noviembre 09, 2011

Necesitaba el Sol, y una noche lo encontró escondido detrás de un cerro al final del horizonte. Durante varias horas intentó convencerlo de salir de allí. Pero el Sol, que ya ha perdido su hermoso ego de otros siglos no quería mostrarse.
-Ya no me aman-dijo timidamente,-yo era el Astro al que le agradecían el calor, las cosechas, la luz, la vida entera. Pero el hombre me olvidó, se ahogó en cuentos de de falsos dioses y ya no me aman.
El hombrecito entendió que aquello sería arduo. No se resignó, pero necesitó un plan para convencer al Sol de asomarse. Se alejó un poco y se sentó en una piedra. Mientras pensaba sacó una flauta hecha de caña que llevaba en el morral. Y empezó a soplar en ella una antigua melodía que había aprendido de sus ancestros.
Distraído como estaba, el hombrecito no notó que mientras tocaba su canción el Sol asomaba algunos rayos por sobre el cerro para espiarlo. Hasta que al fin, una voz soberbia, llena de amor y que parecía contener todo el cosmos en su eco lo interrumpió:
-Esa canción que tocas, Pastor de llamas, se la enseñé hace mucho a los primeros hombres. Veo que eres un Hijo de ellos. ¿Qué necesitas Hijo?
-Mis cosechas, Padre, necesitan su calor...y mis hijos también, ya que pasan frío porque somos pobres y no tengo para darles abrigo...
-Brillaré por ti- respondió solamente el Astro, con su voz de fuego.
El hombre volvió a su rancho de adobe. Desde aquel día el sol brilló alto en su tierra y las cosechas crecieron más que nunca. Y todo el cerro brilló con la majestuosidad del Astro Sol no dejando al frío tocar a aquella familia.
Para cuando terminó de recolectarse la cosecha, el hombrecito fue al arroyito que quitaba la sed a sus huertas. Allí soplaban unas cañas desde hacía tiempo. Pero estaban más crecidas que nunca por aquel calor nuevo del Sol. Cortó una caña, pidiendo permiso a la Pachamama, y con ella hizo tres flautas para sus hijos. Y con ellas les enseñó a tocar aquella canción de sus ancestros.
Cada día, antes del desayuno, padre e hijos soplaban aquella vieja oración al Sol en agradecimiento al Padre.
Y el Sol, el Padre eterno que nunca abandona a sus hijos, los escucha feliz de saber que aún siguen sus hijos caminando en la tierra.

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