechos del intermediario;
4-la elaboración de nuevas leyes que protegan verdaderamente los derechos del autor y condene a todo aquel que pretenda, bajo el rótulo de intermediario, apropiarse de las obras y decidir cuánto debemos pagar por ellas;
5-que toda obra musical o intelectual de autor fallecido sea declarada patrimonio cultural de la humanidad y pueda ser distribuida libremente, siempre que se haga sin fines de lucro, y que el pago de derechos recaiga, solamente, sobre aquellos que obtengan ganancias con las obras.
Estoy seguro que podemos terminar con esto. Si TODOS nos ponemos firmes y declaramos públicamente que no volveremos a comprar los productos de las grandes empresas monstruos, hasta que ellas mismas se retracten y acepten nuestras condiciones.
No es una utopía si todos nos ponemos de acuerdo. Somos millones los artistas en el mundo esperando que la cultura sea de todos. No queremos, ni tenemos por qué, seguir soportando este abuso de los intermediarios. El arte es nuestro. De todos. El dinero lo tenemos cada uno de nosotros y somos soberanos: nosotros vamos a decidir el final de esta lucha. Solo necesitamos una cosa: ponernos de acuerdo y anunciarles a los inquisidores que el arte es y será siempre de los artistas y del público.
¡Tenemos que dejar de darles dinero hasta que anulen la Ley o desaparezcan para siempre!
NO A LA LEY SOPA NI A LA VIOLACIÓN DE NUESTROS DERECHOS Y NUESTRA SOBERANIA.
Cuando protestamos contra la Ley SOPA empezamos todos a pensar lo mismo: ¿Hasta cuándo tendremos que soportar a estos tipos? ¿Hasta cuándo tendremos que seguir soportando estos abusos? Hay una respuesta muy simple: hasta que todos digamos basta.
Hasta ahora, toda lucha contra esta decisión totalmente antidemocrática y contraria al sentir de casi todos los ciudadanos se ha reducido a unos cuantos sitios de Internet apagados durante algunas horas. Los demás, nosotros, solo nos quejamos de palabra, sin hacer nada para que esto cambie.
Estas Leyes no son un invento de una mente maquiavélica y caprichosa que se despertó con ganas de fastidiarnos un poco. Son el resultado de la presión que las empresas ejercen sobre los gobiernos.
Todos sabemos que el gobierno de los Estados Unidos responde no a los ciudadanos que los votan sino a las empresas que los mantienen. Tampoco es sorpresa que ellos, los que tienen la obligación de velar por el derecho a la Educación y la Cultura de quienes los eligieron, aprueben leyes que atenten contra este derecho constitucional en pos de los dividendos de esas empresas.
Lo cierto es que ya nadie nos representa. TODOS los gobiernos responden a los intereses privados de unos pocos.
A pedido de Universal Music Group, el FBI comenzó la cacería de brujas. Y no esperen algo nuevo: la Inquisición ha vuelto, esta vez, con Mulder y Scully repartiéndose el papel de Torquemada.
Pero el problema es mucho más grave. En las acusaciones formales entran también sitios de otros países. ¿Serán nuestros gobiernos capaces de frenar esta violación a nuestros derechos constitucionales y capaces de garantizarnos nuestra libertad y nuestra soberanía? No, claro que no, nuestros gobiernos responden también al tirano del norte. Lo que ellos digan, será Ley, no solo dentro del territorio norteamericano.
Tu capricho, Tío Sam, es Ley. Y esta Ley es una violación a la soberanía de cada nación del mundo. Una Ley proclamada en los Estados Unidos de Norteamérica regirá la suerte cultural de TODOS los países del mundo.
¿Querés saber cómo se termina con esta situación de una vez por todas? Fácil, muy fácil. Atacando el problema desde sus mismas raíces.
El poder, aquel que alguna vez provenía de Dios para depositarse en los reyes, hoy proviene del dinero y decide el destino de nuestros gobiernos. La verdadera soberanía de cada pueblo (si es que aún quedan naciones libres) proviene, únicamente, del dinero. Quien tiene el dinero, tiene el poder. Esto significa que solo quien tenga el dinero podrá tomar las decisiones.
Ahora bien, ¿quién es el que tiene el dinero? ¿Quién es el "soberano"? NOSOTROS.
Estas grandes empresas alimentan al poder y le imponen el juego que más les conviene. Pero, ¿quién alimenta a estas grandes empresas? De nuevo, NOSOTROS. El poder de la soberanía, ahora proveniente del dinero, sigue estando en el pueblo, en los individuos.
Hemos sido siempre nosotros, cada uno de nosotros, quien ha estado alimentando a estos monstruos de la cultura durante décadas. No existe un solo sello discográfico, ni una editorial, ni una productora de cine que viva de sus propios empleados comprando sus propios productos. Somos nosotros quienes les damos el dinero.
Aseguré antes tener la solución a estos abusos. La solución es que seamos nosotros quienes empecemos desde hoy mismo a imponer nuestras condiciones. Una revolución, pacífica pero eficaz que se alimente de nuestra propia indignación.
Solo hay que preguntarse ¿por qué empresas de la talla de Universal Music Group necesita esta Ley? Porque tienen miedo, porque saben que dependen de nosotros, de cada uno de nosotros. Si dejamos de comprar sus productos estas empresas desaparecen.
¿Qué pasaría si TODOS decidimos no volver a darles nuestro dinero a ellos? No habría más leyes SOPA nunca más.
Antes que dejes de leer desilucionado ante una solución tan obvia quiero destacar algo: ellos cuentan con que no podemos ponernos de acuerdo, o que si lo hacemos, esto duraría unos cuantos días y luego todo al olvido. La verdad es que si nos ponemos de acuerdo, de verdad, con la firme decisión de cumplir este pacto, podemos exigir la anulación de la Ley.
Podemos imponer nuestras condiciones: no volver a comprarles, a darles nuestro dinero hasta que no exigan la anulación definitiva de la Ley SOPA.
Universal sangró solamente con las descargas de Megaupload...¿cuánto daño podría causarle un acuerdo en todo el mundo de NO comprar más sus productos? Sin duda que mucho.
Tenemos arte por doquier. La red está plagada de escritores que vale la pena leer. Que cada uno busque hasta encontrar alguno que le guste y, en vez de pagar un libro que siga alimentando a estas bestias, manden un cheque al autor de ese blog. Hay millones.
Hay millones de grupos musicales y cantantes difundiendo su obra en bares y canales de YouTube. En vez de pagar un CD o un DVD, manden un cheque a esos músicos. Asistan a los conciertos y compren los CDs que ellos mismos, y con mucho esfuerzo, han editado.
Hay miles de productoras de cine independiente, editoriales pequeñas que buscan promover nuevos autores sin imponer condiciones, pequeños estudios capaces de editar CDs de música ansiosos de vender copias de grupos desconocidos. Paguemos arte. Demos nuestro dinero a los artistas que se editan y se venden en bares, por la web, por su propio esfuerzo. No engordemos más al monstruo hasta que acepte nuestras condiciones.
Los autores no busquemos intermediarios. Trabajemos con ganas y de a poco, juntando moneda por moneda hasta poder pagar una edición propia y venderla. Con humildad, y con la tranquilidad de saber que estamos haciendo nuestro trabajo sin que nadie nos robe, y que estamos sembrando un futuro que hoy parece utópico. Hoy no es necesario un intermediario para vender un libro o un CD a mil o diez mil kilómetros de donde vivimos. Tenemos la red, no los necesitamos.
Los consumidores, no compremos más algo que tenga el sello de estos grandes monstruos. Si dejamos de comprar, dejan de vender. Así de simple.
Yo soy nadie. Un don nadie, como suele decirse. Igual que vos y que cada persona que anda caminando por la calle indignada con los incesantes abusos de un poder cada vez más corrupto y criminal. Hasta hace poco, todo el mundo se llenó de indignados en las calles y no cambió nada. Porque seguimos creyendo que con tuitear un "NO a la Ley SOPA" vamos a lograr algo. Porque seguimos esperando que nos escuchen esos mismos que convirtieron a la democracia en un instrumento para dominarnos.
No quieren escucharnos. No necesitan escucharnos porque siguen diciendo, y nosotros creyendo, que el poder es de ellos y de unos pocos que toman las decisiones. El poder es del que tiene el dinero. Y el dinero lo tenemos nosotros. Lo tuvimos siempre nosotros, pero se lo dimos a empresas que lo querían para imponernos leyes antidemocráticas.
SOMOS LOS SOBERANOS Y TENEMOS EL DEBER DE EJERCER NUESTRA SOBERANÍA.
Exigimos:
1- la anulación de ésta y todas las leyes que violen nuestro derecho a la cultura;
2- la penalización y condena legal a las empresas que practican la usura y el robo quedándose con lo que pertence a los artistas;
3- la anulación de las leyes de derechos de autor vigentes que son, en realidad, leyes de derechos del intermediario;
4-la elaboración de nuevas leyes que protegan verdaderamente los derechos del autor y condene a todo aquel que pretenda, bajo el rótulo de intermediario, apropiarse de las obras y decidir cuánto debemos pagar por ellas;
5-que toda obra musical o intelectual de autor fallecido sea declarada patrimonio cultural de la humanidad y pueda ser distribuida libremente, siempre que se haga sin fines de lucro, y que el pago de derechos recaiga, solamente, sobre aquellos que obtengan ganancias con las obras.
Estoy seguro que podemos terminar con esto. Si TODOS nos ponemos firmes y declaramos públicamente que no volveremos a comprar los productos de las grandes empresas monstruos, hasta que ellas mismas se retracten y acepten nuestras condiciones.
No es una utopía si todos nos ponemos de acuerdo. Somos millones los artistas en el mundo esperando que la cultura sea de todos. No queremos, ni tenemos por qué, seguir soportando este abuso de los intermediarios. El arte es nuestro. De todos. El dinero lo tenemos cada uno de nosotros y somos soberanos: nosotros vamos a decidir el final de esta lucha. Solo necesitamos una cosa: ponernos de acuerdo y anunciarles a los inquisidores que el arte es y será siempre de los artistas y del público.
¡Tenemos que dejar de darles dinero hasta que anulen la Ley o desaparezcan para siempre!
NO A LA LEY SOPA NI A LA VIOLACIÓN DE NUESTROS DERECHOS Y NUESTRA SOBERANIA.
enero 17, 2012
Huelga de poetas (Carta abierta)
Hoy quiero escribir la historia de un hombre real, como usted. La historia de un hombre que trabaja sin que nadie le pague. De un hombre sin derechos, al que le han robado la dignidad de su trabajo.
Nuestro hombre es un escritor: poeta, cuenta cuentos, pensador, llámelo como usted quiera, él ya está acostumbrado.
Cada mañana se despierta con unas cuantas ideas que escribir y una sola pregunta: "¿para qué?". Y, sin tener una respuesta, se reacomoda en la cama y sigue durmiendo, tratando de despertar en otro mundo, en otra realidad, en otro cuerpo y, sobre todo, en otra vocación.
Nuestro hombre sueña con ser empleado en una oficina del gobierno, portero, barredor, mendigo en la puerta de la Iglesia, lo que sea que se pague.
Nuestro hombre todavía no entiende qué trabajos son los que dignifican. Solo sabe, porque se lo repiten constantemente, que el suyo no. Ha estado más de diez años trabajando para otros mientras un nefasto acuerdo social intentaba mentirle que trabajaba para él. En varios países es hasta tema de dramáticos informes en la televisión que un abogado maneje un taxi, que un médico tenga que dar clases de biología en una escuela, o que un ingeniero reparta pizzas. Pero nunca escuché a nadie gritar horrorizado "¡Qué barbaridad! Un poeta atendiendo un almacén!". El poeta, el escritor, no merece el espanto y la indignación ajena.
Nadie se espanta porque un poeta esté vendiendo caramelos. Pero pobre de él si intentara afirmar que escribir (en sentido literario) es un trabajo. A nuestro hombre intentan explicarle en vano que escribir NO es un trabajo. Que el trabajo de un escritor es ser profesor de Literatura, redactor en un diario, corrector en algún lado, o periodista.
Nuestro hombre asiste a todos los cumpleaños y reuniones familiares solo para que alguien pueda echarle en cara el último ascenso de la hija del tío del primo de un hermano del vecino que pasó de barrer el piso en una oficina a limpiar las ventanas. Asiste cada 31 de diciembre a la tradicional cena de año nuevo solo para que toda la familia esté pensando "Quizás este año consiga un trabajo" (y nunca falte quien tenga la cuenta bancaria lo suficientemente inflada como para sentirse en el derecho a decirlo).
Nuestro escritor no tiene vida, no tiene futuro, no tiene seguro médico. Conclusión, no tiene trabajo. Está todo el día sentado frente a una computadora sin hacer nada.
¿Por qué ocurre esto? No sé, tengo más preguntas, querido lector, que respuestas.
El escritor debe ser cualquier cosa menos escritor: profesor en algún colegio, periodista, redactor en alguna empresa o diseñar el slogan que venda una cortadora de césped. El escritor no puede ser escritor.
El trabajo de escritor no existe. Escribir literatura no es un trabajo.
Escribir poesía es tan poco digno que hasta debo dejar de hacerlo para responder un mail de una revista, de un diario, o de un lo que sea que vaya a ganar dinero con lo que yo escribo, para decir, con el pecho inflado de orgullo y felicidad: "si, claro, publiquen mi poema/cuento, es un honor". Y dos horas después estar mirando el último cigarrillo pensado que quizá no vuelva a fumar uno hasta que algún amigo venga de visita.
La excusa más repetida es que la revista no se vende, que se distribuye gratuitamente, que es on line, que apenas se mantiene. Yo ni a mantenerme llego y vos adornás mi poema con publicidades que cobrás sin la más mínima vergüenza.
¿Y si yo no autorizo a publicarme sin pagar por mi trabajo? La respuesta es clara: no me publican. Porque mi trabajo no vale. Los dos meses que estuve trabajando un cuento no valen en dinero absolutamente nada. Porque escribir no es trabajo. Editar es un trabajo, vender publicidad es un trabajo. Escribir lo que ellos venden (directa o indirectamente, porque cobrar por publicidades también es vender lo que uno escribió) no es trabajo.
De las editoriales, mejor no hablar. Algún día, la humanidad tendrá que entender que todo lo que está mal en el mundo es consecuencia directa de poner precio a las letras. La Revolución Francesa hubiera muerto en el sueño de un puñado de borrachos gritando en una taberna de no ser por la imprenta, por el libro, porque aquel sueño de Igualdad, Libertad y Fraternidad llegó a todos los rincones del planeta en unos cuantos libros impresos. Claro, cuando todavía se imprimían ideas. Ahora, Coelho deja más ganancia. Y ni el más mínimo riesgo de una idea que amenace con una sublevación de desnutridos en toda África.
Pero ya estoy desvariando. Disculpen esta pasión desperdiciada en defender un pasatiempos (creo que así es como quieren que lo llame).
El tema es que la historia de hoy no es de un hombre solo, único y especial (que ya habrán adivinado de quién se trata). Mi historia es la de miles de hombres y mujeres que por todo el mundo vamos dejando un verso, un cuento, o algo, por pequeño que sea, que escribimos y que usted lee.
Tómese un día el trabajo de buscar en internet cuántos somos los que estamos aquí ofreciéndole algo mejor que esos programas de televisión basura; algo más digno, más serio que esos libros que intentan imponerle desde una oficina de contabilidades mezquinas que responden a los más nefastos intereses de unos pocos.
Tómese el trabajo de preguntarse seriamente por qué nuestro trabajo no vale lo mismo que el suyo.
¿Qué pasaría si un día decidiéramos, todos juntos, declararnos en una huelga poética? Absolutamente nada. Por dos razones muy simples. Primero, hay infinidad de cosas para leer y si un día todos los que escribimos dejáramos de hacerlos, quizá usted tendría tiempo de leer todo eso que no ha podido leer hasta ahora.
Pero la segunda razón, la más importante, es porque seguiríamos escribiendo porque amamos lo que hacemos. No podemos dejar de escribir como usted no puede dejar de ser usted. Somos escritores, no otra cosa. Ni profesores, ni camareros, ni ninguna otra cosa. Somos escritores. Nuestro trabajo es este. Nuestra vida es esta y usted no puede ni imaginar la literatura maravillosa que podríamos crear para usted si tuviéramos la oportunidad de hacerlo, si no tuviéramos que conformarnos con escribir los fines de semana o los ratos que nos deja nuestro trabajo de verdad.
Yo he tenido la suerte maravillosa de quedarme sin trabajo. Si, de ser uno de esos millones de desempleados de los que tanto se habla en los medios. De ser uno de esos seres sin futuro, pero más que nada sin presente. Y digo suerte porque en estos meses he podido darme el lujo de despertarme temprano a trabajar de escritor. Pero nada dura para siempre. Es cuestión de tiempo que estos meses pasen a ser un buen recuerdo.
En España y en todo el mundo se habla de "los indignados", los que se cansaron de no ser. Yo estoy harto, querido lector y compañero, de no ser. Harto de levantarme cada mañana y preguntarme "¿para qué?". Harto de tener una respuesta, y que sea siempre la misma. Harto de tanta literatura, de tanto sueño, de tanta fe, de tanta historia de mentira, harto de seguir esperando el milagro.
El mundo es esto porque nosotros lo hicimos así. Es imposible que unos cuantos señores decidan el futuro de seis mil millones de personas. Esta realidad la cagamos nosotros. Y hasta que no dejemos de comprar mentiras y bolsas de basura no dejarán de venderla.
Hoy, cuando me desperté, con la misma respuesta de siempre, estuve a punto de quedarme en la cama esperando despertar en un pibe que sirva café en una oficina por el sueldo mínimo. Algo me dijo que eso no pasaría y decidí levantarme y escribir, pero cambiando un poco el estilo. Contar una historia que no fuera un cuento. Contar la historia de miles de escritores que NO somos profesores, ni taxistas, ni empleados en el almacén de un pariente lejano que tuvo éxito mientras nosotros perdíamos el tiempo escribiendo poemas.
Porque ni eso es tener éxito ni esto es ser un fracasado. Mi éxito es que usted esté leyendo esto, que haya leído mis poemas y mis cuentos y haya encontrado en ellos alguna virtud, algún sentimiento, alguna idea. Porque soy escritor y punto.
Le pido disculpas si esperaba otra cosa, algún poema de esos de medio pelo que suelo escribir o un cuento tonto sobre muertos que vuelven de la muerte porque extrañaban a un amor...hoy no tengo ganas. Hoy me desperté aplastado por un "¿para qué?" con la misma respuesta de siempre: para nada, para que me sigan diciendo que me busque un trabajo mientras mis poemas y mis cuentos siguen paseando por revistas de todo latinoamérica y España. Para que me sigan acusando de ser un fracasado mientras los imbéciles piden el Nobel para Coelho y las editoriales guardan ese silencio asesino que ya les queda como pintado, mientras la gente sigue quejándose y repitiendo "es así, no podemos hacer nada".
Hoy me levanté más harto que nunca.
Perdón por el hartazgo.
Hoy quiero escribir la historia de un hombre real, como usted. La historia de un hombre que trabaja sin que nadie le pague. De un hombre sin derechos, al que le han robado la dignidad de su trabajo.
Nuestro hombre es un escritor: poeta, cuenta cuentos, pensador, llámelo como usted quiera, él ya está acostumbrado.
Cada mañana se despierta con unas cuantas ideas que escribir y una sola pregunta: "¿para qué?". Y, sin tener una respuesta, se reacomoda en la cama y sigue durmiendo, tratando de despertar en otro mundo, en otra realidad, en otro cuerpo y, sobre todo, en otra vocación.
Nuestro hombre sueña con ser empleado en una oficina del gobierno, portero, barredor, mendigo en la puerta de la Iglesia, lo que sea que se pague.
Nuestro hombre todavía no entiende qué trabajos son los que dignifican. Solo sabe, porque se lo repiten constantemente, que el suyo no. Ha estado más de diez años trabajando para otros mientras un nefasto acuerdo social intentaba mentirle que trabajaba para él. En varios países es hasta tema de dramáticos informes en la televisión que un abogado maneje un taxi, que un médico tenga que dar clases de biología en una escuela, o que un ingeniero reparta pizzas. Pero nunca escuché a nadie gritar horrorizado "¡Qué barbaridad! Un poeta atendiendo un almacén!". El poeta, el escritor, no merece el espanto y la indignación ajena.
Nadie se espanta porque un poeta esté vendiendo caramelos. Pero pobre de él si intentara afirmar que escribir (en sentido literario) es un trabajo. A nuestro hombre intentan explicarle en vano que escribir NO es un trabajo. Que el trabajo de un escritor es ser profesor de Literatura, redactor en un diario, corrector en algún lado, o periodista.
Nuestro hombre asiste a todos los cumpleaños y reuniones familiares solo para que alguien pueda echarle en cara el último ascenso de la hija del tío del primo de un hermano del vecino que pasó de barrer el piso en una oficina a limpiar las ventanas. Asiste cada 31 de diciembre a la tradicional cena de año nuevo solo para que toda la familia esté pensando "Quizás este año consiga un trabajo" (y nunca falte quien tenga la cuenta bancaria lo suficientemente inflada como para sentirse en el derecho a decirlo).
Nuestro escritor no tiene vida, no tiene futuro, no tiene seguro médico. Conclusión, no tiene trabajo. Está todo el día sentado frente a una computadora sin hacer nada.
¿Por qué ocurre esto? No sé, tengo más preguntas, querido lector, que respuestas.
El escritor debe ser cualquier cosa menos escritor: profesor en algún colegio, periodista, redactor en alguna empresa o diseñar el slogan que venda una cortadora de césped. El escritor no puede ser escritor.
El trabajo de escritor no existe. Escribir literatura no es un trabajo.
Escribir poesía es tan poco digno que hasta debo dejar de hacerlo para responder un mail de una revista, de un diario, o de un lo que sea que vaya a ganar dinero con lo que yo escribo, para decir, con el pecho inflado de orgullo y felicidad: "si, claro, publiquen mi poema/cuento, es un honor". Y dos horas después estar mirando el último cigarrillo pensado que quizá no vuelva a fumar uno hasta que algún amigo venga de visita.
La excusa más repetida es que la revista no se vende, que se distribuye gratuitamente, que es on line, que apenas se mantiene. Yo ni a mantenerme llego y vos adornás mi poema con publicidades que cobrás sin la más mínima vergüenza.
¿Y si yo no autorizo a publicarme sin pagar por mi trabajo? La respuesta es clara: no me publican. Porque mi trabajo no vale. Los dos meses que estuve trabajando un cuento no valen en dinero absolutamente nada. Porque escribir no es trabajo. Editar es un trabajo, vender publicidad es un trabajo. Escribir lo que ellos venden (directa o indirectamente, porque cobrar por publicidades también es vender lo que uno escribió) no es trabajo.
De las editoriales, mejor no hablar. Algún día, la humanidad tendrá que entender que todo lo que está mal en el mundo es consecuencia directa de poner precio a las letras. La Revolución Francesa hubiera muerto en el sueño de un puñado de borrachos gritando en una taberna de no ser por la imprenta, por el libro, porque aquel sueño de Igualdad, Libertad y Fraternidad llegó a todos los rincones del planeta en unos cuantos libros impresos. Claro, cuando todavía se imprimían ideas. Ahora, Coelho deja más ganancia. Y ni el más mínimo riesgo de una idea que amenace con una sublevación de desnutridos en toda África.
Pero ya estoy desvariando. Disculpen esta pasión desperdiciada en defender un pasatiempos (creo que así es como quieren que lo llame).
El tema es que la historia de hoy no es de un hombre solo, único y especial (que ya habrán adivinado de quién se trata). Mi historia es la de miles de hombres y mujeres que por todo el mundo vamos dejando un verso, un cuento, o algo, por pequeño que sea, que escribimos y que usted lee.
Tómese un día el trabajo de buscar en internet cuántos somos los que estamos aquí ofreciéndole algo mejor que esos programas de televisión basura; algo más digno, más serio que esos libros que intentan imponerle desde una oficina de contabilidades mezquinas que responden a los más nefastos intereses de unos pocos.
Tómese el trabajo de preguntarse seriamente por qué nuestro trabajo no vale lo mismo que el suyo.
¿Qué pasaría si un día decidiéramos, todos juntos, declararnos en una huelga poética? Absolutamente nada. Por dos razones muy simples. Primero, hay infinidad de cosas para leer y si un día todos los que escribimos dejáramos de hacerlos, quizá usted tendría tiempo de leer todo eso que no ha podido leer hasta ahora.
Pero la segunda razón, la más importante, es porque seguiríamos escribiendo porque amamos lo que hacemos. No podemos dejar de escribir como usted no puede dejar de ser usted. Somos escritores, no otra cosa. Ni profesores, ni camareros, ni ninguna otra cosa. Somos escritores. Nuestro trabajo es este. Nuestra vida es esta y usted no puede ni imaginar la literatura maravillosa que podríamos crear para usted si tuviéramos la oportunidad de hacerlo, si no tuviéramos que conformarnos con escribir los fines de semana o los ratos que nos deja nuestro trabajo de verdad.
Yo he tenido la suerte maravillosa de quedarme sin trabajo. Si, de ser uno de esos millones de desempleados de los que tanto se habla en los medios. De ser uno de esos seres sin futuro, pero más que nada sin presente. Y digo suerte porque en estos meses he podido darme el lujo de despertarme temprano a trabajar de escritor. Pero nada dura para siempre. Es cuestión de tiempo que estos meses pasen a ser un buen recuerdo.
En España y en todo el mundo se habla de "los indignados", los que se cansaron de no ser. Yo estoy harto, querido lector y compañero, de no ser. Harto de levantarme cada mañana y preguntarme "¿para qué?". Harto de tener una respuesta, y que sea siempre la misma. Harto de tanta literatura, de tanto sueño, de tanta fe, de tanta historia de mentira, harto de seguir esperando el milagro.
El mundo es esto porque nosotros lo hicimos así. Es imposible que unos cuantos señores decidan el futuro de seis mil millones de personas. Esta realidad la cagamos nosotros. Y hasta que no dejemos de comprar mentiras y bolsas de basura no dejarán de venderla.
Hoy, cuando me desperté, con la misma respuesta de siempre, estuve a punto de quedarme en la cama esperando despertar en un pibe que sirva café en una oficina por el sueldo mínimo. Algo me dijo que eso no pasaría y decidí levantarme y escribir, pero cambiando un poco el estilo. Contar una historia que no fuera un cuento. Contar la historia de miles de escritores que NO somos profesores, ni taxistas, ni empleados en el almacén de un pariente lejano que tuvo éxito mientras nosotros perdíamos el tiempo escribiendo poemas.
Porque ni eso es tener éxito ni esto es ser un fracasado. Mi éxito es que usted esté leyendo esto, que haya leído mis poemas y mis cuentos y haya encontrado en ellos alguna virtud, algún sentimiento, alguna idea. Porque soy escritor y punto.
Le pido disculpas si esperaba otra cosa, algún poema de esos de medio pelo que suelo escribir o un cuento tonto sobre muertos que vuelven de la muerte porque extrañaban a un amor...hoy no tengo ganas. Hoy me desperté aplastado por un "¿para qué?" con la misma respuesta de siempre: para nada, para que me sigan diciendo que me busque un trabajo mientras mis poemas y mis cuentos siguen paseando por revistas de todo latinoamérica y España. Para que me sigan acusando de ser un fracasado mientras los imbéciles piden el Nobel para Coelho y las editoriales guardan ese silencio asesino que ya les queda como pintado, mientras la gente sigue quejándose y repitiendo "es así, no podemos hacer nada".
Hoy me levanté más harto que nunca.
Perdón por el hartazgo.
enero 03, 2012
Como pudo se levantó. Levantó lo que quedaba de él. Con mucho trabajo llegó hasta la puerta de su casa y por primera vez se preguntó si aquella había sido una buena idea. "Ya ha pasado algún tiempo", pensó, "es posible que tenga a otro hombre a su lado". Pero estaba decidido a recuperarla. Suspiró fuerte, o fingió hacerlo, para darse valor y golpeó la puerta.
Abrió ella misma, lo que fue un alivio para él. Estaba más hermosa aún de lo que él la recordaba. Durante unos segundos los dos se miraron sin hablar. Él la admiraba con todo su amor más vivo que antes. Ella lo veía horrorizada. Allí, delante de su puerta, un esqueleto incompleto, agusanado, apenas cubierto con unos jirones de las ropas con las que lo habían enterrado, la miraba fascinado y visiblemente nervioso a través de las cuencas vacías de los ojos.
Ella necesitó varios minutos antes de, finalmente, reconocerlo.
Él iba a decirle que la extrañaba demasiado cuando se escuchó la voz de un hombre que preguntaba desde el interior de la casa:
─¿Quién es, amor?
Abrió ella misma, lo que fue un alivio para él. Estaba más hermosa aún de lo que él la recordaba. Durante unos segundos los dos se miraron sin hablar. Él la admiraba con todo su amor más vivo que antes. Ella lo veía horrorizada. Allí, delante de su puerta, un esqueleto incompleto, agusanado, apenas cubierto con unos jirones de las ropas con las que lo habían enterrado, la miraba fascinado y visiblemente nervioso a través de las cuencas vacías de los ojos.
Ella necesitó varios minutos antes de, finalmente, reconocerlo.
Él iba a decirle que la extrañaba demasiado cuando se escuchó la voz de un hombre que preguntaba desde el interior de la casa:
─¿Quién es, amor?
enero 02, 2012
"Fui feliz. Tuve el amor de una familia que me cuidó siempre y me contuvo. Tuve el amor de todas las mujeres que quise y amé, cada una en su momento y por el tiempo preciso, sin discusiones, ni despedidas violentas. No guardo rencores ni supe nunca lo que es el odio. No conocí la pobreza y todo lo que necesité o quise lo tuve. Todo lo que emprendí resultó mejor de lo esperado. Tampoco sufrí de enfermedades, ni molestias físicas.
Todo en mi vida fue soñado, perfecto. Solo una cosa hubiera empeñado esta vida perfecta: una vida plena exigía una muerte igualmente plena. No puedo morir anciano y que todos piensen, satisfechos, que he vivido todo lo que tenía que vivir. Es necesario un dolor sin atenuantes para una vida que no los tuvo en las dichas.
Ahora, mientras escribo estas líneas y pienso en el desfile de personas lamentando mi temprana muerte y mi vida truncada en todo su potencial, soy feliz."
La carta se encontró prolijamente ubicada junto al cadáver del hombre que se había suicidado.
Todo en mi vida fue soñado, perfecto. Solo una cosa hubiera empeñado esta vida perfecta: una vida plena exigía una muerte igualmente plena. No puedo morir anciano y que todos piensen, satisfechos, que he vivido todo lo que tenía que vivir. Es necesario un dolor sin atenuantes para una vida que no los tuvo en las dichas.
Ahora, mientras escribo estas líneas y pienso en el desfile de personas lamentando mi temprana muerte y mi vida truncada en todo su potencial, soy feliz."
La carta se encontró prolijamente ubicada junto al cadáver del hombre que se había suicidado.
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