La izquierda es uno de los pensamientos más hermosos y humanos que la civilización ha sido capaz de crear. El núcleo del pensamiento de izquierda es cristianismo en su forma más pura y humana. Y el cristianismo es, en su mensaje puro y quitando sus consecuencias ideológicas o institucionales, el mayor logro de los humanos como civilización.
El núcleo de ambos pensamientos es correcto. No pueden discutirse.
Y, ene ste sentido, la izquierda es lo mejor del cristianismo: el humanismo amoroso sin las instituciones asesinas ni la fe que ciega y prohibe pensar. En teoría.
En la práctica, es en la periferia de estas filosofías donde hemos fabricado los abismos en los que ellas mismas caen. Porque tanto una como otro han recorrido el camino suicida del pensamiento occidental.
El sistema está íntegramente apoyado sobre los pilares de la corrupción y la decadencia: Grecia y Roma.
Nos han dicho que Sócrates, Platón y Aristóteles representan la Edad de Oro de los griegos. Es mentira.
El verdadero oro de los griegos está en las vetas del pensamiento presocrático: el pensamiento puro, en movimiento que no nunca fue un pensamiento "oficial".
Sócrates (real o no, no importa, su contenido puede considerarse real en sí mismo), que nace del pensamiento puro de sus predecesores, muere al chocar contra el iceberg del pensamiento como institución. La filosofía socrática se convierte en ideología. Ya no es el pensamiento de un hombre, es la filosofía encontrando sus propios bordes.
No se puede ir más allá de donde se ha llegado. Sócrates no tiene dudas, sino certezas y es, en ese cúmulo inservible de certezas, donde su pensamiento muere y es convertido en el pensamiento "oficial" de Grecia.
La filosofía socrática, sucesora de un pensamiento libre y en constante evolución encuentra su estanque donde morir lenta y silenciosamente: Platón.
Platón es la escuela donde la filosofía se enseña ya acabada. El pensamiento se fabrica según rigurosos planos de los que nadie puede salirse. Ya no hay pensamiento en un sentido real sino ficticio. La filosofía está hecha y ya no hay lugar para artesanos que hagan sus propias ideas fuera de la Gran Máquina que es el sistema.
Platón es la muerte de la filosofía. Sócrates, su maestro, encuentra al final de su vida una duda. Entonces su discípulo, ciegamente leal, le prepara y sirve un delicioso cóctel de cicuta para salvarlo de esa otra muerte que es, para todo ser humano, salirse de los bordes de la ideología dominante.
Platón asesina al pensador para salvar la idea. Esta contradicción es lo que llamamos ideología.
No hay nada de gloriosa en esta época del pensamiento griego, salvo para aquellos que miran, no por ellos mismos, sino por los ojos que la Gran Máquina les dió.
Lo que era pensamiento es ideología: un paquete preciosamente decorado de ideas listas para ser aplicadas, funcionen o no, a partir de la convicción ciega y la negación de todo aquello que no encaje.
La filosofía socrática, en los ladridos de su pequeño y bien adiestrado cachorro llamado Platón, ha parido la muerte: el pensamiento ha parido a la ideología, es decir, el no-pensamiento.
El problema, o peligro, principal de la ideología es que no tiene en sí misma ninguna utilidad. No sirve, podemos decirlo, para nada. Al igual que con la armas, la ideología no sirve como objeto en sí mismo. Una pistola puede ser un juguete o una espada u otra arma medieval pueden ser un objeto decorativo. Pero también pueden usarse para matar. No es en el objeto en sí donde está su esencia sino en su uso potencial.
En este sentido, la ideología dispara cuando es la base para las instituciones.
Entonces llega Aristóteles. Es decir, el colmo del no-pensamiento: el autor de los preceptos y las normas. Aristóteles nos dice cómo, cuándo y por qué. Desde la poética, simple entretenimiento, hasta la ética o la política, el pensamiento aristotélico es un llamado al cumplimiento ciego de un pensamiento que no piensa: solo obedece.
Aristóteles será la invención de la Gran Máquina. Pero más tarde.
Porque no es en el falso "oro" de los griegos que fundamos el mundo, sino en la decadencia de quienes se apropiaron de ellos.
Para los romanos el pensamiento es completamente inútil. Roma es la Máquina, y los engranajes no piensan. La filosofía, el pensamiento libre, fue un útil entretenimiento entre los ociosos griegos pero Roma tiene demasiado que hacer como para sentarse a meditar sobre la esencia del hombre o el origen del universo. Todo eso, que otros ya han pensado, puede aprenderse íntegramente de Aristóteles, el último gran griego que viene a salvar a los romanos de ese aburrimiento innecesario de tener que pensar el universo por uno mismo.
La ideología, el no-pensamiento, se convierte en la Ley.
De las ideas a la ideología y de la ideología a las instituciones.
El Cristianismo, que surge dentro y en contra de Roma representa la idea, el pensamiento, la vuelta al pensamiento dentro de una institución basada en ideologías que no debían revisarse. El Cristianismo revisa y es, en su origen, nuestro mayor logro como especie: amor y humanismo puro.
Pero no es casualidad que el cristianismo haya nacido tan cercano a los griegos y haya sido, en sus principios, tan amigo de ellos. Muere siguiendo el camino del pensamiento griego.
Surge como ideas que revisan y discuten lo establecido para convertirse luego en la ideología domintante (siglo IV) y más tarde en la Gran Máquina que oprimirá y envenenará al pensamiento.
Otra vez es el mismo camino: de las ideas a la ideología, de la ideología a las instituciones.
Ahí está el gusano que pudre la manzana. Ahí se acaba la belleza. Los héroes se convierten en estatuas, las ideas en manuales, los sabios en maestros de escuelas y las necesidades en negocios.
El Cristianismo se convirtió en la Nueva Roma. Y dentro del veintre de esta nueva loba surgen las nuevas ideas que la destruyen: las ideas reformistas que la nobleza alemana transforma en la ideología que enfrenta al poderoso Vaticano y de la que luego nacen las instituciones anglosajonas; el pensamiento (casi) libre de Descartes se convierte con los siglos en la ideología que hará temblar las bases de la monarquía francesa y más tarde en las instituciones que coronarían al nuevo Emperador; la idea de libertad económica de los mercaderes judíos que se convierte en la ideología liberal y en las instituciones del capitalismo.
Incluso fuera de la Europa dominante ocurre este camino suicida del pensamiento: las ideas de libertad que Rusia aprende de Pushkin se convierten en la ideología de Turgueniev y sus camaradas y termina destruyéndose en las instituciones del no-pensmaiento de la revolución de 1917.
El siglo XX nos ha dado sobradas muestras de cómo la izquierda se siente fatalmente atraída por el suidicio, por la autodestrucción. De las ideas libres que penetraban profundamente el no-pensamiento occidental y cristiano que agonizaba en sus propios muertos se construyeron ideologías, cajitas de ideas muertas que debían repetir los manuales que sus propios socráticos habían redactado.
El mensaje humano de la justicia social y la igualdad entre los hombres se convirtió en la ideología marxista, repleta de manuales y libros de preceptos. La izquierda, que ya había encontrado a sus Sócrates y Platones, encontró en Marx a su Aristóteles. Con un poco de paradójica violencia (partieron de un mensaje de justicia y paz social) la izquierda encontró también su Edad Media en Rusia, en China y en Cuba, por nombrar solo sus casos más emblemáticos.
De las ideas de justicia de Tosltoi a la violencia en las ideologías de Gorki y Turgueniev y las Instituciones represivas Stalinistas; de Sierra Maestra y el sueño de una Cuba sin esclavos a los prisioneros políticos del régimen castrista.
Latinoamérica vive hoy sus propias contradicciones, sus propios suicidios. Venezuela, Argentina y Ecuador se debaten entre la libertad como discurso y la represión a sus grupos más minoritarios y molestos, entre la pobreza y unos pocos multimillonarios que solo cambian de apellido. Se habla de libertad, de cultura, de los pobres y de los derechos humanos, pero el discurso solo es vuelve real si es funcional a los intereses oficiales. Solo se cambia una oligarquía por otra, una gran Máquina por otra. O, en los peores casos, solo es un discurso y, por debajo, siguen mandando los que pueden comprarse sus esclavos. No ha habido, en toda Latinoamérica, un cambio real y significativo que quiebre, realmente, las viejas estructuras del mercado y la explotación. No han tocado a ni uno solo de los viejos amos y en algunos casos hasta los han protegido silenciosamente. Aún Bolivia, nuestro caso más aplaudido, también ha dado muestras de sus propias contradicciones.
El recorrido que las ideas de la izquierda ha seguido es bastante inspirador para quien busque contradicciones. La izquierda ha probado de todo. La revolución armada primero (Rusia, y China por los años treinta), la revuelta social y proletaria (Polonia y Checoslovaquia por los años cincuenta), la "intelectualización" (la filosofía crítica y el existencialismo y toda la literatura de los sesenta y setenta) y finalmente, la democratización (comunistas que van a las urnas como cualquier hijo de vecino).
Está claro que, en todos los casos, la muerte llega cuando se han reemplazado las ideas por la imágen de quien las pensó colgando en la oficina de un dictador.
El pensamiento, como forma liberadora, ha muerto siempre al principio del camino. Se trata de pensar libremente hasta encontrar unas cuantas ideas que sea útiles y entonces agruparlas y convertirlas en una ideología acabada y perfecta, lista para ser llevada o consumir en el lugar. La izquierda es, pracaticamente, el delivery de ideas rápidas. A eso se han reducido ellos mismos. No pida nada bien hecho. Ahí tiene usted unas cuantas ideas listas para salir a gritar que es comunista, o socialista o lo que guste. Y, por favor, no moleste más.
La izquierda, que fue en su origen nuestra hermosa forma de resucitar un mensaje amoroso y brutalmente destruído por quienes lo sostuvieron en un comienzo, no ha vuelto a tener una idea en siglos. No ha vuelto a pensar.
Pocos hombres fueron capaces de recuperar el pensamiento libre y no acabado de la ideología. Hombres que han tenido ideas frescas, valientes, verdaderamente eficacez como soluciones.
Todos, o la gran mayoría, han sido perseguidos por las mismas instituciones que la izquierda ha creado. Porque la izquierda se destruye a sí misma como toda ideología: no permite que dentro de ella crezcan ideas que no estén en el manual. La izquierda no ha logrado resolver el problema de ser una ideología.
Si buscara, alguna vez, ser ideas, no ideología, deajría por fin de morir al pie de los edificios que no son más que un símbolo y un recuerdo de lo que nunca debieron ser.
febrero 18, 2015
De las extrañas plantas que crecen en la Isla de Tsent
Dos meses estuvimos al cuidado de los nobles Señores de la Isla de Tsent desde que fuimos rescatados del naufragio. Tantos cuidados nos prodigaron en ese tiempo que poco y nada habíamos salido del palacio de Lent hasta que fuimos trasladados a nuestra choza en la isla.
Habíamos conseguido el permiso para permanecer allí por lo que los habitantes construyeron para nosotros una vivienda al estilo del lugar, espaciosa y no menos cómoda que el palacio.
Durante el día estuvimos ocupados en distintos quehaceres. Uno de mis compañeros, un hombre diestro en el trabajo con la madera, había terminado un arco y terminaba de afilar unas pocas flechas con el fin de cazar algún animal para la cena.
Una intervención favorable de los dioses nos evitó un fin trágico. Mientras afilaba la última flecha el Príncipe apareció sin que lo estuviéramos esperando.
Al ver el arma, inmediatamente nos advirtió que la Ley castigaba con la muerte a quien matara un animal.
Fue evidente nuestra sorpresa. Todos esos banquetes con carnes de todo tipo servidos incluso en mesas de hueso o de marfil que era el material con el que estaban hechos la mayoría de los muebles debían provenir de un pueblo diestro en la caza sin duda. Evidentemente nuestra contradicción era entendible y el Príncipe, que era un hombre tranquilo y sabio, comprendió y nos invitó a dar un paseo por el monte cercano.
Fue así como supimos de las extrañas plantas de carne de la Isla de Tsent.
De manera silvestre crecen, en toda la Isla y sin importar la calidad del suelo o el clima, unas plantas cuyos cuerpo no son de madera sino como de hueso.
Un tronco surge primero como una astilla y luego crece hacia arriba y de él se desprenden hacia los lados huesos más finos como ramas, en la forma de una cornamenta.
De cada rama crecen unos filamentos delgados como tendones o músculos y de ellos se sostienen tejidos que son igual a la carne de los animales.
Cuatro veces al año, es decir, una vez por cada estación, se cosechan estas carnes que se cortan de la planta como una fruta madura. Por esta razón las plantas crecen sin necesidad de ser taladas y vimos en el monte algunas de hasta tres veces la altura del palacio. El tronco o hueso principal de estos árboles era blanco como el marfil y gruesos como el tronco de un árbol realmente viejo.
Por lo que vimos solamente en el monte junto a nuestra choza supimos que crecen como maleza por todos lados y sin necesidad de cuidado alguno.
Durante el recorrido nos encontramos con un pequeño grupo de cazadores, que así les llaman en la isla de Tsent a los recolectores de carne. Ellos, verdaderos expertos en estas plantas, pudieron entonces explicarnos mucho más.
Supimos así que los campesinos habían logrado, por medio de injertos hechos con diferentes carnes de animales muertos, lograr una gran variedad de estas plantas de carne. Nos enseñaron árboles de cuyas blancas y gruesas ramas crecían trozos de carne grandes como una res entera. Plantas más pequeñas con ramas más delgadas, altas como un caballo, con trozos de carne más pequeños. Otras, como un perro de altas, con las ramas delgadas como cartílagos y de ellas colgando carnes como la de las aves. Finalmente nos enseñaron unas que, dijeron, habían sido las más difíciles de conseguir: una variedad de plantas de carne que crecen bajo el agua o en zonas pantanosas, como las plantas de arroz, con ramas delgadas como espinas y que dan carne como la de los pescados.
Todos estos prodigios se nos mostraron esa noche.
Sin embargo, el mayor de todos se nos presentó al día siguiente cuando el Príncipe nos permitió ingresar a lo que llaman en la isla la Huerta de los médicos. Allí, los injertos no se hacían con carnes sino con órganos que obtenían de cadáveres frescos.
Eran estas, también, de varios tamaños. Los árboles eran en verdad muy similares a los que ya habíamos visto, solo que en estos crecen, entre los enormes pedazos de carne, unas flores como huevos pero del doble del tamaño de un huevo normal y recubiertas por una piel como de terciopelo rosa. Al llegar la primavera y estar maduras estas flores, se abren dejando ver dentro de ellas órganos humanos como frutas listas para ser arrancadas.
Durante siglos habían trabajado para lograr este prodigio.
Vimos después otras plantas más pequeñas que no daban carne, solamente estas flores dentro de las cuales se forman los órganos más pequeños.
Todos los órganos que un ser humano pudiera precisar habían logrado hacer crecer de estas plantas.
Dos años permanecimos en la Isla de Tsent pero veinte en nuestra patria sin que pudiéramos explicar ni explicarnos cómo pudo haber sido así. Tantos prodigios vimos en esa bendita isla que nada podía, de todas maneras, sorprendernos demasiado.
Supe, hace poco, que uno de mis compañeros trajo consigo un pequeño brote de estas plantas y que, durante algunos años, la planta había crecido, menos en tamaño que en la isla, pero dando la carne suficiente para una familia. No supo explicar por qué aquí no se expandió como maleza y finalmente murió, dejando una osamenta de perro muerto en la tierra y ni un brote.
Otro compañero, decidido a encontrar la Isla de Tsent nuevamente, nunca regresó del mar.
Habíamos conseguido el permiso para permanecer allí por lo que los habitantes construyeron para nosotros una vivienda al estilo del lugar, espaciosa y no menos cómoda que el palacio.
Durante el día estuvimos ocupados en distintos quehaceres. Uno de mis compañeros, un hombre diestro en el trabajo con la madera, había terminado un arco y terminaba de afilar unas pocas flechas con el fin de cazar algún animal para la cena.
Una intervención favorable de los dioses nos evitó un fin trágico. Mientras afilaba la última flecha el Príncipe apareció sin que lo estuviéramos esperando.
Al ver el arma, inmediatamente nos advirtió que la Ley castigaba con la muerte a quien matara un animal.
Fue evidente nuestra sorpresa. Todos esos banquetes con carnes de todo tipo servidos incluso en mesas de hueso o de marfil que era el material con el que estaban hechos la mayoría de los muebles debían provenir de un pueblo diestro en la caza sin duda. Evidentemente nuestra contradicción era entendible y el Príncipe, que era un hombre tranquilo y sabio, comprendió y nos invitó a dar un paseo por el monte cercano.
Fue así como supimos de las extrañas plantas de carne de la Isla de Tsent.
De manera silvestre crecen, en toda la Isla y sin importar la calidad del suelo o el clima, unas plantas cuyos cuerpo no son de madera sino como de hueso.
Un tronco surge primero como una astilla y luego crece hacia arriba y de él se desprenden hacia los lados huesos más finos como ramas, en la forma de una cornamenta.
De cada rama crecen unos filamentos delgados como tendones o músculos y de ellos se sostienen tejidos que son igual a la carne de los animales.
Cuatro veces al año, es decir, una vez por cada estación, se cosechan estas carnes que se cortan de la planta como una fruta madura. Por esta razón las plantas crecen sin necesidad de ser taladas y vimos en el monte algunas de hasta tres veces la altura del palacio. El tronco o hueso principal de estos árboles era blanco como el marfil y gruesos como el tronco de un árbol realmente viejo.
Por lo que vimos solamente en el monte junto a nuestra choza supimos que crecen como maleza por todos lados y sin necesidad de cuidado alguno.
Durante el recorrido nos encontramos con un pequeño grupo de cazadores, que así les llaman en la isla de Tsent a los recolectores de carne. Ellos, verdaderos expertos en estas plantas, pudieron entonces explicarnos mucho más.
Supimos así que los campesinos habían logrado, por medio de injertos hechos con diferentes carnes de animales muertos, lograr una gran variedad de estas plantas de carne. Nos enseñaron árboles de cuyas blancas y gruesas ramas crecían trozos de carne grandes como una res entera. Plantas más pequeñas con ramas más delgadas, altas como un caballo, con trozos de carne más pequeños. Otras, como un perro de altas, con las ramas delgadas como cartílagos y de ellas colgando carnes como la de las aves. Finalmente nos enseñaron unas que, dijeron, habían sido las más difíciles de conseguir: una variedad de plantas de carne que crecen bajo el agua o en zonas pantanosas, como las plantas de arroz, con ramas delgadas como espinas y que dan carne como la de los pescados.
Todos estos prodigios se nos mostraron esa noche.
Sin embargo, el mayor de todos se nos presentó al día siguiente cuando el Príncipe nos permitió ingresar a lo que llaman en la isla la Huerta de los médicos. Allí, los injertos no se hacían con carnes sino con órganos que obtenían de cadáveres frescos.
Eran estas, también, de varios tamaños. Los árboles eran en verdad muy similares a los que ya habíamos visto, solo que en estos crecen, entre los enormes pedazos de carne, unas flores como huevos pero del doble del tamaño de un huevo normal y recubiertas por una piel como de terciopelo rosa. Al llegar la primavera y estar maduras estas flores, se abren dejando ver dentro de ellas órganos humanos como frutas listas para ser arrancadas.
Durante siglos habían trabajado para lograr este prodigio.
Vimos después otras plantas más pequeñas que no daban carne, solamente estas flores dentro de las cuales se forman los órganos más pequeños.
Todos los órganos que un ser humano pudiera precisar habían logrado hacer crecer de estas plantas.
Dos años permanecimos en la Isla de Tsent pero veinte en nuestra patria sin que pudiéramos explicar ni explicarnos cómo pudo haber sido así. Tantos prodigios vimos en esa bendita isla que nada podía, de todas maneras, sorprendernos demasiado.
Supe, hace poco, que uno de mis compañeros trajo consigo un pequeño brote de estas plantas y que, durante algunos años, la planta había crecido, menos en tamaño que en la isla, pero dando la carne suficiente para una familia. No supo explicar por qué aquí no se expandió como maleza y finalmente murió, dejando una osamenta de perro muerto en la tierra y ni un brote.
Otro compañero, decidido a encontrar la Isla de Tsent nuevamente, nunca regresó del mar.
Todo ser humano es una representación simbólica de sí mismo. No una representación propia sino una representación que el gran Otro (Dios, el destino, el universo, la moral o cualquier juego de reglas y apariencias que uno siga) tiene de nosotros.
Nuestra realidad es virtual en cuanto a que respondemos por un Otro. Nuestros deseos y sueños son los deseos y sueños que ese "yo" simbólico que el Otro ha creado tiene. De esto provienen todas nuestras angustias existenciales e insatisfacciones.
¿Quién soy? ¿Qué deseo? ¿Qué sueño? Las respuestas nos son dadas por ese Gran Otro, ese marco de reglas implícitas y explícitas que juegan se contradicen y luchan por mantener ciertas apariencias esenciales a la vida en sociedad.
Ahí está nuestro problema.
Y en la forma de resolverlo del filósofo encontramos una lectura nueva, original y en verdad reveladora.
Dice Zizek: el Judaísmo es la tensión. El Dios Judío es un ser insondable y así son también sus designios. No podemos entender qué es lo que Él quiere de nosotros peor estamos obligados a cumplir con ellos.
El Dios de Abraham, de Moisés, de Isaac todo el tiempo está poniendo a prueba a sus hijos sin dar ninguna explicación. Por algo será que Dios quiere esto o aquello. No está en nosotros adivinarlo.
Ahora bien. Sigue Zizek: el cristianismo resuelve esta tensión por medio del amor: Dios nos ama. Dios es amor.
Pero aquí llegamos a la gran revelación. Zizek nos propone otra lectura de los Evangelios.
Jesús dice: "Yo soy la espada, no la paz. El que no odie a su padre y a su madre no puede seguirme."
¿Cómo el gran héroe de la religión del amor nos dice esto? ¿Qué nos dice este Cristo?
Dios exige la rebelión contra el Gran Otro. Solo la verdad y el amor "nos hará libre". Y Cristo (Dios) es la verdad y el amor.
Leamos esto de otra forma: la verdad y el amor son Dios.
¿Tiene sentido todo esto?
Está claro lo paradójico de esto. Dios nos exige que matemos a Dios. Dios nos ordena que no obedezcamos a Dios.
Es imposible que podamos obedecer y dejar de obedecer en un mismo acto.
Entonces el Cristo-Dios (esto es fundamental: debemos sostener ciegamente que Cristo y Dios son una misma persona o ser) nos da la respuesta justo al final.
Jesús muere para redimirnos. ¿De qué? ¿De quién? No de nosotros ya que eso sería imposible. ¿De nuestros pecados? ¿Acaso no fue ese mismo Dios el que dijo que todo se perdona y que su nueva ley, la del amor es superior a las tablas de Moisés? ¿De qué nos está salvando el Cristo que muere en la cruz? De Dios. Nos está salvando de Dios.
Rebelarse contra las jerarquías (padre y madre) es obligatorio. Y Dios descansa en la cima de todas las jerarquías. Dios se ha abandonado a sí mismo (Cristo lo dice en la cruz y Cristo y Dios son la misma entidad). Dios se auto inmola en nombre de nuestra libertad.
Otra vez: Dios es la verdad y la verdad nos hará libre. Simplificado: Dios nos hará libres.
¿Incluso de Él mismo? Sí. Dios es amor. Siempre se ha dicho que tanto nos amó Dios que sacrificó a su propio hijo por nosotros. Pero ¿ese hijo no era en realidad Él mismo?
Dios es amor. El nuevo sentido de la vida, ese que los judíos no podían resolver más que con la tensión de nunca saber qué espera Dios de nosotros, el cristianismo lo resuelve a través del amor. Dios nos ama. Y nos ama tanto que ha decidido inmolarse para librarnos, incluso, de Él mismo.
Dios nos ha librado de todas las cadenas, incluso de la mayor de todas: ese gran Otro que nos reemplaza por un "yo" virtual y simplificado, de sueños y deseos que no lo satisfacen porque no son los sueños y deseos del "yo" real que uno es.
Concluye Zizek: el cristianismo es la forma más pura del ateísmo. No hay mayor ateo que el cristiano. todos los que han proclamado en ateísmo solo han logrado reemplazarlo por un Gran Otro diferente y, claramente, no mucho mejor.
No hay forma de llegar a un ateísmo real si no es pasando primero por el cristianismo concluye el filósofo.
Hasta acá con Zizek. Ahora sigo yo.
Sigamos con esta nueva lectura de los Evangelios. Cada frase es nueva y encaja perfectamente en estos razonamientos.
"¡Dios ha muerto!" dicen ahora los Evangelios. La Biblia y Nietzsche quedaron juntas en nuestra biblioteca casera. Superemos la escandalosa sorpresa y sigamos.
Nietzsche también nos dijo que Dios ha muerto. Y este nuevo hombre, libre de Dios, tiene ahora sobre sus espaldas la responsabilidad de cada acto, de cada sueño, de cada deseo.
¿Es, el "superhombre" del alemán, un hombre libre? ¿Verdaderamente libre? No. Nietzsche no libra al hombre de una ética superior sino que reemplaza a una con otra.
¿No representa acaso el Zarathustra una nueva entidad superior al hombre? ¿No es este libro una especie de nueva Biblia? ¿No es el deber del hombre matar a Dios para perseguir una nueva entidad suprema que es este superhombre?
Dios no ha muerto en Nietzsche, Dios ha muerto en la Biblia y el filósofo alemán nunca lo vio.
Nieszche nos libra de un Dios. Mientras que la Biblia nos libra de todas las formas de Dios y nos hace realmente libres.
Dios ha matado a Nietzsche.
Sabemos, sin embargo, lo paradójico que resultó todo esto. Las instituciones que surgieron del Cristianismo resultaron un Gran Otro terrible y peor aún que cualquier otro. Pero no hay que olvidar que estas instituciones no son el resultado de una doctrina sino de la perversidad que los hombres traen consigo.
Dios no es los hombres que dicen representarlo. Todo hombre (volvemos a Zizek) tiene una carga importante de perversidad y obscenidad. Y todo sistema creado por los hombres tendrán lo suyo, como es lógico.
Aún así, la doctrina está ahí. La enseñanza suprema del cristianismo está ahí, delante de todos nosotros: asumir el suicidio de Dios como un acto de amor supremo. Y, en consecuencia, ser dejar de preguntarle a ese gran Otro "¿Quién soy?" y buscar las respuestas en el "yo" real que cada uno es.
Soñar y desear lo que realmente soñamos y deseamos nosotros mismos y no lo que nos dicen que debemos desear o soñar. Eso, sea lo que sea eso, debe ser la libertad.
Nuestra realidad es virtual en cuanto a que respondemos por un Otro. Nuestros deseos y sueños son los deseos y sueños que ese "yo" simbólico que el Otro ha creado tiene. De esto provienen todas nuestras angustias existenciales e insatisfacciones.
¿Quién soy? ¿Qué deseo? ¿Qué sueño? Las respuestas nos son dadas por ese Gran Otro, ese marco de reglas implícitas y explícitas que juegan se contradicen y luchan por mantener ciertas apariencias esenciales a la vida en sociedad.
Ahí está nuestro problema.
Y en la forma de resolverlo del filósofo encontramos una lectura nueva, original y en verdad reveladora.
Dice Zizek: el Judaísmo es la tensión. El Dios Judío es un ser insondable y así son también sus designios. No podemos entender qué es lo que Él quiere de nosotros peor estamos obligados a cumplir con ellos.
El Dios de Abraham, de Moisés, de Isaac todo el tiempo está poniendo a prueba a sus hijos sin dar ninguna explicación. Por algo será que Dios quiere esto o aquello. No está en nosotros adivinarlo.
Ahora bien. Sigue Zizek: el cristianismo resuelve esta tensión por medio del amor: Dios nos ama. Dios es amor.
Pero aquí llegamos a la gran revelación. Zizek nos propone otra lectura de los Evangelios.
Jesús dice: "Yo soy la espada, no la paz. El que no odie a su padre y a su madre no puede seguirme."
¿Cómo el gran héroe de la religión del amor nos dice esto? ¿Qué nos dice este Cristo?
Dios exige la rebelión contra el Gran Otro. Solo la verdad y el amor "nos hará libre". Y Cristo (Dios) es la verdad y el amor.
Leamos esto de otra forma: la verdad y el amor son Dios.
¿Tiene sentido todo esto?
Está claro lo paradójico de esto. Dios nos exige que matemos a Dios. Dios nos ordena que no obedezcamos a Dios.
Es imposible que podamos obedecer y dejar de obedecer en un mismo acto.
Entonces el Cristo-Dios (esto es fundamental: debemos sostener ciegamente que Cristo y Dios son una misma persona o ser) nos da la respuesta justo al final.
Jesús muere para redimirnos. ¿De qué? ¿De quién? No de nosotros ya que eso sería imposible. ¿De nuestros pecados? ¿Acaso no fue ese mismo Dios el que dijo que todo se perdona y que su nueva ley, la del amor es superior a las tablas de Moisés? ¿De qué nos está salvando el Cristo que muere en la cruz? De Dios. Nos está salvando de Dios.
Rebelarse contra las jerarquías (padre y madre) es obligatorio. Y Dios descansa en la cima de todas las jerarquías. Dios se ha abandonado a sí mismo (Cristo lo dice en la cruz y Cristo y Dios son la misma entidad). Dios se auto inmola en nombre de nuestra libertad.
Otra vez: Dios es la verdad y la verdad nos hará libre. Simplificado: Dios nos hará libres.
¿Incluso de Él mismo? Sí. Dios es amor. Siempre se ha dicho que tanto nos amó Dios que sacrificó a su propio hijo por nosotros. Pero ¿ese hijo no era en realidad Él mismo?
Dios es amor. El nuevo sentido de la vida, ese que los judíos no podían resolver más que con la tensión de nunca saber qué espera Dios de nosotros, el cristianismo lo resuelve a través del amor. Dios nos ama. Y nos ama tanto que ha decidido inmolarse para librarnos, incluso, de Él mismo.
Dios nos ha librado de todas las cadenas, incluso de la mayor de todas: ese gran Otro que nos reemplaza por un "yo" virtual y simplificado, de sueños y deseos que no lo satisfacen porque no son los sueños y deseos del "yo" real que uno es.
Concluye Zizek: el cristianismo es la forma más pura del ateísmo. No hay mayor ateo que el cristiano. todos los que han proclamado en ateísmo solo han logrado reemplazarlo por un Gran Otro diferente y, claramente, no mucho mejor.
No hay forma de llegar a un ateísmo real si no es pasando primero por el cristianismo concluye el filósofo.
Hasta acá con Zizek. Ahora sigo yo.
Sigamos con esta nueva lectura de los Evangelios. Cada frase es nueva y encaja perfectamente en estos razonamientos.
"¡Dios ha muerto!" dicen ahora los Evangelios. La Biblia y Nietzsche quedaron juntas en nuestra biblioteca casera. Superemos la escandalosa sorpresa y sigamos.
Nietzsche también nos dijo que Dios ha muerto. Y este nuevo hombre, libre de Dios, tiene ahora sobre sus espaldas la responsabilidad de cada acto, de cada sueño, de cada deseo.
¿Es, el "superhombre" del alemán, un hombre libre? ¿Verdaderamente libre? No. Nietzsche no libra al hombre de una ética superior sino que reemplaza a una con otra.
¿No representa acaso el Zarathustra una nueva entidad superior al hombre? ¿No es este libro una especie de nueva Biblia? ¿No es el deber del hombre matar a Dios para perseguir una nueva entidad suprema que es este superhombre?
Dios no ha muerto en Nietzsche, Dios ha muerto en la Biblia y el filósofo alemán nunca lo vio.
Nieszche nos libra de un Dios. Mientras que la Biblia nos libra de todas las formas de Dios y nos hace realmente libres.
Dios ha matado a Nietzsche.
Sabemos, sin embargo, lo paradójico que resultó todo esto. Las instituciones que surgieron del Cristianismo resultaron un Gran Otro terrible y peor aún que cualquier otro. Pero no hay que olvidar que estas instituciones no son el resultado de una doctrina sino de la perversidad que los hombres traen consigo.
Dios no es los hombres que dicen representarlo. Todo hombre (volvemos a Zizek) tiene una carga importante de perversidad y obscenidad. Y todo sistema creado por los hombres tendrán lo suyo, como es lógico.
Aún así, la doctrina está ahí. La enseñanza suprema del cristianismo está ahí, delante de todos nosotros: asumir el suicidio de Dios como un acto de amor supremo. Y, en consecuencia, ser dejar de preguntarle a ese gran Otro "¿Quién soy?" y buscar las respuestas en el "yo" real que cada uno es.
Soñar y desear lo que realmente soñamos y deseamos nosotros mismos y no lo que nos dicen que debemos desear o soñar. Eso, sea lo que sea eso, debe ser la libertad.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)