agosto 12, 2011

A los once años descubrí la música como algo que iba a durar para toda la vida. A esa edad, y en épocas de menos virtualidad, y casi ningún acceso a cierto material, mi única esperanza de novedades eran los viejos cassettes de un tío que me dejaba robarle de a dos o tres cada vez sabiendo que siempre volvían.
Rectangulares cajitas de Pandora como no han existido otras.
Eran los años en los que Jorge Alvarez vendía su tiro del final al mejor postor y nos dejaba sin la vieja música de nuestros propios artistas. 
De aquellas cintas casi prehistóricas aprendí a Piero, Gieco, Alma y Vida y otros tesoros de los que ya ni los mapas nos quedan.
Robaba las cintas, recuerdo, cuando mi madre ya nos llevaba para casa, así al llegar me encerraba en mi habitación a escucharlas hasta aprenderlas de memoria.
Un anoche me golpeó un tipo que apenas si cantaba. La mayoría del tiempo hablaba de cosas que poco entendía yo con mis inútiles doce años. Ferrocabral se llamaba uno de los casetes, Pateando tachos el otro. El dueño de aquella voz que escuchaba por primera vez se llamaba Facundo Cabral.
Demasiado chico yo, me rompí aquella noche de una forma que todavía no alcanzo a comprender.
Es cierto que fue la suma de todos aquellos descubrimientos el martillo que partió el espejo en el que reflejé mi mundo. Pero ese fue un duro golpe a la incipiente intelectualidad de una escasa docena de años.
Casi veinte años pasaron hasta que volviera a escuchar aquellos trabajos. Cabral es ya una voz que conozco bien. Algunas de sus canciones pasaron por mi guitarra como oraciones y de sus palabras he repetido muchas.
Luego de casi dos décadas me reencontré anoche con esos dos discos. En otra forma, y por otras casualidades. A los doce años, la novedad de la vida que se me presentaba me lo hizo cruzar para estrellarme contra su verdad. A los 33, la novedad de su muerte me lo hizo volver a cruzarme como hace casi veinte años.
Anoche reencontré esos dos discos y, con la misma ansiedad de cuando todavía nacía por el asombro, volví a escucharlos. Y volví al asombro al escuchar aquellas palabras y aquellas canciones que ahora ya me son conocidas.
Pero me acompaña un asombro nuevo y triste aunque también maravilloso: el de saber que esas palabras, cada una de ellas, estaban en mi memoria desde entonces. No había olvidado al Cabral de aquella noche, solo que no había notado nunca cuánto era lo que había prendido en mi.
Facundo Cabral haya sido quizá el primer maestro en mi vida que rompió con aquellos versos de Sui Generis, que traigo también de esos años de curiosidad:

"y tuve muchos maestros de que aprender // solo conocían su ciencia y el deber // nadie me enseño a decir una verdad..."

Facundo Cabral y yo, veinte años después, volvemos a reírnos, a pensar y a emocionarnos encerrados en mi habitación. Él ya no habla más que desde el recuerdo, pero yo lo seguiré escuchando porque en mi recuerdo, siempre tendré doce años para volver a asombrarme ante la voz que no deja de decir verdades.

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