julio 07, 2012


A García Márquez, el gabo.

Podrá enfermarse mi cerebro, y perder yo mis recuerdos un día y para siempre; pero haré trampa y dejaré, en mis libros, un copia perfecta de ellos, para siempre.

Y es que el escritor tiene una ventaja sobre el resto de los hombres: cuando ya no pueda recordar más nada, tendrá en sus libros sus memorias.

julio 05, 2012

La Historia es nuestra lucha


La Historia es nuestra lucha

Hemos visto en los últimos tiempos surgir voces nuevas que intentan afirmarse de una u otra manera, como la resistencia contra todo aquello que nos oprime. Hemos visto en todo el mundo levantarse la voz de los que siempre guardaron silencio. Hemos visto a los silenciados romper, finalmente, el silencio de siglos. Vemos, en todas partes, centenares o millares de personas exigiendo un cambio radical y urgente.
Se ha solucionado algo, y se ha evitado otro tanto. Pero sigue costando encontrar señales de un verdadero cambio en la forma de organizarnos como especie.
Existe, entre los que reclaman y los que tienen el deber de escuchar, una especie de negociación silenciosa, y aceptada por ambas partes, mediante la cual un reclamo general se convierte en una solución puntual que da fin a la batalla.
Es que existe una estrategia mediante la cual un estado logra imponerse como el ganador de estas contiendas: convertir cualquier exigencia popular en una batalla particular que pueda ganarse o perderse, pero que tendrá, inevitablemente, un fin.
Tarde o temprano, las voces callarán. Los manifestantes volverán a sus casas con la alegría de haber vencido o la tristeza de haber sido derrotados. Pero volverán a sus casas, a su comodidad o a su pobreza, pero en el mismo silencio. En otros casos bastará con un estado ciego y sordo que no dé acuso de recibo y se cansarán y volverán a sus casas hartos de estar hartos, y en silencio.
Todo reclamo, finalmente, se convierte en una forma de silenciar las voces en el menor tiempo y con el menor costo político posible. No importa qué es lo que el pueblo reclame, siempre habrá una ley, un plan, o un lo que sea, mediante el cual el gobierno puede dar por terminada la batalla.
En la democracia, la forma más rápida de acallar voces en una solución simple y eficaz es mediante la encarnación de esos reclamos en hombres o mujeres que nos representen. Todo reclamo encuentra un nombre y un cargo dentro del mismo sistema contra el que pretende luchar.
Y nuestro mayor problema, en este punto, somos nosotros mismos.
Encarnamos todas nuestras esperanzas en un partido político, o en un candidato en particular de la misma forma que encarnamos nuestros demonios en otros.
Si nuestro candidato pierde, todo se ha perdido y la lucha ha sido vana. En el mejor de los casos, unos pocos (las voces se convertirán entonces en susurros) seguirán resistiendo con la esperanza de, unos meses antes de las próximas elecciones, volver a ser la voz furiosa que habían sido antes de la derrota.
Peor escenario será si nuestro candidato gana. Ya nadie nos sacará de nuestra casa a reclamar nada. Ya podremos sentarnos cómodos a ver cómo el hombre que encarnó nuestras mejores intenciones cambia finalmente el mundo.
Un juego macabro que nos mantiene a raya y silenciados mientras dejamos que la gran maquinaria de la corrupción se renueve y fortalezca aún más gracias a nosotros.
Es necesario entender la lucha de una manera diferente y nueva. Ya no a través de batallas finitas, de problemas que puedan resolverse en días o semanas por medio de una decisión política o económica. Entender que cambiar el mundo es algo diferente, y hasta opuesto,  a cambiar el nombre de un partido político o de un candidato.
Cambiar el mundo significa cambiar el entorno en el que nos movemos cotidianamente. Cambiar el mundo es enfrentar al mundo desde nuestra individualidad, desde nuestra propia convicción. Cambiar el mundo significa, en primer lugar, cambiarnos a nosotros mismos y ser no los que reclaman por un cambio, sino los que han cambiado para sembrar el mismo cambio en los demás.
Cambiar el mundo es, en definitiva, cambiar esa pequeña parcela de mundo que nos corresponde. Cambiar el mundo no es algo global, paradójicamente, sino un proceso individual y cotidiano de cambiar nuestros propios hábitos y nuestro propio y personal mundo interno. Cambiar el mundo es ser nosotros lo que queremos que sean los demás.
Es un proceso que no termina, que no puede darse por resuelto. La resistencia no puede ser solo presentarnos a una batalla y alegrarnos o resignarnos con el resultado.
Hemos perdido miles de batallas. Y estamos vivos. Porque no es en una batalla que cambiaremos el mundo o dependeremos siempre de un resultado positivo para seguir luchando.
No creo, en lo personal, que esté en nosotros cambiar este mundo. Pero sí está en nosotros crear los cimientos de un mundo nuevo. Somos mortales, la vida, dicen, es corta, y es probable que no nos alcance el tiempo para ver un mundo mejor.  Pero sí podemos no repetir los errores del pasado y no ser nosotros los que dentro de 50 años le digamos a nuestros hijos que fallamos, que nos vencieron, que intentamos luchar y en la primer derrota volvimos a casa en silencio. Si no bajamos hoy los brazos, nuestros hijos, nuestros nietos, quizás puedan estudiar nuestro tiempo y sorprenderse de lo que hemos hecho. Descartes dudó un día hasta de la duda misma, pero su fe le impidió dudar de Dios. Pero esa duda fue la misma que mucho tiempo después de su muerte desveló a otro hombre sin fe que dudó también de Dios y del rey que Dios le imponía. Esa duda, esa semilla invisible fue la que germinó en siglos una revolución que para Descartes era inconcebible.
Debemos evitar, a riesgo de perder todo por lo que hemos luchado, la tentación de aceptar las batallas que los estados nos proponen. Concebir un plan que no sea nuestro, de cada uno, de cada ideología, sino de todos los hombres y de todos los pueblos. Entender que no venceremos hoy ni nunca, porque en la victoria (al igual que en la derrota) se terminan las batallas. Y la nuestra, la de ustedes, la de todos, debe ser una batalla sin fin, una vigilancia perpetua de las instituciones y los gobiernos. Gane quien gane, pierda quien pierda, la batalla no fue ni deberá ser nunca por un cargo, por un puesto, por un nombre. La batalla es contra nosotros mismos, contra la humana tentación de quedarnos sentados sintiendo que todo está perdido.
Nuestra lucha no es una lucha de batallas que puedan ganarse o perderse. Nuestra lucha es para siempre, indiferente a un resultado, a una victoria, a una derrota. Aún cuando el mundo sea lo que queremos que sea, habrá cosas que seguir cambiando. Nunca ganaremos, pero nunca perderemos. Porque nuestra lucha no es por un pueblo o por un momento histórico en particular, es por todos los pueblos y todos los momentos históricos que nos toquen vivir a nosotros, a nuestros hijos. 
Si hoy bajamos los brazos, si hoy aceptamos la derrota, estamos aceptando para nosotros mismos los mismos mecanismos de corrupción contra los que pretendimos luchar.
Cambiar el mundo es cambiar al hombre. Resignificar la historia, transformarla por medio de un proceso que no es nuestro ni de ningún hombre en particular sino de todos los hombres en todos los tiempos.
No hay un solo hombre (ni rey ni campesino) que sea en si mismo la historia o determine por su propia voluntad el sentido del devenir histórico. La historia es nuestra tanto como de ellos y si algo hemos aprendido en esta lucha, es que ya no cuenta más aquello de que "la historia la escriben los que ganan".

julio 04, 2012


Al amor lo prefiero poco hablado. Para no desenamorarme. Cuando mi mujer me dice que soy hermoso, un poco me desenamoro. Es decir, ¿a qué clase de mujer puede uno gustarle?
Siempre hay que creer que esa mujer se ha enamorado de uno por error. De algo que ella imagina en uno para tenerlo en semejante altar.
En mi caso, me cuesta concebir que una mujer tan virtuosa, tan perfecta en casi todo lo que hace, pueda cometer el injustificable error de enamorarse de alguien como yo. Y de seguir, cada día, convencida de su amor.
Por eso prefiero que hable poco, que siempre me deje ese espacio en mi interior para decirme "esta mujer no sabe de quién está enamorada". Y dormirme abrazándola y deseando, en silencio, que nunca descubra su error.

julio 01, 2012

La política es el arte de convertir un pueblo unido en grandes cantidades de individuos enfrentados.