Durante años había soñado que aquello ocurría:
—Quiero ser todopoderoso—respondió enseguida.
El Diablo resopló aburrido. El hombre estiró la mano.
Dejó pasar varios siglos el Diablo y se presentó a exigir el cumplimiento del pago:
—No puedes tomar mi alma: no cumpliste tu parte del trato— le dijo el hombre. Yo pedí ser todopoderoso pero no lo he sido. Puedo hacer practicamente todo, menos librarme de nuestro trato.
—Nos volveremos a ver —dijo el Diablo, y desapareció en la noche.
Pasaron nuevamente varios siglos y el Diablo volvió a aparecérsele:
—He expuesto tu caso a los más astutos de mis demonios. Tu defensa es justa. Tú ganas.
El hombre se alegró y durante un tiempo recorrió el mundo vanagloriándose de haber vencido al mismo Diablo.
Un día el Señor del Averno regresó:
—Finalmente, has podido todo, hasta librarte de tu obligación conmigo— dijo. Mi parte está cumplida.
Ambos comprendieron lo complejo del asunto: si el Diablo toma el alma del hombre entonces este no habrá podido librarse y el trato es nulo; si no la toma, el trato es válido por lo que debe cumplirse el pago.
Obviamente, gana el Diablo, por diablo. Y porque siempre gana.
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