¿Vamos a cambiar el mundo de una vez? A empezar a cambiarlo, quiero decir. La verdad es que estoy un poco cansado de cada dos meses estar quejándome otra vez de algún capricho de los que tienen el poder. Estoy cansado de hablar y hablar de lo mal que está todo. Tengo ganas de hacer algo, pero soy uno solo, un individuo más entre los miles de millones que se quejan en todo el mundo. Igual que vos. Pero hay una solución y, si sigues leyendo, verás que no estoy mintiendo.
Cuando protestamos contra la Ley SOPA empezamos todos a pensar lo mismo: ¿Hasta cuándo tendremos que soportar a estos tipos? ¿Hasta cuándo tendremos que seguir soportando estos abusos? Hay una respuesta muy simple: hasta que todos digamos basta.
Hasta ahora, toda lucha contra esta decisión totalmente antidemocrática y contraria al sentir de casi todos los ciudadanos se ha reducido a unos cuantos sitios de Internet apagados durante algunas horas. Los demás, nosotros, solo nos quejamos de palabra, sin hacer nada para que esto cambie.
Estas Leyes no son un invento de una mente maquiavélica y caprichosa que se despertó con ganas de fastidiarnos un poco. Son el resultado de la presión que las empresas ejercen sobre los gobiernos.
Todos sabemos que el gobierno de los Estados Unidos responde no a los ciudadanos que los votan sino a las empresas que los mantienen. Tampoco es sorpresa que ellos, los que tienen la obligación de velar por el derecho a la Educación y la Cultura de quienes los eligieron, aprueben leyes que atenten contra este derecho constitucional en pos de los dividendos de esas empresas.
Lo cierto es que ya nadie nos representa. TODOS los gobiernos responden a los intereses privados de unos pocos.
A pedido de Universal Music Group, el FBI comenzó la cacería de brujas. Y no esperen algo nuevo: la Inquisición ha vuelto, esta vez, con Mulder y Scully repartiéndose el papel de Torquemada.
Pero el problema es mucho más grave. En las acusaciones formales entran también sitios de otros países. ¿Serán nuestros gobiernos capaces de frenar esta violación a nuestros derechos constitucionales y capaces de garantizarnos nuestra libertad y nuestra soberanía? No, claro que no, nuestros gobiernos responden también al tirano del norte. Lo que ellos digan, será Ley, no solo dentro del territorio norteamericano.
Tu capricho, Tío Sam, es Ley. Y esta Ley es una violación a la soberanía de cada nación del mundo. Una Ley proclamada en los Estados Unidos de Norteamérica regirá la suerte cultural de TODOS los países del mundo.
¿Querés saber cómo se termina con esta situación de una vez por todas? Fácil, muy fácil. Atacando el problema desde sus mismas raíces.
El poder, aquel que alguna vez provenía de Dios para depositarse en los reyes, hoy proviene del dinero y decide el destino de nuestros gobiernos. La verdadera soberanía de cada pueblo (si es que aún quedan naciones libres) proviene, únicamente, del dinero. Quien tiene el dinero, tiene el poder. Esto significa que solo quien tenga el dinero podrá tomar las decisiones.
Ahora bien, ¿quién es el que tiene el dinero? ¿Quién es el "soberano"? NOSOTROS.
Estas grandes empresas alimentan al poder y le imponen el juego que más les conviene. Pero, ¿quién alimenta a estas grandes empresas? De nuevo, NOSOTROS. El poder de la soberanía, ahora proveniente del dinero, sigue estando en el pueblo, en los individuos.
Hemos sido siempre nosotros, cada uno de nosotros, quien ha estado alimentando a estos monstruos de la cultura durante décadas. No existe un solo sello discográfico, ni una editorial, ni una productora de cine que viva de sus propios empleados comprando sus propios productos. Somos nosotros quienes les damos el dinero.
Aseguré antes tener la solución a estos abusos. La solución es que seamos nosotros quienes empecemos desde hoy mismo a imponer nuestras condiciones. Una revolución, pacífica pero eficaz que se alimente de nuestra propia indignación.
Solo hay que preguntarse ¿por qué empresas de la talla de Universal Music Group necesita esta Ley? Porque tienen miedo, porque saben que dependen de nosotros, de cada uno de nosotros. Si dejamos de comprar sus productos estas empresas desaparecen.
¿Qué pasaría si TODOS decidimos no volver a darles nuestro dinero a ellos? No habría más leyes SOPA nunca más.
Antes que dejes de leer desilucionado ante una solución tan obvia quiero destacar algo: ellos cuentan con que no podemos ponernos de acuerdo, o que si lo hacemos, esto duraría unos cuantos días y luego todo al olvido. La verdad es que si nos ponemos de acuerdo, de verdad, con la firme decisión de cumplir este pacto, podemos exigir la anulación de la Ley.
Podemos imponer nuestras condiciones: no volver a comprarles, a darles nuestro dinero hasta que no exigan la anulación definitiva de la Ley SOPA.
Universal sangró solamente con las descargas de Megaupload...¿cuánto daño podría causarle un acuerdo en todo el mundo de NO comprar más sus productos? Sin duda que mucho.
Tenemos arte por doquier. La red está plagada de escritores que vale la pena leer. Que cada uno busque hasta encontrar alguno que le guste y, en vez de pagar un libro que siga alimentando a estas bestias, manden un cheque al autor de ese blog. Hay millones.
Hay millones de grupos musicales y cantantes difundiendo su obra en bares y canales de YouTube. En vez de pagar un CD o un DVD, manden un cheque a esos músicos. Asistan a los conciertos y compren los CDs que ellos mismos, y con mucho esfuerzo, han editado.
Hay miles de productoras de cine independiente, editoriales pequeñas que buscan promover nuevos autores sin imponer condiciones, pequeños estudios capaces de editar CDs de música ansiosos de vender copias de grupos desconocidos. Paguemos arte. Demos nuestro dinero a los artistas que se editan y se venden en bares, por la web, por su propio esfuerzo. No engordemos más al monstruo hasta que acepte nuestras condiciones.
Los autores no busquemos intermediarios. Trabajemos con ganas y de a poco, juntando moneda por moneda hasta poder pagar una edición propia y venderla. Con humildad, y con la tranquilidad de saber que estamos haciendo nuestro trabajo sin que nadie nos robe, y que estamos sembrando un futuro que hoy parece utópico. Hoy no es necesario un intermediario para vender un libro o un CD a mil o diez mil kilómetros de donde vivimos. Tenemos la red, no los necesitamos.
Los consumidores, no compremos más algo que tenga el sello de estos grandes monstruos. Si dejamos de comprar, dejan de vender. Así de simple.
Yo soy nadie. Un don nadie, como suele decirse. Igual que vos y que cada persona que anda caminando por la calle indignada con los incesantes abusos de un poder cada vez más corrupto y criminal. Hasta hace poco, todo el mundo se llenó de indignados en las calles y no cambió nada. Porque seguimos creyendo que con tuitear un "NO a la Ley SOPA" vamos a lograr algo. Porque seguimos esperando que nos escuchen esos mismos que convirtieron a la democracia en un instrumento para dominarnos.
No quieren escucharnos. No necesitan escucharnos porque siguen diciendo, y nosotros creyendo, que el poder es de ellos y de unos pocos que toman las decisiones. El poder es del que tiene el dinero. Y el dinero lo tenemos nosotros. Lo tuvimos siempre nosotros, pero se lo dimos a empresas que lo querían para imponernos leyes antidemocráticas.
SOMOS LOS SOBERANOS Y TENEMOS EL DEBER DE EJERCER NUESTRA SOBERANÍA.
Exigimos:
1- la anulación de ésta y todas las leyes que violen nuestro derecho a la cultura;
2- la penalización y condena legal a las empresas que practican la usura y el robo quedándose con lo que pertence a los artistas;
3- la anulación de las leyes de derechos de autor vigentes que son, en realidad, leyes de derechos del intermediario;
4-la elaboración de nuevas leyes que protegan verdaderamente los derechos del autor y condene a todo aquel que pretenda, bajo el rótulo de intermediario, apropiarse de las obras y decidir cuánto debemos pagar por ellas;
5-que toda obra musical o intelectual de autor fallecido sea declarada patrimonio cultural de la humanidad y pueda ser distribuida libremente, siempre que se haga sin fines de lucro, y que el pago de derechos recaiga, solamente, sobre aquellos que obtengan ganancias con las obras.
Estoy seguro que podemos terminar con esto. Si TODOS nos ponemos firmes y declaramos públicamente que no volveremos a comprar los productos de las grandes empresas monstruos, hasta que ellas mismas se retracten y acepten nuestras condiciones.
No es una utopía si todos nos ponemos de acuerdo. Somos millones los artistas en el mundo esperando que la cultura sea de todos. No queremos, ni tenemos por qué, seguir soportando este abuso de los intermediarios. El arte es nuestro. De todos. El dinero lo tenemos cada uno de nosotros y somos soberanos: nosotros vamos a decidir el final de esta lucha. Solo necesitamos una cosa: ponernos de acuerdo y anunciarles a los inquisidores que el arte es y será siempre de los artistas y del público.
¡Tenemos que dejar de darles dinero hasta que anulen la Ley o desaparezcan para siempre!
NO A LA LEY SOPA NI A LA VIOLACIÓN DE NUESTROS DERECHOS Y NUESTRA SOBERANIA.
enero 17, 2012
Huelga de poetas (Carta abierta)
Hoy quiero escribir la historia de un hombre real, como usted. La historia de un hombre que trabaja sin que nadie le pague. De un hombre sin derechos, al que le han robado la dignidad de su trabajo.
Nuestro hombre es un escritor: poeta, cuenta cuentos, pensador, llámelo como usted quiera, él ya está acostumbrado.
Cada mañana se despierta con unas cuantas ideas que escribir y una sola pregunta: "¿para qué?". Y, sin tener una respuesta, se reacomoda en la cama y sigue durmiendo, tratando de despertar en otro mundo, en otra realidad, en otro cuerpo y, sobre todo, en otra vocación.
Nuestro hombre sueña con ser empleado en una oficina del gobierno, portero, barredor, mendigo en la puerta de la Iglesia, lo que sea que se pague.
Nuestro hombre todavía no entiende qué trabajos son los que dignifican. Solo sabe, porque se lo repiten constantemente, que el suyo no. Ha estado más de diez años trabajando para otros mientras un nefasto acuerdo social intentaba mentirle que trabajaba para él. En varios países es hasta tema de dramáticos informes en la televisión que un abogado maneje un taxi, que un médico tenga que dar clases de biología en una escuela, o que un ingeniero reparta pizzas. Pero nunca escuché a nadie gritar horrorizado "¡Qué barbaridad! Un poeta atendiendo un almacén!". El poeta, el escritor, no merece el espanto y la indignación ajena.
Nadie se espanta porque un poeta esté vendiendo caramelos. Pero pobre de él si intentara afirmar que escribir (en sentido literario) es un trabajo. A nuestro hombre intentan explicarle en vano que escribir NO es un trabajo. Que el trabajo de un escritor es ser profesor de Literatura, redactor en un diario, corrector en algún lado, o periodista.
Nuestro hombre asiste a todos los cumpleaños y reuniones familiares solo para que alguien pueda echarle en cara el último ascenso de la hija del tío del primo de un hermano del vecino que pasó de barrer el piso en una oficina a limpiar las ventanas. Asiste cada 31 de diciembre a la tradicional cena de año nuevo solo para que toda la familia esté pensando "Quizás este año consiga un trabajo" (y nunca falte quien tenga la cuenta bancaria lo suficientemente inflada como para sentirse en el derecho a decirlo).
Nuestro escritor no tiene vida, no tiene futuro, no tiene seguro médico. Conclusión, no tiene trabajo. Está todo el día sentado frente a una computadora sin hacer nada.
¿Por qué ocurre esto? No sé, tengo más preguntas, querido lector, que respuestas.
El escritor debe ser cualquier cosa menos escritor: profesor en algún colegio, periodista, redactor en alguna empresa o diseñar el slogan que venda una cortadora de césped. El escritor no puede ser escritor.
El trabajo de escritor no existe. Escribir literatura no es un trabajo.
Escribir poesía es tan poco digno que hasta debo dejar de hacerlo para responder un mail de una revista, de un diario, o de un lo que sea que vaya a ganar dinero con lo que yo escribo, para decir, con el pecho inflado de orgullo y felicidad: "si, claro, publiquen mi poema/cuento, es un honor". Y dos horas después estar mirando el último cigarrillo pensado que quizá no vuelva a fumar uno hasta que algún amigo venga de visita.
La excusa más repetida es que la revista no se vende, que se distribuye gratuitamente, que es on line, que apenas se mantiene. Yo ni a mantenerme llego y vos adornás mi poema con publicidades que cobrás sin la más mínima vergüenza.
¿Y si yo no autorizo a publicarme sin pagar por mi trabajo? La respuesta es clara: no me publican. Porque mi trabajo no vale. Los dos meses que estuve trabajando un cuento no valen en dinero absolutamente nada. Porque escribir no es trabajo. Editar es un trabajo, vender publicidad es un trabajo. Escribir lo que ellos venden (directa o indirectamente, porque cobrar por publicidades también es vender lo que uno escribió) no es trabajo.
De las editoriales, mejor no hablar. Algún día, la humanidad tendrá que entender que todo lo que está mal en el mundo es consecuencia directa de poner precio a las letras. La Revolución Francesa hubiera muerto en el sueño de un puñado de borrachos gritando en una taberna de no ser por la imprenta, por el libro, porque aquel sueño de Igualdad, Libertad y Fraternidad llegó a todos los rincones del planeta en unos cuantos libros impresos. Claro, cuando todavía se imprimían ideas. Ahora, Coelho deja más ganancia. Y ni el más mínimo riesgo de una idea que amenace con una sublevación de desnutridos en toda África.
Pero ya estoy desvariando. Disculpen esta pasión desperdiciada en defender un pasatiempos (creo que así es como quieren que lo llame).
El tema es que la historia de hoy no es de un hombre solo, único y especial (que ya habrán adivinado de quién se trata). Mi historia es la de miles de hombres y mujeres que por todo el mundo vamos dejando un verso, un cuento, o algo, por pequeño que sea, que escribimos y que usted lee.
Tómese un día el trabajo de buscar en internet cuántos somos los que estamos aquí ofreciéndole algo mejor que esos programas de televisión basura; algo más digno, más serio que esos libros que intentan imponerle desde una oficina de contabilidades mezquinas que responden a los más nefastos intereses de unos pocos.
Tómese el trabajo de preguntarse seriamente por qué nuestro trabajo no vale lo mismo que el suyo.
¿Qué pasaría si un día decidiéramos, todos juntos, declararnos en una huelga poética? Absolutamente nada. Por dos razones muy simples. Primero, hay infinidad de cosas para leer y si un día todos los que escribimos dejáramos de hacerlos, quizá usted tendría tiempo de leer todo eso que no ha podido leer hasta ahora.
Pero la segunda razón, la más importante, es porque seguiríamos escribiendo porque amamos lo que hacemos. No podemos dejar de escribir como usted no puede dejar de ser usted. Somos escritores, no otra cosa. Ni profesores, ni camareros, ni ninguna otra cosa. Somos escritores. Nuestro trabajo es este. Nuestra vida es esta y usted no puede ni imaginar la literatura maravillosa que podríamos crear para usted si tuviéramos la oportunidad de hacerlo, si no tuviéramos que conformarnos con escribir los fines de semana o los ratos que nos deja nuestro trabajo de verdad.
Yo he tenido la suerte maravillosa de quedarme sin trabajo. Si, de ser uno de esos millones de desempleados de los que tanto se habla en los medios. De ser uno de esos seres sin futuro, pero más que nada sin presente. Y digo suerte porque en estos meses he podido darme el lujo de despertarme temprano a trabajar de escritor. Pero nada dura para siempre. Es cuestión de tiempo que estos meses pasen a ser un buen recuerdo.
En España y en todo el mundo se habla de "los indignados", los que se cansaron de no ser. Yo estoy harto, querido lector y compañero, de no ser. Harto de levantarme cada mañana y preguntarme "¿para qué?". Harto de tener una respuesta, y que sea siempre la misma. Harto de tanta literatura, de tanto sueño, de tanta fe, de tanta historia de mentira, harto de seguir esperando el milagro.
El mundo es esto porque nosotros lo hicimos así. Es imposible que unos cuantos señores decidan el futuro de seis mil millones de personas. Esta realidad la cagamos nosotros. Y hasta que no dejemos de comprar mentiras y bolsas de basura no dejarán de venderla.
Hoy, cuando me desperté, con la misma respuesta de siempre, estuve a punto de quedarme en la cama esperando despertar en un pibe que sirva café en una oficina por el sueldo mínimo. Algo me dijo que eso no pasaría y decidí levantarme y escribir, pero cambiando un poco el estilo. Contar una historia que no fuera un cuento. Contar la historia de miles de escritores que NO somos profesores, ni taxistas, ni empleados en el almacén de un pariente lejano que tuvo éxito mientras nosotros perdíamos el tiempo escribiendo poemas.
Porque ni eso es tener éxito ni esto es ser un fracasado. Mi éxito es que usted esté leyendo esto, que haya leído mis poemas y mis cuentos y haya encontrado en ellos alguna virtud, algún sentimiento, alguna idea. Porque soy escritor y punto.
Le pido disculpas si esperaba otra cosa, algún poema de esos de medio pelo que suelo escribir o un cuento tonto sobre muertos que vuelven de la muerte porque extrañaban a un amor...hoy no tengo ganas. Hoy me desperté aplastado por un "¿para qué?" con la misma respuesta de siempre: para nada, para que me sigan diciendo que me busque un trabajo mientras mis poemas y mis cuentos siguen paseando por revistas de todo latinoamérica y España. Para que me sigan acusando de ser un fracasado mientras los imbéciles piden el Nobel para Coelho y las editoriales guardan ese silencio asesino que ya les queda como pintado, mientras la gente sigue quejándose y repitiendo "es así, no podemos hacer nada".
Hoy me levanté más harto que nunca.
Perdón por el hartazgo.
Hoy quiero escribir la historia de un hombre real, como usted. La historia de un hombre que trabaja sin que nadie le pague. De un hombre sin derechos, al que le han robado la dignidad de su trabajo.
Nuestro hombre es un escritor: poeta, cuenta cuentos, pensador, llámelo como usted quiera, él ya está acostumbrado.
Cada mañana se despierta con unas cuantas ideas que escribir y una sola pregunta: "¿para qué?". Y, sin tener una respuesta, se reacomoda en la cama y sigue durmiendo, tratando de despertar en otro mundo, en otra realidad, en otro cuerpo y, sobre todo, en otra vocación.
Nuestro hombre sueña con ser empleado en una oficina del gobierno, portero, barredor, mendigo en la puerta de la Iglesia, lo que sea que se pague.
Nuestro hombre todavía no entiende qué trabajos son los que dignifican. Solo sabe, porque se lo repiten constantemente, que el suyo no. Ha estado más de diez años trabajando para otros mientras un nefasto acuerdo social intentaba mentirle que trabajaba para él. En varios países es hasta tema de dramáticos informes en la televisión que un abogado maneje un taxi, que un médico tenga que dar clases de biología en una escuela, o que un ingeniero reparta pizzas. Pero nunca escuché a nadie gritar horrorizado "¡Qué barbaridad! Un poeta atendiendo un almacén!". El poeta, el escritor, no merece el espanto y la indignación ajena.
Nadie se espanta porque un poeta esté vendiendo caramelos. Pero pobre de él si intentara afirmar que escribir (en sentido literario) es un trabajo. A nuestro hombre intentan explicarle en vano que escribir NO es un trabajo. Que el trabajo de un escritor es ser profesor de Literatura, redactor en un diario, corrector en algún lado, o periodista.
Nuestro hombre asiste a todos los cumpleaños y reuniones familiares solo para que alguien pueda echarle en cara el último ascenso de la hija del tío del primo de un hermano del vecino que pasó de barrer el piso en una oficina a limpiar las ventanas. Asiste cada 31 de diciembre a la tradicional cena de año nuevo solo para que toda la familia esté pensando "Quizás este año consiga un trabajo" (y nunca falte quien tenga la cuenta bancaria lo suficientemente inflada como para sentirse en el derecho a decirlo).
Nuestro escritor no tiene vida, no tiene futuro, no tiene seguro médico. Conclusión, no tiene trabajo. Está todo el día sentado frente a una computadora sin hacer nada.
¿Por qué ocurre esto? No sé, tengo más preguntas, querido lector, que respuestas.
El escritor debe ser cualquier cosa menos escritor: profesor en algún colegio, periodista, redactor en alguna empresa o diseñar el slogan que venda una cortadora de césped. El escritor no puede ser escritor.
El trabajo de escritor no existe. Escribir literatura no es un trabajo.
Escribir poesía es tan poco digno que hasta debo dejar de hacerlo para responder un mail de una revista, de un diario, o de un lo que sea que vaya a ganar dinero con lo que yo escribo, para decir, con el pecho inflado de orgullo y felicidad: "si, claro, publiquen mi poema/cuento, es un honor". Y dos horas después estar mirando el último cigarrillo pensado que quizá no vuelva a fumar uno hasta que algún amigo venga de visita.
La excusa más repetida es que la revista no se vende, que se distribuye gratuitamente, que es on line, que apenas se mantiene. Yo ni a mantenerme llego y vos adornás mi poema con publicidades que cobrás sin la más mínima vergüenza.
¿Y si yo no autorizo a publicarme sin pagar por mi trabajo? La respuesta es clara: no me publican. Porque mi trabajo no vale. Los dos meses que estuve trabajando un cuento no valen en dinero absolutamente nada. Porque escribir no es trabajo. Editar es un trabajo, vender publicidad es un trabajo. Escribir lo que ellos venden (directa o indirectamente, porque cobrar por publicidades también es vender lo que uno escribió) no es trabajo.
De las editoriales, mejor no hablar. Algún día, la humanidad tendrá que entender que todo lo que está mal en el mundo es consecuencia directa de poner precio a las letras. La Revolución Francesa hubiera muerto en el sueño de un puñado de borrachos gritando en una taberna de no ser por la imprenta, por el libro, porque aquel sueño de Igualdad, Libertad y Fraternidad llegó a todos los rincones del planeta en unos cuantos libros impresos. Claro, cuando todavía se imprimían ideas. Ahora, Coelho deja más ganancia. Y ni el más mínimo riesgo de una idea que amenace con una sublevación de desnutridos en toda África.
Pero ya estoy desvariando. Disculpen esta pasión desperdiciada en defender un pasatiempos (creo que así es como quieren que lo llame).
El tema es que la historia de hoy no es de un hombre solo, único y especial (que ya habrán adivinado de quién se trata). Mi historia es la de miles de hombres y mujeres que por todo el mundo vamos dejando un verso, un cuento, o algo, por pequeño que sea, que escribimos y que usted lee.
Tómese un día el trabajo de buscar en internet cuántos somos los que estamos aquí ofreciéndole algo mejor que esos programas de televisión basura; algo más digno, más serio que esos libros que intentan imponerle desde una oficina de contabilidades mezquinas que responden a los más nefastos intereses de unos pocos.
Tómese el trabajo de preguntarse seriamente por qué nuestro trabajo no vale lo mismo que el suyo.
¿Qué pasaría si un día decidiéramos, todos juntos, declararnos en una huelga poética? Absolutamente nada. Por dos razones muy simples. Primero, hay infinidad de cosas para leer y si un día todos los que escribimos dejáramos de hacerlos, quizá usted tendría tiempo de leer todo eso que no ha podido leer hasta ahora.
Pero la segunda razón, la más importante, es porque seguiríamos escribiendo porque amamos lo que hacemos. No podemos dejar de escribir como usted no puede dejar de ser usted. Somos escritores, no otra cosa. Ni profesores, ni camareros, ni ninguna otra cosa. Somos escritores. Nuestro trabajo es este. Nuestra vida es esta y usted no puede ni imaginar la literatura maravillosa que podríamos crear para usted si tuviéramos la oportunidad de hacerlo, si no tuviéramos que conformarnos con escribir los fines de semana o los ratos que nos deja nuestro trabajo de verdad.
Yo he tenido la suerte maravillosa de quedarme sin trabajo. Si, de ser uno de esos millones de desempleados de los que tanto se habla en los medios. De ser uno de esos seres sin futuro, pero más que nada sin presente. Y digo suerte porque en estos meses he podido darme el lujo de despertarme temprano a trabajar de escritor. Pero nada dura para siempre. Es cuestión de tiempo que estos meses pasen a ser un buen recuerdo.
En España y en todo el mundo se habla de "los indignados", los que se cansaron de no ser. Yo estoy harto, querido lector y compañero, de no ser. Harto de levantarme cada mañana y preguntarme "¿para qué?". Harto de tener una respuesta, y que sea siempre la misma. Harto de tanta literatura, de tanto sueño, de tanta fe, de tanta historia de mentira, harto de seguir esperando el milagro.
El mundo es esto porque nosotros lo hicimos así. Es imposible que unos cuantos señores decidan el futuro de seis mil millones de personas. Esta realidad la cagamos nosotros. Y hasta que no dejemos de comprar mentiras y bolsas de basura no dejarán de venderla.
Hoy, cuando me desperté, con la misma respuesta de siempre, estuve a punto de quedarme en la cama esperando despertar en un pibe que sirva café en una oficina por el sueldo mínimo. Algo me dijo que eso no pasaría y decidí levantarme y escribir, pero cambiando un poco el estilo. Contar una historia que no fuera un cuento. Contar la historia de miles de escritores que NO somos profesores, ni taxistas, ni empleados en el almacén de un pariente lejano que tuvo éxito mientras nosotros perdíamos el tiempo escribiendo poemas.
Porque ni eso es tener éxito ni esto es ser un fracasado. Mi éxito es que usted esté leyendo esto, que haya leído mis poemas y mis cuentos y haya encontrado en ellos alguna virtud, algún sentimiento, alguna idea. Porque soy escritor y punto.
Le pido disculpas si esperaba otra cosa, algún poema de esos de medio pelo que suelo escribir o un cuento tonto sobre muertos que vuelven de la muerte porque extrañaban a un amor...hoy no tengo ganas. Hoy me desperté aplastado por un "¿para qué?" con la misma respuesta de siempre: para nada, para que me sigan diciendo que me busque un trabajo mientras mis poemas y mis cuentos siguen paseando por revistas de todo latinoamérica y España. Para que me sigan acusando de ser un fracasado mientras los imbéciles piden el Nobel para Coelho y las editoriales guardan ese silencio asesino que ya les queda como pintado, mientras la gente sigue quejándose y repitiendo "es así, no podemos hacer nada".
Hoy me levanté más harto que nunca.
Perdón por el hartazgo.
enero 03, 2012
Como pudo se levantó. Levantó lo que quedaba de él. Con mucho trabajo llegó hasta la puerta de su casa y por primera vez se preguntó si aquella había sido una buena idea. "Ya ha pasado algún tiempo", pensó, "es posible que tenga a otro hombre a su lado". Pero estaba decidido a recuperarla. Suspiró fuerte, o fingió hacerlo, para darse valor y golpeó la puerta.
Abrió ella misma, lo que fue un alivio para él. Estaba más hermosa aún de lo que él la recordaba. Durante unos segundos los dos se miraron sin hablar. Él la admiraba con todo su amor más vivo que antes. Ella lo veía horrorizada. Allí, delante de su puerta, un esqueleto incompleto, agusanado, apenas cubierto con unos jirones de las ropas con las que lo habían enterrado, la miraba fascinado y visiblemente nervioso a través de las cuencas vacías de los ojos.
Ella necesitó varios minutos antes de, finalmente, reconocerlo.
Él iba a decirle que la extrañaba demasiado cuando se escuchó la voz de un hombre que preguntaba desde el interior de la casa:
─¿Quién es, amor?
Abrió ella misma, lo que fue un alivio para él. Estaba más hermosa aún de lo que él la recordaba. Durante unos segundos los dos se miraron sin hablar. Él la admiraba con todo su amor más vivo que antes. Ella lo veía horrorizada. Allí, delante de su puerta, un esqueleto incompleto, agusanado, apenas cubierto con unos jirones de las ropas con las que lo habían enterrado, la miraba fascinado y visiblemente nervioso a través de las cuencas vacías de los ojos.
Ella necesitó varios minutos antes de, finalmente, reconocerlo.
Él iba a decirle que la extrañaba demasiado cuando se escuchó la voz de un hombre que preguntaba desde el interior de la casa:
─¿Quién es, amor?
enero 02, 2012
"Fui feliz. Tuve el amor de una familia que me cuidó siempre y me contuvo. Tuve el amor de todas las mujeres que quise y amé, cada una en su momento y por el tiempo preciso, sin discusiones, ni despedidas violentas. No guardo rencores ni supe nunca lo que es el odio. No conocí la pobreza y todo lo que necesité o quise lo tuve. Todo lo que emprendí resultó mejor de lo esperado. Tampoco sufrí de enfermedades, ni molestias físicas.
Todo en mi vida fue soñado, perfecto. Solo una cosa hubiera empeñado esta vida perfecta: una vida plena exigía una muerte igualmente plena. No puedo morir anciano y que todos piensen, satisfechos, que he vivido todo lo que tenía que vivir. Es necesario un dolor sin atenuantes para una vida que no los tuvo en las dichas.
Ahora, mientras escribo estas líneas y pienso en el desfile de personas lamentando mi temprana muerte y mi vida truncada en todo su potencial, soy feliz."
La carta se encontró prolijamente ubicada junto al cadáver del hombre que se había suicidado.
Todo en mi vida fue soñado, perfecto. Solo una cosa hubiera empeñado esta vida perfecta: una vida plena exigía una muerte igualmente plena. No puedo morir anciano y que todos piensen, satisfechos, que he vivido todo lo que tenía que vivir. Es necesario un dolor sin atenuantes para una vida que no los tuvo en las dichas.
Ahora, mientras escribo estas líneas y pienso en el desfile de personas lamentando mi temprana muerte y mi vida truncada en todo su potencial, soy feliz."
La carta se encontró prolijamente ubicada junto al cadáver del hombre que se había suicidado.
diciembre 27, 2011
Comedia de los tres amigos.
Compartían la mesa tres amigos. Llamaremos A al protagonista, B y C a sus dos amigos.
El tema de conversación era la novia de A.
Dijo B:
─Ella no me agrada. Carece de cualquier encanto físico y tiene menos de inteligencia que de esa cosa que llaman "personalidad". Marturbarse ha de ser más placentero que estar con ella.
Ciertamente, comentario tan ofensivo hirió el orgullo de A. Sin embargo, esperó la opinión de su otro amigo. Entonces dijo C en tono conciliatorio:
─Estoy seguro que ella tiene los encantos necesarios. También que cualquiera podría encontrar placeres que compartir con ella. Si no fuera la novia de mi amigo, bien podría pedirle que fuera la mía.
Luego de aquella noche, los tres amigos no vuelven a juntarse. Apenas a dos se reduce el grupo y nunca más A quiso estar cerca de C.
Compartían la mesa tres amigos. Llamaremos A al protagonista, B y C a sus dos amigos.
El tema de conversación era la novia de A.
Dijo B:
─Ella no me agrada. Carece de cualquier encanto físico y tiene menos de inteligencia que de esa cosa que llaman "personalidad". Marturbarse ha de ser más placentero que estar con ella.
Ciertamente, comentario tan ofensivo hirió el orgullo de A. Sin embargo, esperó la opinión de su otro amigo. Entonces dijo C en tono conciliatorio:
─Estoy seguro que ella tiene los encantos necesarios. También que cualquiera podría encontrar placeres que compartir con ella. Si no fuera la novia de mi amigo, bien podría pedirle que fuera la mía.
Luego de aquella noche, los tres amigos no vuelven a juntarse. Apenas a dos se reduce el grupo y nunca más A quiso estar cerca de C.
diciembre 24, 2011
Un buen perdedor
─No, boludo, ¿cómo le vas a decir eso?, ¿no ves que si se lo decís te va a tener atado como a un perro?...Haceme caso, callate que en unos meses vas a estar esperando que llegue el jueves para escaparte de tu casa...
Cuando el negro Brescia me dijo eso lo pensé de otra manera. Con Laura recién hacía unos pocos meses que nos habíamos casado y él llevaba ya más de diez años de matrimonio.
Pero la verdad es que me sentía mal por abandonarla así, todos los jueves, para reunirme con los muchachos. Mientras estábamos de novio era diferente. Casi nunca nos veíamos de noche porque ella prefería descansar bien cuando debía levantarse para ir al trabajo. Pero ahora, dejarla sola en casa para compartir un juego de cartas con los amigos me generaba una sensación de abandono, y la culpa me traía mal.
Al jueves siguiente nos tocaba en el departamento del flaco Lorenzini, un tipo descuidado que desde que la mujer lo había dejado andaba parando en hoteles de mala muerte. Conseguido un departamento, volvíamos a incorporarlo a los turnos.
Así que a los pocos días suspiraba resignado mientras golpeaba una puerta que esperaba no se abriera. Eran unos pocos departamentos en fila, de esos a los que les dicen PH, y a los que se entraba por un pasillo largo que iba desde la acera hasta el último departamento. De un lado, una alta medianera húmeda y despintada, del otro, la hilera de cuevas continuas que gente como el flaco Lorenzini llamaba "casa". Se adivinaba, a simple vista, la intención de haber sido construidos más para ser lugares de paso que un hogar.
Al loco Lorenzini no le importaba aquel detalle. "Para bañarme y dormir alcanza", dijo, "además que ves buenas mujeres todo el tiempo. En el del fondo viven tres pibas que se pagan la universidad laburando de putas. Y al de acá al lado lo comparten dos tipos bien, se ve que de mucha plata, que se turnan para traerse alguna amante. Seguro que hoy aparece alguno y nos divertimos un rato con los ruidos" terminó.
Para cerca de las nueve estábamos todos. El vino abierto desde hacía un rato, las cajas de las pizzas abiertas sobre la mesa y la charla fluida ayudaban un poco pero no dejaba de pensar en Laura, sola en la casa que compramos para estar juntos.
Cerca de las once la conversación había empezado a decaer pero la puerta del departamento contiguo reanimó la tertulia. Uno de los ricachones había llegado con la "cena de trabajo" de turno.
Aunque para nosotros solo fueran murmullos, ruidos ininteligibles, Lorenzini ya les conocía las voces.
─Este me cae simpático. Viene siempre con la misma mina. Un pobre boba a la que seguro le prometió divorciarse y todavía la tiene en veremos. No la vi nunca, pero parece una piba joven. A veces viene a la tarde o a la mañana, de noche nunca la había escuchado.
Para cuando terminamos de juntar la mesa y empezaron a circular las cartas ya los vecinos habían pasado a los hechos.
Cada vez hacen las paredes más delgadas y aquello comenzó a ponerme incómodo. A pesar que las voces llegaban mezcladas, confundidas y no se entendía palabra, era claro el placer de esa mujer que parecía estar haciéndolo en la propia habitación de Lorenzini.
─Che!...¿no me vas a decir que te ponen incómodo los vecinos? ─dijo Rodríguez,
el más viejo de nosotros, y enseguida supe que me hablaba a mí. ─¿Laurita no te hace todo ese show?
─Dejalo, viejo ─ interrumpió Brescia, y me miró con complicidad, como queriéndome hacer saber que tomaba en serio mis preocupaciones con Laura.
Entre risas y juegos la noche pasó como cualquier otra para los demás. Parecía que solo yo notaba aquellos ruidos o que solo a mi me parecían exagerados. Me molestaban, me herían el orgullo. Que a los otros hombres les pareciera algo tan normal aumentaba sin duda mi disgusto.
─Parece que la está matando, che...─bromeó Ibañez, un hombre aficionado a contar los detalles más escabrosos de sus relaciones, y los demás respondieron con risas y más bromas en el mismo estilo.
Las horas continuaron con incómoda monotonía, de ambos lados de la pared, entre bromas, comentarios soeces y los sonidos que llegaban del otro lado. Allí, el amor se sentía cada vez con más fuerza, como si en vez de cansarse, cada vez terminaran de hacerlo con más ganas de volver a empezar.
De a poco los dos ambiente se fueron fundiendo y cada vez eran más las pausas en el juego para comentar el "buen trabajo" que el hombre estaba haciendo del otro lado del muro. Pronto todo era un solo tema de conversación. Cuando Fernán ganó aquel vale cuatro con el ancho de espadas se burló de Pietra, que había confiado excesivamente en el de basto, con todo tipo de comparaciones entre el pobre derrotado y la feliz amante del vecino. Cada vez que alguien ganaba un envido, o una mano, coronaba la victoria con la gastada grosera, inevitablemente relacionada con lo que sucedía entre los amantes.
Cerca de las tres de la mañana todo se calmó y creímos que al fin habían cedido al sueño. Pero en seguida el silencio se rompió con un claro ruido de voces discutiendo.
─Pobre, piba ─dijo Lorenzini, con algo de verdadera lástima─ siempre terminan así. Discuten un rato y después el portazo.
─Todas son iguales ─sentenció Gabriel, el más joven, sobrino todavía adolescente de Brescia
Pero esta vez no hubo portazo. El hombre, que sin duda conocía los puntos débiles de la mujer, llevó la discusión de nuevo a la cama y otra vez comenzó aquel infierno de ruidos, pero esta vez peor, mayor, con toda la fuerza de una reconciliación.
Fue una noche larga. En ningún momento pude sacarme de la cabeza a Laura, allá sola en casa. Varias veces quise estar con ella, o ser nosotros dos los que estuviéramos del otro lado. Pero lo cierto es que con ella nunca había sido así.
Todo era perfecto con Laura, pero no así, y por más que me repitiera que todo aquello era exagerado, en el fondo sabía que aquella mujer no estaba fingiendo esos sonidos. Quise hablar con Laura, hablar sobre por qué no era sí entre nosotros, por qué no tenía esas ganas de mi. Una voz interior, parecida a la autocompasión, me respondió que ella no era así, que la mujer del otro lado no tenía otras armas para retener a ese hombre que no le pertenecía, que con Laura la relación era otra cosa, más verdadera y menos superficial que esos encuentros vacíos entre un hombre casado y su amante. Sentí lástima por esa desconocida que se dejaba usar y me sentí superior a ese hombre que solo jugaba con esa mujer.
A los amantes poco les importaba mi silenciosa y vana condena moral, y continuaron su ignorada indiferencia hasta tarde mientras mi incomodidad crecía a la par de sus placeres y llegaba a ser sufrimiento.
Cerca de las cuatro de la mañana inventé una cita por asuntos de trabajo a tempranas horas del viernes. Ante la resistencia que ofrecieron para dejarme ir con tan escaso argumento, debí reforzarlo con un malestar físico, un dolor de cabeza. Y con la esperanza de pronto estar en mi casa y con Laura, soporté estoicamente las menciones necesarias a mi poca resistencia al alcohol.
Finalmente pude levantarme y ponerme mi abrigo. Llegaría a casa mucho antes que los otros jueves. Le daría esa sorpresa a mi Laura, sola en casa, quizá todavía levantada como todos los jueves esperando que llegara su esposo. Me pregunté, ya casi sobre la puerta, si alguna vez estas reuniones no habrían sido para ella motivo de sospechas, de preguntarse si no serían una poco original fachada para encontrarme con otra mujer. Supe enseguida que no, que con Laura no teníamos ninguno de los dos motivos para sospechar del otro. Puse la mano en el picaporte y abrí la puerta al mismo tiempo que se oían las voces de una despedida en el departamento vecino. Me resultó incómodo, pero excitante al mismo tiempo, pensar que tendría la oportunidad de ver el rostro y el cuerpo de aquella desconocida que, no podía negarlo, me había mantenido alborotado cierto morbo durante varias horas.
Salí apurado por irme pero me tomé el tiempo de mirar hacia la puerta vecina. Allí una mujer se despedía de un hombre que no alcanzaba a verse. Entonces ella se volvió hacia la calle y pude ver su rostro. Se detuvo frente a mi.
Creo que susurré, como un niño que es descubierto en alguna falta, un "hola".
─¿Vas para casa? ─ recuerdo que pregunté.
─Si ─me respondió Laura. ─¿Vamos?
No sabría decir si respondí o solo pensé en un "si" mientras me prometía no volver a dejarla sola nunca más. Ella me tomó del brazo y empezamos a caminar.
De alguna forma llegamos a casa y nos acostamos a dormir.
─No, boludo, ¿cómo le vas a decir eso?, ¿no ves que si se lo decís te va a tener atado como a un perro?...Haceme caso, callate que en unos meses vas a estar esperando que llegue el jueves para escaparte de tu casa...
Cuando el negro Brescia me dijo eso lo pensé de otra manera. Con Laura recién hacía unos pocos meses que nos habíamos casado y él llevaba ya más de diez años de matrimonio.
Pero la verdad es que me sentía mal por abandonarla así, todos los jueves, para reunirme con los muchachos. Mientras estábamos de novio era diferente. Casi nunca nos veíamos de noche porque ella prefería descansar bien cuando debía levantarse para ir al trabajo. Pero ahora, dejarla sola en casa para compartir un juego de cartas con los amigos me generaba una sensación de abandono, y la culpa me traía mal.
Al jueves siguiente nos tocaba en el departamento del flaco Lorenzini, un tipo descuidado que desde que la mujer lo había dejado andaba parando en hoteles de mala muerte. Conseguido un departamento, volvíamos a incorporarlo a los turnos.
Así que a los pocos días suspiraba resignado mientras golpeaba una puerta que esperaba no se abriera. Eran unos pocos departamentos en fila, de esos a los que les dicen PH, y a los que se entraba por un pasillo largo que iba desde la acera hasta el último departamento. De un lado, una alta medianera húmeda y despintada, del otro, la hilera de cuevas continuas que gente como el flaco Lorenzini llamaba "casa". Se adivinaba, a simple vista, la intención de haber sido construidos más para ser lugares de paso que un hogar.
Al loco Lorenzini no le importaba aquel detalle. "Para bañarme y dormir alcanza", dijo, "además que ves buenas mujeres todo el tiempo. En el del fondo viven tres pibas que se pagan la universidad laburando de putas. Y al de acá al lado lo comparten dos tipos bien, se ve que de mucha plata, que se turnan para traerse alguna amante. Seguro que hoy aparece alguno y nos divertimos un rato con los ruidos" terminó.
Para cerca de las nueve estábamos todos. El vino abierto desde hacía un rato, las cajas de las pizzas abiertas sobre la mesa y la charla fluida ayudaban un poco pero no dejaba de pensar en Laura, sola en la casa que compramos para estar juntos.
Cerca de las once la conversación había empezado a decaer pero la puerta del departamento contiguo reanimó la tertulia. Uno de los ricachones había llegado con la "cena de trabajo" de turno.
Aunque para nosotros solo fueran murmullos, ruidos ininteligibles, Lorenzini ya les conocía las voces.
─Este me cae simpático. Viene siempre con la misma mina. Un pobre boba a la que seguro le prometió divorciarse y todavía la tiene en veremos. No la vi nunca, pero parece una piba joven. A veces viene a la tarde o a la mañana, de noche nunca la había escuchado.
Para cuando terminamos de juntar la mesa y empezaron a circular las cartas ya los vecinos habían pasado a los hechos.
Cada vez hacen las paredes más delgadas y aquello comenzó a ponerme incómodo. A pesar que las voces llegaban mezcladas, confundidas y no se entendía palabra, era claro el placer de esa mujer que parecía estar haciéndolo en la propia habitación de Lorenzini.
─Che!...¿no me vas a decir que te ponen incómodo los vecinos? ─dijo Rodríguez,
el más viejo de nosotros, y enseguida supe que me hablaba a mí. ─¿Laurita no te hace todo ese show?
─Dejalo, viejo ─ interrumpió Brescia, y me miró con complicidad, como queriéndome hacer saber que tomaba en serio mis preocupaciones con Laura.
Entre risas y juegos la noche pasó como cualquier otra para los demás. Parecía que solo yo notaba aquellos ruidos o que solo a mi me parecían exagerados. Me molestaban, me herían el orgullo. Que a los otros hombres les pareciera algo tan normal aumentaba sin duda mi disgusto.
─Parece que la está matando, che...─bromeó Ibañez, un hombre aficionado a contar los detalles más escabrosos de sus relaciones, y los demás respondieron con risas y más bromas en el mismo estilo.
Las horas continuaron con incómoda monotonía, de ambos lados de la pared, entre bromas, comentarios soeces y los sonidos que llegaban del otro lado. Allí, el amor se sentía cada vez con más fuerza, como si en vez de cansarse, cada vez terminaran de hacerlo con más ganas de volver a empezar.
De a poco los dos ambiente se fueron fundiendo y cada vez eran más las pausas en el juego para comentar el "buen trabajo" que el hombre estaba haciendo del otro lado del muro. Pronto todo era un solo tema de conversación. Cuando Fernán ganó aquel vale cuatro con el ancho de espadas se burló de Pietra, que había confiado excesivamente en el de basto, con todo tipo de comparaciones entre el pobre derrotado y la feliz amante del vecino. Cada vez que alguien ganaba un envido, o una mano, coronaba la victoria con la gastada grosera, inevitablemente relacionada con lo que sucedía entre los amantes.
Cerca de las tres de la mañana todo se calmó y creímos que al fin habían cedido al sueño. Pero en seguida el silencio se rompió con un claro ruido de voces discutiendo.
─Pobre, piba ─dijo Lorenzini, con algo de verdadera lástima─ siempre terminan así. Discuten un rato y después el portazo.
─Todas son iguales ─sentenció Gabriel, el más joven, sobrino todavía adolescente de Brescia
Pero esta vez no hubo portazo. El hombre, que sin duda conocía los puntos débiles de la mujer, llevó la discusión de nuevo a la cama y otra vez comenzó aquel infierno de ruidos, pero esta vez peor, mayor, con toda la fuerza de una reconciliación.
Fue una noche larga. En ningún momento pude sacarme de la cabeza a Laura, allá sola en casa. Varias veces quise estar con ella, o ser nosotros dos los que estuviéramos del otro lado. Pero lo cierto es que con ella nunca había sido así.
Todo era perfecto con Laura, pero no así, y por más que me repitiera que todo aquello era exagerado, en el fondo sabía que aquella mujer no estaba fingiendo esos sonidos. Quise hablar con Laura, hablar sobre por qué no era sí entre nosotros, por qué no tenía esas ganas de mi. Una voz interior, parecida a la autocompasión, me respondió que ella no era así, que la mujer del otro lado no tenía otras armas para retener a ese hombre que no le pertenecía, que con Laura la relación era otra cosa, más verdadera y menos superficial que esos encuentros vacíos entre un hombre casado y su amante. Sentí lástima por esa desconocida que se dejaba usar y me sentí superior a ese hombre que solo jugaba con esa mujer.
A los amantes poco les importaba mi silenciosa y vana condena moral, y continuaron su ignorada indiferencia hasta tarde mientras mi incomodidad crecía a la par de sus placeres y llegaba a ser sufrimiento.
Cerca de las cuatro de la mañana inventé una cita por asuntos de trabajo a tempranas horas del viernes. Ante la resistencia que ofrecieron para dejarme ir con tan escaso argumento, debí reforzarlo con un malestar físico, un dolor de cabeza. Y con la esperanza de pronto estar en mi casa y con Laura, soporté estoicamente las menciones necesarias a mi poca resistencia al alcohol.
Finalmente pude levantarme y ponerme mi abrigo. Llegaría a casa mucho antes que los otros jueves. Le daría esa sorpresa a mi Laura, sola en casa, quizá todavía levantada como todos los jueves esperando que llegara su esposo. Me pregunté, ya casi sobre la puerta, si alguna vez estas reuniones no habrían sido para ella motivo de sospechas, de preguntarse si no serían una poco original fachada para encontrarme con otra mujer. Supe enseguida que no, que con Laura no teníamos ninguno de los dos motivos para sospechar del otro. Puse la mano en el picaporte y abrí la puerta al mismo tiempo que se oían las voces de una despedida en el departamento vecino. Me resultó incómodo, pero excitante al mismo tiempo, pensar que tendría la oportunidad de ver el rostro y el cuerpo de aquella desconocida que, no podía negarlo, me había mantenido alborotado cierto morbo durante varias horas.
Salí apurado por irme pero me tomé el tiempo de mirar hacia la puerta vecina. Allí una mujer se despedía de un hombre que no alcanzaba a verse. Entonces ella se volvió hacia la calle y pude ver su rostro. Se detuvo frente a mi.
Creo que susurré, como un niño que es descubierto en alguna falta, un "hola".
─¿Vas para casa? ─ recuerdo que pregunté.
─Si ─me respondió Laura. ─¿Vamos?
No sabría decir si respondí o solo pensé en un "si" mientras me prometía no volver a dejarla sola nunca más. Ella me tomó del brazo y empezamos a caminar.
De alguna forma llegamos a casa y nos acostamos a dormir.
(borrador de la versión incluída en el Nº1 de la revista "Alarma Literaria")
diciembre 23, 2011
Hay días que no tengo más remedio que hacerlo de esta manera. Si aceptaran venir de otra forma no sería necesario, pero no siempre quieren. Entonces, es necesario tenderles una trampa. Tentarlas, y esperar que se acerquen.
Hoy, por ejemplo. Varios días sin ellas. Y uno tiene sus necesidades.
Entonces me levanto temprano y abro todas las ventanas. Pongo la pava en el fuego, caliento el agua, preparo el mate. Busco los versos de Machado en la voz de Serrat y los suelto por toda la casa. Hay canciones a las que ninguna mujer se resiste ─y ellas también son mujeres.
Entonces me siento a esperar. Siempre funciona. Más temprano que tarde alguna de ellas se descuida y se mete por una ventana. Entonces hago como si no la notara. Pronto está husmeando por toda la casa como si yo no existiera.
Sospecho que son cruza de ave y de adolescente ─ya dije que son mujer. Vuelan despreocupadas, enamoran sin el menor esfuerzo, y ¡son tan fáciles de engañar!
Algo de lástima también me provoca. Ni sospecha que ha caído en mi trampa. Pero ahí está y no puedo dejar que escape. No hasta tener de ella lo que necesito.
Entonces la capturo. La encierro en un verso, no necesito más que uno solo. Y luego la suelto, que baile desnuda por toda la casa, mi pobre Musa violada.
Y ella se queda, sigue su baile, desnuda, alegre ─dije ya que tienen algo de inocente adolescente.
Y yo me quedo con mi verso inspirado. Empieza el arduo trabajo de convertirlo en algo, de darle una forma elegante, delicada.
A veces solo logro estas miniaturas. Pero ellas no se quejan nunca y hasta he pensado que son ellas quienes me tienden la trampa. De todas formas, a veces no queda más remedio que proceder de este modo y tomar de ellas, por la fuerza, lo que uno necesita.
Debo aclarar que ninguna Musa resultó herida durante la redacción de este cuento. Tal vez un poco enamorada, pero es ese un dulce dolor que se pasa con el tiempo. Sobre todo a ellas.
Hoy, por ejemplo. Varios días sin ellas. Y uno tiene sus necesidades.
Entonces me levanto temprano y abro todas las ventanas. Pongo la pava en el fuego, caliento el agua, preparo el mate. Busco los versos de Machado en la voz de Serrat y los suelto por toda la casa. Hay canciones a las que ninguna mujer se resiste ─y ellas también son mujeres.
Entonces me siento a esperar. Siempre funciona. Más temprano que tarde alguna de ellas se descuida y se mete por una ventana. Entonces hago como si no la notara. Pronto está husmeando por toda la casa como si yo no existiera.
Sospecho que son cruza de ave y de adolescente ─ya dije que son mujer. Vuelan despreocupadas, enamoran sin el menor esfuerzo, y ¡son tan fáciles de engañar!
Algo de lástima también me provoca. Ni sospecha que ha caído en mi trampa. Pero ahí está y no puedo dejar que escape. No hasta tener de ella lo que necesito.
Entonces la capturo. La encierro en un verso, no necesito más que uno solo. Y luego la suelto, que baile desnuda por toda la casa, mi pobre Musa violada.
Y ella se queda, sigue su baile, desnuda, alegre ─dije ya que tienen algo de inocente adolescente.
Y yo me quedo con mi verso inspirado. Empieza el arduo trabajo de convertirlo en algo, de darle una forma elegante, delicada.
A veces solo logro estas miniaturas. Pero ellas no se quejan nunca y hasta he pensado que son ellas quienes me tienden la trampa. De todas formas, a veces no queda más remedio que proceder de este modo y tomar de ellas, por la fuerza, lo que uno necesita.
Debo aclarar que ninguna Musa resultó herida durante la redacción de este cuento. Tal vez un poco enamorada, pero es ese un dulce dolor que se pasa con el tiempo. Sobre todo a ellas.
diciembre 20, 2011
El hombre encendió la alta lámpara de pie junto al rincón de la habitación. Se acomodó delante de ella, de espaldas a la luz. Descorchó la botella de vino tinto y comenzó a verterla en el suelo justo unos pocos pasos delante de él.
Cuando había terminado la botella ensayó un leve movimiento con el brazo. No hubo respuesta. Tampoco cuando levantó un poco la pierna. Ni cuando se movió un paso a la derecha.
No había duda: el vino había embriagado a su sombra hasta el desmayo.
Libre al fin tomó su abrigo, bajó hasta la conserjería y devolvió la llave de la habitación de aquel lejano hotel. Y no volvió nunca más por aquellos lugares.
Cuando había terminado la botella ensayó un leve movimiento con el brazo. No hubo respuesta. Tampoco cuando levantó un poco la pierna. Ni cuando se movió un paso a la derecha.
No había duda: el vino había embriagado a su sombra hasta el desmayo.
Libre al fin tomó su abrigo, bajó hasta la conserjería y devolvió la llave de la habitación de aquel lejano hotel. Y no volvió nunca más por aquellos lugares.
diciembre 19, 2011
Los hipocondríacos no deberían guardar el teléfono celular en el bolsillo superior de la camisa. Mucho menos en modo vibrador.
Así fue que el Ingeniero Salsburzi murió una mañana.
En invierno había adquirido la costumbre de guardar el celular en el bolsillo interior del saco, pero cuando llegó el verano el pequeño teléfono de última generación pasó al bolsillo de la camisa junto a su corazón.
La mañana del 16 de enero, el Ingeniero volvía al trabajo luego de unas relajadas vacaciones. Conducía hacia la oficina cuando un cosquilleo en el pecho, debajo de la tetilla izquierda, lo asustó de tal manera que, creyendo estar al borde de un infarto, perdió el control del auto y se estrelló de frente contra un palo de la empresa telefónica.
El impacto le quebró el cuello. Murió en el acto.
En el bolsillo de la camisa quedó, vibrando, silencioso, un teléfono celular que nadie atendería.
Así fue que el Ingeniero Salsburzi murió una mañana.
En invierno había adquirido la costumbre de guardar el celular en el bolsillo interior del saco, pero cuando llegó el verano el pequeño teléfono de última generación pasó al bolsillo de la camisa junto a su corazón.
La mañana del 16 de enero, el Ingeniero volvía al trabajo luego de unas relajadas vacaciones. Conducía hacia la oficina cuando un cosquilleo en el pecho, debajo de la tetilla izquierda, lo asustó de tal manera que, creyendo estar al borde de un infarto, perdió el control del auto y se estrelló de frente contra un palo de la empresa telefónica.
El impacto le quebró el cuello. Murió en el acto.
En el bolsillo de la camisa quedó, vibrando, silencioso, un teléfono celular que nadie atendería.
diciembre 17, 2011
Borges se encontró una vez con él mismo varios años mayor. Por simple deducción sabemos que años después un hecho similar, pero inverso, ocurrió en su vida. Pero, ¿fue realmente una fantasía?
Luego de horas sentado frente a la pantalla de mi computadora, corrigiendo un cuento, decidí asomarme unos minutos al sol de la tarde. Con medio cuerpo fuera de la ventana fumaba tranquilo un cigarrillo cuando ocurrió que me vi pasar por la calle.
Con un jean gastado, una camisa suelta y zapatos náuticos, como es mi costumbre, venía caminando yo mismo dentro de veinte o veinticinco años. Se me nota saludable, tristemente calvo (lo que significa que nunca concretaré el proyectado implante capilar) y lentes diferentes a los que llevo puestos hoy pero con algo más de estilo. Por lo demás, me veía bien, con cierto aire a escritor viviendo tranquilo de su profesión que me dio algunas esperanzas.
No sé si venía a hablar conmigo y se arrepintió o si solo pasaba. Su aspecto era más bien el de alguien paseando por los viejos lugares donde habitó, algo que me gusta hacer a veces. Estuvo a punto de saludarme pero no lo hice, como si quisiera evitar un gesto que lo delatara.
Así pasé por mi ventana hace un instante. Feliz, relajado. Al llegar a la esquina dobló hacia la casa en la que vivía un amigo de la infancia y entonces ya no lo vi más.
Fue grato verme, pero ahora sé que tendré que esperar veinte años para saber por qué pasé de largo sin siquiera saludarme.
Luego de horas sentado frente a la pantalla de mi computadora, corrigiendo un cuento, decidí asomarme unos minutos al sol de la tarde. Con medio cuerpo fuera de la ventana fumaba tranquilo un cigarrillo cuando ocurrió que me vi pasar por la calle.
Con un jean gastado, una camisa suelta y zapatos náuticos, como es mi costumbre, venía caminando yo mismo dentro de veinte o veinticinco años. Se me nota saludable, tristemente calvo (lo que significa que nunca concretaré el proyectado implante capilar) y lentes diferentes a los que llevo puestos hoy pero con algo más de estilo. Por lo demás, me veía bien, con cierto aire a escritor viviendo tranquilo de su profesión que me dio algunas esperanzas.
No sé si venía a hablar conmigo y se arrepintió o si solo pasaba. Su aspecto era más bien el de alguien paseando por los viejos lugares donde habitó, algo que me gusta hacer a veces. Estuvo a punto de saludarme pero no lo hice, como si quisiera evitar un gesto que lo delatara.
Así pasé por mi ventana hace un instante. Feliz, relajado. Al llegar a la esquina dobló hacia la casa en la que vivía un amigo de la infancia y entonces ya no lo vi más.
Fue grato verme, pero ahora sé que tendré que esperar veinte años para saber por qué pasé de largo sin siquiera saludarme.
diciembre 16, 2011
Sin el valor para tomar una resolución definitiva decidió echar a suerte su propia suerte: todas las noches, antes de irse a dormir, tiraba una moneda al aire: si resultaba "cara" se acostaría, dormiría y al día siguiente iría a trabajar; si salía "seca" se suicidaría.
Repitió este ritual cada noche y sin hacer nunca trampa hasta que, de un infarto a los 65 años, murió sintiéndose un hombre sin suerte.
Repitió este ritual cada noche y sin hacer nunca trampa hasta que, de un infarto a los 65 años, murió sintiéndose un hombre sin suerte.
diciembre 15, 2011
Se sentó a esperar. Y un día llegó la muerte a buscarlo. Quiso quedarse argumentando que todavía no había vivido, que hacía años que esperaba sin ningún resultado, que morir de esa manera era injusto. Finalmente entendió, tarde, que lo único que llega solo en esta vida es la muerte.
diciembre 09, 2011
Amor por la camiseta
(un cuento de fútbol)
Mi viejo murió joven, no tuvo tiempo de contagiarme, como cualquier otro padre, el amor por una camiseta de fútbol.
Como una forma de honrar su memoria todos en casa debíamos considerarnos hinchas de ese club.
El asunto es que por una especie de tradición o folclore (mi tío y mis primos eran de Boca) yo debía ser hincha de River. Sí, debía.
Otro dato, y para nada menor, es que todos los domingos papá me llevaba a la cancha. Acá, en mi pueblo. Obviamente, no a ver a River. Como todo futbolero del interior, mi padre tenía también sus colores a nivel local: la "bataraza" Jorge Newery, equipo que por aquellos años de mi infancia hacía historia en el fútbol tandilense.
Cuando a mis siete años me quedé sin la persona que más he amado en el mundo, un compañero de trabajo de mi viejo siguió llevándome cada domingo a ver a Newery. Pero de River nadie más habló salvo para las gastadas de mi tío "bostero". Y River quedó ahí, como una forma de no traicionar a mi viejo ni decepcionar a mi familia.
Mi vida futbolística siguió durante la infancia un destino desde entonces bastante parecida al nomadismo.
Recuerdo haber seguido fielmente las campañas del Vélez de Bianchi, del Newell's campeón y de varios equipos que ofrecían un buen entretenimiento.
Durante años desconocí esa sensación de ver un partido de fútbol con los ojos llenos de un interés particular, de eso que llaman pasión, o amor por una camiseta. Todo partido era una forma de empezar de cero. A los cinco o diez minutos alguno de los equipos en cancha me gustaba más, me generaba cierta empatía, o algo motivaba mi entusiasmo y, por apenas poco más de una hora, yo era hincha de ese cuadro. Hasta que el árbitro pitara y todo terminara. Y de nuevo a empezar cada vez.
Esa fue mi iniciación futbolística, mis inocentes amores de noventa minutos, de tres meses, que pasaban como dulces recuerdos de adolescencia.
Ya un poco más grande llegaría el amor en serio en mi vida. Y fue gracias a la televisación hasta obsesiva de cualquier evento en el que rodara una pelota.
La aparición de varias señales deportivas en la televisión, de eternas 24 horas de fútbol en los televisores fue lo que me llevó un día a gritar un gol. Y fue, tristemente, contra el querido River de mi viejo.
La historia comienza en el hecho particular de que me gusta ver fútbol. No tanto por el juego, más porque significa, en momentos de aburrimiento, dos horas de tener algo para ver. Nunca me gustó hacer zapping ni ver películas por lo que el fútbol me deparaba dos horas de entretenimiento sencillo, sin grandes complicaciones y con final incierto.
Veía, preferentemente, fútbol de las categorías inferiores de Argentina. El fútbol europeo, aún hoy, me aburre y ni siquiera me parece fútbol.
Empezó entonces el desfile de equipos de todo el país, aunque la mayoría, el negocio de la televisión es, finalmente, ese, eran de Buenos Aires. Pero siempre se encontraba uno con algún partido o resumen de algunos torneos del interior.
Y había, entre tantos equipos, uno que tenía algo diferente. Un club chico, de allá por la cordillera, que a pesar de jugar en categorías poco valoradas y recientemente sobre valuadas por razones extra futbolísticas, intentaba jugar un fútbol bonito, entretenido. Además, tenía algo que brilla por su ausencia aún hoy en día: seriedad, ética, juego limpio. Un equipo que intentaba jugar al fútbol con elegancia, pero que además no tenía nada de esa asquerosa viveza criolla (porteña, debería decir) de hacer tiempo, esconder balones cuando iban ganando, o sacar ventajas extra deportivas.
Quiero aclarar una cosa: no buscaba los partidos, no conocía a los jugadores, ni me interesaba tampoco eso. Solo prendía el televisor y encontraba los partidos.
Así que al terminar el día siempre había algún partido para mirar. Y los veía, solo por pasar el rato.
Pero poco a poco descubrí que entre tantos amores de ocasión, había una amistad que dejaba algo más que dos horas de entretenimiento. Ese pequeño equipo que ya me gustaba desde el partido anterior, que no necesitaba de cinco o diez minutos para convencerme, que con solo ver que era uno de los que jugaba ya tenía mi simpatía y ese esfuerzo inútil que hace un espectador para que su equipo gane.
Me gustaba, desde no sabría cuándo. Y cada vez que lo encontraba lo veía, disfrutaba de esas dos horas compartiendo las ganas de ganar. Pero todavía no era amor.
El nombre del club (que conocí completo más tarde y que hoy significa un orgullo casi de baba al pronunciarlo) es Club Deportivo Godoy Cruz Antonio Tomba. El "Tomba", el equipo mendocino que ya no sorprende a nadie por alcanzar logros que hasta hace poco eran privilegio de los equipos "grandes".
Verlo en la cancha me gustaba, me llenaba de ansiedad. Saber que jugaría tal día a tal hora era suficiente para organizar mis obligaciones de acuerdo a ese partido.
Sí, esperaba los partidos del Tomba con cosquilleo y todo. Yo, que solo veía fútbol cuando lo encontraba, había empezado a buscar encontrarme con esos colores.
Claro que por entonces no era fácil. La distancia (Godoy Cruz, la ciudad, está a 1600 km de donde vivo), el hecho de no jugar en primera división, ni ser de Buenos Aires, hacía difícil seguir las campañas como un hincha. Pero cada tanto la televisión nos regalaba esos noventa minutos juntos.
Durante un par de años aproveché cada oportunidad de ver al Tomba sin saber qué clase de sentimeinto era.
Fue en el 2006 cuando las consecuencias lógicas de estos encuentros fortuitos empezaron a precipitarse. En mayo de ese año el Bodeguero asciende a la primera división del fútbol argentino y la televisión comienza a transmitir todos los partidos del Tomba en vivo.
Ahora que estaba en primera y podía seguir la campaña, tenía que hacerlo. Debía hacerlo, pero en un sentido totalmente nuevo para mi, no como cuando debía ser hincha de River.
Los primeros seis meses el Tomba brillaba con su juego, entretenía, sorprendía a todos con su fútbol bonito, su buenas intenciones tan impecablemente llevadas a cabo en la cancha. Pero perdía y los puntos empezaban a faltar para mantener la categoría. Yo, que no era hincha del club, terminaba los partidos enojado con el fútbol, con la vida. Me indignaba, era injusto que un equipo chico y del interior con tan buenas intenciones y que jugara tan lindo, perdiera contra los equipos mezquinos que ni siquiera intentaban jugar a algo. Yo racionalizaba esa amargura, la justificaba diciéndome eso. Era solo una cuestión de justicia moral y deportiva.
Aclaro que para mi todo esto era nuevo. No conocía esa sensación de angustia ante un simple partido de fútbol. Es necesario que alguno pierda para que otro gane o todos serían empates y el juego perdería absolutamente todo. Pero ver perder al Tomba era angustiante, me llenaba de un odio totalmente desconocido e inexplicable para mi que no había sufrido nunca por una camiseta.
Para el hincha común de fútbol todo esto es puro palabrerío. Conocen desde la cuna el amor por la camiseta, el orgullo de ver jugar bien a un equipo, la alegría de un resultado positivo, la explosión en la garganta de un grito de gol. Pero para mi, eso era algo ajeno, de gente que no tenía nada en la vida y se desquitaba insultando a un árbitro, o gritándole a alguien solo por seguir a otro equipo.
Yo no sabía de nada de eso. No lo había sentido jamás. Uno era hincha porque debía serlo, porque su padre, o un tío o un abuelo, o quién fuera se lo había impuesto. Y eso anulaba cualquier acto pasional.
Fue a mediados del 2007, una tarde noche de lunes (lo recuerdo porque debía ir a cursar a la Escuela de Música) que por el campeonato local se enfrentaban, para mi desgracia, River y Godoy Cruz.
Falté a clases. La excusa era que jugaba River. Lo juro. En casa dije que no tenía ganas de ir, que me quedaba en casa, que aprovechaba que jugaba River para verlo. Y jugó el Millonario contra un equipito de Mendoza que venía sorprendiendo por el buen juego. Ahí, enfrente de la banda roja, la camiseta suplente en gris y azul del Club Deportivo Godoy Cruz Antonio Tomba.
Del partido no recuerdo practicamente nada. Me acuerdo que entró un pibe, un tal Enzo (que algunos años después jugaría la final del mundo contra el Barça de Messi), y que ese pibe, con ese nombre que tanto significaba en esa cancha, se hizo inmEnzo, como hubieran dicho ellos.
Terminaba el partido, 47 minutos del segundo tiempo, empataban sin goles. Alguien presiona en campo del local, los millonarios pierden la pelota y Enzo Perez la roba y corre hacia el área rival. Minuto 48 del segundo tiempo. Se me rompe la garganta en un grito desconocido, nuevo y maravilloso. Nicolás Olmedo aparece por la derecha y el pibe Enzo lo ve, lo habilita y el "cascarudo" le cruza la pelota al arquero de la banda roja. Un final de novela.
Fue el primer "te amo". Fue la destrucción de todas las imposiciones. Fue gritarle el gol en la cara al fantasma de mi viejo. Fue por fin liberarme y confesarle a esa esposa insípida que nunca me había movido un pelo, que otra me había hecho temblar la estantería, que ya no podía esconderme, que ya no era un juego, que ya no alcanzaban esos encuentros ocasionales. Que estaba enamorado de otra.
Si alguna vez he podido mirar un partido de fútbol sin sentimentalismos, fue antes de esa noche de ese miércoles.
Esa noche supe que ya no habría más amores de ocasión. Ya no habría pequeños romances de noventa minutos, de seis meses y. mucho menos, un matrimonio acordado desde antes que supiera patear una pelota.
Desde entonces el fútbol es, para mi, tener que explicar cómo me hice hincha de un equipo que juega a más de mil kilómetros de distancia. O ver a los que viven en Mendoza, y pueden ir a la cancha cada vez que el Tomba juega de local, como un bicho raro que salió de quién sabe dónde, pensando que ellos tienen todo tan cerca pero que yo me banqué la distancia. O enfrentar las acusaciones de los que me conocen de toda la vida diciendo "¿pero vos no eras de River? ¿Ahora te vendiste?". No, nunca amé esa esposa que me obligaron a mantener y cuidar. Me emociona más una pisada de Olmedo que cualquier de Francescolli. El sombrero de Villar en la sudamericana, de espaldas al arco y de taco, para dejar a Tito Ramirez mano a mano con el arquero rival lo tengo pegado en la frente, del lado de adentro, agarrado con chinches. Y ¡qué decir de ese verano que el Tomba salió campeón de una torneo de verano acá en mi ciudad, en mi Tandil!
Tener que dar explicaciones vale por todos esos momentos en que sentado frente al televisor me emociona un taco, una pisada, una pelota puesta al pie. Un equipo queriendo merecer la gloria. Y mereciéndola con creces.
Nadie podrá quitarme mi emoción al ver jugar al bodeguero. Ni la ansiedad de esperar que llegue el próximo partido, ni el orgullo de ser hincha de un club chico, que no tendrá la historia de los grandes. Pero te voy a decir algo: mientras los grandes hablan de historia, Godoy Cruz Antonio Tomba hace historia...
¿y yo?...yo escribo historias, como esta, mi historia con el Tomba, una historia de amor.
(un cuento de fútbol)
Mi viejo murió joven, no tuvo tiempo de contagiarme, como cualquier otro padre, el amor por una camiseta de fútbol.
Como una forma de honrar su memoria todos en casa debíamos considerarnos hinchas de ese club.
El asunto es que por una especie de tradición o folclore (mi tío y mis primos eran de Boca) yo debía ser hincha de River. Sí, debía.
Otro dato, y para nada menor, es que todos los domingos papá me llevaba a la cancha. Acá, en mi pueblo. Obviamente, no a ver a River. Como todo futbolero del interior, mi padre tenía también sus colores a nivel local: la "bataraza" Jorge Newery, equipo que por aquellos años de mi infancia hacía historia en el fútbol tandilense.
Cuando a mis siete años me quedé sin la persona que más he amado en el mundo, un compañero de trabajo de mi viejo siguió llevándome cada domingo a ver a Newery. Pero de River nadie más habló salvo para las gastadas de mi tío "bostero". Y River quedó ahí, como una forma de no traicionar a mi viejo ni decepcionar a mi familia.
Mi vida futbolística siguió durante la infancia un destino desde entonces bastante parecida al nomadismo.
Recuerdo haber seguido fielmente las campañas del Vélez de Bianchi, del Newell's campeón y de varios equipos que ofrecían un buen entretenimiento.
Durante años desconocí esa sensación de ver un partido de fútbol con los ojos llenos de un interés particular, de eso que llaman pasión, o amor por una camiseta. Todo partido era una forma de empezar de cero. A los cinco o diez minutos alguno de los equipos en cancha me gustaba más, me generaba cierta empatía, o algo motivaba mi entusiasmo y, por apenas poco más de una hora, yo era hincha de ese cuadro. Hasta que el árbitro pitara y todo terminara. Y de nuevo a empezar cada vez.
Esa fue mi iniciación futbolística, mis inocentes amores de noventa minutos, de tres meses, que pasaban como dulces recuerdos de adolescencia.
Ya un poco más grande llegaría el amor en serio en mi vida. Y fue gracias a la televisación hasta obsesiva de cualquier evento en el que rodara una pelota.
La aparición de varias señales deportivas en la televisión, de eternas 24 horas de fútbol en los televisores fue lo que me llevó un día a gritar un gol. Y fue, tristemente, contra el querido River de mi viejo.
La historia comienza en el hecho particular de que me gusta ver fútbol. No tanto por el juego, más porque significa, en momentos de aburrimiento, dos horas de tener algo para ver. Nunca me gustó hacer zapping ni ver películas por lo que el fútbol me deparaba dos horas de entretenimiento sencillo, sin grandes complicaciones y con final incierto.
Veía, preferentemente, fútbol de las categorías inferiores de Argentina. El fútbol europeo, aún hoy, me aburre y ni siquiera me parece fútbol.
Empezó entonces el desfile de equipos de todo el país, aunque la mayoría, el negocio de la televisión es, finalmente, ese, eran de Buenos Aires. Pero siempre se encontraba uno con algún partido o resumen de algunos torneos del interior.
Y había, entre tantos equipos, uno que tenía algo diferente. Un club chico, de allá por la cordillera, que a pesar de jugar en categorías poco valoradas y recientemente sobre valuadas por razones extra futbolísticas, intentaba jugar un fútbol bonito, entretenido. Además, tenía algo que brilla por su ausencia aún hoy en día: seriedad, ética, juego limpio. Un equipo que intentaba jugar al fútbol con elegancia, pero que además no tenía nada de esa asquerosa viveza criolla (porteña, debería decir) de hacer tiempo, esconder balones cuando iban ganando, o sacar ventajas extra deportivas.
Quiero aclarar una cosa: no buscaba los partidos, no conocía a los jugadores, ni me interesaba tampoco eso. Solo prendía el televisor y encontraba los partidos.
Así que al terminar el día siempre había algún partido para mirar. Y los veía, solo por pasar el rato.
Pero poco a poco descubrí que entre tantos amores de ocasión, había una amistad que dejaba algo más que dos horas de entretenimiento. Ese pequeño equipo que ya me gustaba desde el partido anterior, que no necesitaba de cinco o diez minutos para convencerme, que con solo ver que era uno de los que jugaba ya tenía mi simpatía y ese esfuerzo inútil que hace un espectador para que su equipo gane.
Me gustaba, desde no sabría cuándo. Y cada vez que lo encontraba lo veía, disfrutaba de esas dos horas compartiendo las ganas de ganar. Pero todavía no era amor.
El nombre del club (que conocí completo más tarde y que hoy significa un orgullo casi de baba al pronunciarlo) es Club Deportivo Godoy Cruz Antonio Tomba. El "Tomba", el equipo mendocino que ya no sorprende a nadie por alcanzar logros que hasta hace poco eran privilegio de los equipos "grandes".
Verlo en la cancha me gustaba, me llenaba de ansiedad. Saber que jugaría tal día a tal hora era suficiente para organizar mis obligaciones de acuerdo a ese partido.
Sí, esperaba los partidos del Tomba con cosquilleo y todo. Yo, que solo veía fútbol cuando lo encontraba, había empezado a buscar encontrarme con esos colores.
Claro que por entonces no era fácil. La distancia (Godoy Cruz, la ciudad, está a 1600 km de donde vivo), el hecho de no jugar en primera división, ni ser de Buenos Aires, hacía difícil seguir las campañas como un hincha. Pero cada tanto la televisión nos regalaba esos noventa minutos juntos.
Durante un par de años aproveché cada oportunidad de ver al Tomba sin saber qué clase de sentimeinto era.
Fue en el 2006 cuando las consecuencias lógicas de estos encuentros fortuitos empezaron a precipitarse. En mayo de ese año el Bodeguero asciende a la primera división del fútbol argentino y la televisión comienza a transmitir todos los partidos del Tomba en vivo.
Ahora que estaba en primera y podía seguir la campaña, tenía que hacerlo. Debía hacerlo, pero en un sentido totalmente nuevo para mi, no como cuando debía ser hincha de River.
Los primeros seis meses el Tomba brillaba con su juego, entretenía, sorprendía a todos con su fútbol bonito, su buenas intenciones tan impecablemente llevadas a cabo en la cancha. Pero perdía y los puntos empezaban a faltar para mantener la categoría. Yo, que no era hincha del club, terminaba los partidos enojado con el fútbol, con la vida. Me indignaba, era injusto que un equipo chico y del interior con tan buenas intenciones y que jugara tan lindo, perdiera contra los equipos mezquinos que ni siquiera intentaban jugar a algo. Yo racionalizaba esa amargura, la justificaba diciéndome eso. Era solo una cuestión de justicia moral y deportiva.
Aclaro que para mi todo esto era nuevo. No conocía esa sensación de angustia ante un simple partido de fútbol. Es necesario que alguno pierda para que otro gane o todos serían empates y el juego perdería absolutamente todo. Pero ver perder al Tomba era angustiante, me llenaba de un odio totalmente desconocido e inexplicable para mi que no había sufrido nunca por una camiseta.
Para el hincha común de fútbol todo esto es puro palabrerío. Conocen desde la cuna el amor por la camiseta, el orgullo de ver jugar bien a un equipo, la alegría de un resultado positivo, la explosión en la garganta de un grito de gol. Pero para mi, eso era algo ajeno, de gente que no tenía nada en la vida y se desquitaba insultando a un árbitro, o gritándole a alguien solo por seguir a otro equipo.
Yo no sabía de nada de eso. No lo había sentido jamás. Uno era hincha porque debía serlo, porque su padre, o un tío o un abuelo, o quién fuera se lo había impuesto. Y eso anulaba cualquier acto pasional.
Fue a mediados del 2007, una tarde noche de lunes (lo recuerdo porque debía ir a cursar a la Escuela de Música) que por el campeonato local se enfrentaban, para mi desgracia, River y Godoy Cruz.
Falté a clases. La excusa era que jugaba River. Lo juro. En casa dije que no tenía ganas de ir, que me quedaba en casa, que aprovechaba que jugaba River para verlo. Y jugó el Millonario contra un equipito de Mendoza que venía sorprendiendo por el buen juego. Ahí, enfrente de la banda roja, la camiseta suplente en gris y azul del Club Deportivo Godoy Cruz Antonio Tomba.
Del partido no recuerdo practicamente nada. Me acuerdo que entró un pibe, un tal Enzo (que algunos años después jugaría la final del mundo contra el Barça de Messi), y que ese pibe, con ese nombre que tanto significaba en esa cancha, se hizo inmEnzo, como hubieran dicho ellos.
Terminaba el partido, 47 minutos del segundo tiempo, empataban sin goles. Alguien presiona en campo del local, los millonarios pierden la pelota y Enzo Perez la roba y corre hacia el área rival. Minuto 48 del segundo tiempo. Se me rompe la garganta en un grito desconocido, nuevo y maravilloso. Nicolás Olmedo aparece por la derecha y el pibe Enzo lo ve, lo habilita y el "cascarudo" le cruza la pelota al arquero de la banda roja. Un final de novela.
Fue el primer "te amo". Fue la destrucción de todas las imposiciones. Fue gritarle el gol en la cara al fantasma de mi viejo. Fue por fin liberarme y confesarle a esa esposa insípida que nunca me había movido un pelo, que otra me había hecho temblar la estantería, que ya no podía esconderme, que ya no era un juego, que ya no alcanzaban esos encuentros ocasionales. Que estaba enamorado de otra.
Si alguna vez he podido mirar un partido de fútbol sin sentimentalismos, fue antes de esa noche de ese miércoles.
Esa noche supe que ya no habría más amores de ocasión. Ya no habría pequeños romances de noventa minutos, de seis meses y. mucho menos, un matrimonio acordado desde antes que supiera patear una pelota.
Desde entonces el fútbol es, para mi, tener que explicar cómo me hice hincha de un equipo que juega a más de mil kilómetros de distancia. O ver a los que viven en Mendoza, y pueden ir a la cancha cada vez que el Tomba juega de local, como un bicho raro que salió de quién sabe dónde, pensando que ellos tienen todo tan cerca pero que yo me banqué la distancia. O enfrentar las acusaciones de los que me conocen de toda la vida diciendo "¿pero vos no eras de River? ¿Ahora te vendiste?". No, nunca amé esa esposa que me obligaron a mantener y cuidar. Me emociona más una pisada de Olmedo que cualquier de Francescolli. El sombrero de Villar en la sudamericana, de espaldas al arco y de taco, para dejar a Tito Ramirez mano a mano con el arquero rival lo tengo pegado en la frente, del lado de adentro, agarrado con chinches. Y ¡qué decir de ese verano que el Tomba salió campeón de una torneo de verano acá en mi ciudad, en mi Tandil!
Tener que dar explicaciones vale por todos esos momentos en que sentado frente al televisor me emociona un taco, una pisada, una pelota puesta al pie. Un equipo queriendo merecer la gloria. Y mereciéndola con creces.
Nadie podrá quitarme mi emoción al ver jugar al bodeguero. Ni la ansiedad de esperar que llegue el próximo partido, ni el orgullo de ser hincha de un club chico, que no tendrá la historia de los grandes. Pero te voy a decir algo: mientras los grandes hablan de historia, Godoy Cruz Antonio Tomba hace historia...
¿y yo?...yo escribo historias, como esta, mi historia con el Tomba, una historia de amor.
diciembre 08, 2011
Versión infantil:
Cuando el hilo se soltó de su mano el niño comenzó a llorar desconsoladamente. No sabía en su inocencia que el mundo es redondo, que el viento llevaría a su globo a dar toda la vuelta y que volvería un día repleto de grandes historias que contarle.
Versión adulta:
Cuando el hilo se soltó de su mano el niño comenzó a llorar desconsoladamente. No sabía en su inocencia que el mundo es redondo, que el viento llevaría a su globo a dar toda la vuelta y que volvería un día a sus manos.
Y cuando finalmente volvió modificado por sus experiencias, el niño, tal vez cansado de llorarlo, no lo reconoció.
Cuando el hilo se soltó de su mano el niño comenzó a llorar desconsoladamente. No sabía en su inocencia que el mundo es redondo, que el viento llevaría a su globo a dar toda la vuelta y que volvería un día repleto de grandes historias que contarle.
Versión adulta:
Cuando el hilo se soltó de su mano el niño comenzó a llorar desconsoladamente. No sabía en su inocencia que el mundo es redondo, que el viento llevaría a su globo a dar toda la vuelta y que volvería un día a sus manos.
Y cuando finalmente volvió modificado por sus experiencias, el niño, tal vez cansado de llorarlo, no lo reconoció.
Primero me quitaste tus labios. Luego tus manos. Un día ya no te traían más tus pies. Ayer me pediste que te olvidara. Si tu plan era privarme de ti de a poco, que me fuera acostumbrando a no tenerte, tengo que decirte que has fallado. Cuando cierro los ojos sigues aquí.
diciembre 06, 2011
diciembre 04, 2011
diciembre 02, 2011
noviembre 30, 2011
Se despertó. La ansiedad era un millar de hormigas inquietas devorándole las tripas.
Miró el reloj para saber cuántas horas le quedaban con aquella mujer que le había dicho que tenían que hablar.
Extrañamente, él, que nunca había creído en artes adivinatorias y esas fantochadas, sabía muy bien lo que escucharía esa tarde, palabra por palabra.
Todo terminaría cuando escuchara ese nombre oculto que el había descubierto unos meses antes.
Luego vendría el crimen, la sangre, las investigaciones, la cárcel.
Luego, ahora la ansiedad y el odio afilaban el cuchillo.
Miró el reloj para saber cuántas horas le quedaban con aquella mujer que le había dicho que tenían que hablar.
Extrañamente, él, que nunca había creído en artes adivinatorias y esas fantochadas, sabía muy bien lo que escucharía esa tarde, palabra por palabra.
Todo terminaría cuando escuchara ese nombre oculto que el había descubierto unos meses antes.
Luego vendría el crimen, la sangre, las investigaciones, la cárcel.
Luego, ahora la ansiedad y el odio afilaban el cuchillo.
noviembre 25, 2011
Una vez creí que que había un mundo
que era redondo, habitado por personas.
Una noche desperté sobresaltado por una pesadilla
y entonces lo supe:
no había nada ni nadie,
todo había sido un sueño.
Durante un tiempo moré pensativo por la nada
buscando un ser o, al menos, una roca,
alguien o algo a quien contarle de ese mundo
redondo, repleto de personas que vivían sus vidas.
Con el tiempo me acostumbré a la soledad, al silencio.
Ya no ando por ahí buscando a quien contar mis historias,
me las cuento a mi mismo y, que nadie escuche,
ya no es importante, porque yo me escucho
y me asombro ante las increíbles aventuras de esa gente
y de ese mundo que una vez soñé.
que era redondo, habitado por personas.
Una noche desperté sobresaltado por una pesadilla
y entonces lo supe:
no había nada ni nadie,
todo había sido un sueño.
Durante un tiempo moré pensativo por la nada
buscando un ser o, al menos, una roca,
alguien o algo a quien contarle de ese mundo
redondo, repleto de personas que vivían sus vidas.
Con el tiempo me acostumbré a la soledad, al silencio.
Ya no ando por ahí buscando a quien contar mis historias,
me las cuento a mi mismo y, que nadie escuche,
ya no es importante, porque yo me escucho
y me asombro ante las increíbles aventuras de esa gente
y de ese mundo que una vez soñé.
noviembre 21, 2011
Desde que la Presidente de unos cuántos argentinos afirmó que ahora la soberanía se defiende desde las ideas, que la soberanía es un concepto intelectual, no paro de recibir mails de editoriales que están asombradas por la cantidad de recursos que tienen para publicar libros. Dicen que están desesperados por empezar a publicar ideas nuevas. Que no saben de dónde sacar escritores para publicar porque todos estamos más felices sin trabajo y sin editar nada. Aunque hay un miedo terrible a que la gente salga desesperada a saquear librerías ante el pánico de que se agoten los libros y quedarse sin ejemplares.
O no, la Presidente sigue mintiendo como en cada discurso que ha dado en su vida, las editoriales están quebradas, la gente lo único que lee son mensajes de texto, la educación es la peor que hemos tenido en toda la historia, y los escritores, intelectuales o lo que sea que seamos seguimos rogándoles un trabajo a los "trabajadores" del turismo que, sentados al sol con un pastito en la boca, ojeando cada tanto para ver si viene algún turista a comprar cucharitas de bambú para la yerba, nos dé un trabajo barriendo el piso.
O no, la Presidente sigue mintiendo como en cada discurso que ha dado en su vida, las editoriales están quebradas, la gente lo único que lee son mensajes de texto, la educación es la peor que hemos tenido en toda la historia, y los escritores, intelectuales o lo que sea que seamos seguimos rogándoles un trabajo a los "trabajadores" del turismo que, sentados al sol con un pastito en la boca, ojeando cada tanto para ver si viene algún turista a comprar cucharitas de bambú para la yerba, nos dé un trabajo barriendo el piso.
noviembre 16, 2011
noviembre 11, 2011
noviembre 09, 2011
Necesitaba el Sol, y una noche lo encontró escondido detrás de un cerro al final del horizonte. Durante varias horas intentó convencerlo de salir de allí. Pero el Sol, que ya ha perdido su hermoso ego de otros siglos no quería mostrarse.
-Ya no me aman-dijo timidamente,-yo era el Astro al que le agradecían el calor, las cosechas, la luz, la vida entera. Pero el hombre me olvidó, se ahogó en cuentos de de falsos dioses y ya no me aman.
El hombrecito entendió que aquello sería arduo. No se resignó, pero necesitó un plan para convencer al Sol de asomarse. Se alejó un poco y se sentó en una piedra. Mientras pensaba sacó una flauta hecha de caña que llevaba en el morral. Y empezó a soplar en ella una antigua melodía que había aprendido de sus ancestros.
Distraído como estaba, el hombrecito no notó que mientras tocaba su canción el Sol asomaba algunos rayos por sobre el cerro para espiarlo. Hasta que al fin, una voz soberbia, llena de amor y que parecía contener todo el cosmos en su eco lo interrumpió:
-Esa canción que tocas, Pastor de llamas, se la enseñé hace mucho a los primeros hombres. Veo que eres un Hijo de ellos. ¿Qué necesitas Hijo?
-Mis cosechas, Padre, necesitan su calor...y mis hijos también, ya que pasan frío porque somos pobres y no tengo para darles abrigo...
-Brillaré por ti- respondió solamente el Astro, con su voz de fuego.
El hombre volvió a su rancho de adobe. Desde aquel día el sol brilló alto en su tierra y las cosechas crecieron más que nunca. Y todo el cerro brilló con la majestuosidad del Astro Sol no dejando al frío tocar a aquella familia.
Para cuando terminó de recolectarse la cosecha, el hombrecito fue al arroyito que quitaba la sed a sus huertas. Allí soplaban unas cañas desde hacía tiempo. Pero estaban más crecidas que nunca por aquel calor nuevo del Sol. Cortó una caña, pidiendo permiso a la Pachamama, y con ella hizo tres flautas para sus hijos. Y con ellas les enseñó a tocar aquella canción de sus ancestros.
Cada día, antes del desayuno, padre e hijos soplaban aquella vieja oración al Sol en agradecimiento al Padre.
Y el Sol, el Padre eterno que nunca abandona a sus hijos, los escucha feliz de saber que aún siguen sus hijos caminando en la tierra.
-Ya no me aman-dijo timidamente,-yo era el Astro al que le agradecían el calor, las cosechas, la luz, la vida entera. Pero el hombre me olvidó, se ahogó en cuentos de de falsos dioses y ya no me aman.
El hombrecito entendió que aquello sería arduo. No se resignó, pero necesitó un plan para convencer al Sol de asomarse. Se alejó un poco y se sentó en una piedra. Mientras pensaba sacó una flauta hecha de caña que llevaba en el morral. Y empezó a soplar en ella una antigua melodía que había aprendido de sus ancestros.
Distraído como estaba, el hombrecito no notó que mientras tocaba su canción el Sol asomaba algunos rayos por sobre el cerro para espiarlo. Hasta que al fin, una voz soberbia, llena de amor y que parecía contener todo el cosmos en su eco lo interrumpió:
-Esa canción que tocas, Pastor de llamas, se la enseñé hace mucho a los primeros hombres. Veo que eres un Hijo de ellos. ¿Qué necesitas Hijo?
-Mis cosechas, Padre, necesitan su calor...y mis hijos también, ya que pasan frío porque somos pobres y no tengo para darles abrigo...
-Brillaré por ti- respondió solamente el Astro, con su voz de fuego.
El hombre volvió a su rancho de adobe. Desde aquel día el sol brilló alto en su tierra y las cosechas crecieron más que nunca. Y todo el cerro brilló con la majestuosidad del Astro Sol no dejando al frío tocar a aquella familia.
Para cuando terminó de recolectarse la cosecha, el hombrecito fue al arroyito que quitaba la sed a sus huertas. Allí soplaban unas cañas desde hacía tiempo. Pero estaban más crecidas que nunca por aquel calor nuevo del Sol. Cortó una caña, pidiendo permiso a la Pachamama, y con ella hizo tres flautas para sus hijos. Y con ellas les enseñó a tocar aquella canción de sus ancestros.
Cada día, antes del desayuno, padre e hijos soplaban aquella vieja oración al Sol en agradecimiento al Padre.
Y el Sol, el Padre eterno que nunca abandona a sus hijos, los escucha feliz de saber que aún siguen sus hijos caminando en la tierra.
noviembre 08, 2011
Ejercicios de microrrelato:
*Minutos más tarde, la había olvidado por completo. Sin embargo, nunca dejó de amarla.
*El mirlo se veía inquieto, con sus pequeñas patitas moviéndose a lo largo de la rama. El gato, al pie del árbol, no tenía prisa.
*El conejo miró el calendario y comenzó a tomar precauciones para que su dueño no sospechara que él, una simple mascota, era el Conejo de Pascuas.
*Veía las nubes con calma, adivinando formas, hasta que una lo espantó: era su rostro, con el gesto sereno de la muerte en su boca.
*Lo conoció con el corazón roto y lo amó hasta arreglarselo. Cuando lo olvidó tenía otra vez el corazón roto.
*Logró superar aquel desengaño con meses de terapia. Pero cuando se enamoró de su psicóloga toda la terapia se volvió inútil.
*Un pez creyó en la vida fuera de su mundo cuando hizo contacto con un buzo.
*-¡Qué cuernos más grandes tienes, abuelita!-dijo Caperucita. Y el lobo pensó en la loba, y en cómo cada día se hacían más extraños entre si.
*Esa tarde el sol no se puso tras las montañas como cada día. Se quedó alto en el cielo y ya nunca hubo noches ni lunas ni estrellas, ni enamorados.
*Borra tus huellas cuando te vayas, no sea que se me antoje seguirte.
*Minutos más tarde, la había olvidado por completo. Sin embargo, nunca dejó de amarla.
*El mirlo se veía inquieto, con sus pequeñas patitas moviéndose a lo largo de la rama. El gato, al pie del árbol, no tenía prisa.
*El conejo miró el calendario y comenzó a tomar precauciones para que su dueño no sospechara que él, una simple mascota, era el Conejo de Pascuas.
*Veía las nubes con calma, adivinando formas, hasta que una lo espantó: era su rostro, con el gesto sereno de la muerte en su boca.
*Lo conoció con el corazón roto y lo amó hasta arreglarselo. Cuando lo olvidó tenía otra vez el corazón roto.
*Logró superar aquel desengaño con meses de terapia. Pero cuando se enamoró de su psicóloga toda la terapia se volvió inútil.
*Un pez creyó en la vida fuera de su mundo cuando hizo contacto con un buzo.
*-¡Qué cuernos más grandes tienes, abuelita!-dijo Caperucita. Y el lobo pensó en la loba, y en cómo cada día se hacían más extraños entre si.
*Esa tarde el sol no se puso tras las montañas como cada día. Se quedó alto en el cielo y ya nunca hubo noches ni lunas ni estrellas, ni enamorados.
*Borra tus huellas cuando te vayas, no sea que se me antoje seguirte.
noviembre 01, 2011
El médico mira a su paciente. Piensa en el muchacho al que la leucemia le cortó los años antes de llegar a 21. Era su hijo, sano, de costumbres prolijas, moderado en todo, comidas ordenadas, no probó nunca cigarrillo ni alcohol. Ahora, seis meses después, este hombre de algo más de cincuenta años le muestra una sonrisa de pobre pero satisfecha por el resultado de sus estudios. Conocedor del tabaco desde chico, acostumbrado al trago, a la noches de mujerzuelas, a la vida triste de un pobre que llegó vacío a la capital.
Este médico tiene preguntas sin responder y culpas sin repartir. Quiere vivo al hijo muerto. Quiere justicia, alguna forma de justicia sacada de algún tratado de biología. Al otro hombre le hubiera gustado tener las oportunidades del hijo de un médico acomodado, no ser el hijo de un peón borracho y pobre.
La trama es compleja. La culpa es de todos, y de nadie. Somos seres humanos, raza sin verdades, de justicias más poéticas que reales.
Este médico tiene preguntas sin responder y culpas sin repartir. Quiere vivo al hijo muerto. Quiere justicia, alguna forma de justicia sacada de algún tratado de biología. Al otro hombre le hubiera gustado tener las oportunidades del hijo de un médico acomodado, no ser el hijo de un peón borracho y pobre.
La trama es compleja. La culpa es de todos, y de nadie. Somos seres humanos, raza sin verdades, de justicias más poéticas que reales.
octubre 31, 2011
"¡Qué suerte la de los números," piensan las letras, "todo el tiempo en el mundo hay alguien hablando de ellos".
Lo que no saben las letras es que los números viven celosos de ellas porque mientras a ellos los cuentan los hombres más miserables, a ellas las cuentan los poetas, los contadores de historias, los enamorados.
Nunca un enamorado dirá: "te amo 15749". Ni un poeta escribirá versos con números, ni un abuelo contará una historia de "Érase una vez un 3749..."
Pero las letras no sospechan esta enfermedad que de a poco va envenenando el alma de los números. Porque las letras cuentan verdades, y la verdad siempre es humilde aunque al mentiroso le parezca soberbia. Las letras jamás sabrán que son la envidia que un día va a matar de un disgusto a los números. Y está bien que no lo sepan, que sigan siendo siempre los ladrillos de nuestras casitas de sueños, donde después de cenar nos sentamos con la mujer que amamos a simplemente ser felices juntos.
Lo que no saben las letras es que los números viven celosos de ellas porque mientras a ellos los cuentan los hombres más miserables, a ellas las cuentan los poetas, los contadores de historias, los enamorados.
Nunca un enamorado dirá: "te amo 15749". Ni un poeta escribirá versos con números, ni un abuelo contará una historia de "Érase una vez un 3749..."
Pero las letras no sospechan esta enfermedad que de a poco va envenenando el alma de los números. Porque las letras cuentan verdades, y la verdad siempre es humilde aunque al mentiroso le parezca soberbia. Las letras jamás sabrán que son la envidia que un día va a matar de un disgusto a los números. Y está bien que no lo sepan, que sigan siendo siempre los ladrillos de nuestras casitas de sueños, donde después de cenar nos sentamos con la mujer que amamos a simplemente ser felices juntos.
El día empezó marcado por la especulación, la preocupación por qué iba a pasar con el dólar debido a las últimas medidas del gobierno. La mayoría habla de eso, y solamente de eso. Dólares por acá dólares por allá. Que no se pueden comprar, que sí pero hay que justificar la compra y no sé cuántas pavadas más.
Mientras tanto, fuera de los círculos de los Grandes Economistas (esa especie de Dioses modernos) camina por la calle un grupo de gente con los auriculares a todo volúmen, hacia la casa de algún amigo a tomar mate, de algun novio o novia.
El mundo de los Grandes Señoritos, esos animales licenciados en ciencias NO humanas, especialistas en no contar nada (al fin y al cabo, los números siempre serán esclavos de los celos que sienten por las letras, que pueden CONTAR verdades) se termina de a poco.
Un día, el Sr. Contador de Números despertará y, al asomarse a la ventana de su casa, verá la calle llena de cronopios bailando y jugando con mangueras de colores.
Se les termina el tiempo, Grandes Señoritos, ¡aprendan las letras porque los números ya no nos importan!
Mientras tanto, fuera de los círculos de los Grandes Economistas (esa especie de Dioses modernos) camina por la calle un grupo de gente con los auriculares a todo volúmen, hacia la casa de algún amigo a tomar mate, de algun novio o novia.
El mundo de los Grandes Señoritos, esos animales licenciados en ciencias NO humanas, especialistas en no contar nada (al fin y al cabo, los números siempre serán esclavos de los celos que sienten por las letras, que pueden CONTAR verdades) se termina de a poco.
Un día, el Sr. Contador de Números despertará y, al asomarse a la ventana de su casa, verá la calle llena de cronopios bailando y jugando con mangueras de colores.
Se les termina el tiempo, Grandes Señoritos, ¡aprendan las letras porque los números ya no nos importan!
octubre 25, 2011
El arte es de los artistas. NADIE tiene derecho a ganar con el trabajo ajeno. Es necesaria una nueva Ley de Propiedad intelectual que ponga las cosas en su lugar: a los artistas en el escenario y a los grandes ladrones-editores en la cárcel.
Basta de decirnos que le robamos a los músicos por descargar su música. Los que roban son los editores discográficos.
Jamás falté el respeto a un artista ni le robé nada. No me enriquecí nunca con un CD descargado de Internet. Cada canción que he bajado está guardada dentro del corazón como un tesoro. Y siempre que pude, compré el CD original.
Mientras no entendamos que los responsables de las grandes compañías discográficas tienen que estar presos esto no va a cambiar jamás: piratería es robar, enriquecerse con bienes ajenos. Ellos son los que lo hacen, no nosotros.
Mientras nosotros difundimos y disfrutamos a los artistas ellos mantienen su propio negocio bien asegurado, impidiendo el acceso a los circuitos de distribución a los músicos que no les generan ganancias a ellos y obligándonos a soportar mediocres que no valen un solo CD editado.
EL ARTE JAMÁS DEBE MEDIRSE POR LAS REGALÍAS QUE DEJA A UN EMPRESARIO. Medir el arte por las ganancias que deja es un delito mucho peor que descargar ese disco que tanto disfrutamos y admiramos.
TODO ARTISTA TIENE EL DERECHO A SER ESCUCHADO, VISTO O LEÍDO. Ese el el único derecho de propiedad intelectual. Lo demás es negocio, y no tiene nada que ver con el arte. Y el Estado, por medio de Leyes correctas, tiene la obligación de garantizar este derecho y penalizar a TODO aquel que, sin ser el artista y dueño de una obra, obtenga ganancias con ella. Tanto al que vende un CD descargado gratuitamente de Internet, como a al que lo vende a cambio de porcentajes inmorales.
Warner Music Group, EMI, Sony Music Entertainment, Universal Music Group y otras, TAMBIÉN SON PIRATERÍA.
Ya una Ley que limite el valor agregado sobre los costos REALES de las obras de arte; que distribuya las ganancias de la venta en favor del artista y no del editor; que permita la distribución libre de todo contenido cultural de forma controlada; que asegure la NO caducidad de los derechos comerciales para el autor (actualmente, por la reedición de una obra editada más de 30 años atrás no debe pagarse regalías al autor).
Quiero arte, necesito arte. Me sobran mercaderes. Basta de intermediarios y explotadores. Que cada parte gane lo que es justo por su trabajo.
Basta de decirnos que le robamos a los músicos por descargar su música. Los que roban son los editores discográficos.
Jamás falté el respeto a un artista ni le robé nada. No me enriquecí nunca con un CD descargado de Internet. Cada canción que he bajado está guardada dentro del corazón como un tesoro. Y siempre que pude, compré el CD original.
Mientras no entendamos que los responsables de las grandes compañías discográficas tienen que estar presos esto no va a cambiar jamás: piratería es robar, enriquecerse con bienes ajenos. Ellos son los que lo hacen, no nosotros.
Mientras nosotros difundimos y disfrutamos a los artistas ellos mantienen su propio negocio bien asegurado, impidiendo el acceso a los circuitos de distribución a los músicos que no les generan ganancias a ellos y obligándonos a soportar mediocres que no valen un solo CD editado.
EL ARTE JAMÁS DEBE MEDIRSE POR LAS REGALÍAS QUE DEJA A UN EMPRESARIO. Medir el arte por las ganancias que deja es un delito mucho peor que descargar ese disco que tanto disfrutamos y admiramos.
TODO ARTISTA TIENE EL DERECHO A SER ESCUCHADO, VISTO O LEÍDO. Ese el el único derecho de propiedad intelectual. Lo demás es negocio, y no tiene nada que ver con el arte. Y el Estado, por medio de Leyes correctas, tiene la obligación de garantizar este derecho y penalizar a TODO aquel que, sin ser el artista y dueño de una obra, obtenga ganancias con ella. Tanto al que vende un CD descargado gratuitamente de Internet, como a al que lo vende a cambio de porcentajes inmorales.
Warner Music Group, EMI, Sony Music Entertainment, Universal Music Group y otras, TAMBIÉN SON PIRATERÍA.
Ya una Ley que limite el valor agregado sobre los costos REALES de las obras de arte; que distribuya las ganancias de la venta en favor del artista y no del editor; que permita la distribución libre de todo contenido cultural de forma controlada; que asegure la NO caducidad de los derechos comerciales para el autor (actualmente, por la reedición de una obra editada más de 30 años atrás no debe pagarse regalías al autor).
Quiero arte, necesito arte. Me sobran mercaderes. Basta de intermediarios y explotadores. Que cada parte gane lo que es justo por su trabajo.
septiembre 23, 2011
La irrealidad depende de los intereses que pone en juego cada observador. El subjetivismo es la principal causa de distorsión de la realidad. Esto en las relaciones interpersonales es más claro y, cuanto menos conviene al sujeto captar la verdadera situación, más intenta desdibujar el cuadro general de situación. Lo que no conviene saber se oculta y lo que hace falta, si no está, se inventa.
De todas formas, cuando al sentimiento se lo modifica con el fin de hacerlo más conveniente es cuando más se nota el miedo de aceptar que se está llamando "amor" a la incapacidad de aceptar un sentimiento verdadero, capaz de mantener la relación dentro de un marco relativamente objetivo.
La modernidad nos ha vaciado. Llamamos "amor" a cualquier forma de sentimiento que nos saque del letargo. Muchos buscan solamente relaciones violentas en las que la unión esté determinada por reacciones agresivas, confundiendo la intensidad de estas discusiones con un sentimiento mayor, pero absolutamente opuesto. Esto puede originarse en la impotencia que surge al no poder canalizar las propias frustraciones originadas en los errores cometidos pero no reconocidos a nivel consciente.
En estas parejas, al no poder amarse mutuamente, se agreden con intensidad para compensar el vacío y el sinsentido de la relación. Mientras que, por otro lado, los sentimientos verdaderos hacia personas externas a la pareja que han sido inconscientemente reprimidos (o bloqueados, por miedo ante repetidas frustraciones, por miedo a sentirse vulnerables) se exteriorizan por medio de resentimiento o bronca constante hacia ellos, resultado no del accionar de esas otras personas sino de la propia decepción ante la vida y la falta de herramientas para encauzar los sentimientos de manera correcta.
La incapacidad de accionar normalmente en este tipo de relaciones se refleja, por lo general, en la incapacidad de comunicar los hechos ocurridos en relación a la pareja con personas de otros entornos (amigos, parientes). Comúnmente, los individuos atrapados en esta forma de relación, son incapaces de conjugar correctamente la situación de pareja con situaciones fuera de ese entorno. No hablarán de sus parejas con nadie, o evitarán ser vistos publicamente con ellas. Es posible que se llegue, incluso, a la negación de la relación con el fin de evitar comentarios que expongan la verdadera condición de la pareja.
El primer síntoma de esto es el alejamiento de todos aquellos que se muestran en disconformidad con la relación. Cuánto más explícitamente, más rápido serán evitados por los miembros de la pareja con el fin de evitar conversaciones en las que tengan que "defenderse" (ya que ellos se sentirán "atacados" por aquellos que no coincidan con ellos). Esta sensación interna de "no tener argumentos" los alejará de cualquiera que vea con desagrado la unión de la pareja y pueda dejarlos expuestos a la necesidad de afrontar la discapacidad afectiva en la que viven.
De todas formas, cuando al sentimiento se lo modifica con el fin de hacerlo más conveniente es cuando más se nota el miedo de aceptar que se está llamando "amor" a la incapacidad de aceptar un sentimiento verdadero, capaz de mantener la relación dentro de un marco relativamente objetivo.
La modernidad nos ha vaciado. Llamamos "amor" a cualquier forma de sentimiento que nos saque del letargo. Muchos buscan solamente relaciones violentas en las que la unión esté determinada por reacciones agresivas, confundiendo la intensidad de estas discusiones con un sentimiento mayor, pero absolutamente opuesto. Esto puede originarse en la impotencia que surge al no poder canalizar las propias frustraciones originadas en los errores cometidos pero no reconocidos a nivel consciente.
En estas parejas, al no poder amarse mutuamente, se agreden con intensidad para compensar el vacío y el sinsentido de la relación. Mientras que, por otro lado, los sentimientos verdaderos hacia personas externas a la pareja que han sido inconscientemente reprimidos (o bloqueados, por miedo ante repetidas frustraciones, por miedo a sentirse vulnerables) se exteriorizan por medio de resentimiento o bronca constante hacia ellos, resultado no del accionar de esas otras personas sino de la propia decepción ante la vida y la falta de herramientas para encauzar los sentimientos de manera correcta.
La incapacidad de accionar normalmente en este tipo de relaciones se refleja, por lo general, en la incapacidad de comunicar los hechos ocurridos en relación a la pareja con personas de otros entornos (amigos, parientes). Comúnmente, los individuos atrapados en esta forma de relación, son incapaces de conjugar correctamente la situación de pareja con situaciones fuera de ese entorno. No hablarán de sus parejas con nadie, o evitarán ser vistos publicamente con ellas. Es posible que se llegue, incluso, a la negación de la relación con el fin de evitar comentarios que expongan la verdadera condición de la pareja.
El primer síntoma de esto es el alejamiento de todos aquellos que se muestran en disconformidad con la relación. Cuánto más explícitamente, más rápido serán evitados por los miembros de la pareja con el fin de evitar conversaciones en las que tengan que "defenderse" (ya que ellos se sentirán "atacados" por aquellos que no coincidan con ellos). Esta sensación interna de "no tener argumentos" los alejará de cualquiera que vea con desagrado la unión de la pareja y pueda dejarlos expuestos a la necesidad de afrontar la discapacidad afectiva en la que viven.
septiembre 20, 2011
Me hablan, me explican cómo se entra en el Cielo. Pero no como salir del infierno. ¿Acaso lo conocen? ¿Acaso sus manos bajarán hasta el mismo fuego que me consume para ayudarme a levantarme? ¿O solo dirán que de necio quise quedarme en las llamas, ardiendo, para no reconocer que nunca han muerto ni descendido a los infiernos?
Cada llaga será mañana una medalla al coraje en la lucha por cada latido de un corazón que se enfermó de tus ojos.
Cada llaga será mañana una medalla al coraje en la lucha por cada latido de un corazón que se enfermó de tus ojos.
El monstruo miró a Teseo y distinguió en sus ojos a esa muchacha que lo esperaba fuera. Pensó en su propia vida, en su soledad, en su infinito encierro entre infinitos pasillos repetidos. Pensó que él nunca había tenido un amor, un abrazo, una compañera. La envidia le encendió el resentimiento y golpeó al héroe. Pero al verlo en el suelo, con sangre en el rostro volvió a sentir la pena y se dejó vencer. "¿Para qué seguir viviendo?", pensó. Y le regaló la libertad y el amor a ese otro que sí podía tenerlos.
septiembre 13, 2011
Guión para un cortometraje erótico
La cámara se acerca desde la puerta de la habitación.
En escena un hombre entrando en una mujer
con desesperada pasión, con silenciosa furia. Como intentando una salida de emergencia ante el inminente desastre.
Luego se levanta y se dirige al baño, donde se para frente al espejo.
Se mira, en silencio, durante unos segundos.
Finalmente se reconoce en el rostro enajenado e insatisfecho.
En la habitación, la mujer se ha quedado dormida, ajena a cualquier tribulación.
Él la ama. O la quiere. O le reconoce su presencia y su entrega.
El del espejo es otro, uno que no conoce la vida, que intenta escapar de la muerte inevitable escondiéndose en el vientre de esa mujer. O de cualquier otra. Ella se irá cuando no entienda que eso también es amor, entonces otra ocupará su lugar.
La cámara se queda un instante a cierta distancia abarcando a los protagonistas: a la izquierda de la imagen, por entre la puerta abierta del baño, el reflejo de un hombre parado frente al espejo; a la derecha, el cuerpo desnudo de una mujer dormida.
En la pantalla nunca aparece la palabra FIN. Solo se desvanece la imagen lentamente, como un recuerdo.
La cámara se acerca desde la puerta de la habitación.
En escena un hombre entrando en una mujer
con desesperada pasión, con silenciosa furia. Como intentando una salida de emergencia ante el inminente desastre.
Luego se levanta y se dirige al baño, donde se para frente al espejo.
Se mira, en silencio, durante unos segundos.
Finalmente se reconoce en el rostro enajenado e insatisfecho.
En la habitación, la mujer se ha quedado dormida, ajena a cualquier tribulación.
Él la ama. O la quiere. O le reconoce su presencia y su entrega.
El del espejo es otro, uno que no conoce la vida, que intenta escapar de la muerte inevitable escondiéndose en el vientre de esa mujer. O de cualquier otra. Ella se irá cuando no entienda que eso también es amor, entonces otra ocupará su lugar.
La cámara se queda un instante a cierta distancia abarcando a los protagonistas: a la izquierda de la imagen, por entre la puerta abierta del baño, el reflejo de un hombre parado frente al espejo; a la derecha, el cuerpo desnudo de una mujer dormida.
En la pantalla nunca aparece la palabra FIN. Solo se desvanece la imagen lentamente, como un recuerdo.
septiembre 11, 2011
De pronto recordé una noche, una noche cualquiera. Me había asaltado la terrible soledad y un nombre, uno solo, se me apareció en el sueño. Quise morir para no perderla pero hubo, como cada día, un sol nuevo en el cielo. Toda la mañana se me fue en aprender a olvidarla. Aquella mañana fue la más larga, y duró todo el invierno.
septiembre 08, 2011
Escapaba porque correr es buen ejercicio. En sus huidas encontraba a muchos como él que estaban huyendo. Pero nunca los entendía. Él no podía entender eso de correr de un lugar a otro para cambiar algo. Los lugares son todos iguales, pensaba, uno no escapa de un cerro, de un río, de un bosque. Escapa de la gente que los habita. Pero él no entendía porque hay gente que quiera huir de otra gente. Él solo corría porque le gustaba moverse, cambiar de aires, de horizonte. Se iba para volver, se perdía para reencontrarse con su gente. Él no huía de nada ni de nadie. Solo se iba, de a ratos, a un mundo de poemas y tristezas infinitas. Allí, se decía, el horizonte es un hilo largo entre el cielo y el mar.
Luego, cuando volvía, el mundo era diferente, como si lo viera con un papel celofán violeta delante de sus ojos.
Lo acusaron de todo: egoísmo, egocéntrico, distraído, mal educado, irrespetuoso.
Nunca lo miraron. Si lo hubieran hecho, habrían visto un alma que no tenía hogar ni reposo.
Quizá alguien hubiera podido evitar que se escapara, un atardecer de lluvia, de la única vida que creyeron que tenía.
Luego, cuando volvía, el mundo era diferente, como si lo viera con un papel celofán violeta delante de sus ojos.
Lo acusaron de todo: egoísmo, egocéntrico, distraído, mal educado, irrespetuoso.
Nunca lo miraron. Si lo hubieran hecho, habrían visto un alma que no tenía hogar ni reposo.
Quizá alguien hubiera podido evitar que se escapara, un atardecer de lluvia, de la única vida que creyeron que tenía.
Sentir que no he perdido en el camino más que algunas cosas innecesarias. La incurable sinrazón sigue vigente. Entender que entender es solo ignorar las razones. No comprenderte para no sentir lástima de lo que has sido. Irremediablemente se abren caminos y uno llega a esa esquina en que debe dejar el pasado en el borde de una ventana. Y seguir caminando, mañana un beso nos dirá quién somos relamente. Y solo una certeza tengo, que ya no soy aquellos besos que no me diste.
septiembre 03, 2011
Si me dejaras creer en un tal vez, aunque sea mínimo, te asegurarías al menos un hombre que te tenga en un altar y esté dispuesto a lo que necesites siempre. Al decidir que jamás dirás que si me estás dando la libertad de no ocuparme de tí lo necesario, de no escoger los métodos de conquista adecuados y que finalmente te convendrían.
Esto es, si ningún camino lleva donde uno quiere llegar, ¿qué importa cuál escogamos?
Apología de la Histeria
Esto es, si ningún camino lleva donde uno quiere llegar, ¿qué importa cuál escogamos?
Apología de la Histeria
septiembre 02, 2011
A ella nada le importa, nada la conmueve. Pero le sigue aparentando para que él le diga "hola, ¿cómo estás?" y se siga arrastrando y la siga cuidando como cuando ella fingía estar con él. Él sabe que todo es de cartón y a veces sigue el juego. A veces se lo cree, y ese el problema. Juntos viven como cabras saltando de mentira en mentira, cada uno jugando su juego. Los dos pierden porque él nunca la alcanzará y ella seguirá perdida entre amistades de cartón y hombres que la dejen antes que termine de vestirse. El cree en el amor eterno, ella en que todo muera rápido para no aburrirse. Los dos corren, ninguno llega. El se acostará pensando en ella, necesitándola. Ella se despertará sin entender nunca por qué el hombre que duerme a su lado, teniéndola tan fácil y sin resistencias, no la cuida como él que nunca tiene nada de ella y solo vive en su espera. Es una historia entre dos seres anacrónicos. Es una historia entre romántica y moderna. Es una historia de amor, de amor moderno.
Y eran un par de sueños truncos los que pendían de una cuerda deshilachada en el centro y a punto de cortarse.
La mitad del tiempo la amenza y la ansiedad,
la lucha y contradiccion interna de esperar el desprendimiento anunciado, ansiado, en cierta manera,
como se quiere saltar a un abismo cuando se lo tiene enfrente.
Quería pasar la muerte, quitarse esa tensión de encima lo antes posible para vivir sin esa angustia que le raspaba la garganta por dentro.
Morir, eso ayudaría, morir d euna vez y seguir viviendo después sin pensar en aquello. Vivir eternamente como en un sueño estúpido donde todo ocurre sin sentido, sin necesidad ni razón.
Eso estaría bien, pensó. De una vez por todas. De una vez. Matarse. Desprenderse del sueño ese de no tener sueños.
Lo pensó y lo decidió. Y así de simple lo resolvió.
A las 10:53am abandonó el desayuno y se cortó el cuello.
Todas las asperezas salieron en gorgoteos escarlatas.
A las 11:13am volvía a la mesa y retoma el desayuno (ya frío).
El primer placer que tuvo en la vida fue sentir el café bajando suave, sin rasguñarle la garganta.
"Ya está", se dijo en voz alta para asegurarse que estaba vivo, "ya está, ahora a seguir viviendo".
agosto 31, 2011
Vengo descalzo, con la humedad de la tierra enfriándome las plantas de los pies y el rocío del césped trepándose a mis tobillos. Traigo un presente, una ofrenda, para dejar en tu puerta. Una vez allí, con mis pies desnudos, pisaré fuertemente sobre la tierra hasta dejar sus marcas bajo el umbral. Porque lo que traigo para ti son mis huellas, el recuerdo de mis pasos. Aquí, te ofrendo mi historia. Porque he vivido para que mis pies vagabundos me trajeran a vos. Mi vida, que pareció siempre no tener rumbo, ha sido un incesante avanzar hacia tu puerta, un acercamiento a ti. Hoy, aquí, descalzo, y sin memoria, he nacido, desnudo, como nacen todos los hombres.
Le tememos a la muerte porque tenemos conciencia de su fatalidad. Y en nuestra supersticiosa lucha colgamos en la pared un reloj y un crucifijo. Pronto estaremos usando ajo para protegernos de los vampiros. O no, tal vez nos dejemos atrapar para que nos hagan inmortales. Y permanecer, en el infierno, si es necesario. Porque también el infierno es garantía de inmortalidad. ¿Acaso no se nos prometió arder allí por toda la eternidad? No importa el precio, queremos salvarnos. De la muerte, de la extinción, del olvido. Ser y seguir siendo, nunca dejar de ser. ¡Pobres chiquilines fingiendo ser adultos!...Un día vendrá la muerte y nos llevará, a todos. Y todos moriremos con un nombre en la boca: ese nombre que pudo habernos hecho inmortales.
agosto 22, 2011
De los brazos a los miles de días de ausencias repetidas, de ser de aire, nube, lluvia, a no ser. Entre un millón de hormigas destruyendo un rosal pulula la esperanza. El hambre, la sed, la falta de ánimo nos consumieron las flores. Se secaron las piedras y el desierto se hizo. Nació, como de un vientre marino, un océano de arena y soles. Nos hicimos viento, tormenta, nos olvidamos bajo la arena y los siglos, con sus besos de brisas, nos oxidaron.
agosto 18, 2011
Así pasaban las horas detrás de la ventana: él, viendo la nieve caer entre los árboles, ella, leyendo junto al fuego. Cada vez se tocaban menos, se recordaban menos a sí mismos. Pero el invierno los mantenía unidos con aquella tormenta que no descansaba. Al llegar la primavera cada uno escaparía, pero no del otro ni de ellos sino de ese encierro que es ser uno mismo y no poder salir siquiera a la puerta a fumar un cigarrillo.
agosto 15, 2011
Restos de conversaciones:
(por Msg)
-Hola, lindo!
-Hola...¿cómo va?
-Nada, como siempre, sabés que nunca me pasa nada interesante. Vos, ¿cómo andás?
-Bien, con ganas de coger. ¿No tenés ganas de venirte a casa? Tomamos unas cervezas y te quedás a dormir.
-ajajaj
-En serio, boluda!
-No, gracias...
-No te preocupés...ya sé que no me tocás ni con chorro de soda...
-No seas tonto....sabés que sos especial para mi...
-A los chicos Down también les dicen "especial"
-¿Andás con ese humor hoy? Dejalo así, no quiero pelear con vos...
-No, yo tampoco...¿no querés venir entonces?
-Hoy no, lindo, estoy cansada...mañana paso y tomamos unos mates. O la cerveza por ahí te la acepto!
-Si, algo es algo, no?
-Si tenés ganas, si no dejá..
-Si, como vos quieras...
-Bueno, cualquier cosa te escribo y paso...un beso grande...
-Dale, beso...
(Ella nunca pasa y el diálogo se repite día por medio durante toda la vida)
Historia de una venganza.
(En un local de alquiler de DVDs)
Entran los tres uniformados con joggins azules (los de las tres tiritas) como si vinieran de hacer deporte. Son el hijo, la madre y el padre. Todos vestidos exactamente igual. Ninguno tiene pinta de haber caminado más de dos cuadras alguna vez. En el empleado producen un rechazo indisimulable, los mira con asco, quisiera poder negarse a atenderlos, pero es empleado.
-¿Tenés la película ****? -Pregunta el hijo.
El empleado consulta la base de datos, la película en cuestión está.
-No, está alquilada.
Se miran los tres perplejos.
-¿Para mañana la tendrás?
-Supongo...tendrían que devolverla.
Vuelven a mirarse los tres. Saludan, se van.
Al otro día, cuando vuelvan, el empleado tendrá que alquilarles la película que pidieron, una de las vulgaridades que en Holliwood llaman "comedia". Pero siente algo de satisfacción en oponer a esta familia de ridículos uniformados del mal gusto algún obstáculo.
"Nadie dijo que la vida sea fácil", piensa, "que esperen hasta mañana".
(En un local de alquiler de DVDs)
Entran los tres uniformados con joggins azules (los de las tres tiritas) como si vinieran de hacer deporte. Son el hijo, la madre y el padre. Todos vestidos exactamente igual. Ninguno tiene pinta de haber caminado más de dos cuadras alguna vez. En el empleado producen un rechazo indisimulable, los mira con asco, quisiera poder negarse a atenderlos, pero es empleado.
-¿Tenés la película ****? -Pregunta el hijo.
El empleado consulta la base de datos, la película en cuestión está.
-No, está alquilada.
Se miran los tres perplejos.
-¿Para mañana la tendrás?
-Supongo...tendrían que devolverla.
Vuelven a mirarse los tres. Saludan, se van.
Al otro día, cuando vuelvan, el empleado tendrá que alquilarles la película que pidieron, una de las vulgaridades que en Holliwood llaman "comedia". Pero siente algo de satisfacción en oponer a esta familia de ridículos uniformados del mal gusto algún obstáculo.
"Nadie dijo que la vida sea fácil", piensa, "que esperen hasta mañana".
agosto 12, 2011
A los once años descubrí la música como algo que iba a durar para toda la vida. A esa edad, y en épocas de menos virtualidad, y casi ningún acceso a cierto material, mi única esperanza de novedades eran los viejos cassettes de un tío que me dejaba robarle de a dos o tres cada vez sabiendo que siempre volvían.
Rectangulares cajitas de Pandora como no han existido otras.
Eran los años en los que Jorge Alvarez vendía su tiro del final al mejor postor y nos dejaba sin la vieja música de nuestros propios artistas.
De aquellas cintas casi prehistóricas aprendí a Piero, Gieco, Alma y Vida y otros tesoros de los que ya ni los mapas nos quedan.
Robaba las cintas, recuerdo, cuando mi madre ya nos llevaba para casa, así al llegar me encerraba en mi habitación a escucharlas hasta aprenderlas de memoria.
Un anoche me golpeó un tipo que apenas si cantaba. La mayoría del tiempo hablaba de cosas que poco entendía yo con mis inútiles doce años. Ferrocabral se llamaba uno de los casetes, Pateando tachos el otro. El dueño de aquella voz que escuchaba por primera vez se llamaba Facundo Cabral.
Demasiado chico yo, me rompí aquella noche de una forma que todavía no alcanzo a comprender.
Es cierto que fue la suma de todos aquellos descubrimientos el martillo que partió el espejo en el que reflejé mi mundo. Pero ese fue un duro golpe a la incipiente intelectualidad de una escasa docena de años.
Casi veinte años pasaron hasta que volviera a escuchar aquellos trabajos. Cabral es ya una voz que conozco bien. Algunas de sus canciones pasaron por mi guitarra como oraciones y de sus palabras he repetido muchas.
Luego de casi dos décadas me reencontré anoche con esos dos discos. En otra forma, y por otras casualidades. A los doce años, la novedad de la vida que se me presentaba me lo hizo cruzar para estrellarme contra su verdad. A los 33, la novedad de su muerte me lo hizo volver a cruzarme como hace casi veinte años.
Anoche reencontré esos dos discos y, con la misma ansiedad de cuando todavía nacía por el asombro, volví a escucharlos. Y volví al asombro al escuchar aquellas palabras y aquellas canciones que ahora ya me son conocidas.
Pero me acompaña un asombro nuevo y triste aunque también maravilloso: el de saber que esas palabras, cada una de ellas, estaban en mi memoria desde entonces. No había olvidado al Cabral de aquella noche, solo que no había notado nunca cuánto era lo que había prendido en mi.
Facundo Cabral haya sido quizá el primer maestro en mi vida que rompió con aquellos versos de Sui Generis, que traigo también de esos años de curiosidad:
"y tuve muchos maestros de que aprender // solo conocían su ciencia y el deber // nadie me enseño a decir una verdad..."
Facundo Cabral y yo, veinte años después, volvemos a reírnos, a pensar y a emocionarnos encerrados en mi habitación. Él ya no habla más que desde el recuerdo, pero yo lo seguiré escuchando porque en mi recuerdo, siempre tendré doce años para volver a asombrarme ante la voz que no deja de decir verdades.
Anoche reencontré esos dos discos y, con la misma ansiedad de cuando todavía nacía por el asombro, volví a escucharlos. Y volví al asombro al escuchar aquellas palabras y aquellas canciones que ahora ya me son conocidas.
Pero me acompaña un asombro nuevo y triste aunque también maravilloso: el de saber que esas palabras, cada una de ellas, estaban en mi memoria desde entonces. No había olvidado al Cabral de aquella noche, solo que no había notado nunca cuánto era lo que había prendido en mi.
Facundo Cabral haya sido quizá el primer maestro en mi vida que rompió con aquellos versos de Sui Generis, que traigo también de esos años de curiosidad:
"y tuve muchos maestros de que aprender // solo conocían su ciencia y el deber // nadie me enseño a decir una verdad..."
Facundo Cabral y yo, veinte años después, volvemos a reírnos, a pensar y a emocionarnos encerrados en mi habitación. Él ya no habla más que desde el recuerdo, pero yo lo seguiré escuchando porque en mi recuerdo, siempre tendré doce años para volver a asombrarme ante la voz que no deja de decir verdades.
agosto 11, 2011
julio 19, 2011
La normalidad es la rareza de la mayoría. Biológicamente imposible, la salud solo es un estado de enfermedad compartida por aquellos que desconocen las fallas en su organismo. La belleza del cuerpo es la aplicación práctica de unos cuantos principios de la óptica. Fuera del mundo físico, en la poesía, por ejemplo, los defectos, ni se narran ni se enumeran. Los hechos más pequeños, como tomarnos de las manos o un lunar preciso, se hacen un verso. Incluso un defecto de pigmentación en la piel como un sector del rostro poblado de pecas, será en un poema un cielo repleto de estrellas. La poesía es la exageración positiva de los pequeños elementos que componen lo cotidiano. Y la belleza, un invento de los poetas.
Pronto los tendré frente a mi gritando y queriendo lastimarme. Aquí están, nuevamente. Se oyen los pasos.
He resignado la mirada vital de Febo por el miedo que me causan y aún así vienen a perturbarme a mi propia casa.
No bastaron los incontables pasillos.
Siete varones y siete doncellas; esos monstruos que vienen de ese mundo queriendo quitarme lo que es mio. Casi no tengo posesiones y ellos lo saben porque conocen los pasillos vacíos. Vienen por mí, con sus deformidades y sus costumbres inmorales.
He sobrevivido otras veces por la gracia de estos pasillos que los confunde y los pierde y los divide antes de llegar al patio. No logro entenderlo, pero por alguna razón, cuando están solos parecieran temerme aún más que yo a ellos. Entonces, se me hace más fácil evitar la muerte.
El eco me dice que están muy cerca.
Otra vez la terrible necesidad de defenderme de ellos con mis propias manos. Yo, que jamás he blandido arma alguna, que he despreciado la raza de asesinos que habitan fuera de mi palacio, tendré que defenderme o morir.
Yo, Asterión, solo, en mi Palacio, espero que comiencen a llegar.
No temo la muerte, que un día llegará de todas formas, solo temo no saber nunca por qué estos monstruos vienen a mi casa a buscarme.
He resignado la mirada vital de Febo por el miedo que me causan y aún así vienen a perturbarme a mi propia casa.
No bastaron los incontables pasillos.
Siete varones y siete doncellas; esos monstruos que vienen de ese mundo queriendo quitarme lo que es mio. Casi no tengo posesiones y ellos lo saben porque conocen los pasillos vacíos. Vienen por mí, con sus deformidades y sus costumbres inmorales.
He sobrevivido otras veces por la gracia de estos pasillos que los confunde y los pierde y los divide antes de llegar al patio. No logro entenderlo, pero por alguna razón, cuando están solos parecieran temerme aún más que yo a ellos. Entonces, se me hace más fácil evitar la muerte.
El eco me dice que están muy cerca.
Otra vez la terrible necesidad de defenderme de ellos con mis propias manos. Yo, que jamás he blandido arma alguna, que he despreciado la raza de asesinos que habitan fuera de mi palacio, tendré que defenderme o morir.
Yo, Asterión, solo, en mi Palacio, espero que comiencen a llegar.
No temo la muerte, que un día llegará de todas formas, solo temo no saber nunca por qué estos monstruos vienen a mi casa a buscarme.
julio 08, 2011
Existe un libro con un único poema infinito. Cada verso narra un beso y en la suma total de ellos están escritos todos los besos. El Poema está compuesto en estrofas que hablan de dos únicas personas. Sin embargo, es éste el único libro de la Biblioteca del Destino que admite una lectura desordenada, y así muchos han leído dos o más de las estrofas propias a un mismo tiempo.
No hay dos estrofas que contengan la misma cantidad de versos. Conocemos el momento exacto en que empezamos a contar las sílabas de los versos que nos han sido destinados. Pero no el momento en que se gastan los versos que se nos dieron.
No hay dos estrofas que contengan la misma cantidad de versos. Conocemos el momento exacto en que empezamos a contar las sílabas de los versos que nos han sido destinados. Pero no el momento en que se gastan los versos que se nos dieron.
julio 05, 2011
La Casa Real tenía jardines y huertos que ahora los ojos del Inca veían como en un sueño.
En ellos habían plantado árboles de todas las especies que en el país crecían, todos contrahechos en oro y plata por amorosas manos. Tronco y copa, con sus hojas y sus frutos. También plantas, de las más hermosas y de las más humildes, con sus hojas y sus flores, y con aves de todas las clases en sus ramas, o bebiendo sus mieles.
También los maizales estaban hechos de plata, con sus hojas, mazorca y cañas, y los cabellos que echa la mazorca eran de oro.
También había pequeños animales: conejos, venados y gamos, y hasta ratas, lagartijas y culebras, magistralmente construidos en oro hueco. Y mariposas en las flores. Por entre los dorados pastizales alguna llama con su dorada lana pastaba estática. También, leones y tigres dorados para mayor regocijo del Padre.
Y todo esto era para dar gracias porque no hubo en el reino hombre, mujer o niño que sufriera de hambre o le faltara alguna cosa. Porque el Padre es Bueno y Generoso. Nos dio la vida y las cosechas cuando nuestros ancestros moraban en cuevas sufriendo por el ánimo y los caprichos del mundo. Nos dio las casas y las ciudades y la Ley.
Ellos, los que llegaron del mar, lo llaman lujo. Porque no lo entienden. Y dicen que entre hermanos dividimos nuestro pueblo, porque tampoco entienden. A mi hermano lo amo y lo amaré, aunque estemos obligados a medir nuestras fuerzas. Porque nuestro Señor debe ser el más fuerte y hábil en los manejos de nuestras gentes. Cuando finalmente el Padre escoga a uno de entre nosotros, nos abrazaremos y celebraremos la victoria no de uno de nosotros si no de todo nuestro país. Porque Huiracocha no se equivoca.
Nosotros nos equivocamos. Creímos ver en sus rostros pálidos a nuestros dioses. Abrimos la puerta a la muerte que trajeron.
Ese hombre que se llama Pizarro, y que ellos reconocen como Señor, hoy ha estado aquí como todos los días. Me ha dicho que al fin mis gentes han pagado el rescate pedido. Siempre me ha tratado con el respeto que debía. Y yo a él. Creo que nos hemos tomado aprecio y veo en sus ojos un dolor que entiendo. Quiere nuestras tierras, nuestros jardines y nuestra gente. Por eso me quitará la vida aunque haya prometido mi libertad.
Huiracocha escogió finalmente a mi hermano y no podré alegrarme con él. Solo por eso mis ojos lloran en esta celda obscura. Quiera el Padre, que Huáscar, allí, en mi amada capital, sea el que nos libre de esta muerte.
En ellos habían plantado árboles de todas las especies que en el país crecían, todos contrahechos en oro y plata por amorosas manos. Tronco y copa, con sus hojas y sus frutos. También plantas, de las más hermosas y de las más humildes, con sus hojas y sus flores, y con aves de todas las clases en sus ramas, o bebiendo sus mieles.
También los maizales estaban hechos de plata, con sus hojas, mazorca y cañas, y los cabellos que echa la mazorca eran de oro.
También había pequeños animales: conejos, venados y gamos, y hasta ratas, lagartijas y culebras, magistralmente construidos en oro hueco. Y mariposas en las flores. Por entre los dorados pastizales alguna llama con su dorada lana pastaba estática. También, leones y tigres dorados para mayor regocijo del Padre.
Y todo esto era para dar gracias porque no hubo en el reino hombre, mujer o niño que sufriera de hambre o le faltara alguna cosa. Porque el Padre es Bueno y Generoso. Nos dio la vida y las cosechas cuando nuestros ancestros moraban en cuevas sufriendo por el ánimo y los caprichos del mundo. Nos dio las casas y las ciudades y la Ley.
Ellos, los que llegaron del mar, lo llaman lujo. Porque no lo entienden. Y dicen que entre hermanos dividimos nuestro pueblo, porque tampoco entienden. A mi hermano lo amo y lo amaré, aunque estemos obligados a medir nuestras fuerzas. Porque nuestro Señor debe ser el más fuerte y hábil en los manejos de nuestras gentes. Cuando finalmente el Padre escoga a uno de entre nosotros, nos abrazaremos y celebraremos la victoria no de uno de nosotros si no de todo nuestro país. Porque Huiracocha no se equivoca.
Nosotros nos equivocamos. Creímos ver en sus rostros pálidos a nuestros dioses. Abrimos la puerta a la muerte que trajeron.
Ese hombre que se llama Pizarro, y que ellos reconocen como Señor, hoy ha estado aquí como todos los días. Me ha dicho que al fin mis gentes han pagado el rescate pedido. Siempre me ha tratado con el respeto que debía. Y yo a él. Creo que nos hemos tomado aprecio y veo en sus ojos un dolor que entiendo. Quiere nuestras tierras, nuestros jardines y nuestra gente. Por eso me quitará la vida aunque haya prometido mi libertad.
Huiracocha escogió finalmente a mi hermano y no podré alegrarme con él. Solo por eso mis ojos lloran en esta celda obscura. Quiera el Padre, que Huáscar, allí, en mi amada capital, sea el que nos libre de esta muerte.
julio 02, 2011
Crimen y castigo de ser Argentino.
Mis amigos más cercanos saben que desde muy jóven he hinchado por cada selección de fútbol que se ha enfrentado a la Selección Argentina. Muchos, que apenas me han conocido, lo han tomado como una falta de patriotismo, o, peor aún, como una muestra de "antipatriotismo". Afortunadamente, nunca fui acusado de traición a la patria.
Mi sentimiento "patriótico" es bastante débil. No he logrado, casi nunca, sentirme argentino. No puedo, aunque lo quiera y lo intente. Lo más que consigo es alguna especie de lástima por ese orgullo que más tiene que ver con la soberbia y el egocentrismo que con el amor por un suelo.
Tengo aquí a mis vivos y a mis muertos. Mi niñez, mi adolescencia, mis primeros amores, mis primeras aventuras en la vida. Todo lo que he sido, y soy, está íntimamente ligado a este suelo. Pero no seré NUNCA un "argentino".
Poco falta para que se cumpla un año de mi primer poema publicado. Desde entonces, he tenido la dicha de que mi poesía me regale amigos de varios países de Latinoamérica. Los medios de comunicación nos permiten hoy sembrar ciertas formas de amistad que no requieren de la cercanía física. En Chile, en Urugüay, en Colombia, en Perú y en Méjico he cosechado algunos afectos distantes, pero, no por eso, menos válidos. Pero hay algo común en el conocimiento con esa gente: el "vos no parecés argentino". Al poco tiempo de las primeras conversaciones aparece ya este comentario inevitable para todos ellos. No he podido, y vaya si me hubiera gustado poderlo, evitar esa vergüenza: la vergüenza de no parecer argentino por parecer "buena gente".
Esa gente tiene, y ha tenido por mucho tiempo, una imagen triste de nosotros. Han aprendido a despreciarnos, y, si me permiten esta confidencia, creo que fuimos nosotros quienes les enseñamos a hacerlo.
Hoy quiero celebrar esas amistades. Saludar a mis amigos bolitas, perucas, chilotes, paragüas...Agradecerles el HONOR de poder ser amigos. Celebrar a esta América hermosa que los Argentinos olvidamos y despreciamos queriendo parecer europeos.
Pero también quiero pedir, por favor, a todos los argentinos, que dejemos de generar el odio que generamos. Que dejemos de creernos lo que no somos. Que seamos, finalmente, un poco, al menos un poquito, de lo que decimos que somos y vamos a encontrar muchísimos amigos en todo el mundo. Amigos verdaderos y que valen tanto o más que cualquiera de nosotros.
Un abrazo sincero a todos mis hermanos latinoamericanos. Y perdón por la soberbia.
junio 30, 2011
Señora, evidentemente extranjera, me pregunta si realmente somos el Tercer Mundo. Ante mi respuesta afirmativa se le encienden los ojos y pregunta por el Cubil Felino. Me quedo callado, no sé qué responder. Comienza a explicarme en un español muy extraño algo de gatos que pelan contra un momia y una espada con un ojo que tira un rayo de luz. "No, señora, no hay ningún cubil felino por acá". Se le nota la decepción. Finalmente pregunta por el Presidente.
"No Señora, ni tenemos Cubil Felino ni León-O es nuestro Presidente. Somos el Tercer Mundo porque somos pobres, no porque seamos los Thundercats"
"No Señora, ni tenemos Cubil Felino ni León-O es nuestro Presidente. Somos el Tercer Mundo porque somos pobres, no porque seamos los Thundercats"
junio 20, 2011
Me he capturado. En mis propias mazmorras me impongo sufrimientos y castigos. Varias veces al día me torturo tratando de conseguir esa información tan preciada, tan urgente.
Todo este dolor para una única pregunta:
¿Quién soy si es que soy alguien?
Ante el silencio vacilo: ¿es esta ausencia de respuestas un intachable estoicismo o simple ignorancia?
Una sospecha ha surgido en mi interior estos últimos días: tal vez no sea más que mi propio enemigo.
Todo este dolor para una única pregunta:
¿Quién soy si es que soy alguien?
Ante el silencio vacilo: ¿es esta ausencia de respuestas un intachable estoicismo o simple ignorancia?
Una sospecha ha surgido en mi interior estos últimos días: tal vez no sea más que mi propio enemigo.
junio 16, 2011
La mujer es puta. Y bien puta la queremos. Y por todos los medios buscamos volverlas más putas para que nada nos falte. Después las abandonamos. Por putas. No queremos que a nuestros hijos los críe una puta, ni mostrarnos en público con una puta. Dicen por ahí: una puta en la cama, una dama para los demás.
Entonces, el problema, ¿es de ellas o de nosotros?
Una broma machista terminó en esta discusión incierta y oscilante entre Diosa Canales, una actriz venezolana, y Sor Juana Inés de la Cruz. Un amiga me muestra una noticia: actriz se desnuda por webcam ante 80mil usuarios. Intentando algo parecido a una defensa, afirma: "Ellos me quieren ver y yo les dejo ver. No entiendo por qué se horrorizan.."
La hipocresía encuentra su colmo cuando un hombre califica de puta a una mujer.
Decenas de miles de hombres pidiendo que una mujer se desnude, ella accede y un día después su cualidad de puta es noticia internacional. Y Sor Juana, desde aquellas Redondillas tan conocidas, nos grita entre la desesperación y la resignación:
Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Pero nadie la escucha. Y la simplona actriz nunca va a entender las reglas de este juego. Será, por los siglos de los siglos, la puta que hizo lo que los hombres querían. Porque eso, y no otra cosa, es una puta: la mujer que hace todo lo que los hombres queremos para que, luego de disfrutarla, la podamos condenar por puta. La cobardía es nuestra, muchachos, y la bajeza. La nobleza, toda de ellas, que siguen haciendo lo que nos gusta solo porque nos gusta.
Los versos completos se los dejo en este enlace:
"Redondillas", Sor Juana Inés de la Cruz
http://heron5.tripod.com/sor1.htm#REDONDILLAS
La historia de la actriz acá:
http://www.vanguardia.com.mx/xstatic/vanguardia/mobile/template/vmobiledetalle.aspx?intId=742768
PS: No necesitan cubrirse la cara para salir. Este lugar es anónimo. Pueden entretenerse todo lo que quieran en las fotos. Nadie los mira, nadie los juzga. Aquí solo se juzga a las mujeres fáciles.
Entonces, el problema, ¿es de ellas o de nosotros?
Una broma machista terminó en esta discusión incierta y oscilante entre Diosa Canales, una actriz venezolana, y Sor Juana Inés de la Cruz. Un amiga me muestra una noticia: actriz se desnuda por webcam ante 80mil usuarios. Intentando algo parecido a una defensa, afirma: "Ellos me quieren ver y yo les dejo ver. No entiendo por qué se horrorizan.."
La hipocresía encuentra su colmo cuando un hombre califica de puta a una mujer.
Decenas de miles de hombres pidiendo que una mujer se desnude, ella accede y un día después su cualidad de puta es noticia internacional. Y Sor Juana, desde aquellas Redondillas tan conocidas, nos grita entre la desesperación y la resignación:
Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Pero nadie la escucha. Y la simplona actriz nunca va a entender las reglas de este juego. Será, por los siglos de los siglos, la puta que hizo lo que los hombres querían. Porque eso, y no otra cosa, es una puta: la mujer que hace todo lo que los hombres queremos para que, luego de disfrutarla, la podamos condenar por puta. La cobardía es nuestra, muchachos, y la bajeza. La nobleza, toda de ellas, que siguen haciendo lo que nos gusta solo porque nos gusta.
Los versos completos se los dejo en este enlace:
"Redondillas", Sor Juana Inés de la Cruz
http://heron5.tripod.com/sor1.htm#REDONDILLAS
La historia de la actriz acá:
http://www.vanguardia.com.mx/xstatic/vanguardia/mobile/template/vmobiledetalle.aspx?intId=742768
PS: No necesitan cubrirse la cara para salir. Este lugar es anónimo. Pueden entretenerse todo lo que quieran en las fotos. Nadie los mira, nadie los juzga. Aquí solo se juzga a las mujeres fáciles.
junio 15, 2011
Blafelando erustivamente acerca del florde dentral del frioda con amigos. Resulta que los tredios blansos no crespitan si guijelas húxedas no respitan. La cosa es ciertamente confusa, si no feresteamos el óvolon tampoco deretimos al xióxido por lo que nos encontraremos con un tislez más saro y menos loxo. Si seguimos la discusión, terminamos a las piñas. Es al pedo razonar entre borrachos.
junio 14, 2011
Toda lucha es por alcanzar el poder. Por imponer convicciones y métodos a quienes disienten con uno. El hombre que no ambiciona el poder ignora la lucha propia y la ajena. Vive tranquilo en sus propias convicciones sin necesidad de imponer su verdad a quienes no la comparten.
Cuando un hombre lucha, desconfío siempre de sus intenciones.
La verdad, aunque solitaria y serena en un rincón, termina triunfando. No necesita de los esfuerzos vanos de los hombres. Y, sospecho, los desprecia.
Cuando un hombre lucha, desconfío siempre de sus intenciones.
La verdad, aunque solitaria y serena en un rincón, termina triunfando. No necesita de los esfuerzos vanos de los hombres. Y, sospecho, los desprecia.
junio 02, 2011
Treguas:
Beethoven, Sinfonia Nº9;
Mozart, Misa de Requiem.
En noche de tormentas y vientos fuertes. En la calle, con el volumen de los auriculares al máximo.
El Cielo se abre. Por unos cuantos minutos Dios está al alcance de la mano. Tan cerca que uno podría finalmente vengarse.
Mirar bien al cruzar la calle.
Evitar las distracciones infantiles y el mundo estará bien jodido para tocarle el culo.
El regreso a la realidad es practicamente insoportable. Sopórtelo como pueda.
Cada vez que sea posible repita los pasos anteriores.
Viva como pueda, siempre tendremos nuestras treguas.
Beethoven, Sinfonia Nº9;
Mozart, Misa de Requiem.
En noche de tormentas y vientos fuertes. En la calle, con el volumen de los auriculares al máximo.
El Cielo se abre. Por unos cuantos minutos Dios está al alcance de la mano. Tan cerca que uno podría finalmente vengarse.
Mirar bien al cruzar la calle.
Evitar las distracciones infantiles y el mundo estará bien jodido para tocarle el culo.
El regreso a la realidad es practicamente insoportable. Sopórtelo como pueda.
Cada vez que sea posible repita los pasos anteriores.
Viva como pueda, siempre tendremos nuestras treguas.
Soy la sombra de un hombre que se cree poeta.
Me nombró en ciento setenta versos y en una rima iluminada
me despertó la vida.
Ahora vivo aquí.
Hasta que se apague la luz.
Una sombra en pena
tratando de alcanzar la luz
para apagarla y descansar al fin.
Aquí las distancias se miden en años sombra y el universo
desaparece en agujeros blancos en los que nunca entra la luz.
mayo 26, 2011
La utopía se desangra lentamente por la herida abierta de las miradas vacias de los niños desnutridos, en los sueños de destrucción masiva. El ocaso es un símbolo constante del avatar humano. No hay tiempo ni habrá espacio para nuevas revoluciones. Hemos gastado el crédito vital de nuestra existencia en minerales de piedra. El sol se extingue y nos lleva a la tumba última de la razon y el sentimiento. El ave humano despertará y no dudará esta vez de entonar el requiem por la humanidad. Moriremos ahogados en nuestra propia saliva. No valdrá de nada esconderse: el exterminio será implacable. Hemos fracasado en nuestra simple tarea de ser seres vivos. Antes que llevemos nuestra destrucción más alla de las fronteras celestes, quienes nos crearon volverán a destruirnos en un suspiro. Nos hemos merecido la muerte. Recibámosla con la digindad que corresponde.
mayo 20, 2011
Ahora España mira para este lado del charco con carita de cachorro abandonado. Se sienten pobres, o algo. Les duele algo y se quejan. ¿Por qué no juntamos todos los espejitos de colores que nos metieron estos cinco siglos y se los mandamos para ver qué hacen ellos con eso?
Las riquezas que España se llevó de América fue destinada a mantener a una de las naciones más pobres y miserables del mundo: ellos mismos. Con nuestro oro pagaban los empréstitos bancarios de las potencias anglosajonas. Empréstitos que mantenían a la nación de las castas más ostentosas y con menos nobleza del mundo, al clero de los tesoros, más rico aún que el mismo Vaticano, y a toda clase de mendigos, vagos, y aventureros que se hicieron la América en América.Con los intereses que pagaron financiaron la misma revolución industrial que nos dejó fuera del mundo. Ahora que ellos están fuera nos miran como pidiendo un plato de comida.
El oro que terminó sangrando España por esos empréstitos fue el mismo que los primeros prestamistas ingleses y holandeses nos prestaron allá por el comienzo de nuestra Nación. Deuda externa le decimos al oro que se llevaron con la espada y nos devolvieron con usura.
Ahora que España pierde contra economías más firmes, los españoles ya no quieren jugar el juego de la conquista. La balsa de piedra que Saramago imaginó hace algunos años, hace agua. Por todos lados. Las venas abiertas de américa Latina salpicaron al fin al que clavó el puñal. Las manchas rojas en las camisas españolas delatan el crimen y al culpable.
Cuando España se quede sola, ¿podrán mirarse al espejo y verse realmente como son? ¿tendrán al fin la grandeza que tanto fingieron?
Con el sabio y buen Don Miguel de Unamuno, hoy puedo decir, más que nunca, me duele España.
Las riquezas que España se llevó de América fue destinada a mantener a una de las naciones más pobres y miserables del mundo: ellos mismos. Con nuestro oro pagaban los empréstitos bancarios de las potencias anglosajonas. Empréstitos que mantenían a la nación de las castas más ostentosas y con menos nobleza del mundo, al clero de los tesoros, más rico aún que el mismo Vaticano, y a toda clase de mendigos, vagos, y aventureros que se hicieron la América en América.Con los intereses que pagaron financiaron la misma revolución industrial que nos dejó fuera del mundo. Ahora que ellos están fuera nos miran como pidiendo un plato de comida.
El oro que terminó sangrando España por esos empréstitos fue el mismo que los primeros prestamistas ingleses y holandeses nos prestaron allá por el comienzo de nuestra Nación. Deuda externa le decimos al oro que se llevaron con la espada y nos devolvieron con usura.
Ahora que España pierde contra economías más firmes, los españoles ya no quieren jugar el juego de la conquista. La balsa de piedra que Saramago imaginó hace algunos años, hace agua. Por todos lados. Las venas abiertas de américa Latina salpicaron al fin al que clavó el puñal. Las manchas rojas en las camisas españolas delatan el crimen y al culpable.
Cuando España se quede sola, ¿podrán mirarse al espejo y verse realmente como son? ¿tendrán al fin la grandeza que tanto fingieron?
Con el sabio y buen Don Miguel de Unamuno, hoy puedo decir, más que nunca, me duele España.
mayo 08, 2011
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