mayo 20, 2011

Ahora España mira para este lado del charco con carita de cachorro abandonado. Se sienten pobres, o algo. Les duele algo y se quejan. ¿Por qué no juntamos todos los espejitos de colores que nos metieron estos cinco siglos y se los mandamos para ver qué hacen ellos con eso?
Las riquezas que España se llevó de América fue destinada a mantener a una de las naciones más pobres y miserables del mundo: ellos mismos. Con nuestro oro pagaban los empréstitos bancarios de las potencias anglosajonas. Empréstitos que mantenían a la nación de las castas más ostentosas y con menos nobleza del mundo, al clero de los tesoros, más rico aún que el mismo Vaticano, y a toda clase de mendigos, vagos, y aventureros que se hicieron la América en América.Con los intereses que pagaron financiaron la misma revolución industrial que nos dejó fuera del mundo. Ahora que ellos están fuera nos miran como pidiendo un plato de comida.
El oro que terminó sangrando España por esos empréstitos fue el mismo que los primeros prestamistas ingleses y holandeses nos prestaron allá por el comienzo de nuestra Nación. Deuda externa le decimos al oro que se llevaron con la espada y nos devolvieron con usura.
Ahora que España pierde contra economías más firmes, los españoles ya no quieren jugar el juego de la conquista. La balsa de piedra que Saramago imaginó hace algunos años, hace agua. Por todos lados. Las venas abiertas de américa Latina salpicaron al fin al que clavó el puñal. Las manchas rojas en las camisas españolas delatan el crimen y al culpable.
Cuando España se quede sola, ¿podrán mirarse al espejo y verse realmente como son? ¿tendrán al fin la grandeza que tanto fingieron?


Con el sabio y buen Don Miguel de Unamuno, hoy puedo decir, más que nunca, me duele España.

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